ESCUDO EPISCOPAL SAIZ

+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

El 25 de marzo se celebra la Jornada por la Vida, que este año tiene como lema, “La luz de la fe ilumina el atardecer de la Vida”. Como nos recordaba san Juan Pablo II, “el Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas”(EV 1). Con estas palabras iniciaba la encíclica Evangelium Vitae y subrayaba que este es el fundamento y el punto de partida para afrontar desafíos siempre nuevos en  el camino de la Iglesia y de la sociedad. Han pasado 22 años y tanto los desafíos como las dificultades han ido en aumento. Estamos asistiendo a un cambio cultural y social condicionado por un pensamiento laicista cuya finalidad es excluir a Dios de la vida de las personas y de los pueblos y relegar la vivencia de la fe y la práctica religiosa al ámbito privado. En definitiva, un proceso de secularización que aparentemente se convierte en imparable.

Somos testigos directos de cómo se va extendiendo el relativismo, que niega la existencia de un verdad objetiva, que es sustituida por la opinión subjetiva del individuo haciendo que, al final, todo resulte convencional y negociable; también se imponen cada vez más  la subjetividad y el individualismo, que desembocan en la despreocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos y a la creación de nuevos y a veces arbitrarios derechos individuales. Vamos desembocando en un  concepto de libertad muy individualista y absoluto, que acaba por ser la libertad de los más fuertes contra los débiles. Este cambio cultural hace que se resquebraje la concepción integral del ser humano, con el resultado de un hombre falto de consistencia, fragmentado y «líquido».

¿Y qué podemos hacer nosotros, pobres y pequeños como somos? Recuerdo las palabras que el papa Benedicto dirigió a los jóvenes en la JMJ de Madrid en el acto de acogida: “Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias” (Benedicto XVI JMJ Madrid, 18-08-11). Nosotros, como creyentes, vemos en el aborto y la eutanasia un terrible rechazo del don de la vida. Creemos firmemente que el ser humano debe ser respetado y tratado como una persona desde su concepción hasta su muerte natural, y la ciencia y la técnica deben estar ordenadas al hombre y a su desarrollo integral. También aplicamos este criterio a personas que hayan podido cometer incluso grandes males contra sus semejantes, y por eso estamos en contra de la pena de muerte. Porque la vida es don de Dios y nadie tiene el derecho de arrebatarla a sus semejantes ni a sí mismo.

La vida del ser humano proviene de Dios y, por tanto, Dios es el único señor de la vida, y de este señorío divino se derivan la sacralidad e inviolabilidad de la vida humana. Nuestro primer compromiso como cristianos consiste en anunciar el Evangelio de la vida, es decir, a Jesucristo mismo. El Dios que da la vida debe celebrarse en la oración cotidiana, individual y comunitaria, en los sacramentos, en la existencia diaria, vivida en el amor y el don de sí mismo a los demás. También es preciso llevar a cabo un auténtico cambio cultural, que debe comenzar desde dentro de las propias comunidades cristianas mediante la formación de la conciencia y la educación a favor de la vida. En resumen, un nuevo estilo de vida que afirme la primacía del ser sobre el tener, y de la persona sobre las cosas, así como el paso de la indiferencia al interés por el otro, y del rechazo a la acogida. En definitiva, crear una nueva cultura de la vida. Que de la mano de María, Madre de la Vida, trabajemos por la vida respetándola y promocionándola.