Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 262, junio de 2001

Sagrado corazón de JesúsVerdaderamente Dios es grande, y cada año, movidos por el amor de la Iglesia a su Esposo Jesucristo, nos recuerda en el corazón de los meses del año, jumo, lo que constituye la médula de nuestra vocación de cristianos: la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Esta devoción, como la escala de Jacob, nos sube directamente a Dios, Uno y Trino, el Amor infinito, eterno que nos amó desde antes de todos los siglos.

El Corazón de Jesús es la fuente de agua viva que nos hace llegar a los ríos de la vida eterna. Él es la anchura, la longitud, la profundidad, el misterio que sobrepuja toda inteligencia, el amor íntimo de la Santísima Trinidad. Él es el Corazón traspasado del que nace la Iglesia y en ella y por ella todos los incontables beneficios del amor de Dios comunicados a los hombres. Él es el secreto de los mártires, de las vírgenes, de los confesores, de los doctores y almas santas que a millones y millones llenan la tierra de gloria y el cielo de bienaventurados. Él es el fuego de los convertidos, de los dones del arrepentimiento, de la conversión de todo el mundo.

San Pedro Canisio Doctor de la Iglesia, durante su estancia en Roma, orando un día junto a la tumba de san Pedro, tuvo la gracia extraordinaria de ver al Sagrado Corazón de Jesús que se le apareció a él personalmente. Dice el santo: “Ardí entonces en deseos de que corriesen a mi alma torrentes de fe, esperanza y caridad. Anhelaba pobreza, castidad, obediencia. Me atreví a recostarme en tu dulcísimo Corazón y a extinguir en él mi sed…”.

Un siglo después se aparece el Sagrado Corazón a santa Margarita María, la humilde monja salesa recién ingresada en la orden, sin otro doctorado que el de su abnegado amor. Le dice el Señor: “Éste es mi Corazón que tanto ha amado a los hombres. Ámame y hazme amar”.

Entre las dos guerras mundiales, cuando los odios se han apoderado de los hombres olvidados de Dios, se aparece de nuevo el Sagrado Corazón a santa Faustina Kowalska. “Quiero -le dice- que seas el instrumento de mi misericordia infinita ante los hombres. Enseña a todos los pecadores a confiar en mi amor. Que repitan hasta el último aliento: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío. El amor de mi Corazón misericordioso cubrirá la multitud de todos sus pecados”.

El Corazón de Jesús habló de su amor a un doctor de la Iglesia, a una escondida monja de clausura y a una humildísima religiosa lega y enfermiza. Jesús quiere que le consagremos nuestro corazón. Que le entronicemos en el nuestro. Él quiere levantar en nuestro corazón un trono y sentarse en él para que reine en nosotros su amor misericordioso. Digámosle así: “Quédate con nosotros, Señor, que la noche de las ocupaciones de la tierra se me echa encima y se apaga la luz de mi alma de veros en cada momento. Tú has prometido estar en el corazón de tus hijos hasta la consumación de los siglos. Vive en mi corazón con el Padre y el Espíritu Santo haciéndome vivir libre de todo otro amor, con María, nuestra Madre, al pie de la Cruz, mientras pasa mi vida y pasa la cruz y la pasión de la Santa Iglesia. Que tenga, Señor, en mi corazón otro corazón, que sea tu Corazón Sagrado”.

Vivamos así, como si realmente tuviéramos al Corazón de Jesús en lugar del propio corazón.