vida religiosaPadre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

6.-RESUMIENDO.

I.- El anti-juridismo es un peligro real y vitando. Es necesario volver al amor y observancia de las reglas religiosas.

II.-El derecho común de los religiosos quedará en el nuevo Código muy simplificado.

III.-La responsabilidad de los Capítulos Generales en la adaptación de su propio derecho, es gravísima. Interpretar, por ejemplo, la nueva norma sobre la clausura como orden de: Rompan filas, sería una calamidad y manantial de calamidades para la Iglesia. El espíritu de muchas religiosas de enseñanza es de estrecha clausura. Algunas se autodefinen como carmelitas con enseñanza es decir, con la clausura y contemplación de las descalzas, pero añadiéndoles la acción apostólica.

Algo parecido podrían decir las religiosas de vida mixta pertenecientes a la gran familia franciscana, dominicana, carmelitana, o derivadas de la Compañía de Jesús, orientadas por San Ignacio a «buscar y hallar a Dios en todas las cosas» y ser «contemplativas en acción». Acción contemplativa que no se dará, si no procede de «la abundancia de la contemplación» estrictamente dicha, que impulsa al alma repleta de Dios a trasvasar en otros las maravillas contempladas: contemplata aliis tradere. Sólo así se da la vida mixta, y que únicamente así -como enseña Santo Tomás- es superior a la pura contemplativa (Sum. Theol., III, q. 40, a. 1 ad2).

La llamada mística “nupcial“, tan propia del alma femenina, -a eso inclina: a gozar de su esposo a solas: «que esto es siempre lo que han de pretender, y solas con Él sólo» como decía Santa Teresa (31); El «soy toda, toda tuya» de mi encantadora sobrina, la madrileña Teresita (32), es la mejor expresión de esta mística femenina.

Que la historia y la triste realidad actual estén en pro de la clausura, es manifiesto. Baste recordar la lluvia de palos y golpes que dieron a San Ignacio en Barcelona, hasta dejarle medio muerto, por haber persuadido a unas monjas cortasen «sus familiaridades con gente seglar» y «despidiesen a todos sus devotos, causa de la deshonra y malestar del convento» (33). Y en el capítulo 7º de la Vida de Santa Teresa, entre lo que se dice, insinúa y pondera, quedan patentes «los daños que hay en no ser muy encerrados los monasterios de monjas». Daños señalados también por Ribera-Pons en su Vida de Santa Teresa, libro 3, cap. 1º.

Si esto ocurría en la España del siglo XVI, con el «recato» de entonces, y después de la reforma de Cisneros, ¿qué ocurriría ahora? Lo que está ocurriendo.

Don Enrique Valcárcel informa de las, llamadas por él exactamente, «genialidades», surgidas en el Congreso de Teología Moral, celebrado en Madrid del 13 al 17 de enero de 1969. Una de ellas era la nueva modalidad, ya existente en Italia, para la vida religiosa. Allí «comen, trabajan, huelgan en común monjes y monjas, sin que nada desagradable ocurra, pero -se nos dijo expresamente- sobre la base de que por las noches se mantenga “cautelosa vigilancia”. Si esto es preciso, continúa el Doctoral de Madrid, porque todos duermen bajo el mismo techo, V. comprenderá que cabe dudar sobre el espíritu que allí predomina…» (34). Esto no quita que por necesidad, conveniencia y aún descanso, teniendo en cuenta la tensión en que hoy se vive, con las debidas, licencias y cautelas, se pueda y convenga modificar la ley de clausura. Los Capítulos Generales deberán pensarlo.

  1. Vida, 36, 29.
  2. María Luisa López de Uralde, Teresita, 4ª ed., p. 422.
  3. CASANOVAS, I., San Ignacio de Loyola, 2ª ed., p. 1758.; CREYTENS, R., La Riforma dei monasterii femminili dopo i Decreti Tridentini, en Il Concilio di Trento e la Riforma Tridentina. Atti dei Convegno storico internazionale, Herder, 1965, vol. I, pp. 45-84, presenta a la clausura como medio principal adoptado por el Concilio para reformar los conventos femeninos relajados. OTGER STEGGINK, La Reforma del Carmelo Español, Roma, Inst. Carmelitanum, 1965; se ocupa de la observancia de la clausura de las carmelitas antes y después del Concilio Tridentino, en varios pasajes. Todavía son más lamentables las defecciones sacerdotales y la tragedia de sus vidas desquiciadas acá abajo, no hablemos de la de arriba. «L’Osservatore Romano» del 5-VIl-1970 informaba: «De los 7.340 sacerdotes casados, desde el año 1963 hasta el año 1969, se han separado ya de la mujer con la que se habían unido unos 5.000».
  4. Cf. «Fuerza Nueva», n. 111 (22-II-1969), p. 20. Ante los miles de defecciones de religiosas (según datos que parecen verídicos, sólo en Norteamérica fueron 14.000 las que abandonaron la vida religiosa durante el año último) se impone un frenazo a la disolución post-conciliar. «Si el que pone la mano en el arado mira para atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc. 9, 62); si todo «el que comenzó a edificar y no pudo terminar» (Lc. 14, 30), merece ser reprendido, y «sólo el que perseverare hasta el fin, será salvo» (Mt. 10, 22); si todo el que da su palabra y no la cumple es menospreciado ante los hombres, cuánto más ante Dios pide a gritos remedios drásticos la desgracia de tantos miles de almas descentradas en esta vida, y Dios se apiade de ellas en la otra.