Obra Cultural

ns-de-la-divina-providencia-500x753Según fuentes oficiales, desde la despenalización del juego por un decreto de 25 de febrero de 1977, la cifra de dinero jugado se ha multiplicado por siete, tras la aparición de los bingos y los casinos. En el año 1982 la cifra global de juego se elevó a 636.593 millones de pesetas, figurando a la cabeza el bingo con una cifra total de 276.026 millones. Y esto sin contar lo que se gastó en máquinas tragaperras, que especialistas del sector han valorado en BILLÓN Y MEDIO de pesetas. Son números que marean, envuelven muchas tristezas y cantan una realidad -el juego se ha convertido hoy en plaga.

Paso libre…

El juego viene a ser un convenio en el que se propone y adjudica un premio al vencedor a costa de los vencidos. En los juegos de azar el factor decisivo es la suerte -dado, bingo, ruleta-, o bien la combinación suerte-habilidad, como los naipes. No es en sí mismo ilícito ni injusto; su moralidad está en función de la moderación y circunstancias de cada caso, con muy diversos matices. Cuando es puramente recreativo puede entrar incluso en el terreno de lo positivo. Una divertida contienda familiar -por ejemplo- en la que mayores y pequeños luchan por «aplastar» a sus contrincantes, puede avivar la cordialidad de hogar. Una partida de dominó entre amigos puede actuar en su momento de «tubo de escape» para desahogar las fuerzas agobiadas por el trabajo .

…con precaución.

La cautela hay que extremarla cuando la finalidad del juego es el lucro. Mammón es un personaje contaminardor de oficio y que «quita -en frase de Papini- hasta lo poquísimo que promete». Como normas generales y a grandes rasgos, para que sea lícito y justo ha de cumplir las siguientes condiciones:

  1. Que el jugador tenga libre administración de lo que arriesga en el juego. Si juega con dinero de otro deberá sustituir la cantidad expuesta e indemnizar al dueño en caso de pérdida.
  2. Que en el juego no haya fraude ni engaño: dados o naipes trucados, ruleta controlada… Tratándose de loterías o sorteos, sería injusto si hubiere defraudación en los boletos, instrumentos de premio, etc. Por ejemplo, sorteando menos de lo prometido, emitiendo participaciones que sobrepasen los números, series o décimos anunciados, amañando el sistema para que los premios recaigan «a dedo» o queden en poder del dueño u organizador del sorteo. En estos casos se quebranta la justicia conmutativa y queda la obligación de restituir.
  3. Que no haya desequilibrio de condiciones en los participantes. Sería ilícito, por ejemplo, abusar de una persona en estado de embriaguez, aprovecharse de la escasa habilidad del contrincante, etc.
  4. Que el juego sea limpio y honesto en sí mismo y en las circunstancias que lo rodean. No lo son aquellos en los que se juegan o exponen cantidades importantes de dinero. Tampoco si están expresa y justamente prohibidos por la ley.

Luz roja

Hasta aquí la teoría. La realidad es que el juego conlleva una serie de peligros que merecen una potente luz roja. Con razón se ha dicho que es una de las «fortalezas mejor defendidas por el demonio». Veamos por qué:

  • El juego actúa como una droga. La afición suele ser progresiva y cuando se convierte en pasión irresistible obnubila la razón de su presa y debilita o aún anula su voluntad, o sea, le esclaviza. Es prenda del hombre conducirse libremente y ser responsable de sus actos. Para ello dispone de inteligencia y voluntad, que son como «fluorescencias» de su alma espiritual. Y «el espíritu -en frase de Maritain- es raíz de la personalidad». Por tanto, la pasión del juego deteriora profundamente la personalidad de su víctima. Inutilizadas estas dos facultades superiores y taponada la voz de la conciencia por los rugidos de su frenesí insaciable, la desesperación puede llevarle a los mayores desatinos: fraudes, robos, crímenes, al suicidio. El carácter del jugador se destempla y fácilmente se desata en discusiones, blasfemias, improperios. Vive amargado -la alegría es reflejo de la gracia y la paz del alma- y amarga la vida a los demás.
  • El asiduo del bingo, del casino, etc. suele ser un gran desperdiciador de tiempo. Obsesionado por el afán de mayores ganancias o por recuperar lo perdido, las horas no cuentan para él. Consecuencias: la ociosidad y la indolencia, pues, ya sabemos que el vicio mata los bríos necesarios para el trabajo y el afán de superación. Santo Tomás completa la definición del hombre diciendo que «es el ser que tiene razón y manos». O sea, que las manos son manifestación y ejecución de su pensamiento y testimonio también de su espiritualidad. Cuando el hombre trabaja piensa con sus manos. Y más aún, cuando conecta con Dios en sus fatigas de cada día y las convierte en expresión de caridad, ora y ama con sus manos. El trabajo dignifica al hombre. Tantas horas y horas disipadas tras un dinero que pocas veces «mana» le deshumanizan. Y no vale decir que esto no tiene mayor trascendencia, porque cada instante que vivimos es «un germen de eternidad irrecuperable».
  • Tras las horas malgastada, la prodigalidad, ya sea derivada del propio juego -La «emoción» dispara las apuestas hasta cantidades desorbitadas en sí mismas o con referencia a los recursos del jugador -, o, «si hay suerte», el derroche sin ton ni son de un dinero que no se aprecia porque es fruto del desorden. La gravedad sube de tono cuando el dinero expuesto ha de cubrir las necesidades familiares, se defrauda, o se contraen deudas por esta causa.

La prodigalidad se contrapone a la justicia, virtud que nos mueve a dar a cada uno lo que le corresponde. Tenemos derecho a usar de nuestro dinero, pero no a quemar el que nos sobra por puro capricho, y sí, por el contrario, es una obligación emplearlo en bien del prójimo. Sabido es que no se peca sólo por hacer el mal positivamente, sino también por no hacer el bien. También el juego puede inducir al otro extremo: la avaricia.

  • Otra consecuencia es el caos familiar. El juego es un desorden incompatible con la armonía. Y la armonía en la familia es algo así como la suspensión en un coche: garantiza la estabilidad. El amor y el esfuerzo de todos son excelentes amortiguadores para suavizar los baches. La inseguridad frente al porvenir, los desafectos, discusiones violentas, tensiones, convierten el hogar del jugador empedernido en un habitáculo insufrible. Además del mal ejemplo que se imparte, siempre de pésimas consecuencias.
  • Con gran facilidad se cae también en el escándalo, o sea, animar a otros a hacer lo mismo, causándoles un grave daño: pecado contra la caridad. Jesucristo, todo amor y mansedumbre, empleó palabras durísimas para reprobar al escandaloso: «Más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino y le arrojaran al mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! … ¡Ay de aquel por quien viniere el escándalo!» (Mt 18,6-9). En este sentido pesa gran carga de responsabilidad sobre los empresarios, propietarios y organizadores que promueven o montan los tinglados de juego -caso aparte serían los empleados sin otro medio de subsistencia-. Y no cabe ampararse en la venia de las leyes civiles o penales, puesto que éstas ni son fuente de moralidad ni parte ajena, atendiendo a los sustanciosos beneficios que reportan los impuestos por tales actividades.
  • Lo que se ha dicho de los santos sucede también con los malos hábitos: se dan «en constelación». El bien produce bien y el mal atrae al mal. Junto al juego organizado merodean otros peligros, estímulos directos al vicio y la corrupción de costumbres: droga, prostitución en todas sus variantes y demás o menos rango, negocios sucios, espectáculos pornográficos… Es la negación de la belleza y la asfixia de la vida.

Y la vida tiene un sentido

«Sólo las cimas del hombre es el hombre», decía Paracelso. Porque el hombre no está hecho para vivir hundido en el cieno, sino para respirar el aire puro de las cumbres. Y si la vida es una escalada de amor, abandonarse a la tiranía de las pasiones significa declinar la meta y descender en picado. Porque, en definitiva, de todas las pérdidas esta es la más importante y la única trascendente: la de la gracia santificante que nos hace hijos de Dios y herederos de la felicidad eterna. ¿No es un contrasentido «jugarse» la VIDA?

Se ha dicho que la Virgen María «ES EL MAYOR MILAGRO DE NUESTRO BARRO». Por esto la puedes invocar con confianza cada mañana y cada noche con la oración  irresistible de las TRES AVEMARÍAS.