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Los sacramentos (continuación). Penitencia

Cristo confirió a su Iglesia, a sus sacerdotes, el poder de perdonar los pecados cuando vean que el pecador es digno del perdón. Para conocer si merece o no el perdón, es claro que necesitan conocer los pecados y disposiciones del penitente, es decir si merece o no el perdón. Todo lo cual, como es evidente, sólo puede saberlo por la manifestación del propio penitente. Para hacer una buena confesión, el penitente debe ante todo recordar sus pecados: examen de conciencia, arrepentirse de ellos por temor a Dios (atrición), o por amor a Dios (contrición perfecta); proponer seriamente la enmienda: propósito; decir los pecados al confesor con toda sinceridad y verdad, y cumplir la penitencia u obra que el confesor le mande. Basta un examen de conciencia diligente, pero no tiene que ser excesivo.

La contrición perfecta -por amor a Dios- pone al alma en gracia antes de confesarse, pero con propósito sincero de hacerlo y sin que esto la autorice a comulgar si los pecados se han cometido después de la última confesión. Esto puede tener una importancia práctica enorme, porque, puesto en gracia por la contrición perfecta y en la imposibilidad de confesarse, el pecador en peligro de muerte puede esperarla con la confianza de que se salvará. En cambio, la sola atrición no le pondría en gracia de Dios y su salvación se haría, muy problemática. Para recuperar la gracia de Dios con sola atrición es necesaria la absolución sacramental. El arrepentimiento de los pecados y el propósito de no cometerlos más, son los actos más importantes del cristiano al confesarse. Los pecados dudosos no hay obligación de confesarlos -a no ser que se trate de materias en las que se suele pecar-. Si has confesado un pecado como dudoso porque así lo tenías en la conciencia, aunque luego adquieras certeza de que lo cometiste, no tienes obligación de confesarlo de nuevo. El callarse algún pecado en la confesión es un sacrilegio y… una gran tontería: pasar la vergüenza de decir algunos pecados, no se te perdona ninguno ni siquiera los que confiesas, tendrás que volverlos a confesar todos, mientras más tardes más te costará, cometes un sacrilegio. ¡Todo un negocio! Cumple la penitencia lo más pronto que puedas, a ser posible inmediatamente después de confesarte. Pero aun antes de cumplirla puedes comulgar.

Hay obligación de confesarse por lo menos una vez en el año. Quien estando en pecado quiere comulgar, o está en peligro de muerte, tiene obligación grave de confesarse.

La Unción de los enfermos.

Está establecida para los bautizados que después del uso de razón están en peligro de muerte, por enfermedad o vejez. Hay que recibirla en estado de gracia, conseguido por confesión o por contrición perfecta. Si no fuera posible la confesión ni la contrición perfecta, bastaría la atrición: con ella y la Unción, el enfermo recobraría la gracia santificante. Doctrina muy práctica que puede salvar a quienes mueren sin poder confesarse y por otra parte no son capaces de hacer un acto de contrición perfecta. En este caso, sería obligatorio recibir la Unción de los enfermos, aunque en general no pueda afirmarse la obligación grave de recibirla.

Efectos de la Unción son: confortar el ánimo del enfermo, purificar su alma de las reliquias del pecado, y la recuperación de la salud si así le conviene al enfermo par a su bien espiritual. Por aquí se ve qué tonto es el temor de recibir la Unción de los enfermos como si fuera la «puntilla» que los acaba. Es precisamente al revés: les da salud y paz, paz que también contribuye a recobrar la salud.

Con la muerte acaba la vida y con ella el tiempo de prueba que Dios nos ha puesto en este mundo, el tiempo de merecer o desmerecer por el pecado. Inmediatamente después, Dios nos juzgará a cada uno. El que muera en gracia irá al cielo, ya sea inmediatamente o después de haber dado en el purgatorio la satisfacción que haya merecido por sus pecados veniales o mortales no plenamente perdonados en cuanto a la pena. El que muera en pecado mortal irá en seguida al infierno.

El Orden

Los sacramentos hasta ahora explicados santifican ante todo a la persona individual. Pero las personas mueren. Dios ha previsto la pervivencia del mundo con la institución natural del matrimonio, y la perennidad de los medios de santificación en su Iglesia mediante el sacramento del Orden. El mismo matrimonio, como veremos, Dios lo ha elevado a la dignidad de sacramento.

El sacramento del Orden es el rito por el cual se confiere potestad sobre las cosas sagradas y se constituye la Jerarquía eclesiástica en diversos grados. Las órdenes principales son el Episcopado, el Presbiterado y el Diaconado. La potestad sagrada, como toda autoridad legítima, viene de Dios y no se concede para exaltación de los agraciados, sino para que sirvan, instruyan y santifiquen al Pueblo de Dios, Es lógico y debido, por otra parte, que los fieles veneren y sean agradecidos con aquellos a quienes Dios hace instrumentos de su salvación y viven y trabajan para ellos.

El matrimonio.

Fue instituido por el mismo Dios al principio del mundo, como causa segunda o cooperación de los hombres a la permanencia de la especie humana. El matrimonio consiste en un contrato entre hombre y mujer con el que mutuamente se confieren el derecho exclusivo a los actos propios para la procreación. Este mismo contrato es el que Cristo elevó hasta la dignidad de sacramento de la Iglesia. Se debe recibir en gracia de Dios y confiere aumento de gracia santificante y derecho a los auxilios sobrenaturales para llevar una vida santa y feliz y educar bien a los hijos. Los mi­nistros del sacramento del matrimonio son los mismos contrayentes, en cuanto que cada uno se entrega al otro y lo acepta. Sin embargo, por evidentes razones, la Iglesia exige una «forma» para que se celebre válidamente este sacramento: la presencia del obispo o del párroco -o un sacerdote delegado por ellos- y dos testigos por lo menos.

El fin primario del matrimonio es la propagación de la vida y la educación de los hijos: educación física, intelectual, religiosa y moral. El fin secundario es la ayuda recíproca, material y espiritual y el remedio de la concupiscencia o deseos sexuales. Cualidades esenciales del matrimonio son la unidad, es decir, simultáneamente, uno con una; y la indisolubilidad, es decir, la permanencia de las mutuas obligaciones mientras dure la vida de los dos cónyuges.

La conciencia cristiana, guiada por la Iglesia, y ésta a su vez garantizada por Dios, tiene que reaccionar enérgicamente contra varias profanaciones del matrimonio que hoy tratan de abrirse camino aun entre católicos:

  1. El uso del matrimonio excluyendo la posibilidad de la procreación, es decir, su fin primario.
  2. El divorcio vincular, que libere de las obligaciones contraídas y permita otras nupcias.
  3. El aborto, verdadero asesinato del hijo, verdadera ignominia de un mundo que se dice civilizado.

Una explicación más detallada de la materia matrimonial, un tanto complicada, es impropia de esta instrucción rápida y elemental, y habrá que buscarla en otros libros o bien consultar a algún sacerdote.

Los sacramentales

Los sacramentales son cosas o acciones de que, a imitación de los sacramentos, se sirve la Iglesia para obtener POR SU IMPETRACIÓN algunos bienes para sus fieles, sobre todo bienes espirituales. Los sacramentales no borran los pecados ni dan por sí mismos la gracia, pero la alcanzan por la impetración de la Iglesia, que los ha instituido. Sacramentales son, entre otros, el uso del agua bendita, la limosna hecha por amor de Dios, la bendición de los sacerdotes, las candelas…

Las indulgencias

Las indulgencias son el perdón, delante de Dios, de la pena temporal debida por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa. Este perdón lo concede la autoridad de la Iglesia a los vivos a modo de absolución extrasacramental, y a los difuntos a modo de sufragio. Las indulgencias son plenarias o parciales, según que por ellas se obtenga, de conformidad con la intención de la Iglesia, el perdón de toda la pena debida, o solamente parte de ella. Para ganar las indulgencias plenarias suele prescribirse la confesión y la comunión, la visita de alguna iglesia y determinadas preces u oraciones. La confesión puede hacerse en alguno de los ocho días que preceden al que se fija para la indulgencia. La comunión puede hacerse en la víspera. Ambas dentro de la octava siguiente.

«Al cristiano que en peligro de muerte no pueda tener un sacerdote que le administre los Sacramentos y la Bendición apostólica con indulgencia plenaria, la Iglesia, Madre piadosa, le concede benignamente, si está en las debidas condiciones -es decir, en estado de gracia-, indulgencia plenaria, que ganará en el artículo de la muerte, con la condición de que, durante la vida, haya rezado habitualmente algunas oraciones. Para ganar esta indulgencia plenaria es laudable el uso de un crucifijo o cruz. Esta indulgencia plenaria in articulo mortis se puede ganar, aunque el mismo día se haya ganado otra indulgencia plenaria.» (Const. apost. lndulgentiarum doctrina, 1-1-1967.)

«MARÍA ES MADRE DE DIOS PARA ALCANZARLO TODO, Y MADRE DE LOS HOMBRES PARA CONCEDERLO TODO», decía Bossuet. Y este poder y mise­ricordia de María también se manifiesta en los que con fe y perseverancia rezan cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS. Felices los que las rezan.