Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 214, febrero de 1997
Habiéndoos explicado la doctrina del pecado venial, debernos tener muy presente que ninguna alma puede entrar en el cielo si tiene manchas de pecados veniales.
La pureza infinita de Dios es incompatible con cualquier mancha de pecado, por leve que sea. La sombra de pecado no puede coexistir con la santidad infinita. Pero además es conforme a la justicia que cualquier culpa, aunque sea ligera, debe tener su sanción, en esta vida o en la otra.
Como nos enseña la experiencia, muchos mueren sin haberse arrepentido de sus culpas, o de la afición a ellas, y no han hecho la penitencia debida. Han de sufrir forzosamente la pena merecida por ellas,
La existencia del Purgatorio es además de una enseñanza dogmática de la Iglesia, una verdad enteramente razonable. Si este castigo no existiera, los hombres de modo general, no haríamos caso alguno de las faltas veniales.
Hemos de considerar que en el Purgatorio las almas están certísimas de su salvación, de que no pueden pecar. Pero al mismo tiempo, sufren las penas correspondientes a sus culpas. Una de esas penas, la más dolorosa, semejante a la de los condenados, es la de estar privados de la visión de Dios que es la plena felicidad.
Aquí en la tierra, cuanto más cercanos estarnos a conseguir un bien que anhelamos, mayor es nuestro sufrimiento al no conseguirlo. Al pobre presidiario que tras muchos años de presidio se le aproxima la fecha inmediata de su libertad y sin embargo, por diversas causas se le difiere aquel día, se le hacen insoportables los días de su retraso hacia la liberación. La familia a la que han privado los terroristas de un hijo al que tienen secuestrado y se alargan inacabables los días del reencuentro, vive en una constante zozobra llena de sufrimiento. Recuerdo los días de mi infancia bajo el dominio rojo, cuando manifestarse católico era delito de muerte. A todos los mayores se les hacía insufrible el paso de los días y los meses sin que llegara la liberación de las tropas nacionales. Todos estos ejemplos nos pueden dar alguna idea del sufrimiento indecible de las almas del Purgatorio que anhelan la felicidad en la unión con Dios en el cielo, y no la ven realizada todavía por la necesidad de su purificación. Las almas del Purgatorio, libres de toda preocupación terrena, solamente ansían el gozo, que la inteligencia humana no puede concebir, en la visión de Dios en la gloria del cielo con los bienaventurados.
Aumenta más la pena el saber que todo ese esperar es por razón de las culpas y faltas de penitencia. Ahora bien, todo ese sufrir está templado y querido por la identificación perfecta con la voluntad de Dios y el deseo de su gloria, que convierte su sufrir en amar y el amar es sufrir hasta el momento dichoso del encuentro definitivo con el Señor.
Dos enseñanzas y resoluciones debemos sacar de esta consideración. Primero, luchar enérgicamente contra el pecado venial, luchar contra los afectos desordenados, dar gloria de Dios haciendo las obras por su amor y reparar por nuestros pecados y los de todos los hombres. En segundo lugar, ser generosos con las almas del Purgatorio, ofreciendo por ellas sufragios de sacrificios, oraciones y buenas obras. Lo que hagáis por uno de estos mis pequeños que sufren en la Iglesia purgante, por Mi lo hicisteis, no dice el Señor. Él nos dará la recompensa de nuestra generosidad.