padre canoPadre Manuel Martínez Cano, mCR

Dios nuestro Señor perdona todos los pecados por graves que sean. Los perdona y los olvida. Siempre que el pecador se arrepienta y pida perdón a Dios. Cristo instituyó el sacramento de la penitencia para perdonar todos los pecados y dio a la Iglesia el don divino de perdonar los pecados.

Sólo hay un pecado que Cristo dijo que no se puede perdonar, el pecado contra el Espíritu Santo. San Mateo, san Marcos, san Lucas y el apóstol San Pablo, en su carta a los Hebreos, transmiten las palabras de Jesús: “Cualquier pecado o blasfemia serán perdonados a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Quien hablé contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro” (Mt 12, 31-32).

El Papa Francisco ha dicho: “Pero también está lo contrario, la imperdonable blasfemia. Es duro oír a Jesús decir esas cosas, pero Él lo dice, y si Él lo dice es verdad. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres – y sabemos que el Señor perdona todo si abrimos un poco el corazón, ¡todo! –: los pecados y cualquier blasfemia que digan, pero el que blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre.

…Pero, ¿a quién no perdona el Señor? – ¡No! ¡El Señor lo perdona todo! Pero quien dice esas cosas está cerrado al perdón. ¡No quiere ser perdonado! ¡No se deja perdonar! Esto es lo feo de la blasfemia contra el Espíritu Santo: no dejarme perdonar”.

Cristo no se contradice. Él dio a la Iglesia el poder de perdonar todos los pecados. el pecado contra el Espíritu Santo es el pecado de endurecimiento y obstinación de la voluntad y el corazón, que por falta de las disposiciones necesarias -arrepentimiento contrición, propósito de enmienda- , no puede perdonarse. El concilio de Trento definió la contrición como “dolor del alma y aborrecimiento del pecado cometido, juntamente con el propósito de no volver a pecar”. Tampoco se perdonan los pecados del que va a confesarse con la intención de no decir al sacerdote uno de sus pecados mortales.

San Juan Pablo II, ha dicho: “Tened presente que todavía está vigente y lo estará por siempre en la Iglesia la necesidad de la Confesión íntegra de los pecados mortales y la norma en virtud de la cual para la recepción digna de la Eucaristía debe preceder la Confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”.

El Beato Cafaso decía a los sacerdotes: “El sacerdote ansioso de emplearse en acciones grandes, sublimes, gloriosas, confiese; el que desee ser útil al prójimo, confiese; el que aspira a granjearse muchos méritos, confiese”

“Sin confesión no hay salvación” (Beata Jacinta de Fátima).

La Virgen dijo a Santa Brígida: “Yo soy la Madre de las Misericordias, yo soy el acceso de los pecadores a Dios. Ninguno hay tan maldito, a quien falte mi misericordia, mientras vive en este mundo… Por muy pecador que sea un hombre, con tal que vuelva a mí de todo corazón, y con la disposición sincera de corregirse, estoy pronta a recibirle enseguida. No reparo en el grado de su culpabilidad, sino solamente en la intención de su buena voluntad. No hay pecador tan culpable, a quien no ayude, por poco que pida mi ayuda… ¿qué cosa más repugnante que lavar las llagas de un leproso? Pues bien, cualquiera que me invoque no me desdeño de tocar sus llagas, de ungirlas y de sanarlas.”