Una Epopeya misionera

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Acabamos de considerar los manejos de los enemigos declarados de la Iglesia para retorcer a su gusto los eventos históricos, impío conato de convertir a la Maestra de la Vida en un arma contra la verdad católica.

¿Habrá algún hijo de la Iglesia, consciente de su dignidad, que se atreva a imitar, o siquiera alabar a hombres tan malvados? Desgraciadamente todos hemos visto con amargura a ciertos hermanos nuestros de credo, liberales o progresistas, formando en el cortejo de los embaucadores de la “acera de enfrente”.

Pío XII ya se dolía amargamente de “los demasiado numerosos desviados, quienes, mientras permanecen unidos a nuestros hijos fieles en el terreno de la fe -así al menos lo creen ellos-, se apartan de él para formar en el cortejo de ciertos movimientos que tienden realmente a secularizar y descristianizar toda la vida tanto privada como pública”.

El historiador católico liberal da su primer paso hacia el error cuando pierde el amor filial y la confianza en la Cátedra de Pedro. Perdida ésta, y como consecuencia lógica, procura sustraerse a la tutela doctrinal de Roma, en todos los terrenos, incluido el histórico.

Ahora bien, su actitud, gravemente ofensiva para la Iglesia, no puede calificarse sino de indigna. Lo dice explícitamente León XIII en el Breve tantas veces citado:

“Es indigno que muchos de entre los católicos… gusten de ciertas novedades peligrosas, en las disciplinas históricas, y sigan y aplaudan a los escritores del otro campo con tanto más ardor cuanta mayor es su saña contra las instituciones católicas, mientras juzgan que han de ser despreciados los mejores de nuestros escritores”.

Indigna es su manera de obrar; pero, además, necia y ridícula. Pues, a la verdad, adoptan como maestros a quienes, sumidos en un maremágnum intelectual, no pueden sino emitir juicios errados en la realidad histórica.

La historia del mundo es, de hecho, un tejido de sucesos providenciales, dirigidos por Dios a la salvación del género humano.

Como decía Pío XII, con profundidad de pensamiento, “la historia de la humanidad en el mundo es algo bien diverso de un proceso de fuerzas ciegas; es un suceso admirable y vital de la historia misma del Verbo divino, la cual en Él se inició y por Él tendrá su complemento el día del universal retorno al primer principio”.

Por ello, la historia no puede ser juzgada con exactitud sino por quienes tienen un concepto sobrenatural del universo. Y es precisamente este concepto o visión sobrenatural lo que falta a los secuaces de la “cátedra de fuego y humo”, imbuidos todos ellos como están de ideas racionalistas, materialistas o liberales.