Obra Cultural

La vejez es una etapa de nuestra vida y tiene, como todas las demás, su carácter propio, una atmósfera y una temperatura propias, sus penas y sus alegrías. Quizá estamos más dados a ver lo desagradable que nos puede ocurrir en la ancianidad, que las ventajas de que podemos gozar en ella. Veamos, pues, ante todo:

Los privilegios de la ancianidad.

El anciano ha dejado empleos, se ha zafado prudentemente de los negocios, después de haber adiestrado, para que le suplan, a hijos y nietos. La anciana va declinando poco a poco sus responsabilidades de la casa, reservándose pequeñas prestaciones que le producen un gozo deportivo: planchar, poner la mesa, secar los cubiertos, apagar luces, mecer al nieto. Otra ventaja de los ancianos es que son depositarios de un capital de tiempo. Les sobra tiempo. ¡Cuántas cosas pensabas hacer cuando te jubilases! Pues ahora tienes oportunidad: ordenar papeles, leer cosas leídas y cosas nuevas, hacer chapucejas en casa… En suma, transformar en realidad lo que era pensamiento. A lo mejor, tu tiempo sobrante lo podías traspasar a los hambrientos de tiempo, y les echas una mano en sus tareas.

La vejez es benemérita

El caudal de la historia sigue su curso por vuestra gestión. Recibisteis más o menos conscientemente un depósito de costumbres, de formas de vida, de estilo de hablar, de fe religiosa, con una mano. Y con la otra, lo legasteis a la generación que vosotros mismos habéis creado. Si no os hubiéramos tenido a vosotros, la vida se hubiera estancado. Nos faltaría en el mundo una preciosa compañía, unos consejeros valiosos y desinteresados, un ejemplo constante de moralidad, de entereza, de paciencia, de austeridad, de hombría de bien, de laboriosidad. Nos interesa teneros en casa porque sois el contrapeso del atolondramiento juvenil. Esas sentencias que soltáis de tiempo en tiempo, serenamente, pero con autoridad, después de esperar el momento oportuno, dichas con amor, son bengalas de colores que brillan en el camino oscuro que llevan estos jóvenes rebosantes de ardor pasional. Sois la alegría de vuestros nietos, mentores de sus juegos; sois narradores deliciosos de cuentos y fantasías. Vais espaciadamente, gravemente, espolvoreando principios religiosos o normas morales: Mira a la Virgen. Échale un beso. Hay que hacer caso a los padres. No te vengues de ése. Perdónale. Todo, con fórmulas muy sencillas. Sois dechado de templanza. Lleváis con estolidez y algunas veces con alegría y disimulo vuestros achaques, para no preocupar a los hijos. Porque alguna enfermedad pequeña o grande siempre acompaña a la vejez. Sois censores de la vida de familia. No os excedáis porque este oficio es arriesgado y no gusta, porque la inmediata responsabilidad de la marcha de la casa es del cabeza, que ya no sois vosotros.

Una contribución importante.

Contribuid a la paz y a la alegría del hogar en que vivís, con cosas muy sencillas: escuchar, dar un consejo oportuno, no mangonear, no criticar, no protestar por todo. Sed la persona que reúne a sus hijos, que acoge, que mantiene unida a toda la familia. Esto sólo es posible cuando el anciano mantiene una actitud equilibrada, y se dirige serenamente hacia la última etapa de su camino aquí en la tierra. Es importante recordar que no se deben vivir estos años de espaldas a Dios, cuyo encuentro está cada vez más cercano; son una estupenda llamada a una vida interior más intensa: «Cuando pasas las cuentas del Rosario, o rezas las letanías, o hablas familiarmente con Dios, consigues del cielo un caudaloso torrente de gracias. Tus oraciones son avaladas al ofrecer tus propios sufrimientos en unión con los de Cristo». Por medio de tus oraciones y de tu dolor, los pecadores se convierten, los infieles abrazan el don de la fe, las almas sin fuerzas hallan una nueva e insólita esperanza, las almas rebeldes conforman su voluntad con la de Dios y el Purgatorio se vacía. No conocerás estos frutos de tu oración hasta que llegues al cielo. Pero sería ridículo que un anciano dijese con resignación: «Lo único que puedo hacer es rezar». ¿Es que se puede hacer algo más grande?

Solo.

¿Que estás solo? Si sois una caterva en tu casa: hijos, nietos… y con todo esto te sientes solo, marginado, no cuentan contigo. Procura ser útil y provechoso, como los ancianos que facilitan la vida, que se prestan para muchas cosas: un recado, una pequeña reparación, una noticia de interés familiar. Que seas el paño de lágrimas de la casa. Ahora que tienes tiempo ¿por qué no vas a Misa? A lo mejor necesitan sufragios tus familiares y amigos difuntos. Te cuesta poco y puedes hacerles un gran bien. Aun viejos y solos, Dios no nos desampara nunca. Vuélvete a Él y reconócelo. A lo mejor es el eterno olvidado de tu vida. Él está deseando restaurar relaciones truncadas por tu culpa. No por la suya. Piensa en el más allá. Examínate. Duélete de tanto tiempo perdido. Porque por perdido puede tenerse el tiempo en que, distantes de Él, no hemos ofrecido a Dios nuestras actividades aunque sea con una voluntad general de servirle. Que para eso nos ha tenido tantos años en el mundo.

Tristeza.

Sin saber por qué, estás triste. Y al mismo tiempo te rebelas contra la tristeza. Se puede combatir la tristeza buscando distracciones, compañía de hombres serenos. Tira de un libro, enciende la tele o la radio: Pon buena cara, que esto contribuye a serenarse interiormente. Y no estés triste para hacerte interesante, para que te atiendan más. No es por ahí. La tristeza es antipática y antisocial. Del triste se huye. Aunque no la sientas, finge alegría. Cállate tus penas. Pregunta, di cosas que provoquen interés o risa. Un remedio divino contra la tristeza: ¿Quieres consolarte? Consuela. El arte de consolar no consiste en regalos, ni en palabras, ni siquiera en una ayuda positiva, cuando estas cosas no van acompañadas de algo más íntimo y sobrenatural. Para consolar hay que vivir en Dios y llevar a Dios, fuente eterna de felicidad. Por esto la mayor consoladora es María; y María durante su vida mortal no necesitó muchas palabras para consolar. Iba por el mundo llevando en sí misma y consigo a Jesucristo. También en la eternidad, lo mismo que en el tiempo, la Madre de Dios llega al corazón del que llora, llega suave y sencilla con la experiencia del dolor, sin la experiencia de la culpa, para elevarnos a la región de la serenidad. También nosotros podemos consolar haciendo que brille en nuestras almas el Señor.

Religiosidad.

El pretexto para no ser hombre religioso es la falta de tiempo, la inmersión en la lucha de la vida. Dios se oscurece, se aleja. Pero es por culpa nuestra. En esta edad en que estamos de vuelta de tantas tosas, hay que dedicar un tiempo a buenas lecturas. Éstas te hacen radiografías del alma, te serenan, te abren horizontes. Hay que familiarizarse con los dos sacramentos repetibles: confesión y comunión. Hay que decirle a Dios: Te he tenido olvidado. He dialogado con muchas criaturas, pero a Ti hace tiempo que no te he dado los buenos días. Quiero reconciliarme contigo y restaurar la amistad que contraje contigo acabado de nacer, en el bautismo. No sea que cuando nos veamos por primera vez seamos unos desconocidos. Tú, Señor, lo has hecho bien. Me has conservado hasta esta edad provecta que, según parte antigua de la Biblia, es un beneficio imponderable. Yo he sido un tirado. Con la Misa del domingo pelada ya me creía un cristiano perfecto. No he cuidado de desvanecer mi ignorancia religiosa, y sé poco y mal de cosas de Dios.

Agonía

No te preocupes que ya llegará. Y ya te avisarán. Tú mismo lo notarás. Porque se nota. Yo no he estado en este trance, pero me pregunto: ¿En qué pensará uno que está sacando el billete para el otro mundo? Pues creo que dos ideas le absorben: el tremendo desengaño ante la vanidad de la vida. Tanta fanfarria, tanto teatro, y luego todo termina en esto. Y otro pensamiento absorbente de la última hora, si estamos conscientes: ¿Dónde caigo ahora? Sabemos por divina revelación que hay un juicio y una retribución. Pero ¿cómo será lo que hay más allá de la frontera? Una solución tajante: echémonos en brazos de la divina misericordia. No puede ser que, arrepentidos de todo lo malo, Dios no nos tenga de su mano. ¿Y la Virgen? ¿Creéis que la Virgen va a estar ociosa en aquella hora? No sería Madre si nos dejara solos y desamparados. No te atormenten pensamientos inquietantes. Confía ahora y confía entonces y confía siempre. Voy a preparar mi muerte con tiempo, del mejor modo posible. Quiero que sea una muerte verdaderamente cristiana. Pues para morir bien, vivir mejor. Limpiamente, con ejercicio constante de la caridad, con la oración, uso de confesión y comunión y vida decente. Y de relleno, callar, aguantar, esperar, aburrirte cuando llegue el caso, cansarte cuando no haya más remedio. Y no desesperarse. Y aguardar la muerte que es principio de la VIDA. Felices aquellos ancianos y ancianas, tan libres de las amarras de la vida, que dicen con rabiosa sinceridad: Yo, cuando Dios quiera.

«NADA IGUAL A MARÍA. NADA MAYOR QUE MARÍA, SINO SÓLO DIOS», dice San Anselmo. Y para lograr la protección de María, ayudan ciertamente las TRES AVEMARÍAS de cada mañana y cada noche, rezadas con fe y amor.