+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

La semana pasada dedicábamos nuestra carta dominical al sociólogo Zygmunt Bauman, fallecido recientemente, y a su teoría de la modernidad líquida, por la que es muy conocido. Hoy me referiré al análisis que realiza del crecimiento de las desigualdades en nuestro tiempo. Un libro suyo muy interesante es Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global. Se trata de una compilación de pequeños ensayos en la que examina los males de la desigualdad social a partir del concepto de “daño colateral”, una expresión que proviene del argot militar, normalmente para referirse a las consecuencias accidentales de las intervenciones militares y a los efectos no intencionales ni planeados de una acción armada. Bauman traslada el concepto de “daño colateral” a las víctimas de una sociedad cada vez más globalizada.

El grueso de esas víctimas colaterales está compuesto por los pobres. Incluso los desastres naturales afectan mucho más a los más pobres que a los que no lo son. Un huracán o un terremoto no son clasistas ni selectivos en sí mismos y pueden golpear igualmente a ricos y pobres; sin embargo, creo que no hay dificultad para reconocer que las catástrofes naturales no afectan igual a unos y otros, dependiendo en buena medida de los recursos de que se disponga para afrontarlas. Según Bauman, las bajas y daños colaterales afectan básicamente a los miembros de una clase que se ha dado en llamar marginal, una parte de la población situada en el extremo inferior de la distribución social de la riqueza. Es una de las consecuencias de la globalización en forma de crecimiento de las desigualdades y formación de una clase social caracterizada por la precariedad.

Bauman alerta del peligro que significa pensar en términos de daños “colaterales” sin que se produzcan mayores problemas de conciencia. Eso desemboca en una actitud por la que se acaba asumiendo tácitamente la desigualdad de derechos y oportunidades que hay en nuestra sociedad y se llega a pensar que esos daños no son lo suficientemente relevantes como para que las administraciones dediquen mayores recursos a su prevención. Llega a la conclusión de que en la fase de globalización desenfrenada a la que hemos llegado, los factores esenciales de solidaridad humana requieren un marco institucional nuevo. Un marco de creación de opinión y de voluntades que va más allá de las fronteras de los países concretos, por lo que habría que llegar a instituciones universales. Habría que llegar a un “planeta social”, basado en organizaciones y asociaciones no gubernamentales que actúen a escala universal.

Nuestro autor no propone soluciones concretas para salir de esta encrucijada. Ahora bien, sus aportaciones nos ayudan a la reflexión, para que no acabemos atrapados por la desesperanza. El mensaje principal es alertar de que los pobres cada vez están más privados de oportunidades y derechos y se van convirtiendo en las víctimas de los daños colaterales de la política y la economía en una sociedad globalizada en que las distancias entre ricos y pobres, en lugar de estrecharse, se van ensanchando. El hecho de que el sufrimiento humano creciente se considere como simple colateralidad, sumado a la desigualdad social también en crecimiento, componen una mezcla explosiva, que seguramente se convertirá en el principal problema del siglo XXI. Un problema que hoy por hoy no concita la suficiente atención de nuestros políticos y gobernantes. Estamos a tiempo, no miremos hacia otro lado.