+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

El Domingo de Ramos recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Cuando llegaba a la ciudad santa para celebrar la pascua, pidió a sus discípulos que le trajeran un pollino sobre el que montó para entrar en ella. Así se cumplió lo que el profeta Zacarías había anunciado. La ciudad albergaba en ese momento una multitud de peregrinos que se habían desplazado hasta allí para celebrar la Pascua. Cuando llega Jesús, la muchedumbre se agolpa a su alrededor y extiende sus mantos por el suelo mientras otros alfombran la calzada con ramas de árboles. La gente que iba en torno a él gritaba: “¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo! Esta alegría festiva expresa la convicción de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías anunciado por los profetas.

En la celebración del Domingo de Ramos actualizamos litúrgicamente ese acontecimiento. Repetimos las palabras que entonces pronunció la muchedumbre y también llevamos las palmas en nuestras manos. Pero en el conjunto de las celebraciones de la Semana Santa, el día de hoy es como el pórtico, como una introducción de los acontecimientos, que a lo largo de esta semana la Iglesia nos propone vivir. La liturgia de hoy nos habla también de la pasión del Señor, porque conmemoramos dos hechos: por una parte, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y por otra, la muerte de Jesús con la lectura de la Pasión. En el versículo que se lee antes del Evangelio, hallamos la síntesis de los acontecimientos de esta Semana, en la que hoy nos introducimos: Cristo Jesús «se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”».

Un año más nos hemos de preguntar qué significado tiene para nosotros, qué incidencia tienen estas celebraciones sobre nuestra existencia, con qué actitudes nos disponemos a vivirlas. San Andrés de Creta, un Padre de la Iglesia  que nació en Damasco (Siria) a mediados del siglo VII, monje y arzobispo de Gortina (Creta), nos ayuda a encontrar las respuestas. En su Sermón 9, sobre el domingo de Ramos (que hoy se lee en el Oficio de lectura) hace unas recomendaciones que son de gran actualidad. Él nos exhorta a que nuestras palmas sean una alabanza sincera por su victoria de la cruz, a que aclamemos al Señor ayudando al hermano necesitado, a que alfombremos el camino abriendo las puertas del corazón para que él pueda entrar y renovarlo, porque viene a salvarnos.

Hemos de recibir con el corazón abierto al que se ha hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado. Por eso es propio de este día vivir el gozo y la fiesta por la misericordia de Dios, que viene a nosotros, para llenarnos de su luz, aquella luz que alumbra a todo hombre, que estaba en el mundo desde el principio. En la inminencia de la Pasión, contemplemos la gloria  del Señor. Él mismo dirá: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará”. La cruz de Cristo es, en efecto, su gloria y su exaltación, el lugar desde el que, cuando sea elevado, atraerá a todos hacia él.

Con el Domingo de Ramos inauguramos la Semana Santa, semana que ha de ser santa y grande porque celebramos los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Días de reflexión profunda, días de intensidad en la fe. Vivamos estos días con fuerza y devoción como pueblo cristiano que somos, haciendo honor a los que nos han precedido y trasmitiendo el tesoro de nuestra fe cristiana a los más pequeños y jóvenes de la familia.