ESCUDO EPISCOPAL SAIZ+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

 

Hemos comenzado una nueva Cuaresma, una nueva oportunidad para reflexionar sobre nuestra vida, especialmente sobre nuestra relación con Dios y con los demás. Un tiempo propicio para renovar la vida de fe y para seguir adelante en el camino de conversión personal, pastoral y social. El Evangelio de hoy presenta a Jesús en el desierto, lugar del silencio, de la austeridad; donde el ser humano está más carente de apoyos materiales y  resulta más fácil apuntar a lo esencial considerando las preguntas fundamentales de la existencia; en definitiva, donde es más fácil el encuentro con Dios. El desierto es también el lugar de la soledad y de la prueba. Jesús va al desierto y será tentado con la intención de que se aparte del camino indicado por el Padre para seguir otros senderos más cómodos.

La Cuaresma es un tiempo oportuno para revisar la propia vida y comprobar la situación de nuestra escala de valores y el lugar que Dios ocupa en ella. Reflexionar sobre las tentaciones que Jesús soporta y vence en el desierto es una invitación a superar las tentaciones que nos acechan en el camino. El objetivo de toda tentación es apartar a Dios del centro de la vida, es organizar el mundo sin Dios, o considerándolo como algo irrelevante, es que nos fijemos únicamente en las realidades más prácticas y materiales. La tentación  se nos presenta a menudo bajo apariencia ética, es decir, no invitando directamente a hacer el mal, sino más bien a ir abandonando lo intangible para centrarnos en lo que de verdad es real, lo que se puede palpar materialmente, en definitiva, en el poder, la gloria y el pan material. Ante estas realidades tan constatables, las cosas de Dios parecen ciertamente más difusas, como algo secundario de lo que se puede ir prescindiendo (cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pp. 37-55).

Convertirse significa entonces poner a Dios en el centro de la vida, seguir a Jesús de manera que el Evangelio sea la guía concreta, no utilizar la religión en provecho propio; significa reconocer que somos creaturas, que dependemos de Dios. Y esto tiene como consecuencia que nuestros criterios de actuación se han de iluminar desde la Palabra de Dios. Vivir como cristianos no es fácil, aunque formemos parte de una sociedad cuyas raíces son cristianas y seguramente hayamos sido formados en una familia o en una escuela cristiana. Es preciso reafirmar la opción vital de ser cristiano en medio de una cultura secularizada y del juicio crítico de muchos de nuestros contemporáneos; es necesario renovar y alimentar cada día nuestra fe, porque nos toca vivir contracorriente.

Será preciso mantenerse firmes en la defensa de opciones que muchos consideran superadas en temas relativos a la familia y a la vida, a la libertad de educación, o al bien común en todas sus formas. La tentación de esconder la propia fe para no entrar en posibles conflictos estará siempre presente. El tiempo de Cuaresma es tiempo de ejercicio, de conversión, de reavivar la fe. La oración, el sacrificio y el compartir es lo que la Iglesia nos aconseja. Necesitamos oración, silencio y desierto. “Es necesario pasar por el desierto y vivir en él para recibir la gracia de Dios; allí es donde nos vaciamos, donde arrojamos de nosotros todo cuanto no es Dios (…) Es un tiempo de gracia, un período por el cual necesariamente ha de pasar el alma que quiere producir frutos.” (Beato Charles de Foucauld).