Obra Cultural
Dr. Ignacio SEGARRA, pbro.

2e50eb1bf02c6f01b1ca7f8a240cf4e7Una de las crueles paradojas de nuestro tiempo es el hecho de que mientras se hacen esfuerzos extraordinarios para salvar la vida de unos pocos individuos, se reacciona con demasiada pasividad ante los abortos masivos que suponen la muerte de seres inocentes e indefensos-, y ante el número cada vez más creciente de casos de eutanasia.

El periodista norteamericano Paul H. Hallett, escribe en el National Catholic Register, un semanario católico norteamericano, que en aquel país se ha desvelado últimamente un gran interés por los trasplantes de hígado, a fin de preservar la vida de niños pequeños. Aunque hasta el momento presente muy pocos de esos trasplantes se han visto coronados por el éxito sin embargo, se prevé que pronto el elevado coste de esas operaciones barrerá a cargo de los servicios de Medicare, una agencia de la seguridad social estatal.

El coste de los trasplantes

El coste de los trasplantes de órganos en EE.UU. es todavía muy elevado. Oscila, segun los casos, entre 30.000 y 150.000 dólares que, al cambio actual de la moneda supone, aproximadamente, entre los 5 y los 24 millones de pesetas por cada operación quirúrgica de este tipo.

De momento, al menos, no parece que esas operaciones de trasplantes de órganos vayan a abaratarse. El importe de esas operaciones supondría para la seguridad social un gasto adicional muy considerable sobre los gastos actuales ya elevados. Este gasto muy bien podría llevar esas agencias de la seguridad social norteamericana, Medicare y Medicaid, a la bancarrota en que se encuentra la seguridad social de algunos países europeos. El periodista Hallett se pregunta, ante esto, si realmente esas operaciones deben ser pagadas por la seguridad social, teniendo como contrapartida sólo una muy remota esperanza de que se consiga preservar una vida o simplemente alargarla por algún lapso notable de tiempo. La respuesta de mi amigo, el periodista norteamericano Paul Hallett, es que, en el estado actual de la cirugía de los trasplantes, las agencias de la seguridad social no deben cargar con el pago de esas operaciones, puesto que su eficacia, en orden a asegurar una vida duradera y satisfactoria para el paciente, es más que dudosa.

En esta cuestión se plantea un problema moral acerca de la licitud del uso de los medios médicos ordinarios y extraordinarios a fin de prolongar una vida. El Papa Pío XII habló de este problema y los principios morales que dio entonces para su solución son ahora doctrina moral común entre los moralistas católicos.

Eutanasia y administración de calmantes

Antes de que nos enfrentemos con el problema que hemos indicado, conviene que hagamos algunas distinciones para evitar la confusión en esta materia. La palabra «eutanasia» significa «muerte dulce» y es un eufemismo. En realidad la eutanasia es «una acción u omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier clase de dolor» según establecía la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en 1980 en un documento sobre este tema. Por consiguiente, eutanasia es provocar la muerte por administración de drogas, por suspender al paciente la alimentación u otros medios necesarios para la vida, y privar a un enfermo en peligro de muerte de algún medio terapéutico asequible.

La eutanasia es un crimen puesto que nadie tiene un derecho absoluto sobre la vida humana, propia o ajena. Sólo Dios es el dueño de la vida.

No hay que confundir la eutanasia, que es la provocación directa de la muerte del enfermo, con la administración de calmantes para aliviar el dolor, aunque, indirectamente, las dosis elevadas de esos calmantes puedan acelerar la muerte. Aunque la Iglesia ha llamado siempre la atención sobre los beneficios humanos y espirituales del sufrimiento, y coloca ante el paciente la figura de Cristo sufriente que rechaza incluso el vino mirrado que le ofrecen los soldados, sin embargo, reconoce que el dolor intenso y prolongado provoca desórdenes en el sistema neurovegetativo, por lo que puede ser combatido como una enfermedad más. Es lícito por tanto administrar calmantes siempre que éstos no impidan el cumplimiento de los graves deberes religiosos o morales, por ejemplo, la recepción de los sacramentos, o el hacer testamento para corregir una injusticia o evitar problemas a los herederos.

También debemos distinguir de la eutanasia la llamada «distanasia» o prolongación artificial de la vida mediante técnicas o medicinas de dudosa eficacia, cuyo peligro o excesivo coste no compense por las mínimas esperanzas que ofrecen. A continuación veremos qué consideración moral merece la distanasia.

Medios ordinarios

Los principios de Pío XII, a los que antes nos hemos referido, se reducen en la práctica a precisar el alcance de la distinción entre medios médicos ordinarios y extraordinarios, y a aplicarla prudentemente a cada caso en con., creta.

Cualquier tratamiento que suponga un cargo normal y razonable, tanto para la persona del enfermo como para la familia y la sociedad, debe considerarse medio ordinario; y su aplicación, por tanto, es obligatoria en conciencia ya que la vida es un valor más importante que el dinero y que el sufrimiento. Dejar de utilizar este tipo de tratamiento ordinario equivaldría a una decisión voluntaria de quitar la vida al paciente -eutanasia pasiva- aunque sólo sea a base de una omisión en la prestación de los cuidados debidos. Entre los medios ordinarios se incluyen la alimentación normal, la bebida, el descanso; Y todos aquellos tratamientos, medicamentos u operaciones quirúrgicas, que ofrece una eperanza razonable de curación para el paciente, y que pueden ser aplicados sin un dolor excesivo, o sin un costo económico extraordinario. Un caso en cuestión, que ilustra ese principio moral, es el de Karen Quinlan, la joven que lleva ya muchos años en estado de coma a consecuencia de una lesión cerebral irreversible, y de la que han hablado tanto los medios de comunicación mundiales. Efectivamente, el caso de Karen salió a las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo cuando se trató de decidir si se desconectaba o no el respirador que, aparentemente, mantenía en funcionamiento sus pulmones y su corazón. Aunque la primera decisión de un tribunal civil fue rechazar la petición de los padres de Karen de que se desconectara el respirador mecánico, una segunda decisión, de un tribunal de apelación, reconoció al padre el derecho a que se desconectara. Así se hizo, pero la joven sigue viviendo todavía, y se mantiene con vida a base del tipo de alimentación que suele darse a este tipo de enfermos en coma. Por cierto que la factura de su hospitalización y de los cuidados médicos importa menos que la de muchos pacientes conscientes de la misma clínica donde Karen Quinlan se encuentra internada.

Medios extraordinarios médicos

Se entiende por medios extraordinarios en Medicina, por el contrario, aquellos tratamientos u operaciones que no pueden ser aplicados sin un gasto excesivo por parte del paciente o de la familia, que representan para ellos un sufrimiento o dificultad fuera de lo normal y que ofrecen esperanzas mínimas de devolver la salud al paciente. Hay que aclarar que unos mismos medios pueden ser considerados ordinarios u extraordinarios según se apliquen a un caso u otro, es decir, según la esperanza que ofrecen para el enfermo. Además, e! avance de !a ciencia médica puede hacer que operaciones que son hasta el momento incurables, dejen de serlo. Así, por ejemplo, la alimentación intravenosa es actualmente un medio ordinario para la mayor parte de enfermos, puesto que su recuperación aparece como bastante cierta y permanente. En cambio para otros puede considerarse un medio extraordinario. Por ejemplo en el caso de un bebé cuyo cerebro sea tan deficiente y deforme, que se prevé que el niño no llegará a ser capaz de razonar. Este niño debe recibir la alimentación normal y los cuidados ordinarios; pero, una vez haya recibido el bautismo, que en el orden sobrenatural es necesario para la salvación, no hay por qué seguir usando aquellos medios médicos para mantenerle en vida.

Los trasplantes de hígado, corazón y riñón, son ciertamente lícitos para quienes quieran y puedan permitírselos, pero su carácter incierto, arduo y caro puede hacer que sean considerados siempre medios médicos extraordinarios. Medios que uno puede moralmente rechazar y que no se pueden imponer ni al individuo, ni a la familia, ni a la sociedad.

Ninguna vida carece de valor

Nunca es lícito dejar de prestar los medios ordinarios -eutanasia pasiva- un paciente, por desesperado o mortal que sea su caso. Así por ejemplo, la degeneración irreversible de las células del cerebro, en el tipo de demencia presenil que se conoce con el nombre de enfermedad de Alzheimer. Se estima que esta enfermedad ha llenado las clínicas y residencias que un país como EE.UU. con un total de pacientes que oscila entre los 1,2 y 4 millones, y es causa de unos gastos astronómicos. Pero estos pobres enfermos, ancianos en su mayor parte, tienen derecho a que se les presten los medios ordinarios de atención médica; con cargo incluso al erario público cuando sea necesario.

La devoción de las TRES AVEMARÍAS, como otras tantas devociones y fiestas marianas, es también una devoción a la Santísima Trinidad. Honramos a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, por el camino más corto: por el camino que Él nos ha enseñado haciendo de María su Hija, Madre y Esposa. Dios no abandonará aquellas personas que rezan todas las noches las TRES AVEMARÍAS.