Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

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Publicaciones de la categoría: Artículos – Contracorriente

Votar por candidatos que apoyan el aborto “es participar” de este “crimen abominable”

18 miércoles Sep 2019

Posted by manuelmartinezcano in Artículos - Contracorriente

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Sagrada Familia - huida a Egipto

El obispo Auxiliar de Santiago del Estero (Argentina), Mons. Enrique Martínez Ossola, advirtió a los fieles que votar por candidatos que apoyan el aborto «es participar» de este «crimen abominable». El Prelado dijo estas palabras de cara a las elecciones del 27 de octubre en que los argentinos elegirán al nuevo presidente, vicepresidente, diputados, senadores; así como las autoridades ejecutivas y legislativas de varias provincias y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. «En los próximos meses se realizarán en la Argentina las elecciones de nuevas autoridades, que marcarán el rumbo del país; sabemos bien que las propuestas de la mayoría de los partidos apoyan la legalización del aborto, crimen abominable, e ideologías que atentan contra la familia. Por lo tanto, es deber de los pastores de la Iglesia de Cristo, advertir a los fieles que apoyar estas propuestas, es participar de ellas».

(ACIPRENSA)

La mies es abundante y los obreros pocos

18 miércoles Sep 2019

Posted by manuelmartinezcano in Artículos - Contracorriente

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Papa Francisco ordenando sacerdotes

Quiero terminar citando las palabras de un escritor argentino, Gustavo Martínez Zuviría (1883-1963), más conocido por su sobrenombre de Hugo Wast, para que todos oremos por los sacerdotes, y para que las familias católicas le pidan a Dios que brote este don para Dios, para la Iglesia y para ellos.

“Cuando se piensa que ni la Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote.

Cuando se piensa que ni los ángeles ni los arcángeles, ni Miguel ni Gabriel ni Rafael, ni príncipe alguno de aquellos que vencieron a Lucifer pueden hacer lo que un sacerdote.

Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo en la última Cena realizó un milagro más grande que la creación del Universo con todos sus esplendores y fue el convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre para alimentar al mundo, y que este portento, ante el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un sacerdote.

Cuando se piensa en el otro milagro que solamente un sacerdote puede realizar: perdonar los pecados y que lo que él ata en el fondo de su humilde confesionario, Dios obligado por su propia palabra, lo ata en el Cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios.

Cuando se piensa que la humanidad se ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y mujeres que se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora que sólo un sacerdote puede realizar.

Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese poquito de pan y ese poquito de vino.

Cuando se piensa que eso puede ocurrir, porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la Tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes gritarán de hambre y de angustia, y pedirán ese pan, y no habrá quien se los dé; y pedirán la absolución de sus culpas, y no habrá quien las absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el mayor de los espantos.

Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él.

Cuando se piensa que un sacerdote cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey; y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios.

Cuando se piensa todo esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales.

Uno comprende el afán con que en tiempos antiguos, cada familia ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación sacerdotal.

Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se refleja en las leyes.

Uno comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación.

Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo.

Uno comprende que si un padre o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo, es como si renunciaran a un título de nobleza incomparable.

Uno comprende que más que una Iglesia, y más que una escuela, y más que un hospital, es un seminario o un noviciado.

Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario o un noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor.

Uno comprende que dar para costear los estudios de un joven seminarista o de un novicio, es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre que durante media hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la tierra y que todos los santos del Cielo, pues será Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre, para alimentar al mundo”.

La gran matanza y la gran cobardía

17 martes Sep 2019

Posted by manuelmartinezcano in Artículos - Contracorriente

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Apocalipsis - María y la vestia

Pero esto es lo que hay, esto es un aborto, esto es la gran matanza y la gran cobardía que han marcado la sociedad actual y que deja los campos de exterminio y el Gulag en materia para tertulia. El aborto -también el siempre olvidado aborto químico- ha convertido a los siglos XX y XXI en los más sangrientos de la historia de una humanidad que se ensaña con el más débil y más inocente y más indefenso de todos los seres humanos: el concebido y no nacido, al que sacrifica con engaño y descaro, todo a un tiempo. Engaño, porque esconde los hechos y descaro porque, encima, eleva el asesinato más cobarde al grado de derecho público: el derecho al aborto.

(HISPANIDAD)

Imagen

El día más feliz… con ojos de niño (16)

17 martes Sep 2019

Sin título

Publicado por manuelmartinezcano | Filed under Artículos - Contracorriente

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FRANCO

16 lunes Sep 2019

Posted by manuelmartinezcano in Artículos - Contracorriente

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Francisco Franco - Militar

Hace veintisiete años todos los informadores de la opinión mundial apostaban por Madrid. Las posibilidades de Burgos eran tan inverosímiles como exiguas. El Alzamiento Nacional había fracasado en tres cuartas partes de la Península. Las zonas industriales del Norte, los centros administrativos neurálgicos, las fronteras con Europa, las regiones agrícolas más fértiles dependían del Gobierno republicano. Bajo su control estaban casi toda la Flota y los parques de artillería y de municionamiento. Ni un solo país había reconocido a la Junta de Burgos. Prácticamente toda la opinión mundial, mal informada respecto a nuestra guerra, estaba del lado madrileño. En estas circunstancias, la Junta de Defensa Nacional dictaba su último decreto para nombrar “Jefe del Gobierno del Estado Español al excelentísimo señor general de División don Francisco Franco Bahamonde, quien asumirá todos los poderes del nuevo Estado”. Lo que aquel soldado, sin duda el de mayor prestigio del Ejército español, recibió entonces en Burgos no fue una prebenda, sino una dramática carga, cuyo volumen sólo puede adivinarse colocándose en aquella hora de máximo riesgo y de pronósticos adversos.

Recordando aquella fecha en el I aniversario de su exaltación a la Jefatura del Estado, el Generalísimo dijo: “En los primeros días de la guerra, cuando carecíamos de todo y nuestra empresa parecía imposible al mundo, a un mundo que no ponderaba con debido rigor las riquezas heroicas de una raza inmortal, yo dije a todas: fe ciega en el triunfo. La tuvimos. Y removimos con ella montañas de dificultades y obstáculos”. Y al año siguiente, todavía en plena batalla, pero alboreando ya el triunfo definitivo, prometió: “Yo os aseguro que el mismo tesón que ponemos en ganar las batallas en los frentes de combate, dedicaremos a las batallas del orden social y económico”. Hace un cuarto de siglo que los españoles estamos asistiendo al pleno y espectacular cumplimiento de esta palabra solemnemente dada.

De las ruinas surgió un Estado. Nunca la España contemporánea ha disfrutado de un período de orden y de estabilidad interior como el que se inauguró el primero de abril de 1939. Y esta ha sido la condición básica de nuestra reconstrucción. Los españoles, que llevábamos por lo menos siglo y medio malgastando energías en luchas intestinas y planeando a muy corto plazo a causa de la inseguridad general, de la versatilidad de las instituciones y de la trayectoria pendular de los relevos gubernamentales, pudimos concentrarnos en el trabajo constructivo, en la edificación del bienestar y en planes de largo aliento y prolongada ejecución. Todavía más que las estadísticas hablan las realidades visibles. Los que conocieron la España de 1936 no pueden contener su asombro cuando hoy nos visitan. Ningún otro país de Europa occidental ha experimentado en tan corto periodo una transformación tan general y profunda. Ha cambiado el aspecto de los pueblos, villas y ciudades. Incluso hay provincias que han mudado de paisaje: lo que eran resecos eriales se han convertido en fértiles vegas, y en bosques las pedregosas estribaciones montañosas. También las cosas diríase que han mudado de piel: los muros blancos y los jardines llegan hasta cualquier playa mediterránea.

Pero, sobre todo, ha mejorado la vida de los españoles. El analfabetismo está a punto de desaparecer. Centenares de miles de viviendas han abierto a las gentes más modestas horizontes vitales, sanos y alegres. Nuestra mano de obra, cada día más técnica y capacitada, compite con las mejores de Europa. Hoy ya no emigran campesinos hacia las tierras vírgenes de América, sino obreros especializados a los talleres más adelantados de las primeras potencias industriales. Las cifras de consumo medio por individuo, desde el acero a la electricidad, pasando por el cemento y el petróleo, se han multiplicado por factores que hace cuatro lustros parecerían increíbles. Si durante centurias de decadencia los españoles eran unas gentes que se veían venir cada año a menos, en los últimos dos decenios todos hemos visto cómo el proceso se invertía. Una oleada de mejora general estremece sin descanso hasta los rincones de la Península.

Este XXVII aniversario viene a coincidir, casi día por día, con la prórroga de los Acuerdos con los Estados Unidos. Es verdaderamente abisal la distancia que hay entre aquella España de 1936, proscrita por la comunidad internacional, y esta de hoy que dialoga en pie de igualdad con el país rector de Occidente, que figura entre sus aliados más leales, que presenta al mundo una moneda estable, un desarrollo creciente, una balanza de pagos más favorable que la de muchos de los países que capitanean el mundo libre y que ofrece, en fin, un oasis de paz a millones de europeos y un seguro bastión para apoyar la defensa de los valores occidentales.

Es cierto que estos bienes no nos los ha regalado nadie, y que los estamos conquistando día a día con nuestro esfuerzo todos los españoles. Pero esta gran empresa de reconstrucción se ha hecho bajo la jefatura de Franco. Esta es la realidad pura y simple, que todavía hay algunos que parecen no querer ver. Él ha sido quien ha elegido a los gobernantes, quien ha decidido en las horas críticas, y sobre todo quien ha garantizado un orden sin el que ningún empeño creador hubiera sido fecundo. Esto es lo que verdaderamente significa Franco en la historia de la España contemporánea: la clave de una bóveda que ha sido y es el sostén político de los trabajos de un pueblo capaz y laborioso.

Por eso Franco es un símbolo, y en él concentramos los españoles nuestro reconocimiento, como supremo magistrado de la nación. Y conscientes del valor de nuestro activo nacional, lo que deseamos es perpetuarlo y asegurar su continuidad. Las situaciones extraordinarias, las más brillantes, sin duda, de la Historia, son, como todas las que requieren tensión y coyunturas irrepetibles, muy excepcionales. Las puede crear una persona; pero sólo pueden continuarlas las instituciones, es decir, los cauces jurídicos, las formalidades constitucionales, los usos y tradiciones. Si, cara al pasado, nuestra reacción es la de gratitud, cara al porvenir, nuestra ambición es la de permanencia, certidumbre y continuidad. Franco, hace más de un cuarto de siglo anunció la misma dedicación para la paz que para la guerra. Ganadas la una y la otra, lo que ahora importa es asegurar, para el futuro, los beneficios morales y materiales que hoy constituyen nuestro mejor patrimonio.

ABC, 01-10-1963
Gonzalo Fernández de la Mora – RAZÓN ESPAÑOLA

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