P. Manuel Martínez Cano mCR.

Sangre de Cristo, Verbo de Dios encarnado, sálvanos

El beato Pablo VI escribió una carta sobre la vida religiosa, decía: “La vida religiosa solamente es auténtica en la alegría interior”. La alegría no nace del botellón, ni de los espectáculos inmorales. Eso es degeneración de instintos y alteración del sistema nervioso. Nuestra alegría cristiana nace de Dios, Alegría eterna. Nadie ni nada, puede quitarnos nuestra alegría, porque nadie puede quitarnos a Dios. Dios es nuestro Padre. Nos cuida amorosamente cada instante. Ni la muerte puede arrebatarnos la alegría. Porque Cristo ha resucitado y nuestro cuerpo también resucitará.

Hace un tiempo, el Papa Francisco dijo a las religiosas que no pongan caras de solteronas. He visto cientos de religiosas de vida activa y bastantes de vida contemplativa: siempre alegres. Siguen la consigna del Papa San Juan XXIII: “Las religiosas muestran la belleza de la virginidad en la alegría de su rostro”. Vivo rodeado de niñas y adolescentes inocentes, simpáticas, alegres. Es lo más semejante a las religiosas y monjas que han consagrado sus vidas a Dios.

San Juan XXIII, decía: “La alegría es una amiga inseparable de la mortificación”. Y, añadía: “Yo debo estar siempre he invariablemente alegre, sin renunciar ni un instante a mortificarme”. Mortificar mi curiosidad, mi vanidad, mi soberbia, mi amor propio desordenado, “mi imagen”. El papa que convocó el Concilio Vaticano II, remacha: “El que se mortifica está alegre, con una alegría de origen celeste”. Sí, Cristo nos dice: “Alegraos y regocijaos porque vuestros nombres están escritos en el cielo”. (Lucas 10, 20)

Católico es quien no pierde la alegría en medio de las injusticias y persecuciones. Es cristiano quien combate contra los enemigos de Cristo y de la Iglesia con alegría y valentía. Sabe que al final triunfará el Sagrado Corazón de Jesús, Cristo Rey. Y María Reina, Nuestra Madre celestial. Ella dijo a los pastorcitos de Fátima: “Al final mi Corazón Inmaculado triunfará”. Y a la hermana Lucía que se quedaba en la tierra triste, sin sus primos Jacinta y Francisco, le dijo: “No estés triste, mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te guiará a Dios”.

Un santo, de los que más han sufrido, San Francisco de Asís, decía: “La tristeza sienta bien a diablo y a sus miembros, a nosotros nos cuadra la alegría en el Señor”. Así que: “De penas que se acaban no hagáis caso de ellas”. (Santa Teresa de Jesús) Y su hija espiritual, recientemente canonizada por el Papa Francisco, Santa Isabel de la Trinidad, escribía: “Yo me pregunto a mí misma cómo es posible que un alma que ha llegado a sospechar el amor inmenso que Dios la tiene, no viva de continuo, aún en medio de sus torturas y sufrimientos, radiante de alegría”.

Es verdad. Estamos atravesando una crisis de fe gravísima en la Iglesia. Pero todo pasa. “La alegría es una señal de la gracia. Quién se alegra profunda y cordialmente, quien ha sufrido y no ha perdido la alegría, no está lejos de Dios que es el espíritu de la alegría eterna”. (Cardenal Ratzinger)

San Juan Pablo II, el Papa de la alegría Celestial, exclamaba: “¡Alegraos porque Jesús ha vencido al mundo. Alegraos porque Jesús ha muerto en la cruz. Alegraos porque resucitó de entre los muertos. Alegraos porque ha venido a liberarnos. Alegraos porque es el dueño de nuestra vida!”. “El mundo necesita vuestra fe, esperanza, alegría, ayuda, sonrisa”.

Causa de nuestra alegría, Virgen María concédenos tu sonrisa y alegría.

¡Qué bien lo entendió y vivió, Santa Teresa de Calcuta!: “Es con alegría como hay que tocar a Cristo bajo la capa de la miseria, pues la alegría es amor. La alegría es una oración; la alegría es la fuerza; la alegría es una red de amor en la que fácilmente se recogen almas”.

Que se chinchen, los que califican a los católicos de tristes y amargados. Son ellos, los que proyectan su estado de ánimo sobre los demás. “El que está triste es porque quiere. La alegría es inseparable de la rectitud, de la justicia… de la posesión de Dios”. (San Pedro Poveda)

Vivamos con Dios. Vivamos amándonos los unos a los otros. Con santa alegría