P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Madrid, 19 de octubre de 1960

Rev. Padre Juan Terradas Soler,

Cooperador Parroquial de Cristo Rey,

Madrid

Querido y reverenciado Padre Terradas:

Con una amable supervaloración de mis facultades espirituales me pide opinión sobre su hermoso libro, a punto de editarse, Una epopeya misionera (La conquista y colonización de América vistas desde Roma), y yo, que no sé negarme a ninguna solicitud de mis amigos, venzo, no mi modestia, sino mi certeza de escasa aptitud para el empeño, sólo por acceder a su petición y porque entre esos amigos ocupa usted un lugar predilecto, el mismo que sin duda gozo yo entre los suyos, pues sólo así tiene una explicación el honor que hoy me brinda.

No puedo negar la impresión abrumadora de las casi 60 páginas del texto manuscrito que he debido leer dedicadas a reseñar cuanto de malo se ha dicho y escrito de España; de sus más gloriosos reyes, y sus más santos misioneros, hasta formar ese cuerpo compacto de injurias y calumnias que desde hace cuatro siglos hipoteca el honor de nuestra historia, bajo el título de leyenda negra.

Confieso que no conocía yo tan profusa ofensiva con el detalle de ahora, y perdone mi franqueza al decirle que al correr de esas páginas he sentido una real angustia, se me ha ido alterando la paciencia y la cólera ha perturbado de tal modo mi ánimo que por un momento he llegado a desear que la injuria a la Patria tomase forma humana, para luchar a brazo partido con ella, al modo de un Don Quijote en descomunal batalla con sus fantasmas. Por fortuna poco había de durar la alucinación, pues proseguí la lectura, seguí adelante y en seguida disfruté del maravilloso texto, cuatro veces más extenso que el que agrupa los ataques, en que se expone desde Alejandro VI (1493) a Juan XXIII (1960), cuanto han dicho y escrito los Romanos Pontífices en defensa de España, como descubridora, colonizadora y civilizadora de América.

Queda con esto definido su libro, como completo índice de las salidas al campo de la polémica, de la santa palabra de los Papas en defensa de una España cercada desde hace siglos por los rabiosos y despechados enemigos de la gloria de sus triunfos contra el Islam y contra la Reforma, defensa que rebasa los deberes de una natural alianza (pues los enemigos de España lo fueron siempre, y a la vez, de Roma), para simbolizar el paternal cariño de los Sumos Pontífices hacia la España que ensanchó inmensamente los dominios de Cristo.

Y dentro de esa antología consoladora destaca, ¿cómo no?, la intervención ardiente de Pío XII, el Padre de la Cristiandad, cuya vida y cuya obra nos ha permitido a sus fieles poder percibir, casi presenciar, la realidad de “cómo es un Santo en la Tierra”.

Transcribe usted, Padre Terradas, nada menos que 71 textos, y en ellos 129 citas de alabanza a la obra misional de España, tan ligada a la obra política que nunca hubiera alcanzado tales loores por parte de aquella eminente Cabeza de la Iglesia de Cristo, si la actuación de nuestra Patria hubiera sido lo nefasta que pintan nuestros enemigos. Nadie puede dudar del elevado nivel de religiosidad de nuestros conquistadores y colonizadores, y de ello dan fe en las páginas de su libro de usted casi todos los Papas reinantes desde el Descubrimiento. Pues bien, un buen católico no es posible que ejerza su misión con el ansia funesta de explotación, sin reparar en medios, cual lo pinta la leyenda negra. Nadie duda de que no hay mejor regla jurídica para el que manda, lo mismo que para el que obedece, que los preceptos de la Iglesia, y así como un buen católico tiene que ser, sólo por ello, un perfecto súbdito del poder temporal y un ejemplar ciudadano, recíprocamente no habrá régimen político superior a aquel en que desde la cabeza visible del Estado al más modesto peón y funcionario del mismo, se practiquen la honradez, la justicia y la caridad; preceptos bien simples de la doctrina de Jesucristo, predicada hace dos mil años, y el único antídoto y preventivo contra el espíritu revolucionario, sus conspiraciones y sus daños .

Todo esto viene a demostrar que la inmensa mayoría de nuestros colonizadores, como buenos cristianos viejos, atesora esas virtudes. Lo prueba:

  1. Que estando hermanadas la civilización y la obra misionera, y pudiendo equipararse hoy la civilización americana con su maestra la europea, la perfecta calidad del resultado garantiza la bondad de los medios empleados en lograrla.
  2. La piedad de América es sólida y no superficial; así lo proclaman los Sumos Pontífices, y no puede haber opinión más veraz. Si esa piedad hubiese tenido como único vehículo de introducción la crueldad y el terror, se hubiese desprendido como odioso lastre del alma de todos aquellos pueblos, apenas alboreó en ellos la libertad política, y
  3. En comparación con las “independencias de hoy”, ni los americanos quemaron la cruz, que había sido la bandera de España al descubrirlos y siguió siendo al colonizarlos, ni mancillaron el gran día de su independencia con salvajes reacciones, en forma de actos vindicativos de horrenda criminalidad. Al comparar las independencias de 1810 con las de 1960, ¿quién será capaz de negar que España había civilizado mejor y más, o explotado menos a sus colonizados que los amos “dimitidos” de ahora? En cualquiera de los términos del dilema, y no digamos si ambos están a nuestro favor, “nosotros ganamos”; y creo llegada la hora de que los calumniadores de nuestra Patria entonen el “mea culpa” y renieguen de la historia “negra” que durante cuatro siglos, en tremenda falsificación, han servido al mundo.

No hay sin embargo que hacerse ilusiones sobre esta conversión, pues los autores de la odisea calumnia no obedecieron a sentimientos puros, ni fueron deberes de conciencia los que envenenaron sus plumas, sino el rencor, desde los días de nuestra grandeza imperial, a todo lo español. Ni será tampoco demasiado necesaria gracias a la luz con que su libro de usted va a barrer las sombras que toda vía puedan oscurecer los espíritus de cuantos hombres de lengua castellana tengan la fortuna de leerlo.

Lo creo así, mi querido Padre Juan, y siento con estas líneas la necesidad de proclamarlo bajo mi firma. Es imposible que tras conocer estos centenares de alegatos a nuestro favor, por parte de los más venerables pastores de la Iglesia, pueda quedarle a un católico, la menor sombra de duda acerca de quién tiene razón en el pleito histórico sobre la calidad de nuestra colonización en América, y es seguro, como consecuencia automática, el fallo favorable al litigante calumniado, que es España.

Si es así, como debe ser, se habrá dado un paso gigantesco hacia la unidad espiritual entre la Madre Patria y sus hijos de América, como fue el anhelo constante del llorado Pontífice Pío XII, quien propugna en todos sus escritos y sus prédicas la constitución de un bloque hispanoamericano, encabezado por España, titulándolo “inagotable reserva”, para la lucha por la doctrina de Jesucristo y el triunfo de su  Iglesia.

Y yo, ante ese concepto de tono bélico, aunque no lo sea de intención, reacciono profesionalmente, como corresponde a mis casi sesenta años en el oficio de soldado, para recoger la idea y subrayarla con la afirmación de que las reservas -como ésa que pide Pío XII- son las masas de maniobra en manos de los caudillos, las  cuales, lanzadas a la lucha en momento y lugar oportunos, ganan las batallas, y con ellas las guerras.

Y al hablar de guerras viene de la mano citar el objetivo estratégico-religioso de la epopeya americana, tal y como la señala claramente el historiador francés Luis Bertrand, nuestro fervoroso y leal amigo, cuando en las páginas 320 a 331 de su bella Histoire d’Espagne, obra totalmente impregnada de amor a nuestra Patria, afirma con otros historiadores, y prueba con incontrovertibles argumentos, que Colón jamás partió al descubrimiento de tierras nuevas , sino en busca, por Occidente, del continente asiático, con el fin de ganar para la cristiandad, y por ende para Europa, unos aliados potentes que amenazaran por su retaguardia a los terribles enemigos de la fe y del continente europeo, que eran entonces los sarracenos, asentados peligrosamente en Bizancio y el Oriente Medio.

Hay un curioso documento firmado por los Reyes Católicos, y descubierto en Barcelona entre el contenido del Archivo del Reino de Aragón, que justifica tal hipótesis. Es una especie de carta credencial de presentación de “nuestro Capitán, el noble Cristóbal Colón” a un supuesto príncipe oriental, cuyo nombre no se menciona, porque naturalmente se ignora, y que lo mismo puede ser el Negus de Abisinia, país cristiano, que el Gran Khan, personaje de leyenda, cuyas riquezas y cuyos ejércitos se aspira a sumar a la última y definitiva Cruzada que aplaste para siempre el poderío turco y libere los Santos Lugares del yugo mahometano.

Estos altísimos objetivos de puro carácter religioso explican el apoyo apasionado al proyecto de Colón que le prestaron las órdenes monásticas, especialmente los dominicos, y aún más los franciscanos, grandes misioneros de la Edad Media, quienes veían en una alianza con el Extremo Oriente, el único medio de maniatar el peligro turco en Europa.

Y véase cómo aquella solución de prodigio, soñada en la Edad Media, puede hacerse actual si gracias a la unidad religiosa, sólida y vehemente, del continente americano, en su abolengo español y portugués sobre todo, se alcanza la formación de la masa de maniobra anhelada por Pío XII. Serían casi 200 millones de católicos militantes, capaces de romper todos los equilibrios, incluso los militares, en favor de quienes hoy constituyen en Europa y en América del Norte, la única barrera, no demasiado sólida por cierto, contra la amenaza de Oriente, verdadero “peligro amarillo”, encabezado por los fanáticos y feroces adeptos de la hoz y el martillo. Quién sabe si aquella fantástica maniobra estratégico-católica, concebida ya en la Edad Media, puede llegar a ser estimada cuatro siglos después como resolutiva entre adversarios similares, y exactamente dentro de la misma geografía.

Es prodigioso comprobar cómo las situaciones se repiten monótonamente a lo largo de la historia, casi siempre a causa, de la servidumbre que somete al hombre el casillero inmutable de la geografía, pero a pesar de la aceptación de tal fenómeno nos quedamos absortos al poner en parangón la idea, renovada después de cuatrocientos años, de buscar por el camino de Occidente el apoyo de muchedumbres adictas y fervorosas del Dios verdadero, para luchar y cerrar el camino a las hordas, éstas sin Dios, que avanzan amenazadoras desde el más extremo Oriente.

La suprema aspiración, al pensar y hablar de América, del Soberano Pontífice Pío XII, fue reunir en una suprema unidad de almas a esa sólida muchedumbre americana, segura reserva para la victoriosa y última maniobra contra el mal de hoy, y a esa excelsa idea contribuirá infinitamente este libro de usted, Padre Terradas, porque si logra, como merece, despejar los últimos nubarrones de la leyenda negra, abrirá el paso para ocupar la cabeza del magno grupo de naciones que hablan y rezan en castellano, a la Madre España, a quien Dios, quizás , depare así la gloria de un nuevo Lepanto.

Y por si el libro no bastase, los Cooperadores parroquiales de Cristo Rey han sentado ya pie en aquellas lejanas tierras, para proseguir, cual nuevos y abnegados misioneros del siglo XX, la obra unificadora de almas bajo el signo de la cruz, a la que debe todo aquel continente su luminosa civilización. Son ustedes, por tanto, vanguardia voluntaria para la aterradora batalla que no parece posible eludir; y por eso, ocurra lo que ocurra, merecen ya los Cooperadores y usted la gratitud infinita de quienes sienten sobre ellos y sus hijos la amenaza homicida y esclavizante del comunismo marxista e internacional.

Así lo estima y proclama su más fiel amigo y admirador, q. b. s. m.,

Firmado: José Ungría.