P. Manuel Martínez Cano m.C.R.
Un antiguo alumno, me ha enviado el L’Osservatore Romano, en lengua española, del 7 de octubre del 2016. Entre otras cosas, el Papa Francisco habla de la democracia y dice, varias veces, que “el pueblo es soberano”. Es el dogma fundamental del democratismo. Todos los partidos políticos, coinciden en ese mismo error.
En su encíclica “Notre charge apostolique”, el Papa San Pío X habla de unos católicos que han llegado al grado de perversidad de afirmar que el pueblo es soberano. Tenemos que matizar, analizar, definir. Sobre la democracia, sobre la soberanía del pueblo, se han escrito ríos de tinta.
El Beato Pío IX decía que identificar la soberanía con una mayoría electoral, sin ningún límite moral, no es cristiano. Y afirmaba: “Os bendigo finalmente, con el objetivo de veros ocupados aún en el difícil empeño de suprimir, si posible fuera, o a lo menos a atenuar una plaga horrenda, que aflige a la sociedad humana y se llama sufragio universal… Esta es una plaga destructora del orden social y merecería con justo título ser llamada “mentira universal”.
En algún lugar he escrito que los inventores de la globalización de la mentira, tienen la obligación de decir la verdad. Ya sabemos que no es lo mismo mentir que errar. Estar convencido de un error. San Pío X nos dice que. “No tenemos necesidad de demostrar que el advenimiento de la democracia universal no tiene nada que ver con la acción de la Iglesia en el mundo… hay error y peligro en atar sistemáticamente el catolicismo a una forma de gobierno; error y peligro que son más graves cuando se cifra la religión en un género de democracia cuyas doctrinas son erróneas”.
Y en la misma encíclica, San Pio X, dice: “Más extraño todavía, espantosas y aflictivas a la vez, son la audacia y levedad de hombres que, llamándose Católicos, imaginan refundir a la sociedad en las condiciones dichas y establecer sobre la tierra, cima de la Iglesia Católica, el reinado de la justicia y el amor, con obreros venidos de todas partes, de todas las religiones o faltos de religión, con creencias o sin ellas, a condición de que olviden lo que nos divide, es a saber, sus convicciones religiosas y filosóficas. Y, de que pongan en común lo que los une”. No hay nada nuevo bajo el sol. Si nos divide, divididos estaremos.
El P. Alba nos decía que debemos leer lo que han escrito los santos, porque ellos son los mejores teólogos. En su encíclica Evangelium Vitae, San Juan Pablo II, nos dice: “En realidad, la democracia no puede mitificarse, convirtiéndola en un sucedáneo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Fundamentalmente, es un “ordenamiento” y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter moral no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe “someterse”; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve”.
Los fines de las democracias, los estamos viendo: divorcio, aborto, eutanasia, “matrimonio homosexual”, corrupción pedagógica en colegios, institutos, universidades… una sociedad sin Dios.
Nuestro Santo Padre, Juan Pablo II, nos advierte: “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”.
Le he dicho a nuestro antiguo alumno que recuerde estos textos de los Papas, toda la lección del tema. Hitler ganó las elecciones democráticas de Alemania por mayoría absoluta.