Padre Martínez Cano, m.C.R.

Las promesas de un futuro maravilloso, que prometen los politiqueros de turno, nunca llegan. Llegará el día de la “interrupción de la vida” la humana, muerte para todos. Y todos seremos juzgados por Dios justo y misericordioso. Una eternidad de eterna alegría o un infierno de sufrimiento eterno, nos espera.

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Los adoradores de ídolos: dinero, poder, vicios… se engañan a sí mismos o los engaña el demonio. Confunden el bien con el mal. No aceptan la verdad. Autodestruyen cuerpo y alma. Van por el camino que conduce a la eterna condenación.

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Se decía: amarás al prójimo como a ti mismo. Pero Cristo nos dice: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Amar al prójimo sin límites. ¡Incluso al enemigo! Al enemistado. Volver a hablar con el que no hablo, por esto o aquello. Amarnos como, más pronto o más tarde, nos amaremos en el Cielo.

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Hermoso, en verdad. Me ha contado un joven amigo como el Espíritu Santo actúa hoy en la Iglesia. Una comunidad de religiosos bastante relajada ha vuelto a sus orígenes, a vivir en toda su plenitud, la Regla de su fundador. Tenían  varios empleados, cocinera, señora de limpieza, un buen hombre. Todo lo hacen ahora los religiosos; llevan su hábito puesto y transmiten una alegría desconocida. Son pobres en verdad.