Monseñor José Guerra Campos
Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
Núm. 5, mayo 1986

images.jpgEntre los combatientes, se fomentó lo más posible una espiritualidad cristiana ante la guerra. De modo especial, entre los jóvenes más ligados orgánicamente a la Jerarquía: las Juventudes de Acción Católica, con su periódico «Signo» y los Centros de vanguardia. Mu­chos combatientes se sintieron tocados sinceramente por la llamada al amor a los enemigos, y se emocionaron con el lema del joven Antonio Rivera en el asedio del Alcázar: «tirad, pero tirad sin odio» (16). Algunos capella­nes fueron admirados por su eficaz evangelización en unidades de choque de las más belicosas (17). Y no pocos profesionales de la milicia aspiraron desde entonces a realizar la síntesis de lo militar y lo evangélico, como sus antecesores alabados por Jesús (18).

La espiritualidad, en tiempo de guerra, quedó marcada por la admiración hacia los Mártires: su número enorme, su fidelidad excepcional («de ninguno se sabe que claudicara en la hora del martirio», según declaración episcopal), su mensaje de perdón (19). Pasado sólo un mes de guerra, Pío XI proclama, ante prófugos de la persecución religiosa en España, el «esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmo y de martirios, verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra…» (20).

Es justo añadir que la Jerarquía no fomentó el triunfalismo. Cultivó el sentido penitencial de la guerra. Una pastoral del Cardenal Gomá, en enero de 1937, explica que la guerra es hija del pecado. España debe aprovecharla como una Cuaresma purificadora. «Averigüemos si en el fondo de la contienda hay alguna desviación moral de carácter social; hagamos, en este caso, la con­fesión pública de los pecados de España, aceptemos la penitencia que Dios nos impone, que es la misma guerra, y pidámosle, con propósito de enmienda, que ilumine la ruta de nuestra historia futura» (21).

Notas:

  1. Sobre la espiritualidad cristiana de los combatientes, véan­se, además de los textos de los Prelados, el periódico Signo, de los Jóvenes de Acción Católica, y las proclamas y folletos para sus Centros de vanguardia (en la actitud apostólica de los jóvenes había un horizonte martirial; desde años antes cantaban en su himno: «Ser apóstol o mártir acaso / mis ban­deras me enseñan a ser»). Y numerosos testimonios autobio­gráficos, por ejemplo, Fernando Pérez Escribano, Alférez-Ca­pellán en la Cruzada, La Cruzada del escándalo, Madrid, 1969; José María Gárate, Mil días de fuego, Ed. Luis de Caralt, Barcelona, 1972, pág. 200.
  2. Cf. Rafael Valdés, S. J., Fernando Huidobro, intelectual y héroe, Ed. Apostolado de la Prensa, Madrid, 1966 (2.a ed.); Padre José Caballero, S. J., Diario de campaña (de un ca­pellán legionario), Ed. Doncel, Madrid, 1976, y las publica­ciones de J. Bachs, I. Nonell y otros.
  3. El propósito de unir Milicia y Evangelio lo oí exponer a distintos militares. Cf. la revista Reconquista, del Movimiento de Apostolado Castrense de la Acción Católica. Cf. José Gue­rra, Sentido cristiano del Ejército, Madrid, 1970.
  1. Carta colectiva, de 1937.
  2. Alocución de Pío XI en audiencia a quinientos españoles, el 14 de septiembre de 1936 (cf. Montero, Persecución, pá­ginas 741-742, tomada del Boletín de Pamplona, 1936, pági­nas 366-367).
  3. Cardenal Gomá, El sentido cristiano español de la guerra, o «Cuaresma de España», 30 de enero de 1937 (cf. supra, nota 5, y Montero, Persecución, págs. 708-725).