José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca”
septiembre de 1974

V

El que haya leído con atención los juicios elogiosos de la Jerarquía habrá visto lo que es evidente: que no se trata sólo de muestras de cortesía o de halago ocasionales; no se trata sólo del respeto debido a toda autoridad; mucho menos suponen una ascripción a lo que es en política contingente y opinable; ni es lo principal la afirmación de éxitos o aciertos (con ser muchos). Lo que se elogia primordialmente es una ejemplaridad y unos criterios adecuados (no sólo unas buenas intenciones); es la dedicación a unos valores fundamentales, que la Iglesia oree imperativos cualesquiera que sean las modalidades admisibles en el campo de la autonomía política. Con palabras del Cardenal Bueno Monreal, la Madre bendice con afecto a un hijo que trata honesta y dignamente de servir a Dios y a la Patria.

Resumamos algunos de esos valores fundamentales:

  1. Ejemplaridad personal y familiar, con sentidoreligioso.
  2. Inspiración cristiana de las leyes e instituciones, profesión pública de la fe, culto a Dios: no por razones exclusivamente histórico-políticas, sino por motivo religioso.
  3. Reconocimiento de la supremacía de la Ley de Dios, y de la trascendencia de la persona humana sobre los límites de la ordenación temporal, garantía profunda de la auténtica libertad cristiana.
  4. Correlación entre culto a Dios y justicia social.
  5. Interés por el contacto directo con el pueblo y por recoger el verdadero sentir de los humildes, sin espejos deformantes.
  6. Poner su inmensa autoridad mor-al al servicio de 1a paz, del bienestar del pueblo y de una institucionalización de la función política.
  7. Ayuda a la misión de la Iglesia, con respeto a su independencia, con aprecio de su fecundidad social. Destaca como un motivo especial de gratitud la ayuda extraordinaria que consistió en preservar la continuidad misma de las instituciones de la Iglesia, atacadas a muerte por la revolución atea, y facilitar la reconstrucción ««desde sus ruinas abrasadas». (Pío XII, 1943; Pablo VI, 1968).
  8. Ser constante favorecedor de la concordia en las relaciones Iglesia-Estado.