Monseñor José Guerra Campos
Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
Núm. 5, mayo 1986

Guerra Campos4Muchos suponen, desde afuera, que las facilidades se obtendrían a costa de la libertad. Desde dentro, la historia está muy clara. La Iglesia no concibe su libertad como simple independencia, sino como libertad para cumplir su misión. La creación de condiciones propicias y la protección no se contraponen a la libertad; según el Concilio Vaticano II son la dimensión positiva de la libertad civil religiosa, lo que la hace efectiva. La posibilidad efectiva de educar en la fe a todos sus hijos es la suprema expresión de la libertad de la Iglesia; y es un hecho notorio, por ejemplo, que en la libre Francia, por razón de la política escolar del Estado, la Iglesia como comunidad sólo conseguía dar formación catequética a menos del 10 por 100 de los bautizados. Y basta un mínimo cambio en la jornada de vacación semanal de las escuelas para eliminar esa reducida posibilidad (19). La «protección» española garantizaba la posibilidad total. Y aplicaba además algo que ha proclamado el Concilio: el derecho de los niños y jóvenes, no sólo a una libertad neutra, sino a ser estimulados en el aprecio y asimilación de los valores morales y religiosos (20).

La pregunta sobre libertad parece más pertinente en cuanto al nombramiento de Obispos. El hecho histórico es que se nombraron siempre candidatos seleccionados por la Iglesia. Correspondían al tipo dominante de sacerdote, formado por ella. Al final del período, el Estado opuso alguna dificultad para aceptar a algunos; pero, en conjunto, la Iglesia nombró a quien quiso.

No pocos presumen que el disfrute de la protección llevaba a la Jerarquía a la autocensura en su predicación y denuncia sobre el orden político, que es también misión de la Iglesia. No pensaban así los protagonistas, no porque olvidasen el derecho-deber de la Jerarquía a dar juicio moral sobre la vida pública (lo habían enseñado mucho antes del Concilio) (21), sino porque tenían como admisible el Sistema de acuerdo con la doctrina de la Iglesia; y en cuanto a disentimientos sobre su recta aplicación y sobre su perfeccionamiento, actuaron con toda libertad, como veremos. El que esto escribe ha visto practicar y ha practicado actitudes de independencia que luego no han sido igualadas cuando llegó la hora de los autofrenos por no inquietar al sistema de partidos (22).

El Cardenal Pía decía en 1945: «Hemos de reconocer que, en general, desde muchos siglos no se había reconocido tanto teórica y prácticamente la independencia de la Iglesia como por el actual Gobierno» (23). El Cardenal Quiroga, en 1954, públicamente y delante del Jefe del Estado: Cualquier servidumbre, la Iglesia «la rechazaría hasta el martirio» (24). En los documentos de 1966 y 1973, después del Concilio, el Episcopado no dejará de agradecer las facilidades dadas hasta entonces por el Estado.

Notas

  1. Declaración del responsable nacional de la Catequesis ante altas jerarquías de la Iglesia de Francia y un Cardenal español, presentes los medios de comunicación católicos, durante una reunión en Versailles, año 1955. En 1978 cundió la alarma entre los Obispos franceses al anunciarse un cambio en la jornada de vacación (cf. «Boletín de Cuenca» 1979, páginas 2830).
  2. Concilio Vaticano II, Gravissimum educationis, 1.
  3. Instrucción de los Metropolitanos sobre el Magisterio de la Iglesia, 1955 {Doc. col. 284).
  4. Baste evocar la firmeza de los Cardenales Primados, Gomá y Pía.
  5. Cf. «Boletín de Cuenca», septiembre de 1974, pág. 12.
  6. Ibídem, pág. 13. Testimonio del Obispo Secretario de la Conferencia, «Boletín de Cuenca», julio de 1973, pág. 334.