Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

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Así son las cosas

11 miércoles Mar 2015

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P.CanoVoy al hospital. La doctora muy atenta, me cuenta cosas de su familia. Tiene dos hijas pequeñas. Cuando vuelve a casa, cansada y, a veces estresada, al recibir los besos y abrazos de sus hijas, se le pasan todos los males, y su corazón se llena de gozo. Le di dos libritos para sus hijas de Noticias Cristianas y se puso muy contenta. En los pasillos del hospital había muchos carteles de este estilo: “No hay pan para tanto chorizo”. Una empleada nos dijo: En este despacho nunca hay nadie, pero ese don nadie, que no hace nada, tiene un sueldazo.

¡Qué le vamos a hacer! La democracia dicen que es el gobierno del pueblo por el pueblo: tiene un pueblo que vive como reyes, los políticos y sus familiares; otro pueblo que le cuesta llegar a final de mes con su sueldo, los trabajadores; otro pueblo que come la sopa boba, los parados sin nómina; y otro pueblo que vive en la calle de limosnas. Pregunten a los Jóvenes de San José y se quedarán pasmados.

Estaba sentado en un banco de un parque público, junto a una parroquia. Vino un buen hombre y se sentó en el banco y hablamos; al decir una calumnia contra la Iglesia, yo recité: “El número de los necios es infinito” ¿Oiga, no me insulte!, dijo. Contesté: Yo no le he insultado, he dicho unas palabras de la Sagrada Escritura. ¡Ah! bueno, respondió. Y se marchó.

Dos antiguos alumnos se casaron hace catorce años. Tienen doce hijos. Y en el último parto, los médicos decían que era posible que la buena madre muriera. No por el parto en sí mismo. Aparecieron otros problemas. Cuando ella despertó, lo primero que pensó fue que, “como no veía a su difunta madre, ni al padre Alba, ni a su amiga Mercedes, es que no había muerto, ni estaba en el Cielo”.

A los seis meses, de la salida del hospital, con muchas amonestaciones de que no quedara más embarazada, lo está de seis meses. Las primeras palabras que ha dicho son: “Estoy muy contenta, porque Dios sigue confiando en mí”. Todos sabemos que su marido es un gran empresario, en negocios sobrenaturales. En realidad, es un pobre obrero al que no le importa trabajar las horas que se presenten para alimentar a su gran familia. La ideología de género y la antinatalidad, han sido fulminadas por este matrimonio de Dios.

Voy a dar una charla a unos jóvenes de una parroquia del ensanche de Barcelona. El párroco está en la puerta y me dice: “Todavía estoy bajo los efectos de lo que me ha ocurrido hace unas horas. Ha pasado un joven y ha empezado a insultarme, a decir blasfemias, calumniar a la Iglesia. Parecía un demonio. De la acera de enfrente, ha venido otro joven corriendo y le ha dicho al blasfemo: ‘Si te metes con este cura te abro la cabeza. El me da la comida y ropa que necesito’”. Y el sacerdote terminó con estas palabras: “Estas cosas no pasaban con Franco. Vivíamos más tranquilos, en paz”.

Manuel Martínez Cano, mCR

Pobreza

05 jueves Mar 2015

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

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canoNuestro compatriota, San Ignacio de Loyola, en su meditación de las dos banderas, nos previene contra las tentaciones del diablo, que primero nos tienta “con codicia de riquezas”, para que más fácilmente caigamos en el “vano honor del mundo” y después en “crecida soberbia”, de manera que “el primer escalón sea de riquezas, el 2º de honor, el 3º de soberbia, y estos tres escalones inducen a todos los vicios”. La bandera de Satanás es vivir en pecado, en los vicios.
La bandera de Cristo es la pobreza espiritual y la pobreza actual y deseos de oprobios y menosprecios porque “de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres escalones; el primero pobreza contra riqueza, el 2º oprobio o menosprecio contra el honor mundano, el 3º humildad contra la soberbia, y de estos tres escalones subir a la práctica de todas las otras virtudes”. La bandera de Cristo es la santidad, vivir practicando las virtudes cristianas.
signacio_loyolaSan Ignacio nos dice que hagamos un coloquio con la Virgen Santísima y le pidamos que nos alcance gracia de su Hijo y Señor, para que yo sea recibido debajo de su bandera. Pedir lo mismo al Padre. Y lo mismo al Hijo.
En su primera carta San Pedro dice: “El diablo anda en torno nuestro mirando a quien devorar” (5, 8). Y san Pablo nos advierte que “el amor al dinero es la raíz de todos los males”. Pidamos al Señor vivir en pobreza, porque: “para los siervos de Dios, el dinero es eso: un diablo, una serpiente venenosa” (San Francisco de Asís). Nuestra Santa Teresa de Jesús, dice: “La pobreza es un bien que todos los bienes del mundo encierran en si; es un señorío grande… La verdadera pobreza trae una honraza consigo que no hay quien la sufra; la pobreza tomada por solo Dios, digo; no ha menester contentar a nadie sino a Él”.
El Santo Padre Francisco, nos ha dicho varias veces que el mundo rinde culto al becerro de oro, al dinero. Reflexiones, si malgastamos algunos euros. Lo que para nosotros es poco, es mucho para las misiones.

P. Manuel Martínez Cano, mCR

Recuerdos de monseñor Guerra Campos

25 miércoles Feb 2015

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La obediencia, me envió como enfermera, a cumplir con esta honrosa misión de cuidar al que fue Obispo de Cuenca, D. José Guerra Campos.

Llegué a Madrid desde Sentmenat con el P. Turú el 4 de Mayo. Oí por primera vez su bien timbrada voz a través del portero automático: «Sííí», así contestaba siempre al descolgar el teléfono, al oír el timbre o golpes en su puerta. Se abrió la del 6º D y apareció el Sr. Obispo sonriente, bajo su prominente nariz. Siempre con la prestancia de su sotana; ‘¡Ah, Antonio! ¿Qué tal hicieron el viaje?’. Su aspecto era enfermizo, ¿cansancio?, ¿sufrimiento?, las dos cosas. Alrededor de su esbelta figura, y alumbrado por una tenue luz, aparecían montones de papeles, libros, cajas, objetos de recuerdo … La humedad y el polvo habían hecho mella, también en las paredes y techos. Denotábase así la pobreza y el desprendimiento con que vivía, pues, siendo como era tan ordenado y pulcro en todo, se vió obligado a habitar el piso en esas condiciones por las prisas del traslado. Y ahora ni él, ni su prima Mª del Pilar que le acompañaba, podían hacer más.Guerra-Campos.5

A través del pasillo nos condujo a la habitación de Dª Mª del Pilar, pero antes de llegar abrió la puerta anterior a la suya y visitamos a Nuestro Señor. Sin dejar de sonreír hizo las presentaciones debidas y después, bajando los ojos, nos explicó la historia clínica de su prima y su estado actual, pausadamente y con todo detalle, como hacía siempre. D. Antonio se marchó al día siguiente y yo empecé mi misión. A las 21h terminé la primera jornada y concluí con un ‘diagnóstico’ claro de la situación. Mª del Pilar tenía una demencia senil galopante que estaba acabando con las fuerzas físicas y anímicas de D. José . Primero fue su marcha de Cuenca en Junio, rápida e inesperada porque así le obligaron a hacerlo, después su dolencia cardiaca, que se alivió con la implantación de un marcapasos en el mes de Abril, pero de cuya intervención no pudo recuperarse debidamente por verse obligado a atender a su prima. Se volcó en ella, abandonándose a sí mismo por completo. Dª Mª del Pilar se puso al servicio de D. José cuando éste ejercía sus ministerios en Santiago, luego le siguió a Madrid, Cuenca y ahora… otra vez aquí; a su misión se entregó en cuerpo y alma, compartía y luchaba a su lado en todo y por todo.

Los días pasaban y la situación se hacía insostenible. Ella extremadamente inquieta, hablando sin cesar de día y de noche y él soportando alegre y mansamente esta inestabilidad. Yo estaba las doce horas del día junto a la cama de Mª del Pilar, que no podía andar, y si me ausentaba en algún momento por alguna razón de necesidad inmediatamente me llamaba (con otros nombres), hasta que acudía. Rezábamos Laudes, Vísperas, el Rosario, le leía a Sta. Teresita … Algunos días me seguía, incluso a veces eso le tranquilizaba y se dormía, pero sólo algunos días … D. José solía estar en su despacho y en cuanto ella le llamaba: iD.Josél, acudía pacientemente, le hacía algunas reflexiones o le hablaba de sus cosas en Cuenca, como ignorando su desequilibrio mental, le escuchaba al principio pero luego seguía su ritmo otra vez … Muy a menudo se sentaba encima de su cama (porque nunca consintió que yo le cediera mi hamaca de playa, el único asiento que había en la habitación) y hablábamos; aunque él me preguntaba cosas, era yo la que normalmente le escuchaba y en ocasiones se me encogía el alma mientras le oía, con la emoción , al ver que vivía en una pobre habitación de un piso también pobre de Madrid. Estas idas y venidas de su despacho a la habitación eran frecuentes en un día. Nunca dejó de acudir a la llamada de Mª del Pilar.

Poco a poco fui descubriendo su exquisita sensibilidad por las cosas de Dios, que se traducía en una gran caridad con el prójimo. Nada más abrirme la puerta por la mañana me preguntaba si había descansado y cenado bien y si había hecho bien el viaje hasta allí, pues tenía que andar un trozo desde la parada del autobús y eso no le gustaba. Cada día, sin excepción, me lo preguntaba. Una tarde estaba yo planchando, aprovechando media hora que Mª del Pilar se quedó dormida, en una habitación donde estaban los muebles del comedor … y más cosas, entre ellas una montaña de ropa para planchar; la planchadora estaba colocada de manera que yo quedaba de espaldas a la puerta, con la persiana entreabierta se veía a media luz. De repente se encendió la lámpara, me giré y me encontré con el Sr. Obispo: «Aquí hay muy poca luz», dijo, dio media vuelta y volvió a su despacho, que estaba situado en el otro extremo del pasillo. Otro día estaba en la cocina lavando los platos, con agua fría, e inesperadamente apareció su mano por delante de mi y abrió el grifo de la caliente. Me quedé tan gratamente sorprendida que cuando quise darle las gracias ya había desaparecido. Pensaba luego cómo se habría dado cuenta, miré hacia arriba…¡claro!, el calentador estaba apagado. Cada minuto pasado a su lado ha sido un ejemplo de vida. Mª del Pilar y yo oíamos su Misa desde la habitación. El levantaba la voz y salía al pasillo para leer las lecturas. Luego venía a darnos la paz y la Comunión (a ella sólo cuando estaba en condiciones). El primer día le dije que no comulgaría porque ya lo había hecho por la mañana. Sin embargo me ofreció la Sagrada Forma mojada en la Sangre Divina, diciéndome: «Está Vd ejerciendo un servicio especial». Y así todos los días. Vivía pobremente, no porque no pudiera hacerlo mejor, sino porque era verdadero discípulo de Cristo que nació, vivió y murió pobre. Lo único que le importaba, como me dijo un día, era buscar el Reino de Dios y su Justicia, enseñándome que ésta no es otra cosa que la verdadera caridad con el prójimo. Yo, en mi ignorancia, le apunté: ‘Sí, Sr. Obispo, pero no olvide que Vd. también es el prójimo’ se echó a reir y contestó, queriendo eludir el tema, «No entremos ahora en disertaciones teológicas». Una tarde, después de haber pasado un mal día con Mª del Pilar, acudió a su llamada y luego siguió hasta la cocina, donde le oí llorar desconsoladamente. Me produjo una gran tristeza y pensé en lo que decía Sta. Teresa: «No me extraña, Señor, que tengas tan pocos amigos si los tratas así». Lo había dado todo por la Iglesia y por España y ahora, en sus últimos meses de vida le tocaba vivir la noche oscura, sin duda otra más de las que ya habría vivido. Ese día decidí encomendarme a todos los santos para que cambiara la situación y encontrásemos un sitio adecuado donde pudiera estar Mª del Pilar bien atendida en todos los aspectos, material, humano y médico. Pero bastó con uno. A la mañana siguiente fui a Misa, como otros días, a la iglesia de los Jesuitas de la C/.Claudio Coello (donde asesinaron a Carrero Blanco) y al entrar en el claustro vi, con alegre sorpresa, la tumba del P. José Mª Rubio S.J., que me había pasado, hasta entonces, inadvertida. Enseguida me vino a la mente Mª del Pilar y decidí empezar allí mismo la novena. Al noveno día me llamó Sor Carmen, hermana de D. Román Pedreira, sacerdote muy amigo del Sr. Obispo, y me dijo que hojeando las páginas amarillas se encontró un cartel con letras grandes: ‘Residencia Madre Maravillas’. Justamente a ella le habla confiado el asunto. Así que las dos concluimos que ese debía ser el nuevo hogar de Mª del Pilar. Además estaba situada al pie del Cerro de los Angeles, al que, tanto el Sr. Obispo como ella, tenían gran devoción. Ahora era él quién debía decidir. Por cierto que el 4 de Mayo, día en que llegamos a Madrid, era la fiesta del P. Rubio…guerra campos

El P. Antonio Turú, con una solicitud admirable, no dejaba de llamarme cada noche interesándose por la marcha de las cosas y cuando lo creyó oportuno se trasladó a Madrid de nuevo para encontrar el sitio adecuado para Mª del Pilar. Fueron tres días de no parar, recorriendo la ciudad de punta a cabo y de continuas llamadas telefónicas. El Sr. Obispo se mantuvo alegre y paciente en todo momento, a pesar de su debilidad física, interesándose y preocupándose por las necesidades de las almas que iba encontrando, sin prisas, como si en aquel momento no le importara nada más. Siempre cedía el paso al entrar o salir y él pasaba el último. Al llegar a los sitios nunca se sentaba hasta que todos teníamos asiento. En cada uno de los lugares que visitamos le recibieron con los brazos abiertos, religiosos y seglares, se hacía «todo a todos». Ya sólo nos quedaba por ver la primera que habíamos encontrado, ‘Madre Maravillas». Allí se quedó, y allí sigue estando, cuidada estupendamente en todos los aspectos.

Durante la última semana que pasamos en Madrid le atendía sólo a él. No me dejaba hacer grandes trabajos, como hubiera sido p.e., ayudarle a ordenar su despacho. Decía que eso era demasiado para mí y que «además en esta ciudad hay un polvillo negro que lo impregna todo y se pondría Vd. perdida». Era la delicadeza personificada. Así que, aunque fueron días de tristeza e incertidumbre por una parte, por otra disfruté y me enriquecí estando a su lado. Nunca me mandó nada que fuera para beneficio suyo. Siempre sugería o pedía, e incluso daba explicaciones de por qué lo pedía. Sólo mandaba cuando era para bien de los demás, «Cómase esto», «Siéntese», «Márchese ya, que tiene que descansar». Entonces era firme y quería que se cumpliera lo que mandaba. Un día, en que Mª del Pilar estaba muy agitada vino a la habitación y me mandó a comprar un enchufe, que no necesitaba en ese momento. Lo hizo para que me despejara un rato. Era obediente con todos, porque era humilde. Una mañana entré en su despacho a decirle algo. Corrían días fríos. El ambiente era gélido. Le dije: «Sr. Obispo aquí hace mucho frío, se va a quedar helado, debería encenderse una estufa». Me marché, y al cabo de una hora volví a entrar; sin decirme nada, antes de que yo empezara a hablar, me señaló a su derecha una estufita eléctrica encendida, esbozando una sonrisa de «niño travieso» … Casi se me olvidó lo que iba a decirle. Otro día le sugerí que se cambiara la sotana porque la que llevaba estaba manchada y se la lavaría. Así lo hizo, al día siguiente me la dio yMª del Carmen, que les asistía desde que se trasladaron a vivir a Madrid, se encargó de lavarla. Ya no me acordé más del tema. Cuando días más tarde hacíamos entre los dos la maleta para viajar a Sentmenat, le pregunté si no quería llevarse otra sotana. Me contestó: «Sí, la que Vd. me mandó que me cambiara, la tiene Mª del Carmen en su casa». Ese mismo día la trajo ella.

Las sobremesas eran lecciones de Teología, Moral, Historia, Literatura… Sabía de todo. Historias de su vida edificantes y graciosas que contaba con toda naturalidad y sencillez. Amaba a su tierra, Galicia, entrañablemente, a pesar de los años que hacía que la dejó. Hablaba de ella con admiración y cariño. Se le notaba que disfrutaba también hablando de sus años de soldado (así se consideró hasta el final de sus días) durante la guerra española, en el bando de los «malos», decía irónicamente. Vivió desde dentro los años de la transición en España, por eso conocía perfectamente a todos los «personajes» y «personajillos» que en ella intervinieron, tanto políticos como eclesiásticos. Los trató de cerca y muchos de los que entonces le apreciaban luego le traicionaron, al traicionar a la Patria. Hablaba de todos con gran caridad, sin reproches, ni rencores, simplemente exponiendo los hechos, la verdad. Todo dicho con un lenguaje perfecto, sobrio y elegante, igual que sus gestos, demostrando un perfecto dominio de sí mismo.

Ahora necesitaba descansar, sobre todo físicamente. Y para eso le ofreció el P.Turú nuestra casa del Colegio de Sentmenat. Le costó decidirse, principalmente porque no quería que Mª del Pilar pudiera sentirse abandonada. Pero gente buena que le quería, como Mª del Carmen, el portero de su casa y su sobrino el Dr. José Manuel Castro, se comprometieron a visitar a su prima frecuentemente y le animaron a que aceptara el ofrecimiento de D. Antonio.

A los pies del Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta era ese día, del Cerro de los Ángeles nos despedimos de Madrid. Y a la mañana siguiente, fiesta del Corazón Inmaculado de María, viajamos y llegamos a Sentmenat. Las sombras de la noche cubrían ya el Colegio que lleva Su nombre. «Vamos a visitar al Señor», dijo, después de los saludos de llegada y, antes de entrar, al pasar por delante de la capillita de la Virgen de Lourdes, a quién profesaba gran devoción, rezó un Ave María en acción de gracias. Llegó de noche, en las horas en que Jesús gustaba comunicarse con sus amigos más íntimos… Venía contento, seguro de que iba a encontrarse con seres queridos que le acogían como a un padre. Y convencido de estar haciendo la voluntad de Dios. Así nos lo explicaba en la homilía de su primer Domingo aquí, a raíz del Evangelio que nos habla de cuando le dijeron a Jesús: «Aquí fuera están tu madre y tus hermanos que te esperan» y el Señor responde: «Mi madre y mis hermanos son los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen».

Le acondicionamos una habitación para despacho y otra, contigua, de dormitorio, sencillas y austeras, como era él. Enseguida se encontró a gusto aquí. Gozaba disfrutando de la naturaleza que le rodeaba: la sombra de los pinos, la brisa de la mañana, el canto de los pájaros, las puestas de sol, los paseos al atardecer … con su espíritu franciscano vela a Dios en todas las cosas. La compañía y conversación de nuestros Padres Directores le hacia feliz y contemplaba con ilusión a los seminaristas, viéndoles como la esperanza de un futuro mejor, identificándose con ellos recordando sus años en el seminario y después en Roma. Un día me preguntó: Cuando decís «el Padre», os referís al P Alba ¿no?, Sí, contesté. Desde entonces el también le llamó así. Se abandonó por completo en manos de la Providencia, desprendido totalmente de las cosas de la tierra y, siguiendo la norma de S. Ignacio, se ocupaba de todo sin preocuparse por nada. Preguntaba con ilusión por la marcha del Colegio: su organización, economía, los profesores y alumnos. Se interesaba por todo y por todos. Como tenía una memoria prodigiosa se acordaba de cualquier cosa que le dijeras y nada le pasaba desapercibido. Dos días antes de su muerte me hice un corte en el dedo abriendo una lata de salsa de tomate para sus spaguetti (que le encantaban) y me puse una tirita. El estaba ya muy débil y somnoliento pero al llevarle por la tarde la merienda, cuando ya me retiraba, sentado en su hamaca y sin levantar los ojos, me señaló con el dedo índice agitándolo, un gesto muy característico en él, y me dijo: Se ha cortado , yo, que ya estaba en la puerta, me volví sorprendida y contesté: «Sí», «¿Cómo se lo ha hecho?», siguió. Le expliqué y exclamó, sin cambiar el tono de voz: ‘¡Uuuy!, eso es muy malo, «¿ya lo ha desinfectado?’. Le dije que sí y se quedó tranquilo.

Ilusión y esperanza, eso transmitía todo su ser. A los 76 años tenía el alma de un niño y de ello les habló a los alumnos en el acto de clausura del Curso: ‘Yo tengo la misma esperanza que vosotros, aunque tengáis unos años menos, porque ésta no está en las cosas materiales, que tarde o temprano se acaban, sino en una vida eterna, eternamente feliz».

Pero, a pesar de todo, su estado físico no mejoraba. Auque el marcapasos cumplía su función perfectamente, su corazón estaba herido de muerte.

El 23 de Junio, víspera de S. Juan, subí por la mañanita, como todos los días, a tomarle la T. A. Me dijo que no se encontraba muy bien, tenía un «dolorcillo» en el estómago y prefería no levantarse. Me extrañó muchísimo pues no era amigo de estar en cama. Durante la mañana le dejamos descansar. Llamamos al Dr. Montserrat, de Caldas de Montbui, buen amigo del Colegio, y dijo que pasaría en seguida que acabara sus consultas, ya que no parecía nada urgente. Al mediodía, al llevarle la comida, seguía con ese «dolorcillo», decía él, y malestar general. A media tarde volví a verle, «¿Cómo se encuentra?», le pregunté y, con el semblante muy serio, impropio en él, contestó: «Llevo 17h con un dolor insoportable en la zona gástrica. Quizás haya algo que pueda aliviar un poco esto», fue la única queja, si se puede llamar así, que le oímos en todo el tiempo que le tuvimos entre nosotros. Apremiamos al médico. Le recetó un calmante con el que cedió el dolor, que no apareció más, y dijo que volvería al día siguiente, aunque era fiesta. Así lo hizo, mostrando su gran solicitud. Después de la exploración y en vista de la aparición de vómitos pensó que podrían ser cálculos en la vesícula por lo que quizás sería necesario una intervención quirúrgica. Mandó que ingresara en el hospital esa misma mañana para que se le hicieran las debidas pruebas. Nos instalamos en la habitación 313, desde donde se contemplaba la imagen del Sagrado Corazón del Tibidabo que está en la cima del Templo Expiatorio. Esto le alegró, «y lo consideró un detalle» por parte de Él ya que las habitaciones del otro lado tenían una pared en frente.

El personal de la Clínica Tres Torres, tanto médicos como enfermeras le recibieron cordialmente y con todo respeto, y así fue durante toda su estancia allí. Siempre eficientes, amables y serviciales. Claro que él también era un paciente muy especial, nunca se quejó de nada, todo le parecía bien, siempre se mostraba alegre, aún en los momentos graves, que los hubo. Obediente, se sometió en todo a la autoridad médica, hasta en los mínimos detalles.

Iba mejorando, según los resultados clínicos: análisis, RX, Ecografías, T.A.C., E.C.G., «Sólo falta que me revisen el pie», decía con su humor característico, pero físicamente seguía muy débil, inapetente y con insomnio persistente, que tenía desde hacía ¡varios años!, según le confesó al médico.

Todas las mañanas recibía a Nuestro Señor de manos del P.Turú o el P.Alba. Si hubiera alguna duda de que Dios está en la Eucaristía, viéndole comulgar a él se despejarían todas, por la devoción con que lo hacía. Pasábamos el día hablando, escuchando música (le gustaba la clásica, folclórica y las marchas militares), hicimos también algún crucigrama, cuando se lo propuse me dijo humildemente: » ¡Uuuy! esto es para inteligentes, o para hacerlo con la Espasa al lado». Rezábamos el Rosario todos los días, lentamente, sin prisas. Los únicos libros que leía eran los que se trajo de Madrid: los Evangelios, la Imitación de Cristo y el Breviario (que no dejó de rezar ni aún en los momentos de más debilidad). Cuando ya llevábamos casi una semana en la clínica, le pregunté: «¿Se aburre, Sr. Obispo?», «,No, en absoluto, estoy bien, tranquilo. Estas cuatro paredes ya no me inspiran nada más», «Quizás si pudiera trabajar en algo no pensaría en otras cosas». Continuó, «No, si no pienso en nada, uno le da vueltas a las cosas cuando ha dejado algo por hacer, algo pendiente, pero no es mi caso». Lo tenía todo hecho. Le ponían dos inyecciones intramusculares cada día, con lo cual a los pocos días tenía ya dificultad en estar acostado o sentado; denoté esa dificultad en sus gestos, porque no dijo nada, y pedí una pomada a la enfermera para aliviarle. El se dejó que le curara. Me horroricé primero y, cuando pude reaccionar, me edifiqué al descubrir lo que ví: un gran hematoma desde la cintura hasta la rodilla, en las dos piernas. «¡Pero, Sr. Obispo!, como no ha dicho nada. Si parece un Sto. Cristo!». Él encogió los hombros y sonrió. Quiero aclarar que esto no fue fruto de una mala técnica sino del tipo de medicación que le administraban y la frecuencia con que lo hacían.

Su corazón seguía estable, aunque muy dañado, el hígado y el riñón que se descompensaron hasta hacer peligrar su vida, se habían normalizado. Pronto le darían el alta. Nos preocupaba su futuro, queríamos que se quedara a vivir entre nosotros y así se lo propuso el P. Turú. Dijo que lo pensaría pues le parecía una carga para todos. En el fondo lo estaba deseando porque así lo reflejo en su agenda, donde escribía todos los días: Día 8 de Junio: Tarde = a casa (Sentmenat)».

Con gran alegría de todos, volvió, estábamos ilusionados pensando en que se quedaría con nosotros definitivamente. Y así fue. Al llegar dijo, como la primera vez: «Vamos a visitar al Señor» y , con gran esfuerzo, hincó su rodilla en tierra en señal de adoración y saludo. Cuando a veces le comentaba algo sobre Sta. Teresita, mi lectura espiritual entonces, siempre me decía: «Algunos creían y creen que no hizo méritos para ser santa porque con esto de la infancia espiritual todo le fue muy fácil. Se equivocan, claro, pues sufrió muchísimo, ni aún habiéndolo contado ella, podemos imaginar cuánto. Su vida estuvo hecha de actos heroicos ordinarios que se convirtieron en extraordinarios delante de Dios y de los hombres. En «Historia de un alma», donde ella cuenta su vida, dice, cuando ya se encontraba muy enferma: «Todavía puedo caminar. Pues bien, debo cumplir mi deber». Así hizo también el Sr. Obispo. En esos últimos días desde que volvió del hospital, no dejó de cumplir con el horario establecido de levantarse y acostarse, de comidas y rezos, aunque estaba totalmente dispensado. No pidió nunca ayuda para nada, por no dar trabajo a los demás; por eso me extrañó, ciertamente y me dio que pensar, cuando, dos días antes de morir, accedió a que le pusiera los calcetines, después de haberle hecho el médico un E.C.G., habiéndose negado otras veces por aquella razón.

Sufrió mucho. Lo descubrí la mañana en la que tenía que pasar el día con mi madre y una hermana. Me fui preocupada. ¡Estaba tan débil!. Sentado en el comedor mientras acababa de desayunar, me despedí de él; con la cabeza erguida, levantando la mano derecha y desplegando una gran sonrisa me dijo, con voz ténue: «¡Que tengan una feliz jornada». Estas fueron sus últimas palabras para mí. Quería llegar pronto para verle y preguntarle cómo habla pasado el día pero una gran manifestación absurda me lo impidió. Al llegar a casa se había ya retirado. Cuando volví a ver su rostro estaba ya sin vida. Se fue al amanecer del 15 de Julio, a la hora en que resucitó el Señor, víspera de la Virgen del Carmen.

Cuando, en Madrid, preparábamos la maleta le dije: «¿No quiere coger su faja de Obispo?»; «No, para qué me contestó allí no voy a ejercer». Un día, guardándole la ropa limpia en un cajón, me encontré allí la faja …. ¿pensaría quizás en la frase de Jesús: » … No sabemos ni el día, ni la hora». Lo cierto es que pudimos ponérsela sobre su impecable sotana. Nos decía en una ocasión: «Yo llevo y he llevado siempre la sotana con gusto y cariño, pero si el Papa dijera mañana que había que quitársela lo haría sin dudarlo, porque lo que importa es lo que dice la Iglesia, que es la voluntad de Dios».

Sentada junto a su cuerpo sin vida abrí, al azar, su libro del Kempis y leí:

Verdaderamente es grande el que tiene grande caridad.

Verdaderamente es grande el que se tiene por pequeño y tiene en nada la cumbre de la honra.

Verdaderamente es prudente el que todo lo terreno tiene por estiércol para ganar a Cristo.

Y verdaderamente es sabio aquel que hace la voluntad de Dios y deja la suya.

No pude seguir leyendo por la emoción que me embargaba, era como si alguien, en mi interior, me estuviera diciendo estas palabras que al mismo tiempo leía. Gran caridad, gran humildad, gran prudencia y sabiduría. Sí, así era él. Pasó por esta vida «haciendo el bien», como Jesús, siendo, como Él, olvidado e incomprendido.

Doy muchas gracias a Dios por haberle conocido y poderle servir como un discípulo a su Maestro. Pido al Señor que me conceda la gracia de imitarle en todas sus virtudes.

Recuerdo en mi adolescencia haber oído a mi padre, tradicional y buen católico, elogiar y ponderar las palabras y las obras de un Obispo que salía en la televisión. Más tarde, cuando empecé a asistir a las reuniones de Decuria en la Unión Seglar de Palma de Mallorca, Francisco Suñé, su Presidente, nos impartía la formación dirigida por el libro «El Octavo día», que recopilaba todos los programas de TV que sobre doctrina de la Iglesia hacía ese Obispo. Así fue cómo supe que existía D. José Guerra Campos. Quién me iba a decir entonces que, unos ‘»cuantos» años más tarde, recibiría ese libro de sus propias manos y en su propia casa con una dedicatoria de agradecimiento por los servicios prestados a su persona. Y, sobre todo, quién me iba a decir que de sólo saber que existía llegaría a conocerle personalmente y más aún, en la intimidad del sufrimiento, cara a cara con su santidad.guerra-campos

A lo largo del tiempo fui siendo más consciente de quién era Mnsr. Guerra Campos, sobre todo por su relación de apoyo y aceptación con nuestra Sociedad Misionera de Cristo Rey. Y cuando, en el mes de Mayo, el P.Turú me anunció la feliz idea de mandarme a Madrid con la misión de cuidar de él y de su prima Dª Mª del Pilar, tenía ya la convicción de que iba a servir a un santo Obispo. Confirmándome en ello viviendo a su lado sus últimos meses en este destierro.

Multitud de detalles y ejemplos de vida podría contaros que revelan sus virtudes y traslucen esa santidad. Su modo de hablar era siempre sereno y equilibrado, aún cuando tenía que reprender u ordenar. Uno de los días de su estancia en la Clínica Tres Torres de Barcelona, donde, como ya sabéis, estuvo ingresado por una descompensación hepática, le llamó una persona. Preguntándole por su estado, él le explicó su desgana para trabajar, para comer, etc …. El otro le sentenció: «Esto se llama astenia». En un tono un poco pedante le dio toda una explicación de la palabreja y acabó diciendo » … Y es que los médicos y los teólogos a veces utilizamos palabras que quedan muy bien para parecer más importantes que los demás». El Sr. Obispo le contestó: «Hay una manera de hacerlo sin que dé esa impresión y es hacerlo con sobriedad». Fue una gran lección de humildad.

La alegría era una constante en él, su buen humor siempre medido y en su punto hacía que cualquier situación, por penosa que fuera, se convirtiera en llevadera e incluso agradable. En la Verbena de S. Juan, víspera de su ingreso en el hospital, cuando ya llevaba más de 17 h. con un dolor intenso en la zona gástrica, sin haberlo declarado hasta entonces, empezaron a sonar los cientos de petardos y cohetes: «Me parece, le dije, que hoy no descansará mucho con tanto ruido», «¡Ah, no importa, contestó, no me molesta. Tengo que confesarle que siempre me ha gustado el sonido de las bombas al caer. Esto me recuerda mis años de soldado». De los cuales estaba tan orgulloso.

Si digo que tenía una paciencia de santo no es un simple decir. Durante las semanas que estuve en su casa de Madrid lo descubrí. Su prima estaba postrada en cama con demencia senil y, por eso, le llamaba a gritos desde la habitación, muchas veces durante el día, a pesar de estar siempre yo con ella. Él nunca dejó de acudir a su llamada, interrumpiendo sus trabajos cada dos por tres; a veces la reprendía, como a una niña y otras le hablaba como si su cerebro no estuviera afectado, razonándole y dando explicaciones. Su corazón estaba «apañado» con un marcapasos, pero el alma de ese corazón estaba muy dañada: la situación actual de la Iglesia y de la Patria, su partida de Cuenca precipitada y ahora la enfermedad de su prima, estaban acabando con sus fuerzas anémicas y físicas. Sólo el esfuerzo que tuvo que hacer, en poco más de un mes, para ordenar y distribuir el material de libros y documentos de las cuatrocientas cajas que se embalaron antes de su partida bastaba para acabar con cualquiera. Pues él lo hizo, y con toda meticulosidad, a sus 75 años, enfermo, cansado. Le afectó muchísimo también, el crimen atroz llevado acabo por ETA tres días antes de morir. No digo yo que esto adelantara su muerte pero, con toda seguridad, sí aumentaría sus deseos de abandonar éste valle de lágrimas. «Yo digo como esa carmelita, decía: esto sólo se arregla con oración y metralleta».

Su generosidad no tenía límites, de acuerdo con su espíritu de pobreza. Solía regalar muchas de las cosas que le regalaban a la gente humilde: un cordero entero que le mandaban desde Cuenca para Navidad, litros de aceite, quesos, jamón … Se lo daba al portero, a la chica que les atendía en casa o a cualquiera que se presentase oportunamente. También se desprendía del dinero con mucha facilidad y alegría, repartiendo siempre propinas a donde iba. El día que fuimos a conocer la Residencia donde iba a vivir Mª del Pilar, su prima, como está muy cerquita del Convento Carmelita de la Aldehuela fuimos a visitar a las monjas. No os podéis imaginar lo que disfrutó hablando y riendo con ellas, que tanto le querían: «Me dan Vds una santa envidia, viéndolas tan alegres en el Señor», les dijo. La cosa fue que después visitamos el Museo que allí tienen de la Venerable Madre Maravillas y al terminar el recorrido le dio un billete a la chica que nos lo había enseñado; ésta, muy contenta por haberle conocido, se lo agradeció y nos hizo pasar al cuarto de los recuerdos, nos regaló algunos de ellos y folletos y escritos sobre la Venerable, entonces el Sr. Obispo sacó otro billete, de otro color, e hizo ademán de dárselo a la chica pero ella, educadamente, lo rechazó, él insistió diciendo: «Este señor que sale en éste papel (refiriéndose al billete), me cae muy mal, así que prefiero que lo tenga Vd», ella, con grandes risas, lo aceptó.

Odiaba la mentira, incluso la que llamamos «piadosa». Vivía en verdad y éste era el sello de su gran humildad. Un día, al tomarle la T.A. por la mañana, cuando estaba ya en el Colegio, la tenía muy descompensada y, para no preocuparle, le mentí al preguntarme cómo estaba. La cosa quedó así, pero al día siguiente, como si intuyera que le había mentido me volvió a preguntar: «Así que ayer la tenia a tanto ¿no?’, yo entonces no supe seguir engañándole y le contesté que no, diciéndole la verdad. Él sólo dijo: «¡Ah!, vaya». Este hecho le disgustó mucho y por eso al día siguiente me volvió a decir: «O sea que ayer me dijo Vd una mentira «piadosa». Le dije que sí, le pedí perdón y le prometí que no volvería a repetirse. Él sonrió y no volvió a hablar del tema, pero aún en otra ocasión me lo recordó de una manera indirecta, aleccionándome así en el camino de la perfección.

Cuando llegó el momento de trasladarnos de Madrid a Sentmenat, aceptando la invitación del P.Alba y el P.Turú para descansar y recuperarse de su afección cardíaca, se notó en él un cambio muy grande, de abandono total en la Providencia. Entre lágrimas se despidió de su prima en la Residencia, como si presintiera que no volvería a verla. «Voy a dejarme querer», le decía. También fue muy emotiva su despedida con el portero, hombre sencillo que le subía todos los días el correo y estaba siempre a su disposición. «Nunca se me olvidará esa imagen, le decía al P. Turú hace unas semanas, aquel día supe que no le volvería a ver».

Sus días aquí fueron de mucha paz. Vivía con ilusión y esperanza, con la alegría de ser cristiano, todos los momentos del día pero especialmente la Santa Misa, que movía a gran devoción a los que a ella pudimos asistir. Aunque su estado físico no mejoraba su alma, que a punto estaba de «darle a la caza alcance» crecía en santidad al crisol del sufrimiento. Noches sin dormir ¡durante años!, un dolor en el costado desde hacía meses, comidas poco apetitosas (por el régimen a que estaba sometido) y pocas ganas de comerlas, etc … Un día noté que cojeaba y le pregunté, me dijo que tenía la uña del dedo gordo que le fastidiaba un poco, me ofrecí para cortársela y aceptó pero me advirtió que necesitaría unas tenazas para pezuñas. Exageraba, pero no tanto. Había padecido repetidas veces de gota en ese dedo y la uña estaba durísima, muy larga e incrustrada en la carne, y no era cosa de unos días. Mientras practicaba la operación se lamentaba de que no era nada agradable para mí. Le contesté que era un honor porque me hacía la idea de que estaba sirviendo a cualquiera de los Apóstoles. «Bueno, dijo, a ellos no les pasarían estas cosas porque iban con sandalias». Siempre quitaba importancia a su persona.

Siempre obediente, me enseñó, con su humildad, que sin ésta no es posible la obediencia. Como ya os expliqué, insistía en que todos los demás pasáramos primero al entrar o salir de un lugar, pero yo me resistía y quería que él pasara primero, pensando que así, cumplía con mi obligación de dejar paso a la jerarquía. Nunca me hizo ningún comentario, tanto insistía yo que al final cedía. Pero, estando ya en casa, en Sentmenat, un día nos contó un hecho de la vida de Alfonso XIII, como si fuera una de tantas anécdotas que contaba. La cosa era que el Rey fue a una reunión (el Sr. Obispo lo contó con pelos y señales pero yo no me acuerdo y tampoco es importante para el caso) acompañado por algunos súbditos, al llegar a la puerta le hizo ademán a uno de ellos para que pasara primero pero el súbdito se resistía y después de unos minutos de forcejeo pasó el Rey primero. Cuando estuvieron ya en la estancia le dijo al súbdito algo así: «No me complace que me hayáis dejado pasar primero, más me hubiera complacido que con humildad, me hubiérais obedecido como superior vuestro que soy». Por supuesto me di por aludida y aprendí la lección. Ese era su estado de perfección.

Pasó en el hospital días muy graves pero a pesar de todo le dieron el alta y pensábamos, esperábamos, que se recuperara del todo quedándose a vivir entre nosotros. El Señor tiene sus planes, que no son los nuestros y quiso llevarse a su Siervo fiel y cumplidor para que gozase ya para siempre del banquete de su Reino, porque ya había hecho lo que tenía que hacer.

Dios me ha concedido, me ha regalado, una gracia muy grande a través de Monseñor Guerra Campos: la de entender qué es la santidad, por su doctrina y sus obras.

Ana Mª Lliteras Vidal.

Guerra de Dios

18 miércoles Feb 2015

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

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cano“Estamos en la Guerra de Dios”, escribía el Cardenal Bergoglio, hoy Papa Francisco, a las carmelitas de Buenos Aires. Ya nos advirtió Pío XII: “Vemos hoy lo que jamás se vio en la historia desplegadas al viento sin recato alguno y agitadas las banderas por el odio abominable de los impíos, las satánicas banderas de la guerra contra la Religión en todos los pueblos y en todas las partes de la Tierra. Es pues necesario, venerables hermanas, que sin descanso nos opongamos “como muro por la casa de Israel” juntar todas nuestras fuerzas en grupo compacto que ofrezca frente único y sólido contra las malvadas falanges enemigas de Dios no menos que del género humano”. ¡Dios lo quiere! ¡Todos cruzados!

El telón de acero y el muro de Berlín que levantaron los comunistas para que Cristo no reinara en su paraíso marxista, han sido derrumbados. El primer cruzado en esta “guerra de Dios” fue San Juan Pablo II. En su alocución a los jóvenes de todo el mundo, congregados en el Monte del Gozo (Santiago de Compostela, España), nos dijo que la Verdad vence a la mentira. Transcribo algunos párrafos:

“Pero, queridos jóvenes, existe también una contaminación de las ideas y de las costumbres que puede conducir a la destrucción del hombre. Esta contaminación es el pecado, de donde nace la mentira.

La verdad y la mentira. Hay que reconocer que muchas veces la mentira se presenta ante nosotros con apariencia de verdad. También es necesario discernir para reconocer la verdad, la palabra que viene de Dios y responder a las tentaciones que vienen del “padre de la mentira”.

Os quiero hablar del pecado, que consiste en negar a Dios, en rechazar la luz. Como dice el Evangelio de San Juan: “La verdadera luz estaba en el mundo: el Verbo que hizo el mundo; pero el mundo no le reconoció” (Jn. 1, 9-10).

En la raíz del pecado está la mentira, como rechazo radical de la verdad que está en el Verbo del Padre, por el cual se expresa la autoridad total y al mismo tiempo el amor de Dios Padre, Creador del Cielo y de la Tierra.

Como he escrito en el mensaje para esta Jornada Mundial de la Juventud, la verdad es la exigencia más profunda del espíritu humano. Ante todo, debéis estar sedientos de la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la vida y el mundo.

Pero la Verdad es Jesucristo. ¡Amad la Verdad! ¡Vivid en la Verdad! ¡Llevad la Verdad al mundo! ¡Sed testimonios de la Verdad que salva, es la Verdad entera hacia la que nos guiará el Espíritu de la Verdad! (Jn. 16,13)

Queridos jóvenes: ¡Busquemos la Verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia! Pero seamos coherentes: ¡Amemos la Verdad, vivamos en la Verdad, proclamemos la Verdad! ¡Oh Cristo, enséñanos la Verdad! ¡Sé para nosotros la única Verdad!”

San Pablo nos lanza a combatir los nobles combates de la fe en defensa de Cristo y de la Iglesia. Alistemos en la Milicia de Cristo Rey para ser Cruzados de la Iglesia: “Someteos a Dios (como la Esclava del Señor, María Santísima) y resistid al diablo y huirá de vosotros. Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros” (Santiago 4,7-8).

¡Por Cristo, por María, por España, más, más y más!

P. Manuel Martínez Cano, mCR

Padres de Familia responsables

24 sábado Ene 2015

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

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Nuestros militantes defienden al Papa en tres artículos

La  ignorancia es muy atrevida

Quisiera hablaros de la rueda de prensa que su Santidad, el Papa Francisco, dio en su regreso de Manila, y la contestación que dio a una pregunta que le hicieron y que ha dado mucho que hablar. La pregunta, hecha por un periodista del grupo alemán, fue la siguiente:papa-francisco-avion--644x362

“Usted ha hablado de muchos niños en las Filipinas, de su alegría, que hay muchos. Según los sondeos, la mayoría de la población filipina cree que el aumento de los filipinos es una de las razones más importantes de la gran pobreza en el país. En promedio, una mujer filipina da a luz tres niños en su vida, y la posición católica en relación a la contracepción parece ser una de las cuestiones por las que mucha gente en Filipinas no está de acuerdo con la Iglesia, ¿qué piensa sobre esto?”

La respuesta del Papa, entre otras cosas, fue la siguiente: “La palabra clave, para darle una respuesta, y una que la Iglesia siempre usa todo el tiempo, y yo también, es la paternidad responsable. ¿Cómo se hace esto? Con el diálogo. Cada persona, con su pastor, busca cómo realizar esta paternidad responsable.

El ejemplo que mencioné hace poco antes sobre la mujer que está esperando su octavo (hijo) y ya tenía siete que han nacido por cesárea. Esto es una irresponsabilidad. (Esa mujer puede decir) ‘no, yo confío en Dios’, pero Dios te da métodos para ser responsable. Algunos creen que, disculpen la palabra, eh, que para ser buenos católicos tenemos que ser como conejos. No. Paternidad responsable. Esto es claro y por esto en la Iglesia hay grupos matrimoniales, hay expertos en esta materia, hay pastores, uno puede buscar y sé que hay muchas, muchas maneras que son lícitas y que han ayudado.

Y otra cosa en relación con esto es que para la gente más pobre, un niño es un tesoro. Es verdad que debes ser prudente aquí también, pero para ellos un niño es un tesoro. (Alguien diría) ‘Dios sabe cómo ayudarme’ y tal vez alguno de ellos no son prudentes, esto es cierto. Paternidad responsable, pero vamos también a mirar la generosidad del padre y la madre que ven un tesoro en cada niño”.

Viendo las críticas que el Papa recibía en una red social, mi marido Antonio, zanjó el tema de esta manera:

“Vuelvo a insistir, por última vez, en la necesidad de hacer una lectura pausada y serena de lo publicado por Aciprensa, o mejor por medios fiables del Vaticano. Las prisas y el calor de la sangre no son buenos consejeros. Observo que algunos comentarios muestran, de entrada, un rechazo claro a este Papa, cuando no se le insulta, “tipejo”. La paternidad responsable, que menciona el papa Francisco, no se mide por el número de hijos que se tiene, sino por el amor que se da a cada uno de ellos. No por tener muchos hijos se es mejor católico, ni por tener pocos se es peor católico. El Papa responde a una realidad vivida en Filipinas, donde puede ser grave responsabilidad de los padres poner los medios lícitos, que el Papa menciona, para tener los hijos convenientes para el bien de la familia en situación de precariedad extrema. Medios que solo son lícitos ante situaciones verdaderamente graves, como es el caso. Y estoy totalmente de acuerdo con la necesidad del consejo de buenos sacerdotes, y no la crítica gratuita. Creo que el ser padre de 12 hijos, más tres en el Cielo, me da conocimiento del tema. En el tema del aborto el papa Francisco ha sido muy claro  últimamente, y lo mismo en el tema de la familia.

Si mi padre hiciera un comentario que me desagradara y no entendiera, antes de hablar mal de él públicamente, intentaría comprenderlo, y siempre le concedería el beneficio de la duda. Pues el Papa es mi padre, es el padre de todos los católicos, el dulce Cristo en la Tierra. Y tanto criticar tiene un tufillo protestante… que un católico no se lo debería permitir. Como dice San Ambrosio “Ubi est Petrus, ibi est Ecclesia; non est Ecclesia, ubi non est Petrus”.

Ya esperas, críticas de sectores que no son Iglesia y como siempre, sacan de contexto las palabras del Papa. Pero, duele en el alma, ver que hay gente “de iglesia”, que sin esperar a saber de tales palabras, corren inmediatamente  a poner su opinión, y a criticar al Papa por sus palabras. En cambio cuando el Papa nos habla de la alegría del vivir en una familia cristiana y de la defensa de la vida de los niños no nacidos, ¡ah! entonces, esos mismos que critican se quedan mudos. Como dice el Señor “quien tenga oídos, que oiga”. Señores, la ignorancia es muy atrevida, no podemos tirar piedras en nuestro propio tejado, ya hay quien las tira y muy grandes. Rezar más y criticar menos.

Me quito el sombrero, ante la respuesta que dio mi amiga, Teresa Escudero, madre de ocho hijos, en dicha red, y que ofrecemos en el siguiente articulo.

Matrimonio Sellas-Vila

__________

Tener hijos como conejos.

“Confío que cuando el Papa dice que no hay que tener hijos como conejos se refiere que, tanto para los católicos como para los no católicos, un hijo es una gran responsabilidad y que no se puede dejar a la buena de Dios. Me explico. Dios ha querido que las relaciones en un matrimonio sirvan para el crecimiento en el amor entre los esposos, el remedio de la concupiscencia y la procreación. Nadie tiene que decirle a un matrimonio cuántos hijos tienen que traer al mundo. La Iglesia haciendo eco a lo que sería bueno para la población mundial, para que ésta no envejezca (hecho que está pasando y que a todos nos va a afectar y gravemente), aconseja lo que más o menos ha dicho el Papa, que sería conveniente, no obligado, el tener tres hijos, de tal manera que si un matrimonio por la causa que fuere no puede tener más que uno (ya sea por salud, ya sea por no llegar a final de mes), pues no pasa nada; ahora bien si no se quiere tener más por egoísmo, por vivir más cómodamente, entonces no se cumple con la paternidad responsable.familia_numerosa

Ahora bien, imagino que cuando dice lo de «procrear como conejos no es de católicos» se refiere a que traer hijos al mundo es algo muy sagrado y que traer un hijo al mundo no es como hacen los conejos, los gatos, cualquier animal: copulan y se olvidan de que de ese acto puede nacer un ser. Engendrar un hijo es lo más hermoso que puede haber, es fruto del amor de los padres, pero también es dedicarse por entero a su cuidado de cuerpo y alma, proveerle todo lo necesario para su educación. Y si ese matrimonio no está preparado, no va a poder ni siquiera dar de comer a sus hijos, o hay un caso muy grave de salud de la madre.  Dios ha puesto esos medios naturales de los que hablaba el Papa, para ello. Aunque si aún así por no faltar a una de las tres razones del matrimonio (el remedio de la concupiscencia), viene un hijo en camino, Dios bendecirá a ese matrimonio y de una manera u otra le ayudará, no olvidemos que es Dios el autor de la vida y nosotros sólo somos un instrumento.

Cuando un católico decide tener familia numerosa porque quiere tener hijos para Dios y obra en consecuencia, eso también es «paternidad responsable». Acabo diciendo que el Papa nos dice que los católicos no pueden ser como los conejos que engendran sin ser conscientes de lo que hacen. El católico que tiene los hijos que Dios le quiera dar sabiendo que los quiere para el Cielo, y trabajando por hacer de ellos personas de bien en la Tierra, no tiene que sentirse «conejo» sino partícipe de la obra de Dios.

Cuando el Santo Padre ha hablado de esta manera ha dejado claro que el tener hijos, tanto si es uno, como quince, es de una responsabilidad tal que no se puede tomar a la ligera, que es un compromiso de amor y de por vida tal hacia esos hijos que no se puede dejar a un momento de capricho. En ningún momento ha dicho que no formemos familias numerosas los católicos.”

El Papa está con las familias numerosas. ¿Y qué ha dicho el Papa sobre las familias numerosas? Hace unas semanas, el 28 de diciembre pasado, el Papa tuvo un encuentro en el Aula Pablo VI, con la Asociación Nacional de Familias Numerosas de Italia con ocasión de su 10° aniversario. El Papa, expresó su alegría por la presencia de niños en este encuentro y afirmó que,

“… cada uno de sus hijos es una criatura única que no se repetirá nunca más en la historia de la humanidad. Cuando se entiende esto, a saber, que cada uno ha sido querido por Dios, ¡se queda maravillado del milagro que es un hijo!”

En ese sentido, se dirigió a los menores y les dijo que “cada uno de ustedes es fruto único del amor, vienen del amor y crecen en el amor. ¡Son únicos, pero no están solos!”. Porque, según el Papa, “el hecho de tener hermanos y hermanas les hace bien: los hijos y las hijas de una familia numerosa son más capaces de comunión fraterna desde la infancia. Y es que en un mundo marcado a menudo por el egoísmo, la familia numerosa es una escuela de solidaridad y de compartir; y estas actitudes van después en beneficio de toda la sociedad”.

Finalmente, aseguró que “siempre agradezco al Señor el ver a padres y madres de familias numerosas, junto a sus hijos, que participan en la vida de la Iglesia y de la sociedad”.

Y termino este escrito poniendo las palabras que dijo el Papa en Manila, el 16 de Enero pasado:

“A José le fue revelada la voluntad de Dios durante el descanso. En este momento de descanso en el Señor, cuando nos detenemos de nuestras muchas obligaciones y actividades diarias, Dios también nos habla. Para oír y aceptar la llamada de Dios, y preparar una casa para Jesús, debéis ser capaces de descansar en el Señor. Debéis dedicar tiempo cada día a la oración. Es posible que me digáis: Santo Padre, yo quiero orar, pero tengo mucho trabajo. Tengo que cuidar de mis hijos; además están las tareas del hogar; estoy muy cansado incluso para dormir bien. Y seguramente es así, pero si no oramos, no conoceremos la cosa más importante de todas: la voluntad de Dios sobre nosotros. Y a pesar de toda nuestra actividad y ajetreo, sin la oración, lograremos muy poco.

En la familia aprendemos a amar, a perdonar, a ser generosos y abiertos, no cerrados y egoístas. Aprendemos a ir más allá de nuestras propias necesidades, para encontrar a los demás y compartir nuestras vidas con ellos. Por eso es tan importante rezar en familia. Por eso las familias son tan importantes en el plan de Dios sobre la Iglesia”.

El Papa alentó a todos a proteger a las familias y a ser “ejemplo vivo de amor, de perdón y atención. Sed santuarios de respeto a la vida, proclamando la sacralidad de toda vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. ¡Qué don para la sociedad si cada familia cristiana viviera plenamente su noble vocación! Levantaos con Jesús y María, y seguid el camino que el Señor traza para cada uno de vosotros”.

 Teresa Escudero Aguilar

 __________

Criticar es fácil

El P. Alba nos decía que “criticar es fácil, lo difícil es hacer”

En estos últimos días, a consecuencia de unas palabras dichas por el Santo Padre Francisco, he oído toda clase de desprecios y críticas hacia su persona, y me ha dolido el corazón pues no eran de fuera de la Iglesia, sino de personas, que ellas mismas se consideran “buenas”, dentro de la misma Iglesia. Y me veo en conciencia obligada a escribir cuatro letras y defender, dentro de lo poco que yo pueda, al Santo Padre, nuestro Dulce Cristo en la tierra.    
familias

Hoy en día no sabemos tener una conversación sin sacar a relucir los defectos del prójimo, y es un pecado al que nadie presta mayor importancia, pero es considerado de  examen de conciencia, y es materia de confesión y enmienda.

Cuando criticamos la conducta de los demás y vemos sus faltas y pedimos implacables las máximas sanciones, deberíamos tener presente esa frase del Señor “el que esté libre de pecado, tire la primera piedra”. Nuestro orgullo nos hace ver las faltas que cometen los demás, pero un examen objetivo de conciencia nos mostraría el dolor que nosotros mismos provocamos a Dios con nuestras críticas. Para lograr la mayor gloria de Dios, para que el mal no triunfe y las almas se salven, debemos reparar nuestras faltas ¡cuan contrario a ese bien, es la murmuración y la critica! Nuestro egoísmo hace pesar más el gusto de ver los fallos de los demás, que el bien del que estamos hablando.

¿Es pecado hacer críticas al Papa? No lo sé… Pero hablar bien del Papa es de justicia, es de caridad y respeto. El Papa, sea quien sea, es el Papa. Y esa razón es suficiente motivo para asegurar nuestro respeto y nuestra obediencia. Es aquel que, en primer lugar, garantiza, porque así ha sido la voluntad de Cristo, la fidelidad al depósito de la fe. La comunión plena con el Papa es garantía de permanencia en la unidad de la Iglesia. Pero, como católico, no me basta con decir que debemos obedecer y respetar al Papa. Eso es muy poco. Hay que acogerlo, reconocerlo como Pastor universal, y amarlo. El Papa debe ser amado. Yo entiendo que la Iglesia es la familia de Dios y que, en la Iglesia, como en toda familia buena, se acoge al padre con amor.

¿Es pecado criticar cualquier gesto del Papa? Seguramente, no. Pero, si es oportuna una crítica, habrá que hacerla con respeto, obediencia y amor. Lo que yo veo absolutamente contrario al espíritu católico es un criticismo exagerado que predispone a algunos, por lo que se ve, a examinar con lupa cualquier gesto o palabra del Papa para, inmediatamente, cargar contra él.

Defender al Santo Padre es una de las grandes misiones que tiene un cristiano sobre la tierra. El amor que un católico ha de tener al Vicario de Cristo es clara señal de identidad que nos debe unir a todos en la Santa Madre Iglesia. Sabemos que el Papa puede equivocarse en la medida en que es un ser humano, como se equivocó Pedro. El propio papa Francisco dijo, en una de sus audiencias, que también hay “papas pecadores”. Es por ello que acude al Sacramento de la Confesión de manera frecuente, pues no consiste la santidad en no caerse nunca, sino en levantarse siempre.

Pues quien habla bien del Papa, lo está haciendo del mismo Cristo. El hombre fiel a Dios, no se atreverá a hacer ningún tipo de crítica al Santo Padre. Critican al Papa porque  no han comprendido el Evangelio, no han entendido a Cristo, que rechaza toda crítica y murmuración a los demás. Hay gente que se esconde detrás del que “se tienen que decir las cosas por su nombre”. Gentes que se tienen por cristianas, se imaginan antes que nada, el mal. Sin prueba alguna, lo presuponen, y no solo lo piensan, sino que se atreven a expresarlo en un juicio aventurado, delante de la gente.

Qué fácil es criticar y juzgar y de esta forma llegar a despreciar a los demás. Se critica censurando negativamente a las personas y a sus actos, se juzga a las personas valorando sus acciones y se emite un dictamen o sentencia sobre ellas, pensando que se tiene autoridad para ello, de aquí al desprecio al criticado y juzgado, solo hay un paso. Por lo tanto no existe nada más grave, que juzgar y despreciar al prójimo. ¿Por qué mejor no nos juzgamos a nosotros mismos, ya que conocemos íntimamente nuestras faltas, pecados y defectos, de los cuales sabemos que debemos rendir cuentas a Dios?

Podemos llegar a un cinismo religioso, creyendo que Dios nos sobreprotege y nos evita asumir las consecuencias de nuestros actos. Pues tenemos que saber que Dios, no va a quitarnos nuestra responsabilidad histórica ante el mundo, de nuestros actos y criticas y tendremos que responder por ello.

Se ha escuchado decir en estos días que las ovejas se están cansando de la actitud del Papa Francisco. Esto, además de no ser correcto, es una gran piedra de escándalo, no solo para el crecimiento de la Iglesia, sino para la predicación del Evangelio a todos aquellos que no han oído hablar de Cristo. Es un horrible mal ejemplo para los humildes de espíritu que acuden a la Iglesia buscando a Dios y se encuentran con personas altivas dentro de ella.

En palabras del mismo Papa Francisco, “la murmuración tiene una dimensión criminal, porque cada vez que hablamos mal de nuestros hermanos, imitamos el gesto homicida de Caín”.  “No hay murmuración inocente, la lengua es para alabar a Dios, pero cuando la usamos para hablar mal del hermano o de la hermana, la usamos para matar a Dios”, “la imagen de Dios en el hermano”.

Criticar es una mala costumbre que destruye nuestra alma, nuestra relación con los demás, nuestra reputación y peor aún, nuestra relación con Dios.

María Lourdes Vila Morera.

 

 

 

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“Espíritu Santo, infúndenos la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”. Padre Santo Francisco.

"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

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"Id al mundo entro y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado" Marcos 16, 15-16.

"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

"No seguirás en el mal a la mayoría." Éxodo 23, 2.

"Odiad el mal los que amáis al Señor." Salmo 97, 10.

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