franco iglesiaFranco y la Iglesia Católica
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata de la obra “El legado de Franco”

Introducción

La adecuada perspectiva histórica

El Papa Juan XXIII, el 23 de julio 1960, al oír el informe que daba en su Visita ad Limina el Vicario Apostólico de Fernando Poo (Guinea Ecuatorial, entonces provincia de España), comentó: “Franco da leyes católicas, ayuda a la Iglesia, es un buen católico: ¿qué más se quiere?“. Hacía casi 24 años que Franco era Jefe del Estado. Ese comentario espontáneo de Juan XXIII, el Papa que convocó el Concilio Vaticano II, resume con nitidez las tres dimensiones de la relación de Franco con la Iglesia.

Las manifestaciones elogiosas sobre Franco emitidas durante decenios por los Papas y los Obispos son tales -por su contenido, su unanimidad y su persistencia- que difícilmente se hallaría nada comparable en relación con ninguna otra persona en los últimos siglos. Esto -independientemente de la opinión de unos u otros observadores- constituye un hecho histórico de primera magnitud; y es sin duda signo de una actitud eclesial, no de las llamadas oportunistas, sino dimanante de la entraña de la misión de la Iglesia. Habrá después oportunismo en los procedimientos de algunos sectores eclesiásticos que deseaban cambios políticos y que envolvieron a la persona de Franco en silencios y veladuras; pero no pudieron modificar el juicio autorizado de la Iglesia sobre la persona, que permaneció intacto hasta el final y se renovó con inusitada solemnidad en todas las Diócesis a la hora de su muerte (1975).

Aunque se volverá sobre ello más adelante, conviene saber desde ahora cuál era el alcance de los elogios. No eran sólo muestras de cortesía o de halago ocasional o del respeto debido a toda autoridad. No suponían identificación con lo opinable de una política. Mas tampoco se limitaban a alabar buenas intenciones. Se alababan como aciertos: la ejemplaridad cristiana de la vida personal, la voluntad de servir a la Iglesia, la decisión de proyectar en la vida pública su condición de cristiano y la ley de Dios enunciada por el Magisterio eclesiástico, y la solicitud y eficacia de su servicio al pueblo español, patente en tantos campos en una larga trayectoria de pacificación y transformación. Con palabras del Cardenal Arzobispo de Sevilla en 1961, la Iglesia bendecía a un gobernante “no solamente en el plano de la concordia, sino con afectuosidad de Madre“.