anunciacion_mariaIldefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

1º Obediencia verdadera. -Es la que consiste en la sumisión de la parte superior de nuestro ser, a las disposiciones del que manda…., esto es, puede ser que la parte inferior se rebele…, que se sienta al obedecer repugnancia… o temor ante las dificultades que en algunos casos suponga la obediencia.- Cristo Jesús fue el primero en sentir esa repugnancia y esa debilidad en la parte inferior de su naturaleza, que se asustaba en el Getsemaní, ante aquella obediencia heroica…, ¡hasta la muerte!, ¡y muerte de Cruz!… a que iba a ser sometido. – Esto es muy humano…, muy natural…; lo contrario sería convertirnos en estatuas, con una indiferencia e insensibilidad antinatural… y además, esto restaría valor y mérito a nuestra obediencia.

El mérito está en sentir eso… pero a pesar de ello, decir, como Cristo, ¡adelante!, «no se haga mi voluntad, sino la tuya»…, sea lo que sea…, cueste lo que cueste… ¡Qué sacrificio tan precioso y tan agradable a los ojos de Dios el que entonces le ofrecemos!

Tampoco deja de ser verdadera la obediencia si exponemos a nuestros superiores, con sencillez y humildad, algunos motivos e inconvenientes que necesitan aclaración…, sin ánimo ni intención de protestar…, ni siquiera de disentir de lo ordenado…, sino simplemente de aclarar o consultar…, exponer, no es oponerse. -Recuerda el caso tan claro en este punto de la Santísima Virgen…, dispuesta a obedecer ciegamente… no obstante, pregunta al ángel., expone sus dudas…, pide aclaración para saber mejor la forma en que ha de obedecer… y conocida ésta, ya no cabe más que una sola palabra: Fiat, hágase.

2º Obediencia perfecta. -Aunque esa sea la verdadera obediencia, sin embargo, ésta admite grados y así puede ser más o menos perfecta…

La obediencia perfecta es la que reúne las condiciones de la misma ya expuestas en una de las meditaciones de la vida de Nazaret…, la que obedece con prontitud y alegría…; con espíritu sobrenatural, únicamente por Dios, no por motivos naturales de agrado o simpatía…, con rendimiento total de la voluntad y del entendimiento, no para obrar irracionalmente y en contra de nuestra razón, sino para no ver con los ojos de nuestro propio juicio y así hacer ciegamente lo que se nos manda.

En fin, la obediencia perfecta obedece totalmente…, sin limitaciones de tiempo ni de cosas…; no obedece cuando tiene ganas… o cuando la agrada…, no mira las dificultades, sino que siempre, y en todo instante, cumple exactamente lo ordenado…, hasta en los más mínimos detalles. -Esta es la gran obediencia…, la tan alabada y recomendada por todos los santos. -¡Qué cosas no dijeron de ella San Agustín, Santo Tomás…, Santa Teresa de Jesús…, San Ignacio de Loyola! -Toda la perfección la hicieron depender de la obediencia… y el mismo Dios, ¡cuántas veces a almas que Él mismo dirigía e inspiraba directamente, la obligaba, después a dar cuenta a sus confesores y directores, para someterlo todo a la obediencia!

3º Perfección de Ma­ría. -Aplica todos estos puntos a la obediencia de la Santísima Virgen, y mira la perfección con que ejerció esta virtud.- Ayer meditábamos su obediencia ordinaria y cuotidiana, de la que ni un momento de su vida prescindió… Mira, además hoy, su obediencia la en los casos extraordinarios que a Ella… y a ti también a veces enviará el Señor.

No dudes, que el Señor tiene empeño en probar nuestra virtud… Puso a prueba la obediencia de los ángeles de Adán y de Eva…, de Abraham…, de Moisés etc., y también probó la de la Santísima Virgen…, no porque dudara de Ella, sino para hacerla resaltar más a nuestros ojos… y añadir más méritos a los que ordinariamente adquiría con su modo perfectísimo de obedecer.

Es verdad que una obediencia diaria…, constante…, siempre y en todo perfecta, deja de ser obediencia vulgar, para convertirse en obediencia extraordinaria y hasta heroica… ¡Qué gran heroísmo el de lo vulgar…, lo monótono…, lo de siempre igual todos los días! -Pues bien, Ma­ría, aparte de este heroísmo y de esta perfección…, tuvo la de la obediencia puesta a prueba en ocasiones difíciles…, extraordinarias…, en las que podía caber, a nuestro modo de entender, alguna disculpa para dejar de obedecer. -Pero Ma­ría nunca encontró esa disculpa.

Mira su obediencia a Dios que la inspira el voto de virginidad… Ella sola…, única…, sin precedente…, exponiéndose a la deshonra pública y a las burlas de los demás…, etc. -Ma­ría no mira nada, y hace alegre y prontamente lo que el Señor la inspira. -La inspira también la vida de retiro, en el Templo… y es tal su prontitud, que a los tres años se arranca de sus padres, deja su casa y obedece la inspiración de Dios. -La mandan después los sacerdotes desposarse con San José, y les obedece como al mismo Dios.- Es el ángel, quien de parte de Dios la llama a ser su Madre, y aunque no entiende cómo ha de ser eso…, se sujeta a su voluntad y obedece… y luego, ya en la vida de Jesús, ¡qué obediencia la suya en los diversos viajes que Dios dispone…, en el cumplimiento de las leyes que a Ella no la obligaban… No tiene necesidad de ir al Templo…, no tiene que purificarse de nada… y, sin embargo, antes que faltar a la obediencia, prefiere obedecer en aquello que no tiene necesidad ni obligación.

En la vida pública de su Hijo, la inspira Dios que se retire y oculte…, y no aparece por ninguna parte… La dice que debe acompañar a su Hijo en la Cruz…, y allí va decidida sin pensar en el sacrificio tan enorme que esto iba a suponer para Ella. -Obediente hasta la muerte, como su Hijo.

4º La copia. -Tú debes ser la copia de ese modelo perfectísimo. – Has de trabajar para que la obediencia sea en ti también algo esencial en la vida de tu espíritu. – Debes obedecer en lo ordinario y en lo extraordinario. -Obediencia universal en todo y a todos: Ma­ría obedece al ángel…, no dice «hágase en mí la voluntad de Dios», sino <<tu palabra»…, de modo, que aunque sea inferior, si representa a Dios, debes obedecer. -Ma­ría obedece al César, vano y ambicioso…, obedece la ley humillante…, obedece a San José…, obedece a los Apóstoles y a sus sucesores o representantes.

Debes obedecer por Dios y a Dios, sea el que sea quien en su nombre te mande. -Debes entregarte de lleno…, sencillamente…, confiadamente a quien en su nombre y con su autoridad dirige tu alma…; solo así lograrás ser verdaderamente obediente…, solo así vencerás y dominarás tu soberbia…, tu orgullo, que bajo tantas formas se manifiesta y te domina…; sólo así serás copia exacta de tu Madre…