Padre Manuel Martínez Cano m.C.R.
Hace más de veinte años que recibo una revista muy piadosa, devota del Corazón de Jesús. Este mes, en el artículo central, comenta un documento del Papa Francisco. Dice que, en el pasado, se han cometido tres errores que ahora es preciso corregir.
Lo primero que se ha de corregir es que hemos insistido más en el deber de la procreación que en el valor de la unión, en el deseo de crecer en el amor y en el ideal de la ayuda mutua.
Lo segundo, el poco interés que hemos mostrado por comprender la situación en que se encuentra las parejas que han contraído matrimonio y acompañando a lo largo del camino.
La tercera cosa que debemos corregir es que hemos presentado un ideal teológico abstracto y artificial del matrimonio, excesivamente alejado de la situación y las posibilidades de las familias reales.
Me ha extrañado casi todo lo que he leído. Lo he comentado con varios matrimonios. Han sonreído mucho. El más joven de los esposos, ha dicho: “Lo único que no me dijeron es que había que poner los pañales a los hijos. Y es muy gratificante”. No estaba de acuerdo con esas afirmaciones del documento.
Es penoso reconocerlo, “el humo de Satanás que penetró en la iglesia”, en tiempos del Beato Pablo VI, se está convirtiendo en tinieblas infernales en ámbitos eclesiales. La Iglesia tiene que pedir perdón de todo lo imaginario. El cardenal Marx ha dicho que también se ha de pedir perdón a los homosexuales. Y los homosexuales saben perfectamente que la Iglesia los trata como personas, como hijos de Dios que son.
Conozco sacerdotes, fieles a la doctrina de la Iglesia que aplican una pastoral del matrimonio y la familia envidiable. Y la historia de la Iglesia no debe convertirse en una “memoria histórica” envenenada. La Iglesia Católica es la gran benefactora de la humanidad.
La actuación de la Iglesia a través de los siglos es sencillamente admirable. Su maravillosa difusión por todo el mundo, superando grandes dificultades; la santidad de sus héroes y sus mártires; sus admirables realizaciones y su influencia en la civilización universal, hacen que la Iglesia Católica sea admirada por todos los hombres de buena voluntad.
El estudio de la Historia de la Iglesia es de vital importancia para que el católico se confirme en su fe y amor a su Santa Madre Iglesia.
Para los disidentes de la Iglesia de buena fe, que buscan la verdad, conocer la Historia de la Iglesia puede ser el punto de partida para su retorno al seno maternal de la Iglesia.
Para ateos y agnósticos de buena fe, el conocimiento de la Historia de la Iglesia podría ser el punto de arranque que les haga abandonar sus errores.
Nada de lo que ocurre en nuestros días es nuevo. Satanás siempre ha querido destruir la obra de Cristo, pero jamás lo conseguirá. La Iglesia, como el mismo Cristo, será siempre «signo de contradicción». Lo ha sido durante dos mil años, lo es hoy y lo será mañana, hasta el fin de los tiempos.