vida religiosaPadre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

  1. e) Las acomodaciones, que requieren los tiempos, se debería procurar fuesen prudentemente graduadas y escalonadas. Muchos Institutos religiosos, extendidos por diversos países, con diversas provincias religiosas y abundantes casas, tanto para la formación espiritual, eclesiástica y profana de sus miembros, como para su acción pastoral, educacional y benéfica con los prójimos, se asemejan a las grandes empresas industriales con productos acreditados en los mercados más diversos del mundo. Pues bien, lo que no se le ocurre a ningún industrial, si quiere cambiar o mejorar alguno de sus productos, que es ponerse a hacer experiencias en todas sus fábricas de la tierra, al mismo tiempo, lo están realizando algunos Institutos religiosos en todas las provincias, de todos los países, con las experiencias que vienen haciendo a todos los niveles de su vida interna y externa. Los industriales son más sensatos. Montan una planta piloto donde hacen las experiencias, y después, cuando están garantizadas por el éxito las extienden con toda seguridad y garantía a todas sus fábricas.

Las pruebas habría también que escalarlas. No se pueden hacer todas las cosas al mismo tiempo. Es necesario contar con los recursos humanos, espirituales, culturales, científicos y económicos que se tienen. Además, cuando un ejército ha realizado grandes avances y alcanzado cotas difíciles, o por los reveses sufridos se encuentra desmoralizado, seguir avanzando, parece un error táctico. Lo cuerdo sería consolidar las posiciones, o replegarse hasta reorganizarse convenientemente. Pero hoy nadie piensa en pararse. Nos ha invadido un vértigo de acción, una megalomanía de obras nuevas y cada vez más complicadas, y por tanto más difícilmente controlables; y con mandos bisoños, que no han ascendido por méritos de guerra, ni se han visto contrastados en el yunque de la realidad, a través de escalafones cada vez más duros y más amplios, se diría que el peligro de descomposición no está lejano.

Es evidente que una de las causas de las calamidades actuales es la epidemia de superiores jóvenes que padecemos en la Iglesia. Cuando en el mundo civil grandes ancianos: Adenauer, Churchill, De Gasperi, Ghandi, Eisenhower, De Gaulle, Oliveirra Salazar, Franco…, han prestado eminentes servicios a sus respectivos pueblos en circunstancias dificilísimas se entrega en el mundo eclesiástico el gobierno de sectores amplios e importantes a jovencitos inexpertos, en una de las épocas más turbadas de la historia. Son los jóvenes, si son hondos y sinceros, los primeros en lamentarlo. Públicamente decía no hace mucho un joven propagandista católico que para el éxito de su gestión necesitaban: cabeza de anciano, corazón de joven y brazos de hombre.

Tanta sabiduría, claro está, no cabe en los jóvenes arribistas y trepadores que también saben arrastrarse. Refiriéndome a ellos dije públicamente hace tiempo: Yo, que paso ya de los 50 años, consulto sin cesar a los ancianos que tenemos en Comillas con más de 80. Y saco siempre luz, ánimo y freno. Los que pasan de 30, jamás me consultan a mí, ni consultan a ellos: ¡son unos sabios!