Marcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941
Prologo de la primera edición
Las páginas que siguen están muy lejos de ser el Diccionario filosófico-político de Menéndez y Pelayo que echa de menos José María Pemán. No son siquiera la Antología que, en una de sus anteriores encarnaciones políticas, reclamaba con apremio Azorín.
Tareas son éstas que inexcusablemente alguien deberá llevar a cabo; porque la obra ingente de Menéndez y Pelayo está llamada, a ser para los españoles de hoy -ya lo dijo Pedro Sáinz Rodríguez-lo que para los alemanes de ayer fueron los famosos «Discursos» de Fichte. Fluye, en efecto, de toda ella, como de toda la vida del autor, un inmenso e irreprimible amor a España y un sentimiento monárquico puro, lleno de un Íntimo sentido de justicia; y son aquel amor y este sentimiento los que permitirán acometer la empresa titánica de la reconstitución española.
El amor de Menéndez y .Pelayo a España desborda de cada una de las páginas que nos ha legado. Un amor profundo y ancho que abarca a todas y a cada una de las regiones para fundirlas en el crisol ardiente de su corazón. Cataluña era ya en vida de don Marcelino el punto doloroso del que sufría España; y él, que escribió a los montañeses, sus paisanos, aquella carta sobria y elocuente (1) en la que declaraba explícitamente su sentimiento regionalista de la más pura cepa, tuvo siempre para Cataluña las palabras más tiernas y los afectos más delicados cristalizados en las páginas de su Boscán (2) y en la semblanza de Milá (3). Pero quizá en ninguna ocasión vibró su alma más enérgica y a un tiempo más dulcemente, en el hondo amor a España y a Cataluña, que en el Discurso pronunciado el 27 de mayo de 1888, ante S. M. la Reina Regente, en los Juegos Florales celebrados en Barcelona (4). Habló aquel día el Maestro en catalán, para celebrar la resurrección de la lengua muerta casi, a fuerza de estar olvidada; y la saludaba así:
«Es la misma lengua arrogante que un día sonó por todos los con tornos del Mediterráneo; la que escucharon rendidos el Etna humeante y la gentil sirena del Pausilipo; la que hizo estremecer las ruinas de la sagrada acrópolis ateniense y las fragosidades de la Armenia; la lengua que el Rey Conquistador dejó a Mallorca y a Valencia como anillo nupcial; la lengua en que dictaban sus leyes y escribían sus gestas aquellos gloriosos Príncipes de la Casa de Aragón, cuya Corona, Señora, está posada sobre la frente de Vuestro Hijo amigablemente enlazada con la Corona de Alfonso el Sabio.
»Y por eso, Señora, habéis venido a escuchar amorosamente los acentos de esta lengua ni forastera ni exótica, sino española y limpia de toda tacha de bastardía. Vuestro espíritu generoso Y magnánimo comprende que la unidad de los pueblos es unidad orgánica y viva y no puede ser una unidad ficticia, verdaderamente unidad de la muerte; y comprende también que las lenguas, signo y distintivo de raza, no se forjan caprichosamente, ni se imponen por fuerza, ni se prohíben, ni se mandan por ley, ni se dejan ni se toman a voluntad, puesto que nada hay más inviolable ni más santo en la conciencia humana que el nexus secreto en que Viven la palabra y el pensamiento. Ni hay sacrilegio mayor y empeño más inútil que pretender encadenar lo que Dios ha hecho espiritual y libre: la palabra humana, resplandor débil y borroso, pero resplandor, al fin, de la palabra divina…
»Todo esto lo sabéis y lo sentís, Señora, con delicadeza de mujer y con ánimo de Reina. Y ¿quién podrá dudar de que en este día obtiene el Renacimiento catalán la suprema sanción al dignarse Vuestra mano augusta aceptar la flor simbólica de nuestros certámenes, flor modesta y humilde, ya lo veis, verdadera flor poética, símbolo de paz y de amor, no símbolo de vieja rebeldías, ni de discordias, ni de agravios? Y quiera Dios, Señora: que si alguna suspicacia, resto de pasados yerros y tempestades, se interpone aun entre el alma de Cataluña y el alma de Castilla, tan hechas para estimarse y para comprenderse, caiga deshecha ante Vos, que sois el amor de ambos pueblos juntos en uno solo.»
(1) Vid. pág. 62.
(2) Antología de poetas líricos castellanos desde la formación del idioma hasta nuestros días. Tomo XIII. Vid. páginas 59 a 62 de este libro.
(3) Estudios de crítica literaria. Quinta serie. Vid. página 66, nota, de este libro.
(4) Publicado en el diario La Dinastía del día 29 de mayo de 1888.