José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca”
septiembre de 1974

Pasada la acometida, sigue en ciertos grupos, de modo especial en algunas casias religiosas, y en menor es1carla entre algunos miembros del clero secular, el rescoldo de las campañas de difamación contra la persona del Jefe del Estado, en que se manipularon «noticias» muy tremebundas, y de las informaciones desorientadoras con destino a la Santa Sede. No falta una dosis de odio y calumnia. De los mismos focos fluye el desprecio del Papa y de sus criterios; la hostilidad a las conversaciones en curso entre la Santa Sede y el Estado español; la difamación sistemática y la caricaturización monstruosa de la acción de la Iglesia -y no sólo la de España- en los años 40 y 50.

Hechos como estos y las numerosas implicaciones afines quizá tuvieron algo que ver con la decisión de encuadrar la revisión de algún privilegio concordado, sugerida por la Santa Sede, en un reajuste general del sistema de relaciones, en conformidad con las directrices atribuidas al Concilio. (Véanse las memorables cartas cruzadas entre Su Santidad el Paipa Pablo VI y Francisco Franco, Jefe del Estado español en 1968, y que de fuente eclesiástica no oficial fueron divulgadas en 1971).

Por lo demás, el Jefe del Estado no cambió en su actitud respecto a la Iglesia, y, con intervención de los órganos representativos y de Referéndum popular, y dictamen favorable de la Santa Sede y del Episcopado, introdujo las modificaciones legales, y aun constitucionales, que algunas Declaraciones del Concilio Vaticano II parecían aconsejar, en materia en que la ley española había acogido antes las proposiciones de la suprema Jerarquía de la Iglesia.

En su mensaje al pueblo a fines de 1972 el Jefe del Estado hizo en tres párrafos el resumen quizá más depurado y preciso de su posición, muy alabada en órganos eclesiásticos por su serenidad y finura. Terminaba reproduciendo un criterio formulado por la Conferencia Episcopal Española en 1969, notoriamente idéntico a los expresados en distintas ocasiones precedentes. He aquí el texto de Franco:

«En una época en que el mundo se debate ante una ola de materialismo que pretende destruir la moral individual y familiar en aras de un desenfrenado disfrute de los bienes materiales con abandono de cuanto significa sacrificio y esfuerzo personal, nosotros proclamamos, una vez más, la supremacía de los valores espirituales del hombre.

Nuestro Gobierno, acorde con los sentimientos católicos de la casi totalidad de los españoles, ha mantenido invariablemente a lo largo de más de siete lustros su actitud de respeto y cooperación hada la Iglesia, brindándole gustosamente facilidades y ayudas de todo orden para el cumplimiento de su sagrada misión. Todo cuanto hemos hecho y seguiremos haciendo en servicio de la Iglesia, lo hacemos de acuerdo con lo que muestra conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso ni siquiera el agradecimiento.

Creemos que las relaciones entre la Iglesia y el Estado han de basarse en la independencia de ambas supremas potestades y en el reconocimiento de la esfera de autonomía propia del orden político». Y recortada la siguiente afirmación de la Conferencia Episcopal Española: «Si es misión de la jerarquía iluminar la conciencia de los fieles en el cumplimiento de sus deberes cívico-sociales, no lo es invadir el terreno de la autoridad civil, adoptando posturas o emitiendo juicios que, por referirse a la elección de medios contingentes en el orden temporal, dependen del ejercicio de la prudencia política».