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 Naturalmente la muerte es algo que causa pánico. Pero es cosa cierta que hemos de morir y que la muerte no es igual para todos. La muerte en gracia de Dios es eternidad feliz. La muerte en pecado mortal, es infierno para siempre, aunque se rían los que un día no se reirán si tienen la perversidad de enfrentarse tan descaradamente con el Evangelio de Jesucristo. Pero hay hombres que han sabido de antemano que debían morir a plazo fijo. Y han demostrado una gallardía extraordinaria. ¿Ejemplos? Recordemos el célebre P. Daniel A. Lord, jesuita norteamericano, que fue muy famoso por sus escritos al enterarse de la inminencia de su muerte por padecer cáncer pulmonar. Y escribió un artículo con este título: «Mi amigo el cáncer».

Dice así:

-«Es cáncer -dijeron los médicos-, cáncer en los pulmones. Mi pregunta era inevitable: – ¿Cuánto tiempo viviré? Ellos querían suavizar la cosa lo más posible. Pero, ¿qué podían decir? ¿Quién sabe? No se pueden hacer predicciones sobre el cáncer. Me sentí aliviado. Yo esperaba morir algún día del corazón o de un ataque, y tenía miedo de que mi muerte fuera repentina o quizás sin Sacramentos. El cáncer me parecía algo amable, casi como la venida preliminar del ángel de la muerte para decirme: Todavía no. Tienes tiempo para pensar, orar y enderezar las líneas del libro de la vida. En la Letanía de los Santos, siempre he dicho con gran sentimiento: De muerte repentina e imprevista, líbrame, Señor.

Puesto que todos debemos morir, Dios se muestra amable cuando envía un mensajero anticipadamente con una gentil pero enfática advertencia. De seguro que todos podemos dedicar un poco de tiempo para prepararnos para el juicio. Porque la muerte no es el fin sino el  principio de la única vida que puede satisfacer la inquieta; ilimitada, gloriosa sed de nuestras almas inmortales. Dios permite la enfermedad como un preludio a la muerte. Si en ella hay sufrimiento, Cristo sufrió primero y comparte su pena con divina generosidad. El darse cuenta que uno tiene cáncer, agudiza nuestra mirada de conjunto, sobre la vida; la tierra es más hermosa, el cielo algo más claro y cada momento del día es precioso, algo para atesorarse.

Me alegra que haya médicos que han tomado con interés el problema de esta enfermedad. Pero cuando leo que ella es el peor enemigo del hombre, no estoy tan seguro de ello. No puedo comprender del todo ese espantoso miedo al cáncer. He conocido a tantos que murieron tranquilamente por su causa: un amigo sacerdote, con el cáncer en la lengua, se fue silenciosamente a su cuarto, duró meses santificándose y  murió con una sonrisa; el prefecto de un colegio de muchachos, que dirigió la escuela desde su cama, sostuvo entrevistas, impulsó el desarrollo del colegio y trabajó casi mejor durante su enfermedad que en la plenitud de su salud.

Parece que Dios utiliza las cosas que tenemos, para acercarnos más a Él. Puesto que debemos morir y dado que la muerte es la entrada a la vida, me alegro personalmente de que el cáncer, el amable mensajero, vino con alguna anticipación. Porque la vida parece más dulce cuando se funde suavemente en la Vida que es la Promesa Eterna».

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Pedro Muñoz Seca ha sido un autor teatral de ingenio reconocido. Cultivó el llamado género «astracán». Y sus obras, tan numerosas, son muy conocidas. «La venganza de Don Mendo», «La caraba», «Calamar», «Anacleto se divorcia», «Usted es Ortiz», «Los extremeños se tocan», «La voz de su amo» etc., etc., llenaron largas temporadas teatrales.

Pedro Muñoz Seca era hombre cultísimo, con doble doctorado en Derecho y en Filosofía y Letras, gran conocedor de la literatura y del griego clásico. En 1936 fue detenido y encerrado en la Cárcel Modelo de Madrid. Fue fusilado junto con otros miles de prisioneros -alrededor de 10.000- en Paracuellos de Jarama, el 28 de noviembre de 1936. Pedro Muñoz Seca se enteró cuatro días antes de que sería fusilado. Y entonces, con toda la serenidad posible, al recibir la noticia, propuso a sus compañeros de reclusión practicar Ejercicios Espirituales para prepararse cristianamente para la muerte. Él los había practicado muchas veces, desde la edad escolar, en el Colegio de San Luis Gonzaga, del Puerto de Santa María. Por esto se hallaba en condiciones de poder dirigir los Ejercicios. En cuanto terminaron, dispuestos con la contrición de sus pecados y el perdón de sus enemigos, el «día de salida de Ejercicios» fue también para ellos el día de su salida de este mundo al encuentro de Dios. Aquella misma noche murieron fusilados. No todos murieron. Uno quedó malherido, lo dejaron por muerto y pudo escapar. Él fue quien contó el hecho de estos Ejercicios Espirituales, «predicados» por Pedro Muñoz Seca a sus compañeros de martirio.

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El canónigo de Vic doctor Juan Lladó era un sacerdote de gran prestigio. Por su caridad, por su predicación, por su buen ejemplo. Había recorrido muchos lugares y era conocido por doquier. En 1936, fue detenido. Cuando le detuvieron, uno de sus carceleros le dijo: -«No sonreirás así cuando te encuentres ante los fusiles». Y es que eI doctor Lladó tenía siempre la sonrisa en los labios, e incluso cuando le anunciaron que le iban a ejecutar. Lo llevaron en coche por la carretera a un bosque de pinos. Alineados los cuatro que le iban a asesinar y con su víctima a unos doce metros junto a un pino, como siguiese todavía el sacerdote sonriendo, uno de los cuatro, admirando su sangre fría, preguntó: -¿Cómo? ¿La muerte no os da miedo? -En absoluto, y si queréis concederme unos minutos os voy a decir por qué recibo con tanta alegría la noticia de mi ejecución inmediata. Os lo pido como última gracia. -Concedida -dicen-, pero no pienses que vas a engañarnos. -Pues bien: durante mi vida he pedido a Dios tres principales gracias y veo que Dios me las quiere conceder: la primera, mi salvación, lo más importante y necesario para todo hombre, y como para salvarse es menester morir en gracia de Dios, yo creo lo estoy, y me matáis… ¿No he de estar contento si veo claramente que voy al cielo? La segunda gracia que pedía es la de poder dar mi sangre por Jesucristo. Cuando pensaba que Jesucristo la había dado por mí, yo le pedía: SEÑOR, QUE YO PUEDA MORIR POR VOS. La verdad, no veía cómo podía llegarme esta gracia… Pero ahora vamos a ver: ¿quieren decirme por qué me matan? -¿No eres sacerdote? -Sí, lo soy. -Pues esto basta. -¡Ah! ¡Entonces muero por Cristo, y me siento feliz al ver que ha sido atendida mi segunda súplica! ¡Qué gloria morir mártir! Finalmente, en cuanto a la tercera gracia que pedía, no sé si la obtendré, aunque confío: era la gracia de salvar un alma. Es tan grande salvar un alma, que por esto lo dejé todo, me hice sacerdote y confesaba, predicaba, ensenaba catecismo, visitaba enfermos, me sacrificaba… Yo no sé si con todos mis esfuerzos he logrado salvar un alma que, en vez de caer en el infierno, pueda subir al cielo conmigo. Si lo supiera moriría más tranquilo… Si pudiera salvar a uno de vosotros… El buen canónigo dijo con tanta unción estas palabras, que uno de los que le apuntaban con el fusil, movido por la gracia divina, salió de la fila, echó su arma y postrándose a los pies del sacerdote, cuya mano besó llorando, exclamó: -¡Padre, usted me salva a mí! ¡Es mi alma la que usted ha pedido a Dios! -Ché, ¿qué te pasa? -grita el jefe- . ¡Apártate de aquí! -¿Qué no veis que esto es grande? ¿Cómo hemos de matar a hombres así? Después de todo también nosotros somos cristianos… -Mira -grita el jefe- , déjate de tonterías y apártate. Si no, te matamos también a ti. -Padre -responde el convertido- , deme la absolución, porque prefiero morir con usted que seguir con ellos. Los otros, sin inmutarse ante la escena tan emocionante, redoblan su furor y a una orden de su jefe descargan sus fusiles y caen juntos el valiente sacerdote y su compañero.

Todos hemos de morir. El hombre es el único ser de la Creación que sabe que ha de morir. Vivamos siempre en gracia de Dios. Sobre nuestro pecho, una medalla de la Virgen. Y cuando en nuestra familia, amigos, conocidos, vecinos, sobrevenga un peligro de muerte, NO HAGAMOS LA CRUELDAD DE NO PROCURAR QUE RECIBAN LOS SANTOS SACRAMENTOS. Y cuando nosotros nos encontremos graves, como el mejor salvoconducto para la paz de nuestra alma, pidamos la presencia del sacerdote para limpiar nuestros pecados y unirnos a Cristo.

«¡CUANTOS SE HABRÍAN CONDENADO PARA SIEMPRE SI LA SANTÍSIMA VIRGEN NO HUBIERA ROGADO POR ELLOS A SU HIJO!», dice San Alfonso María de Ligorio. Y es cosa cierta que el que es perseverante en rezar cada mañana y cada noche TRES AVEMARÍAS, no le faltará la ayuda eficaz y salvadora de María. Nadie se arrepentirá de haberlas rezado.