marcelino menendezMarcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941

  1. El Rey humanista

En 26 de febrero de1443, entró Alfonso V, Rey de Aragón, en la conquistada Nápoles, con pompa de triunfador romano: coronado de laurel, con el cetro en la mano diestra y el globo áureo en la siniestra, en carro tirado por cuatro caballos blancos, mostrando a sus  pies, encadenado, el Mundo… En la pompa, medio bárbara, medio clásica, con que se solemnizaba aquel día de gloria, aparecía de resalto el carácter de iniciación artística que iba a tener aquel reinado. «Entonces fue revelado a los españoles (dice un crítico reciente) el nuevo aspecto de la vida italiana, y poco después empezaron a conocer los italianos la nueva vida española». La corte de Alfonso V es el pórtico de nuestro Renacimiento , la primera escuela de los humanistas españoles.

Hasta entonces nuestras relaciones con Italia habían sido puramente guerreras y comerciales; la dominación de la casa aragonesa no había llegado todavía al continente, pero era inevitable que llegase. La grandeza y prosperidad comercial de Barcelona, la hizo en breve tiempo rival de las repúblicas marítimas italianas (1). Y cuando los derechos de la sangre y el voto popular de los sicilianos, después de las sangrientas vísperas de Palermo, movieron a D. Pedro III a recoger la herencia de Corradino y a ocupar la más grande y opulenta de las islas italianas, bien puede decirse que catalanes y sicilianos, conducidos a la victoria por Roger de Lauria, formaron un solo pueblo durante aquella edad heroica en que el gran monarca aragonés que, según la expresión de Dante, D’ogni valor portó cinta la corda…, y a quien hizo Boccaccio héroe de la más delicada y exquisita de sus novelas, resucitó las muertas esperanzas de los gibelinos de toda Italia. Ni un punto se interrumpe durante la Edad Media esta fraternidad entre ambos pueblos; no hubo Príncipe más querido de sus vasallos de Sicilia que D. Fadrique de Aragóri, y la compañía catalana que pasó a Oriente llevaba por primer jefe a un italiano (de Brindis), Roger de Flor. De tal modo se catalanizó aquella isla clásica, que vino a quedar como segregada del continente, y .apenas participó de los generales destinos de Italia. Igual fenómeno, y todavía con influencia más honda, presenta la isla de Cerdeña, cedida a don Jaime II de Aragón por el Papa Bonifacio VIII en 1297, y definitivamente conquistada de los pisanos en 1326 por los catalanes, que establecieron allí una .colonia y comunicaron su lengua, la cual persiste en Alguer, tercera población de la isla. Aparte de estas conquistas, los catalanes intervinieron en la historia de Italia, ya como soldados mercenarios ya como piratas, ya como traficantes. Los siglos XIV y xv marcan el apogeo de su gloria comercial. Ya en 1307 tenían dos cónsules de su nación en Nápoles, y sus mercaderes ocupaban una calle entera. En Pisa tenían desde 1379; no sólo cónsul, sino lonja o casa de contratación, libertad absoluta de  comercio, exención de todas las gabelas impuestas a los forasteros, y otra porción de privilegios útiles y honoríficos. Pasaban, como ahora, por muy industriosos, ladinos y sagaces: homines cordati et sagaces inter hispanos, dice Benvenuto de Imola. «Guárdate de pláticas y tratos con catalanes», exclama un personaje de la novela 40 de Massuccio Salernitano. A cathalano mercatore mutuum non accipere, es consejo de Pontano.

Tenían los italianos muy vaga y confusa idea del centro de España. Sólo por excepción habían conocido algún ejemplar de los españoles de Castilla, de los semibarbari et efferrati homines de que habla Boccaccio. Del tratado De vulgari eloquio se infiere que Dante no sabía siquiera la existencia de nuestro romance, o le confundía con el provenzal. Existían, sin embargo, las relaciones religiosas con Roma, las relaciones jurídicas con los decretalistas y glosadores de los estudios de Bolonia y Padua. Alfonso el Sabio había sido elegido emperador por iniciativa de los pisanos, que le llamaban excelsiorem super omnes reges qui sunt vel fuerunt unquam temporibus recolendis…

Un Infante de Castilla, hijo de D. Fernando, el famoso aventurero D. Enrique, llamado el Senador por  haber lo sido de Roma, personaje inquieto y revolvedor . a quien no pueden negarse ni esfuerzo bélico ni ciertas dotes de político, lidió bizarramente en Tagliacozzo, como auxiliar de Corradino, al frente de 800 caballeros españoles, y, si se perdió la batalla, no fue ciertamente por su culpa, sino por haber cejado la hueste de los alemanes que acompañaban al desventurado Príncipe gibelino. Mejor y más duradera memoria dejó en la centuria  siguiente el cardenal Gil de Albornoz (uno de los más grandes hombres que nuestra nación ha producido, y en talento político quizá el primero de todos), reconquistando palmo a palmo el patrimonio de San Pedro, aniquilando a los tiranos que le oprimían y devastaban y abriendo nueva era en el estado político de Italia y aun en el derecho público de la cristiandad. Ningún otro español, sin excluir al mismo Alfonso V, ha pesado tanto como él en la historia de Italia, aun en aquello que esta historia tiene de más universal. Pero sus acciones, como meramente personales que fueron, no quitan al Rey de Aragón la gloria de haber injertado el primero la rama española en Italia, para que allí reinase largo tiempo, según la expresión de Paulo Giovio: Qui primus Hispanicae sanguinis stirpem, ut diu regnaret Italiae inseruit. En él comienza la españolización de la Italia meridional, que se adelantó en más de medio siglo a la del resto de Italia.

(1) …«la gran metrópoli mediterránea, señora, en otro tiempo, del mar latino dives opum studiisque asperrima belli, y destinada acaso, en los designios de Dios, a ser la cabeza y el corazón de la España regenerada». (Estudios de crítica literaria. Quinta serie, página 68.)