Una Epopeya misionera

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Podríamos decir, inspirándonos en el esquema ignaciano de las dos banderas, que a la luz romana se oponen las tinieblas de Babilonia, donde tiene asentada su “cátedra de fuego y humo” “el caudillo de todos los enemigos”.

Estas negras tinieblas -que tratan de ofuscar pertinazmente la verdad católica- han invadido todos los terrenos. Especialmente ha quedado afectado el histórico, “de donde, sobre todo -como dice León XIII en el Breve «Saepenumero considerantes”-, sacan los enemigos sus hostiles dardos”.

En el importante documento que acabamos de citar -dedicado en su integridad a los estudios históricos-, el gran Pontífice León XIII analiza sagazmente los ardides de que se valen los enemigos de la Iglesia al escribir la historia. Cualquier trampantojo parece lícito a su desfachatez. Para desfigurar los hechos y “arrimar el ascua a su sardina”, no se detienen ante nada. Vamos a transcribir aquí los párrafos más aleccionadores, remitiendo a los lectores al texto íntegro de este Breve:

“Los perennes monumentos de la historia son, por sí mismos -para quien los considera con ánimo tranquilo y sin prejuicios-, una magnífica y espontánea apología de la Iglesia y del Pontificado. De tales monumentos aparece la verdadera naturaleza y la magnitud de las instituciones cristianas”.

 “Así, pues, pareció necesario a aquellos que se proponían atacar al Pontificado, con toda clase de armas, no olvidar a la historia, testigo fiel de tantas grandezas”.

 “Con este intento, se han investigado los mínimos restos del pasado; se ha indagado en los últimos rincones de los archivos; se han vuelto a poner sobre el tapete fábulas fútiles, y a repetir cien veces argumentos cien veces refutados.

Mutilando a menudo o remitiendo astutamente a la penumbra lo que forma como los ejes claves de la historia, han dado en disimular por el silencio los fastos gloriosos y las gestas memorables, mientras ocupaban toda su atención en señalar y exagerar lo que con temeridad o menos rectamente se había podido obrar”.

 “El arte de la historia en estos tiempos no parece ser sino la conjura de los hombres contra la verdad. Ciertamente, divulgadas de nuevo las antiguas calumnias, vemos a la mentira deslizarse entre los gruesos tomos y los libros de vulgarización, entre las ligeras hojas de los periódico y las atrayentes formas del teatro”.

 “Pero lo más grave es que tal manera de tratar la historia ha invadido las mismas escuelas. A menudo se ponen entre las manos de los muchachos libros de texto repletos de ideas falaciosas. Acostumbrados a estos manuales, los jóvenes -sobre todo si a ello se añade la perversidad a liviandad de los maestros- fácilmente se imbiben de desdén para la venerable antigüedad, y de desvergonzado desprecio para las más santas personas y cosas.

Acabadas las primeras letras, se encuentran con peligros aún mayores. Pues en las elucubraciones de los estudios superiores se pasa de la narración de los hechos al análisis de las causas. Y, apoyándose en éstas, se construyen teorías, y temerariamente se formulan juicios, a menudo claramente opuestos a la doctrina revelada por Dios. Y todo con el único fin de disimular y oscurecer los grandísimos y saludables bienes que, en el curso de los siglos, se han derivado de las instituciones cristianas. Y tales métodos históricos son empleados por muchos, importándoles poco ser incoherentes consigo mismos, y que sus discursos estén llenos de contradicciones, y que la llamada filosofía de la historia sea envuelta por ellos de espesas tinieblas”.

 “Interesa, pues, muchísimo apartar este peligro…, hay que esforzarse enérgicamente en refutar las mentiras y falsedades, recurriendo a las fuentes”.

 “Ya que los enemigos sacan sus hostiles dardos sobre todo de la historia, es necesario que la Iglesia se defienda con las mismas armas, y que fortifique con más cuidado los flancos atacados con mayor violencia”.

 

(León XIII: Breve Saepenumero considerantes, sobre los estudios históricos, 18-VIII-1883.)

 

 

He aquí al descubierto, magistralmente analizados por el inmortal Pontífice, los engañosos fraudes de los enemigos de la Iglesia, en materia histórica: silenciar, mutilar, atenuar, oscurecer, desfigurar; cuando no, mentir y calumniar.

Sirviéndose de tales artimañas, han escrito la historia reformadores, judíos y masones, difundiendo después su virus por todo el mundo. Al final de esta primera parte -y en elocuente parangón con la doctrina pontificia- citaremos varias de estas patrañas históricas. De la simple comparación aparecerá la radical oposición que existe entre la Cátedra Romana y la cátedra de Babel. “Dos campos hay, hay dos banderas… Noble verdad, mañas arteras. Y “no hay composición posible entre la luz y las tinieblas. Ni concordia entre Cristo y Belial, afirma San Pablo.

Los intelectuales católicos, conscientes de que “la primera Ley de la historia es no osar mentir; y la segunda, no temer decir la verdad”, no dudarán un instante en la elección. Santamente apasionados por toda la verdad, rechazarán a mil leguas cualquier tergiversación de la realidad histórica.