Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

Publicaciones de la categoría: P. Manuel Martínez Cano

Leyes del Generalísimo y del rey Juan Carlos I

24 sábado Ene 2015

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

≈ Deja un comentario

Leyes del Generalísimo Franco

180px-Retrato_Oficial_de_Francisco_Franco

01/09/1939: Ley del Subsidio familiar.

23/09/1939: Ley del Subsidio de Vejez.

13/07/1940: Ley de descanso dominical y días festivos.

25/10/1942: Ley de Patrimonios familiares.

14/12/1942: Seguro Obligatorio de enfermedad.

26/01/1944: Contrato de Trabajo, vacaciones retribuidas, maternidad para las mujeres trabajadoras y garantías sindicales.

19/11/1944: Paga extraordinaria de Navidad

18/07/1947: Paga extraordinaria del 18 de julio.

14/06/1950: Reforma el I.N.P. para una mejor cobertura en la acción protectora.

22/06/1956: Accidentes de Trabajo.

24/04/1958: Convenios colectivos.

23/05/1959: Mutualidad agraria.

02/04/1961: Seguro de Desempleo (Paro).

14/06/1962: Ayuda a la Ancianidad.

28/12/1963: Ley de Bases de la Seguridad Social.

Leyes del rey Juan Carlos

biografia-de-juan-carlos-borbon

  1. Ley de Amnistía para terroristas con delitos de sangre (Ley 46/1917, de 15 de octubre, de Amnistía)
  2. La abortista ley Ledesma (Ley Orgánica 9/1985, de 5 de julio, de reforma del artículo 417 bis del Código Penal)
  3. La ley que legaliza la blasfemia (Ley Orgánica 5/1988, de 9 de junio, sobre modificación de los artículos 431 y 432 y derogación de los artículos 239, 566.1.º y 3.º y 577.1.º del Código Penal)
  4. La ley Pastor de Técnicas de Reproducción Asistida (Ley 45/2003, de21 de noviembre, por la que se modifica la ley 35/1988, de 22 de noviembre, sobre técnicas de reproducción asistida).
  5. La ley de uniones homosexuales (ley 13/2005, de 1 de julio, por la que se modifica el Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio).
  6. El insolidario y separatista Estatuto de Autonomía de Cataluña, paradigma del resto de Estatutos (Ley Orgánica 6/2006, de 19 de julio, de reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña).
  7. La ley abortista Aído (Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo).

Sentido unitario del Cristianismo

22 jueves Ene 2015

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

≈ Deja un comentario

Todos los pueblos del mundo, dicen los profetas con mil expre­siones diferentes de todos conocidas, vendrán, serán convocados y vendrán a esta Jerusalén para así instaurar un reino verdaderamen­te universal. Entonces, y así se aclara, se esclarece para siempre la intención profunda de la revelación en el Antiguo Testamento, a este pueblo nuevo, a este pueblo preparado merced al pueblo esco­gido, pueblo segregado, se pertenecerá no ya por un privilegio hu­mano o histórico ó por un conjunto de circunstancias contingentes sino por la fe. Hijos de Abraham se profesaban orgullosamente los judíos y Juan Bautista les echará en cara irritado esta profe­sión de fe porque Dios puede sacar hijos de Abraham aún de las mismas piedras. Hijos de Abraham somos todos, dirá San Pablo, los que tenemos fe porque Abraham significa algo no por la circun­cisión, no por que le particulariza respecto al pueblo de Israel sino por la fe, por una actitud que nos es posible a todos y que el Espí­ritu Santo que alienta, quiere alentar en todos y suscita y alimenta en todos. La fe entonces se convierte en la clave de pertenencia de los hombres a este pueblo. Hay todavía una posibilidad de división pero no ya por cerrazón amurallada, acorazamiento belicoso de un pueblo sobre sí mismo, sino por el acorazamiento belicoso de cada corazón sobre sí mismo, es decir, por falta de docilidad al mensaje de amor que viene de lo alto.

Sería absurdo que yo ahora gastase minutos recordando que el Evangelio y toda la revelación neotestamentaria por boca de Cristo, de los apóstoles, de la primitiva Iglesia, naturalmente rompió los moldes de este pueblo segregado y se ofreció a todo el universo, a toda la tierra: seréis mis testigos hasta los confines de la tierra.

Pero al llegar este momento y suponiendo todo el mensaje neotestamentario, conviene recordar de nuevo y así el enigma se repite, que el Evangelio, el anuncio alegre que el Señor trajo a la Tierra, tiende a promover una unidad de los hombres que sea visible. La unidad visible de los hombres es la Iglesia. Una unidad estructu­rada, institucionalizada en que la raíz íntima es el espíritu que so­pla donde quiere y como quiere, pero la manifestación operativa es una asociación visible de los hombres.pic_08g-A

Como esta unidad visible, a esta unidad institucionalizada que es la Iglesia, todavía no pertenecen, al menos visiblemente, socialmente, institucionalmente todos los hombres, vuelve en el Nuevo Testamento a repetirse la situación del Antiguo. Se conserva todavía una distinción, una diferenciación entre aquellos que están con­gregados, es decir, los que son la Iglesia y aquellos a quienes se invita pero continúan fuera. Cualquiera que sea la explicación teo­lógica de este estar fuera, explicación en la cual ahora no entro, pero baste constatar que es un estar fuera socialmente un no estar reconocidos como de dentro.

Esto hace que la situación de la Iglesia, portavoz de la unidad círculo de la unificación de los hombres como ella misma acaba de decir en el Concilio Vaticano II, vuelve a ser incógnita y quisiera que todos recordasen una vez más entre paréntesis que una de las evidencias reconocidas por todos los que generosamente, lúci­damente, se preocupan por la unidad, sobre todo entre los cristia­nos, pero también entre todos los hombres es que a la unidad no se llega por caminos fáciles, que a la unidad sólo se llegará reco­nociendo las enormes dificultades. Toda actitud ingenua, toda actitud optimista, es una traición al ideal de la unidad, la uni­dad es fruto de un esfuerzo, nadie nos la va a regalar, a no ser con el regalo íntimo del Espíritu Santo que fecundiza este mismo es­fuerzo. Por eso hay que abrir los ojos ante el hecho innegable y para muchos escandaloso de que la institución de la unidad, la única institución que existe en el mundo con un destino unitario universal que convoca institucionadamente a todos los hombres por mandato de Cristo que es la Iglesia. Sea provisionalmente un fenó­meno particularizado, un fenómeno qua a muchos hombres les se­para, sea una especie de nuevo y gran pueblo de Israel que tiene fronteras y que a través de estas fronteras tiene que comunicarse pacífica o belicosamente según las circunstancias con los hombres que están fuera.

A propósito de esto la reciente constitución conciliar acerca de la Iglesia, especialmente en el capítulo segundo que habla del pue­blo de Dios, dice unas palabras bellísimas y muy eficaces que yo me limito a traducir. Ya había afirmado en el prólogo de toda la constitución, justificar todo lo que se va a decir acerca de la naturale­za y de las funciones de la Iglesia católica en el mundo que la Iglesia es ante todo el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano. Y ahora en el capítulo segundo, recordando esta proclamación del comienzo, quizás un poco inquieto el Concilio por la contradicción fenomenológica de la Iglesia como un factor particular en el ámbito de la humanidad general, el Concilio afirma: «este pueblo mesiánico, aunque no comprende actualmente todavía a todos los hombres y más de una vez aparece como un rebaño, sin embargo es, para todo el género humano como instrumento de redención de todos, y como luz del mundo y sal de la tierra es enviado a todo el mundo.» Y en otro lugar del mismo capítulo: «a este nuevo pueblo de Dios son llamados todos los hombres, por eso este pueblo, permaneciendo uno y único tiene que ser dilatado a todo el mundo y por to­dos los tiempos para que se cumpla el propósito de la voluntad de Dios. En el comienzo hizo una a la naturaleza humana y determi­nó congregar en uno al final a todos sus hijos que estaban disper­sos, según la frase de San Juan. Este carácter de universalidad que condecora al pueblo de Dios es un don del mismo Señor con el cual la Iglesia Católica tiende perpetua y eficazmente a recapi­tular toda la humanidad, todos sus bienes bajo la cabeza Cristo en la unidad de su espíritu. A esta unidad católica del pueblo de Dios que prefigura y promueve la paz universal son llamados to­dos los hombres.

Y finalmente, cuando ya el Concilio tiende la mirada sobre los que aparentemente están fuera, sobre esos círculos concéntricos que empujó tan espléndidamente el papa Pablo VI en la «Ecclesiam suam» dice: «finalmente los que todavía no han recibido el Evangelio se ordenan de diversas maneras al pueblo de Dios». Y se refiere en especial a los judíos, a los musulmanes. Ya tras­cendiendo estos dos cotos de los judíos y de los musulmanes tampoco Dios está lejos de aquellos que le buscan entre sombras e imágenes como a Dios desconocido. No están lejos porque como recuerdan los Hechos, cuya cita acaba de insinuarse, el Señor es el que da a todos la vida y la respiración y todas las cosas. Y el Sal­vador, como afirmó San Pablo en la carta a Timoteo quiere que todos los hombres se salven. Y por último, insinuando una con­sideración muy tradicional, bellísima, la más bella consideración que la Iglesia puede hacer ante este problema de la unidad, de la unidad de todos los seres en su seno, el Concilio vuelve a reafir­mar que todo lo que de bueno y verdadero se encuentra en ellos, en esos hombres es estimado por la Iglesia, como preparación evan­gélica y como dado por Aquél que ilumina a todo hombre para que al fin tenga vida.

Con todo, esta conexión a través de sombras e imágenes de los que están en el ámbito familiar instaurado por Cristo Jesús y de los que buscan al Dios desconocido entre esas mismas sombras no impido, no lo impide en nosotros que muchos caigan en la idolatría, confundan las sombras con Dios y que otros desesperen impotentes para hallar a Dios. Este doble fenómeno permanente de la idolatría y de la desesperación que como ven, sigue sirviendo todavía ahora para un análisis para una clasificación perfectamente científica de todas las actitudes interesantes y profundas de la humanidad.

Esta idolatría y esta desesperación ofrecen a la Iglesia que ya tenía ese mandato de Cristo el gran estímulo acuciante actualísimo ¿para qué? para realizar su labor misionera. Y esta es una conclu­sión muy importante y vuelvo a sintonizar con lo que apunté entre paréntesis hace unos momentos. A la unidad no se va por caminos fáciles. La unidad para la Iglesia no es una tentación de transac­ciones cómodas, es una invitación al esfuerzo misionero. Y sigue un párrafo, el núm. 17 espléndido de ese capítulo segundo de la Constitución sobre la Iglesia en que desarrolla maravillosamente este mandato, esta exigencia inmediata del esfuerzo misionero de 1a Iglesia precisamente en virtud de su vocación a la unidad, es decir, de su vocación católica, universalista.

Sigamos todavía dentro del ámbito provisionalmente reducido al menos en su forma social de la Iglesia asomándonos a través de sus límites, de sus fronteras, si queremos llamarlo así, al mundo que está en torno, al mundo de los que buscan al Dios desconocido entre sombras e imágenes.

Una primera cosa que la Iglesia siente la necesidad de afirmar y acaba de hacerlo por boca del Papa, por boca del Pontífice, para que este distanciamiento que a veces es un enfrentamiento se con­vierta en cauce de unidad es, que la Iglesia como no podía ser me­nos, como hizo Cristo comparte integralmente todos los valores positivos que hay fuera. Comparte para empezar una universalidad de naturaleza, de destino, de origen, de situación, de anhelo por lo menos que es común a todos los hombres. No hay aspiración ínti­ma, religiosa, no hay formulación alguna de valores morales, socia­les, unificantes del hombre que la Iglesia no pueda y no deba hacer suyos porque son suyos, porque ella los sublima todos, como que la Encarnación de Cristo sublima una preexistente situación del hombre.

Este conjunto de aspiraciones más o menos turbias y sobre todo de formulaciones morales, eficaces para la construcción de una vida social más noble, más digna, se expresan preferentemente a través de las múltiples religiones. La Iglesia para situarse junta­mente en su perspectiva misionera, pero sus perspectiva misionera como camino a la unidad reconocerá una vez más —lo ha hecho siempre— aunque no siempre los hijos de la Iglesia lo hayan for­mulado con lucidez y con suficiente serenidad, que en el fondo esas religiones no son propiamente falsas en tanto son tanteos busque das del Dios oculto en las sombras. No se puede calificar de falso al que tantea en la sombra. Estas religiones están, naturalmente tenidas de falsedades como todas las cosas humanas y se convier­ten definitivamente en falsas cuando aquél que busca habiendo encontrado cierra los ojos y rechaza la luz de lo alto que  se le presenta.

Pero como tales son tanteos legítimos, son la búsqueda del Dios desconocido y nadie ignora y la Iglesia no lo puede olvidar nunca la técnica misional de los apóstoles maravillosamente ejempli­ficada en San Pablo en el cap. 17 de los Hechos cuando se presenta en Atenas es precisamente insertable el mensaje de la resurrección de Cristo, es decir un hecho nuevo, un hecho que de ningún modo podían conocer y por tanto no tenían culpa en desconocerlo los hombres que tanteaban en la sombra, insertar este hecho nuevo, esta gran noticia, este evangelio, esta gran revelación de la resurrec­ción gloriosa de Cristo en la búsqueda del Dios desconocido. La Iglesia tiene que volver a empalmar con esta actitud originaria de los apóstoles para, como he dicho antes, conjugar simultáneamente su servicio misionero, su intención intransigentemente misionera, san­tamente, humildemente conquistadora y al mismo tiempo su cons­trucción de caminos y métodos que hagan posible el diálogo, el con­tacto humano para que esta predicación misionera caiga en tierra bien preparada. En este sentido la Iglesia, búsqueda de la unidad, cuando lo hace con auténtica perspectiva cristiana revestida del espíritu de Cristo Jesús, al enfrentarse con grupos humanos que a través de la historia han ido cuajando en determinadas ideolo­gías, procurará, procura cuanto le es posible no cometer nunca el error de contraponer de un modo simplista esos sistemas ideoló­gicos con Tos sistemas ideológicos imperantes en un momento dado de la historia en el ámbito mismo de la Iglesia.

La Iglesia vuelve otra vez a apelar a una extraordinaria verdad tradicional a la cual me refería antes, aquélla que ya los apologetas del siglo II precisamente en su intento de comunicación misio­nal, de diálogo con los hombres de la época, expresaron de un mo­do definitivo, a través de los tanteos, a través de las luces rotas de la razón humana quien habla, quien habló siempre, quien iluminó ti todo hombre es el Verbo. Ver una iluminación preparatoria, un preevangelio en todo esfuerzo noble, sincero, de la razón humana es uno de los grandes hallazgos de la táctica misionera santamente inspirada desde los primeros siglos de la Iglesia. Y ahora, como saben, la Iglesia en forma todavía más depurada, más consciente, con mayor conocimiento analítico de las cosas vuelve a situarse otra vez en esta misma dirección para que la unidad sea también fruto de su esfuerzo y no solamente del esfuerzo ajeno.

En definitiva no trataríamos a Dios como Padre si de algún modo no rastreásemos su presencia en todos los hermanos, o lo que es lo mismo, en las ideologías humanas, naturalmente, cargadas de errores como toda cosa humana hay que distinguir todo lo que es ingrediente caprichoso, arbitrario, movido por la precipitación, por el egoísmo orgulloso, etc. de lo quo es auténtica sumisión a la razón, sin negarle –esto sea dicho en honor del esfuerzo cultural de los hombres que hay un modo de someterse a la razón aunque se desconozca a Dios en virtud del cual el individuo, el hombre con­creto se siente de verdad inferior y adivina en las leyes de la razón que El acata que son a la vez luz para la moral y para la con­ducta la manifestación, si quieren confusa de algo superior ¿no es ese el Dios oculto? ¿No es ese el Dios entrevisto, adivinado? ¿No es este el Dios que tiene que ser completado en la conciencia de los hombres con la noticia de  la resurrección? En este sentido, cuando la Iglesia llamada a instaurar la unidad de todos los hom­bres se  siente desconcertadamente cerrada en los estrechos lími­tes de su pequeñez aparente, su vida social, puede mirar hacia afuera con ánimo gozoso y esperanzado, puede no sólo invitar a un esfuerzo de acercamiento a los alejados, sino hacerlo ella misma, incluso previamente para  que así, como he dicho tantas veces y diré todavía alguna más, la unidad no sea cosa fácil. Porque la unidad es lo último, es  el fin de la tarea y mientras tanto los hombres que no sean ingenuos saben que viven camino de la uni­dad pero no en la unidad a no ser una unidad falsa, una herida falsamente cerrada y doblemente peligrosa.

Sí, una de las cosas que hacen más difícil, pero al mismo tiem­po más grandiosa y emocionante la acción de la Iglesia a través de la historia es no apearse nunca de esta evidencia, que la comu­nidad de los hombres ha de resultar de una tensión hacia arriba, hacia las cosas superiores, porque, vuelvo a repetir, hay una peli­grosísima  tentación  siempre   renovada  que   trata  de   obtener  la unidad por un concordismo facilón, por un sistema de transaccio­nes, por una reducción al mínimo, por un nivelamiento, por un diluimiento, por la eliminación de todo lo que excede, de todo lo que tiene eminencia, de todo lo que es flecha que apunta más allá o más arriba. Y verdaderamente esta actitud es trágica aunque sea ingenua, y por tanto, en cierto modo simpática. Es trágica, por­que aparte del orden del nivel espiritual que es el auténtico nivel de la unidad como dije al comienzo, porque más abajo no hay uni­dad, hay lucha biológica, pero aun dejando el nivel supremo espi­ritual de la revelación cristiana, de la revelación sobrenatural ¿quién ignora que toda verdadera unificación entre los hombres a cualquier escala con que se emprenda es siempre resultado de esta tensión ascendente de algunos, de este afán de rebasar lo pri­mario, es decir, el círculo estrecho de los egoísmos por ensanchar los horizontes para saber integrar lo que es parcial en una armonía superior. Sólo hay unidad y paz cuando se logra esto; es fruto de una lucidez y es fruto de una buena voluntad. Cuando no, las fa­cetas parciales se absolutizan, se totalizan, entonces chocan y este choque es radicalmente inevitable.

Pero esta tensión ascendente como único camino hacia la uni­dad es una exigencia todavía más implacable cuando ya instauramos la unidad en Cristo. La Iglesia nos lo acaba de recordar: la unidad en Cristo es una unidad tendente a la plenitud. El Señor se encarnó, se hizo hombre, se rebajó a nuestro nivel ¿para qué?, para despegarnos, para elevarnos; muere con nosotros para resu­citar, cosa que nosotros no sabemos hacer. Es el primero que está en el mundo y en este sentido no es del mundo. Y por eso acaba de recordar tan oportunamente el Papa en su encíclica «Ecclesiam fuam» que la Iglesia, por mucho que como dijimos antes comparta la universalidad de la naturaleza humana y se sienta solidaria de todo el caudal de aspiraciones y valores morales, positivos que son patrimonio normal de la humanidad, no puede confundirse con la humanidad.

Una exigencia primaria de la Iglesia es ser diferente. Y al dife­renciarse, eso sí, no lo hace para separarse, lo hace para ofrecerse, en este sentido para unirse mediante una comunicación de bienes. Yo tengo dice la Iglesia en boca del Papa, al mundo, lo que voso­tros deseáis pero no tenéis. Este plus, este suplemento que viene de la revelación de Cristo la Iglesia no lo puede escamotear aun­que para muchos sea, como lo es, un factor de división porque es algo que ella ofrece y los demás no tienen o no quieren reconocer. Así de nuevo la unión en la perspectiva de la Iglesia no es sino una exigencia de la misión apostólica, de la caridad, nunca de la transacción. Y por eso el prólogo de la Constitución sobre la Igle­sia a que me refería antes o después de afirmar que ésta es esen­cialmente el sacramento, el signo y el instrumento de la unión íntima de los hombres con Dios y de la unidad del género humano, termina diciendo que, la acción de la Iglesia, acción por tanto esencial mente unificadora, es ahora tanto más urgente cuanto que los hom­bres estancada vez más estrechamente unidos con múltiples vínculos sociales, culturales y técnicos, y necesitan recibir a través de la Iglesia la unidad plena, la unidad de la plenitud en Cristo. Esta unidad de la plenitud es una unidad que exige ascensión, es una unidad de supera­ción porque lo mismo, en definitiva todo lo que haga la Iglesia como factor de unidad en la historia ha de ser una obra de fe, fe (, preparación hacia la fe, unidad en la fe. Y volvamos a repetirlo, señores, no es, no ha sido nunca la simple expresión de unos an­helos más o menos comunes entre los hombres y mucho menos la simple expresión de  una benevolencia afectuosa, indiferente, pragmática que echa pelillos a la mar y se queda sin nada entre sus manos para salvar la unidad.

La fe es una fidelidad, una fidelidad al Cristo que nos eleva al Padre y por eso, también lo dije al comienzo, el fruto de nuestra unidad, cuando nuestra unidad es auténtica, cuando nuestra uni­dad es, como decía el concilio un germen firmísimo de la unidad de todos los hombres, es que el mundo crea, no es que el mundo se una de cualquier manera, porque esa unión de cualquier manera a la Iglesia no le interesa nada y a los hombres tampoco, porque es falsa, por tanto no funciona, es una comprobación pragmática, sino que el fruto es que el mundo crea que el Hijo ha sido enviado por el Pudre, es decir, el fruto de la unidad de los cristianos v de la Iglesia en la unificación del mundo precisamente en el Padre, en la fuente de toda unidad, en esa unidad de lo múltiple, en ese Dios Uno y Trino que es el principio y fin de todas las cosas.

En el mismo sentido, si la acción unificante de la Iglesia es acción de fe, es acción de caridad y la caridad —sería absurdo que yo se lo explicase a nadie— no es sólo pasar la mano sobre la es­palda del prójimo, o tener una instintiva actitud compasiva, bene­volente, no. Eso puede ser un ingrediente de la caridad pero eso no es la caridad. La caridad es radicalmente una comunión en la vida que Cristo nos ofrece, todos los aléelos y actitudes que dimanan de esta comunión vital son auténtica caridad, y los demás, aunque se lo parezcan, aunque coincidan en su descripción fenomenológica, incluso en su experiencia interior no son caridad, aunque sean bue­nos. Y la Iglesia está en el mundo para irradiar caridad, no las otras cosas buenas, para las cuales no hacía falta la Iglesia. La ca­ridad es, pues, una comunión en la vida, por tanto exige una tensión de nuevo ascendente para empalmar por medio de Cristo con el Padre.

Terminemos. Esta convicción exigente, en cierto modo intran­sigente es el espíritu auténtico de unidad. Naturalmente es compa­tible, no iba a serlo, como una abertura interior, como una manse­dumbre, un espíritu de servicialidad, con la eliminación de toda actitud orgullosa, comparativa, como si pudiesen compararse mé­ritos nuestros con deméritos de los demás, ya que nadie tiene mé­ritos en este orden, todo en su origen es don de Dios. Pero esta condición ascendente hace que tengamos que plantearnos ahora, aunque sea al final y muy aprisa un problema estremecedor. Yo bien quisiera evitarlo, pero nadie puede evitar la realidad. Reco­nozcamos que el movimiento de unificación mundial que ahora sentimos porque es más fuerte, más acelerado o porque lo cono­cemos mejor, no sé, este movimiento carecería de la mitad de la mayor parte de su carga emotiva si no fuese por su extrapolación, quiero decir, por la proyección del mismo hacia una nieta totali­taria ideal en un futuro remoto. El presente siempre insatisfactorio, nada vale la pena, todos los hombres que hacen algo lo hacen empu­jando este presente hacia un futuro más o menos próximo ideali­zado. Ahora bien, cuál sea esta meta ideal de unidad, esta idealización, esta visión totalitaria de la unidad plenamente conse­guida en el futuro, esto es muy importante para caracterizar inclu­so ahora mismo nuestros esfuerzos hacia la unidad

Todos recuerdan cómo lo que caracteriza, por ejemplo, da su carga, diríamos, mística, su tensión excitante al mundo marxista no son los logros técnicos o económicos que consigue o vaya consi­guiendo. Eso lo utilizarán en la propaganda entre la masa, lo que caracteriza es precisamente esta previsión más o menos ingenua de una posibilidad de realización perfecta del ideal de síntesis entre la libertad del hombre y la estructura social de una sociedad que  no sea límite ni obstáculo para la perfecta expansión de la libertad, sino qué sea la atmósfera en que esta libertad respira, sea el área de expansión de esta misma libertad. Con este ideal que es un ideal paradisíaco, es un ideal divino, naturalmente, entonces todos los esfuerzos actuales, todas las sinuosidades prácticas de camino co­bra nobleza y altura. Y lo mismo les pasa a todos los demás hombres. Volviendo, pues a la que proponíamos. Si los hombres estamos embarcados en la aventura de promover una unificación creciente ¿hacia dónde tendremos en esta búsqueda de la unidad? O dicho más aprisa y más brevemente: A buen entendedor pocas palabras. Podemos esperar que, como advierte el Apóstol en la carta a los de Corinto al pintarnos la irradiación gloriosa, absorbente de la resu­rrección de Cristo, un día Dios será de verdad todo en todas las cosas. Se realizará perfectamente la integración total de todos los hombres con todas nuestras resistencias y disidencias, con todas nuestras cegueras, con todas nuestras rémoras. Se realizará la integración plenaria de todos los hombres en Dios y por tanto en una sociedad en que todos quedamos incorporados en una plenitud co­municativa, espontánea, en ese ideal maravilloso que coincide en mi descripción,  como era lógico, con el que pintan los marxistas. ¿Llegaremos, como soñaban los neoplatónicos y algún teólogo cató­lico de la antigüedad a la apocatástasis, a la superación de todas las divergencias, de todas las oposiciones? Es decir, pensemos un momento en el infierno, esto es la conclusión. Porque y aquí surgen de nuevo el ingrediente irreductible, la santa y humildísima intrasigencia de la verdad en esta búsqueda de la unidad perfec­ta de los hombres hay un límite que no se puede saltar: o se hace con Dios o contra Dios.

Los hombres contra Dios son el infierno, los hombres con Dios suponen la eliminación del infierno. En la medida en que algún nombre sea de hecho condenado al infierno, habrá algún sector de la humanidad irreductible a la unidad, tan irreductible que, los que por misericordia de Dios vivamos con el Señor en la vida celeste seremos, tendremos que ser, absolutamente felices, sin que turbe esta felicidad el espectáculo de la angustia de los condenados. En cierto modo, si esto pudiéramos decirlo cuando no entendemos nada, incluso haciendo que este espectáculo sea un factor más de nuestra felicidad sin que seamos santos. Ahora no lo vemos pero el enigma está ahí y el enigma, naturalmente no se puede escamotear con estúpidas declamaciones. Porque, ¡ojalá! nadie vaya nunca al infierno, pero eso no es muy evidente; en cierto modo la evidencia de la historia es el infierno y muchos, no sin razón, en situaciones humana muy normales, por otra parte muy frecuentes, la llaman a boca llena, y hacen muy bien, infierno. Incluso ahora, porque están dotadas de la misma carga de desesperación, falta de aire respirable, de corte de toda posibilidad de razón, de abandono, soledad que en el fondo constituyen el infierno.

Esto hace que nuestra marcha en busca de la unidad  no solamente sea difícil, como   afirmé varias veces sino incluso como panorama, como perspectiva luminosa se enturbia. Y repito que quisiera que las cosas fueran más luminosas, pero no tomo en serio o los que las hacen artificiosamente luminosas, porque si al comien­zo de esta charla, ya demasiado larga, destaque no hace falta mucho ingenio para hacerlo el carácter monstruosamente conflictivo, belicoso del desarrollo normal de la vida en su nivel cósmico, ahora destacaré también el carácter monstruosamente conflictivo, belicoso, antiunitario del desarrollo de la humanidad en su conjun­to y sobre todo en la intimidad de cada uno y ante los momentos culminantes en que ningún factor social de ayuda nos puede valer.

En todo caso, esta consideración de una dualidad permanente y eterna para los que vivan unidos con Dios y los que puedan vivir separados de Dios en el infierno, de ningún modo, y esto sería una deformación gravísima y podríamos utilizarla nosotros ahora para deslindar campos porque no podemos, basta para evitar toda fácil tentación pensar que cualquiera de los presentes puede ir al infier­no, empezando por el que habla. Entonces, una actitud de fronte­ras que delimitase las áreas, que pusiese en una a los que están predestinados a la salvación y en otras a la condenación, para considerarlos ya como enemigos, para cortar toda comunicación amo­rosa, vital, paternal con ellos, sería sencillamente, absurda. No porque sea absurda en sí, porque lo que no es absurdo es que en el fondo no se puede intentar la unión entre los hombres contra Dios. Es gran drama el del ateísmo. En el fondo no se puede. Y por tanto, cuando decimos y lo decimos de verdad, tenemos que promover la unión en cuanto ésta es posible o buscando los facto­res comunes incluso con los ateos estamos siempre jugando con un equívoco que tiene una parte de verdad, que tiene una parte estremecedora de razón: con Dios o contra Dios. Porque en defini­tiva con el espíritu, con la libertad, con la persona o contra la per­sona. Con libertad que libera o con las fuerzas fatales de la socie­dad, de la historia, de la naturaleza, que esclavizan, sean cuales sean los intentos de los hombres.

Y precisamente porque hasta ahora los campos están divididos, porque esa es la posibilidad del futuro que se escapa a nuestra previsión, por eso tiene un contenido realista, el máximo antídoto que el cristianismo ofrece, contra esta peligrosísima tentación, ins­pirándose en el hecho de que pueda haber hombres tan tercos, tan pertinaces, tan ciegos que se muevan contra Dios y por tanto contra mí, yo no puedo estar con nadie que esté contra Dios y por tanto contra mí, esto es estructural, esto es esencial porque si no sé lo que digo, a pesar de eso, repito mantiene todo su contenido el «amad a vuestros enemigos». Amamos a nuestros enemigos porque hasta ahora todos pueden ser nuestros amigos, porque no podríamos no­sotros vivir la vida celeste, la vida feliz y perfecta a no ser sintién­donos amigos de todos aquellos que están llamados a la misma vida por mucho que nos apasione, por mucho que nos zarandeen mo­mentáneamente resultan todos absolutamente risibles.

Es verdad que el Señor ha dicho que El con sus apóstoles for­maban un grupo acotado, frente al mundo. Estáis en el mundo y no sois del mundo, el mundo os perseguirá, os acosará, se reirá de vosotros mientras vosotros os entristecéis. Pero también es verdad que cuando se habla de mundo en este sentido contraponiendo a Jesús con el mundo, no se trata necesariamente de la coincidencia del mundo con un grupo dado con unas personas inalterables, se trata más bien de un espíritu, de una fuerza del mal, la fuerza del orgullo, la fuerza de la ambición, la fuerza de la pereza espiritual, y la fuerza del egoísmo, que puede manifestarse de un modo más o menos sistemático en ciertos grupos pero no está vinculado a ningún grupo y por desgracia se infiltra también en nosotros. Fuera de Cristo, los que son de Cristo también llevan al mundo dentro, en cierto modo son el mundo. Entonces la lucha con el mundo que es ingrediente esencial del cristianismo si no queremos convertirlo in agua de borrajas, esta lucha con el mundo no es necesariamente una lucha con los demás, que empieza por ser una lucha consigo misino, una lucha hacia dentro.

Termino ya. Estamos diciendo estas cosas, dando estas pincela­das un poco precipitadas, temblonas, acerca del sentido unitario del cristianismo, junto al sepulcro del Apóstol Santiago, que por Apóstol es factor de unidad, es testigo de la resurrección, por tanto el que nos trajo la flecha indicadora de una posibilidad de unirse por arriba, que es la única unión posible.

Pero además de esta condición básica del Apóstol del sepulcro apostólico, Santiago es un posible factor de unidad porque es una concreción histórica de cristianos; peregrinos de todos los tiempos, de todas «las partes se han juntado aquí. Esta juntanza, esta fusión qué se conserva todavía como un poso, como un aroma ciertamente nos invita a la unidad. Pero yo quisiera, para que este concepto quedase perfilado que junto a la invitación de la Historia, de la historia y u vivida, de la unidad ya realizada aunque en formas imperfectas a lo largo de los tiempos hay también un invitación a la pureza, a la depuración porque esto es lo que quería decir los factores históricos también pueden ser para el cristianismo lo mismo que son causa de unidad causa de desunión. En definitiva, nosotros en los dos mil años de manifestación social, histórica del cristianismo nos liemos movido en un ámbito cultural, sociológico, geográfico, un ámbito histórico que está vivificado con un alma por el cristianismo pero que no es todo el cristianismo.

Pues bien, fuera de este ámbito hay otros desarrollos históricos más o menos autónomos. Cuando se acercan, dialogan, se enfrentan aunque sólo para mirarse curiosamente estos grupos, estas zonas autónomas de evolución histórica, la primera reacción, como saben todos, es de desasosiego, es de incompatibilidad. Los indios, los africanos quizás o los japoneses no tienen porque si no quieren aceptar mil formas de nuestra estructura histórica por que tienen la propia.

Entonces, junto al reconocimiento de que condición histórica» su condición de mensaje del Verbo Encarnado admitido por los apóstoles, por una geografía, por un tiempo, que es lo que se evoca tan tangible y emocionantemente junto al Sepulcro del Apóstol y de todos los Apóstoles es un factor de unidad, junto a esto el cris­tianismo, la Iglesia que lo encarna reconoce, tiene que reconocer que ha de depurarse continuamente de su propia historia para poder ofrecer a los demás no sus estructuras, como ahora se dice, no su construcción integral sino sus gérmenes, porque eso si coma lo vimos antes en el evangelio está destinado a fructificar en todos los terrenos pero siempre que se le eche a la tierra como semilla, no como planta ya desarrollada porque entonces normalmente no echará raíces. Esto requiere mucho cuidado, mucha generosidad, mucha delicadeza interior, mucho espíritu de misión que no es pro­piamente espíritu de conquista sino espíritu de servicio.

Cuando la Iglesia en nombre de Cristo ofrece el Evangelio a todos los pueblos precisamente para no quedarse encerrada ella misma en un acotamiento histórico porque ella es de verdad uni­versal, sabe que tiene que ser causa de unión y hay un modo de pregonar el Evangelio que aun sin culpa por parte de los que lo re­ciben podría convertirse en causa de desunión. Sabe que tiene que dar un testimonio humilde y por tanto intransigente, porque ofre­ce lo que ha recibido y ofrece como un don de Dios Salvador, como la única posibilidad de salvación plenaria para todos los hombres. En ese ofrecimiento es a la vez intransigente, absolutamente intran­sigente hasta el martirio y humilde que no ofrece nada suyo, esta humilde intransigencia es la primera condición de la actitud mi­sionera de la Iglesia precisamente para promover una unificación de los hombres aunque al principio, provisionalmente, muchos se queden en el camino, porque no captan esta invitación superior.

Pero, añade en seguida, que para que esta humildad sea autén­tica, es decir, que para que aparezca a los ojos de los hombres que la Iglesia ofrece algo que no es suyo, que viene de arriba, la Iglesia y el cristianismo lo están haciendo ahora en el Concilio tiene que caracterizarse por lo que yo llamaría la nota de la sobriedad, quie­re decir, si reconoce que hay muchos valores, muchos desarrollos racionales que son propios del hombre aunque sean iluminados, por el Verbo y fruto de una acción misteriosa del Espíritu pero que existen antes de su propia existencia y fuera de su marco social actual, entonces la Iglesia tiene que hacer un deslindamiento entre lo que realmente constituye su Evangelio, su aportación y lo que son envolturas lícitas, licitísimas, pero envolturas variables, contin­gentes, culturales, históricas de este mismo Evangelio y no puede fundir en un bloque unitario los valores elementales, escasos cuan­titativamente pero maravillosos cualitativamente que son el fermen­to transformador de toda la masa de su Evangelio con la enorme cantidad de ideología, de sistemas científicos, de sistemas sociales, de datos en construcción del mundo de toda índole que van más o menos inherentes a una determinada fase de la vivencia de este Evangelio pero que no le son necesarios. Esto es una operación difícil es otra vez el esfuerzo que a la Iglesia se le exige y que la Iglesia se exige a sí misma para promover la unidad.

Yo bien sé que todo lo que he dicho quizá hubiera sido mejor no decirlo o decirlo de otra manera o en todo caso enmarcarlo en precisiones correcciones, matizaciones sin las cuales queda lleno de aristas. Pero me confío no ya sólo a la buena voluntad sino a las maravillosas entendederas de todos los presentes.

 José Guerra Campos

Sonrisas de Dios

08 jueves Ene 2015

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

≈ Deja un comentario

Somos espectáculo del Cielo, al Señor le gusta estar con los hijos de los hombres; y, desde el Cielo, nos mira y sonríe. Una bebé de seis meses me miró, me sonrió tan a lo divino, que se ha quedado grabada su carita de ángel en mi memoria, como una mirada de Dios.

Vengo de dar los Ejercicios de san Ignacio de Loyola. En el aeropuerto de Vigo, atravieso una fila de personas que esperan para subir al avión. Una joven madre, lleva a su hijito de siete meses colgado delante de ella. El infantico me miró con una sonrisa, tan tierna, tan feliz que estuvimos unos minutos riéndonos los tres. Me marché convencido que el Niño Jesús nos había mirado.Jesús-riendo-con-María

Hace muchos años, Madre Maravillas de Jesús me entregó, a través de las rejas del locutorio, un rosario de rosas. Apenas pudo levantar la cabeza hundida en su pecho, pero se adivinaba su mirada celestial. Su estampa está en mi mesa de trabajo, junto con la de san Juan Pablo II, la del valiente santo y sabio obispo José Guerra Campos y la del P. Alba sonrientes, como los buenos hijos de Dios.

Mi biznieta espiritual -di unas cuantas clases a sus abuelos y muchas a sus padres- con 21 días recién cumplidos, me ha fulminado desde su trono real; me lanzó una mirada tan angelical que, es de esperar, que el Cielo será algo igual.

Tiene 24 años y es recepcionista. Si Dios quiere, se casará pronto. Sus ojos son unas ventanas al Cielo: limpios, puros, luminosos. Yo estoy convencido que el Señor nos mira por medio de sus hijos e hijas. No olvidemos que el hombre y la mujer es la obra maestra de la Santísima Trinidad.

Hablo con unos ancianos de 86 y 84 años. Ella me dice que hacen 62 años que están casados y que cada día se quieren más, más que cuando eran novios. Él me enseña sus manos muy gruesas y me dice que, con ellas, trabajando en el campo, sacó a sus cinco hijos adelante. Los cinco con carrera universitaria y, el primero sacerdote. Me miran con serenidad y paz, como si estuviesen viendo a su hijo sacerdote.

En la autopista, paramos en un área de servicio. Me acerco a un joven matrimonio, con tres niñas, para darles cinco medallas de la Virgen. La mayor tiene nueve años y es guapísima. Las gemelas de tres años, dos angelitos del cielo. Las tres me miran con sonrisas celestiales. Le digo a la mayor, eres muy guapa, -se lo dicen todos- pero esa belleza te la ha dado Dios, para que seas obediente, trabajadora y simpática.

Mira que te mira Dios, mira que te está mirando. Míralo tú en todas las cosas y se ensanchará tu corazón.

Manuel Martínez Cano, mCR

Aspectos teológicos de la conquista del espacio

18 jueves Dic 2014

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

≈ Deja un comentario

Introducción

Sentido y límites del saber teológico

Cuando me invitaron a participar en este ciclo, dije que la conquista del espacio, por lo que hasta ahora sabemos, no presenta cuestiones teológicas especiales, que añadan algo nuevo a lo que, ya antes de ahora, se pregunta la Teología sobre el universo.

Lo que en realidad solicita la atención del teólogo son hipótesis sobre situaciones hipotéticas. Pero también se le ofrece y esto es más importante la oportunidad de aclarar posibles equívocos.

Hablamos de «aspectos teológicos»… Pero, ¿qué es el aspecto teológico? No una prolongación en la línea de la investigación astronómica, mecánica, fisiológica, jurídica. Lo teológico concierne a la relación de las cosas, según todos sus aspectos, con Dios.

En efecto, la ciencia «natural» describe el comportamiento de las cosas, inducido de la experiencia, en cuanto es mensurable y se expresa en forma matemática. Por eso, en gran parte, se atiene a los aspectos cuantitativos de los fenómenos. Presupone el dato metafísico de la «realidad sustantiva», y supone también que la realidad «no observada» funciona matemáticamente, esto es, con regularidad automática. Suposición acertada, que se confirma las veces (relativamente pocas) que se puede comprobar. (Aunque no cabe desconocer que hay científicos penetrantes que no se atreven a decidir si estamos ante un automatismo radical, o uno meramente estadístico, que recubriría una actividad de orden «psíquico»…) La «ciencia», pues, se mueve en el orden de la legalidad natural, al menos fenoménica.

La Teología estudia la subordinación de lo «natural» al Poder personal (inteligente, libre).vernon_01

El enlace de los dos órdenes parece oscuro. El científico sabe que su ciencia es en gran parte descriptiva, fenoménica, autolimitada; su método no sirve para descubrir el sentido último, la verdadera ontología. Pero el hábito de la especialización concentrada en el estudio de la legalidad induce a veces a pensar o a suponer que el sentido último tiene que ser prolongación del funcionamiento legal automático: todo evento resultaría «fatalmente» de fuerzas sometidas a leyes necesarias y universales. Se resbala así hacia una visión monista o panteísta, que, aun si escapa del burdo materialismo, parece excluir al Dios Personal. Se tiende a diluir la «Persona» en el «Todo».

Este desorbitamiento suele ser excitado por una reacción contra el «personalismo antropomórfico,»: la visión mágica, la de las religiones populares (paganas) o animistas, la tendencia a «animar» los astros y a tenerlos por deidades… Cunde la impresión de que el avance de la ciencia (descubridora de leyes) equivale al retroceso de esa mentalidad personificadora. Recuerden la cita de Platón dada por el doctor Domínguez: «La ciencia decía hace ver que los astros son cuerpos físicos; lo cual podría ser considerado por el pueblo como impiedad».

No será inútil anotar que esa mentalidad es pagana; no judaica ni cristiana. La primera página del Génesis (tan extraña a más de un científico, por su sencillez popular), contiene como lección fundamental la de despersonalizar (desdivinizar) a los astros: éstos no son más que creaturas instrumentales, inferiores al hombre, sin valor ninguno propio en comparación con Dios Creador.

Según el pensamiento teológico, en Dios se da precisamente la conjunción de lo Universal~Necesario y lo Personal o Libre, en El convergen y se unifican de raíz los dos órdenes, el «legal» y el «personal».

Esa conjunción es, hasta cierto grado, empírica: pues aparece en el hombre mismo. Este muestra dos vertientes (la de la biología «automática», la de la inteligencia, libertad, anhelos infinitos), irreductibles entre sí; pero además insuprimibles, pues ambas tanto la visión legalista como la personalista son experimentales. En rigor, la prioridad empírica corresponde a lo subjetivo y lo personal! Con todo, hay un hábito mental que tiende a extraverterse y objetivar; al generalizar su método legalista»,recae en una metafísica que, tanto en su forma de racionalismo como de positivismo, formula como esquema del Universo un sistema objetivo de leyes universales y necesarias, donde la «Persona» no encaja, o se diluye como un ingrediente indiferenciado de la totalidad; o bien, furtivamente, el sujeto queda fuera, como un espectador inexplicado e inexplicable.

La filosofía reciente, por fidelidad a lo empírico’, reclama atención hacia la perspectiva «personal»; y así apunta en la dirección de la fe. Piénsese también en la visión evolucionista de Teilhard de Chardin, que trata de mostrar desde la ciencia cómo la persona es el foco de convergencia del universo físicopsíquico. Hay que reconocer, sin embargo, que, aunque las dos vertientes parezcan indisolubles y como fundidas en misteriosa unidad, no vemos bien cómo se integran; el análisis tropieza con una yuxtaposición o paralelismo. De ahí, en muchos hombres, cierta tensión bipolar entre los dos enfoques, el de una razón extravertida y objetivante y el de la fe. Mas todo intento de reducir la tensión anulando uno de los dos polos lleva a negar al hombre.

Por eso la «Ciencia» no apaga la «angustia» del hombre, sino que la aumenta. La respuesta sólo puede venir de la Teología. La Teología no trata sólo de «Dios en sí»; también, necesariamente, de Dios como causa y fin; ella inquiere cómo, por la fuerza personal de Dios, puedo yo no ser víctima de la ley fatal, y participar en la supremacia de Dios. ¡El misterio de Dios tiene por correlativo al misterio experimental de la persona humana! Esta aparece simultáneamente implicada en las leyes universales y trascendente a las mismas. Sin relación finalista con Dios, el hombre sería mero epifenómeno del Todo fatal.

En cuanto al Espacio, la información que apcrta la Teología es muy escasa.

Porque su Método, lo mismo que el de las ciencias tiene un punto de apoyo en la experiencia. La ciencia natural parte de la experiencia común, repetible, en cuanto es mensurable. La Teología atiende, desde luego, a la misma experiencia (y de modo especial a la experiencia interior, a veces singular) en busca de su sentido y trascendencia causal, pero, la experiencia básica de la teología cristiana es una manifestación histórica (personal) de Dios: que nos orienta hacia la participación en su Vida, mas no nos explica la estructura o funcionamiento de las cosas. No satisface curiosidades; fomenta la confianza y la adhesión personal.

En consecuencia, la Teología nunca se ha interesado mucho por la Astronomía, si bien muchos teólogos se ocuparon de este saber. Verdad es que la Astronomía no carece de interés, religioso: la contemplación de una grandeza desbordante nos hace sentir mejor nuestra limitación y la necesidad de Dios… «Caeli enarrant gloriara DeC… Mas que la totalidad esencial de ese interés religioso se concentra en cualquier cosa. No hay por qué esperar nada esencialmente nuevo en el orden religioso, y por lo que atañe al sentido último del Universo por la vía de una exploración de lejanías espaciales. Ya el doctor Domínguez señaló que el orden natural es tan apreciable aquí en la Tierra como en los astros. Lo, divino no estará más cerca en cosas lejanas que en las próximas, pues al mismo tiempo las trasciende y las penetra todas.

Dar primacía a los astros, para comunicar con Dios, podría reflejar una actitud idolátrica, o ser una ilusión «espacial» e imaginativa. Es igual buscar a Dios en la dispersión de lo grandioso y macrocósmico que en la concentración de lo microcósmico. Puede ser por igual una pesquisa fecunda o estéril y descorazonadora; una aventura banal, de mera distracción, o un descubrimiento renovador: según que percibamos la realidad profunda que asoma a la superficie fenoménica de cualquier cosa…. o nos detengamos en la superficie misma.

Eliminemos, de entrada, un estorbo perjudicial: ¿No están la Revelación y la Teología, al menos la medieval, atadas a la concepción física antigua del Universo?

Esta concepción fue utilizada, naturalmente, en sus fórmulas expresivas, pero sin ligamen intrínseco. Bastaría

traer aquí el famoso pasaje de Santo Tomás en que sugiere que las apariencias celestes acaso podrían ser interpretadas de otro modo: «Forte secundum aliquem alium modum, nondum ab hominib,us comprehensum, apparentia circa stellas salvantur» (De caelo et mundo, lect. 17). Con este criterio perfectamente científico Santo Tomás ha desligado su teología de la relatividad inherente a todas las observaciones fenoménicas. (Es lastimoso ver cómo algunos pseudohistoriadores, manipulando materiales de segunda mano y sin conocer las fuentes, deforman a veces el pensamiento medieval.)

Según anunciamos al principio, lo que más interesa al teólogo en relación con la investigación espacial es el adecuado planteamiento de ciertas cuestiones, que han suscitado ya curiosidad, y el discernimiento de equívocos más o menos vulgares. Unas y otros pueden disponerse en torno a tres núcleos: 1 ) los referentes al encuentro del hombre con habitantes de otros astros; 2) la conexión religiosa de Dios con los «Cielos»; 3) el «Cielo», como habitación de nuestra vida futura.

¿HABITANTES EXTRATERRESTRES?

  1. Se trata de seres orgánicos y racionales.

La ciencia teológica no sabe si existen o no.

La Revelación no los excluye. Hay quienes ven una alusión a ellos en las fórmulas que expresan la supremacía de Dios o bien la exaltación de Cristo Resucitado al señorío universal. Por ejemplo, según la carta a los Filipenses, Dios dispuso que in nomine Jesu omne genu llectatur caelestium, terrestrium et infernorum: que doblen la rodilla todos los seres celestes, terrestres y subterráneos. Es un modo expresivo derivado de la obvia compartimentación del Universo en tres planos, con el de la Tierra en medio, que corresponde a una arcaica imagen oriental judaica del mundo.

Pero fórmulas genéricas, corno la citada, ¿se refieren a seres encarnados, a semejanza del hombre? ¿Se refieren a espíritus? ¿Se refieren a la totalidad de las cosas, sin más determinaciones? La Revelación de la Escritura no parece afirmar formalmente la existencia de los habitantes extraterrestres.

  1. Muchos han creído en la posibilidad o realidad de mundos habitados. Nadie con más entusiasmo que el astrónomo C. Flaramarion, quien reseña complacido la lista de creyentes. El mismo recuerda que David Fabricius, en el siglo XVII, «pretendía haber visto con sus propios ojos habitantes en la Luna»; y que Pedro Borel, consejero del rey de Francia, en un tratado inédito investiga sobre «el medio por el cual se podría descubrir la verdad pura de la pluralidad de mundos», a saber la navegación aérea y la observación aerostática.

Flammarion opina que la idea de la pluralidad de mundos habitados es innata en el hombre. Describe elocuentemente la creencia íntima que brota al contemplar de noche el cielo estrellado:

«Para conocer el origen de esta admirable doctrina, y para saber a qué mortal debemos esta maravillosa concepción de la inteligencia humana, bastará trasladarnos con el pensamiento a esas noches espléndidas en las que el alma, sola con la naturaleza, medita, pensativa y silenciosa, bajo la inmensa cúpula del estrellado cielo. Allí mil astros perdidos en las regiones lejanas del espacio derraman sobre la tierra una dulce claridad que nos manifiesta el verdadero lugar que ocupamos en el universo; allí, la idea del infinito que nos rodea, nos separa de toda agitación terrestre y nos arrastra sin saberlo a esas vastas regiones inaccesibles a la debilidad de nuestros sentidos. Absortos en un vago fantaseo, contemplamos esas perlas centelleantes que tiemblan en el azul melancólico, seguimos a esas estrellas pasajeras que surcan de cuando en cuando las etéreas llanuras, y alejándonos con ellas en la inmensidad, erramos de mundo en mundo por el infinito, de los cielos. Pero la admiración que excita en nosotros la escena más conmovedora del espectáculo de la naturaleza se transforma al punto en un pensamiento de indefinible tristeza, porque nos consideramos extraños a esos mundos donde reina una aparente soledad, y que no pueden producir en nosotros la impresión inmediata por la cual la vida nos une a la Tierra. Ellos despiertan un pensamiento de lo infinito que es una fuente de melancolía al mismo tiempo que un raudal de purísimos goces; ciérnense ellos allá arriba como moradas que aguardan en silencio y cumplen lejos de nosotros el ciclo de su vida desconocida; ellos atraen nuestros pensamientos como un abismo, pero reservan la clave de su enigma indescifrable. Contempladores oscuros de un universo tan grande y tan misterioso, sentimos interiormente la necesidad de poblar esos globos en apariencia olvidados por la vida, y sobre sus playas eternamente desiertas y silenciosas buscamos miradas que respondan a las nuestras; bien así como un esforzado, navegante exploró largo tiempo en sueños los desiertos del océano, buscando la tierra que le había sido revelada, penetrando con sus miradas de águila las distancias más dilatadas, y salvando audazmente los límites del mundo conocido, para abordar al fin a las llanuras inmensas donde el Nuevo Mundo se asentaba desde períodos seculares. Su ensueño se realizó. Despréndase el nuestro del misterio que lo envuelve todavía, y sobre el bajel del pensamiento subiremos a los cielos en busca de otras tierras».

Flammarion advierte: «La mayor parte de los filósofos… (los partidarios de la pluralidad de mundos habitados) admiten simplemente la posibilidad de la existencia de otros mundos…, pero sin afirmar por esto su realidad. Es un paso añade que no podía darse antes que hubiese brillado la antorcha de las ciencias modernas».

La ciencia actual no cree poseer esa antorcha. La de Flammarion era endeble cuando sostenía condiciones de habitabilidad en otros astros; aunque con la observación valiosa de que condiciones diferentes permiten formas diferentes de vida, de modo que el equivalente del hombre sería allí, no obstante posibles diferencias, la culminación de la correspondiente vida animal.

En realidad, el paso de la «habitabilidad» a la habitación no lo da Flammarion por razones de ciencia positiva, sino por consideraciones «platónicas», no desatinadas. Según él, la pluralidad hace entrever la solución a tina aporía: la de la inconciliabilidad entre la Perfección de Dios y la bajeza de la humanidad terrestre, Como en la naturaleza explica todo se ordena según leyes seriales, y el plan de la Creación abarca una amplísima jerarquía de seres, nuestra raza estará en uno de los grados inferiores; y no se puede juzgar la Creación toda por la Tierra, como no se puede juzgar un coro de Palestrina por notas sueltas.

Atribuye Flammarion a la doctrina de la pluralidad una trascendencia salvadora, Es, en su sentir, la parte viva de la ciencia astronómica; nos enseña lo que somos relativamente al conjunto de lo creado. Es la filosofía del porvenir. El estudio de las relaciones de nuestra raza con las del espacio fundará la «Religión por la ciencia». Un parentesco universal nos reúne a todos; todos somos hermanos. Ellos, no obstante las diferencias físicas, son hombres que participan de un destino semejante al nuestro. Los varios mundos nos ofrecen varias existencias, de perfección creciente: regiones futuras de nuestra inmortalidad, lugar a que han llegado nuestros padres, y que nosotros habitaremos algún día… «Esta es nuestra fe. Nuestro paraíso es el infinito de los mundos» .

Su entusiasmo se derrama en la conclusión de la obra:

«… Queremos sentir los lazos desconocidos que nos unen a la vida universal de las almas… Sí, nos habéis aparecido en vuestra espléndida vestidura, astros magníficos que resplandecéis en el éter… Hemos conocido mejor la distancia que aleja nuestra raza primitiva de las gloriosas rayas cuya residencia sois… Pero, ¿nos sois tan extrañas como pensamos, oh razas lejanas que seguís con nosotros los variados caminos del cielo?… ¡Oh, no!, ¡no nos sois extrañas, oh blancas estrellas que centelleáis dulcemente durante la noche profunda! Toda alma que se ha dejado extasiar en vuestra contemplación no ha podido librarse del sentimiento de simpatía que se desprende de vuestra mágica mirada… ¡Oh, noche majestuosa!, ¡cuánto mayor se ha hecho tu esplendor ante nuestros ojos desde que hemos vislumbrado la vida bajo tu muerte aparente! ¡Cuán deliciosas se han hecho tus armonías!, ¡cómo se ha transfigurado tu espectáculo ante nuestras almas! ¡Oh, Pléyades lejanas, cuya difusa claridad nos arrebata tan lejos de la Tierra, cuánto me complacía yo en contemplaros en el silencio de la medianoche, complacíame en ver descansar sobre vosotras el enjambre de mis pensamientos, porque sois una estación brillante del infinito de los cielos! Empero, ahora estoy viendo en vuestro múltiple centelleo otros tantos centros donde están reunidas familias humanas; ahora que en ese tan plácido resplandor creo reconocer las miradas de hermanos desconocidos, la mirada quizá de los seres queridos que tanto amé, y que la muerte inexorable ha arrebatado lejos de mí, de ese ser, sobre todo, que voló con la sonrisa en los labios para no dejarme adivinar sus sufrimientos, y que ahora está allí, meditando acaso en algún punto oscuro de una tierra desconocida, recordando con tristeza inexplicable nuestros interrumpidos amores, y buscando como yo miradas perdidas en el cielo… ¡Oh!, ahora os amo yo, Pléyades refulgentes; yo os amo, encantadoras estrellas; yo os amo como el peregrino ama los lugares de su peregrinación, como ama el altar adonde tienden sus votos, y sobre el cual depositará algún día el beso de sus aspiraciones más queridas» (14).bioenergetica-lemuriana

«… No es ya un sentimiento de tristeza el que nos resulta de la contemplación del cielo, sino un sentimiento de felicidad íntima, cuyas huellas quedarán grabadas con un perfume de esperanza. Nos reconocemos como, de la gran familia de los astros, sabemos que esos mundos lejanos no nos son extraños, y que la soledad aparente que los envuelve no es más que una ilusión causada por la distancia… Sabemos que acercándonos a ellos encontraríamos la vida en el esplendor de su fuerza y de su actividad…» (15).

Demasiado optimismo el de estas páginas románticas, si sólo se funda en una especulación de teología natural. La Esperanza fundada en la Revelación no se reduce a ese «traslado a otras tierras. Es unaesperanza sobrenatural, que se enraíza en la acción transformadora del Dios Personal, semejante a la realizada ya en la Resurrección de Cristo, meta de la Encarnación Redentora.

  1. Ahora, un manojo de cuestiones teológicas, dentro de la hipótesis de otros mundos habitados.
  2. a) Si hubiese en otros astros seres orgánicos espirituales (parecidos o no a los hombres), ¿están sometidos e incorporados a Cristo?

Sí; el Señorío o Reino de Cristo es universal. El Hijo de Dios es único; no algo relativo a la Tierra. Los textos sagrados exaltan su señorío universal, que abarca a los ángeles y todas las creaturas. El plan de Dios es «instaurare omnia in Christo, quae in caelis et quae in terra sunt» (17). «Omnia subjecit sub pedibus eius» Recapitula en Sí, como un Pleroma, todo el Universo. La extensión de su Reino es igual al de Dios.

  1. b) ¿Participan de la Redención de Cristo?

En el aspecto «negativo» (liberación del pecado), no sabemos si han pecado. (Extraña objeción, recordada por Flammarion: si no tienen pecado, estarían exentos de la ley del trabajo, y así no podrían desarrollarse… Pero la ley del trabajo es anterior al pecado; lo que corresponde a éste es la ley del dolor entre los hombres, que estaban eximidos.)

En el sentido de «elevación a vida sobrenatural», tampoco lo sabemos; si bien la noción de Señorío o Reino Universal de Cristo parece incluir una acción vivificadora, y no sólo una jefatura.

  1. c) ¿La Encarnación del Hijo de Dios sería única, en la Tierra, con eficacia sobre el Universo?

Algunos han visto en el simple hecho de la pluralidad de mundos habitados la siguiente objeción: ¿por qué la Tierra, tan insignificante, ha de tener el privilegio de la Encarnación? ¿Puede ser la Tierra centro del Universo moral y religioso, si no lo es, en el Universo físico? Objeción sin sentido. Ignoramos sí la Encarnación es privilegio de la Tierra; pero, en cualquier caso, no vale objetar contra un hecho, sólo porque no sepamos situarlo en un sistema esquemático.

La unicidad de la Encarnación es posible. Y aun parece razonable a quien considere que el Ser sensible, asumido por Dios, tiene que ser, por su naturaleza, algo particularizado en el tiempo y en el espacio. Lo mismo que Cristo Jesús asume como cabeza a toda la Humanidad, siendo El un hombre de Nazaret, que vivió allí hace veinte siglos.

  1. d) ¿Encarnaciones múltiples, en cada uno de los mundos habitados? Posible… En cierto sentido, parecería conveniente: pues uno de los fines de la Encarnación en la Tierra es hacer a Dios visible y en comunicación fraternal con los hombres; de este modo se nos garantiza, frente a la impresión de fatalidad, la personalidad y el amor de Dios; Cristo, habitando entre nosotros, es Revelación viva del amor del Padre, que disipa la ambigüedad de las manifestaciones a través de la naturaleza y del raciocinio. ¿Tal visibilidad de Dios no será conveniente a cualquier creatura racional sensible?
  2. e) Si los habitantes de otros mundos llegaran a comunicarse con nosotros, ¿deberán someterse a la Iglesia?

Si tienen su Encarnación particular, parece que no; pues ésta implica una Iglesia propia.

Si no tienen Encarnación distinta…. no sabemos. Ni la Iglesia lo sabe; su misión, tal como le ha sido! revelada, mira a la Tierra. Pero, en su momento, el Espíritu le desvelará todo el contenido de la Revelación; le hará saber cuál es su misión en situaciones nuevas. La iluminación del Espíritu, prometida por el Señor (21 ), continúa en la historia de la Iglesia: eso sí, referida, siempre a lo ya dicho por Jesús.

Atribuye Flammarion a la doctrina de la pluralidad una trascendencia salvadora, Es, en su sentir, la parte viva de la ciencia astronómica; nos enseña lo que somos relativamente al conjunto de lo creado. Es la filosofía del porvenir. El estudio de las relaciones de nuestra raza con las del espacio fundará la «Religión por la ciencia». Un parentesco universal nos reúne a todos; todos somos hermanos. Ellos, no obstante las diferencias físicas, son hombres que participan de un destino semejante al nuestro. Los varios mundos nos ofrecen varias existencias, de perfección creciente: regiones futuras de nuestra inmortalidad, lugar a que han llegado nuestros padres, y que nosotros habitaremos algún día… «Esta es nuestra fe. Nuestro paraíso es el infinito de los mundos» .

Su entusiasmo se derrama en la conclusión de la obra:

«… Queremos sentir los lazos desconocidos que nos unen a la vida universal de las almas… Sí, nos habéis aparecido en vuestra espléndida vestidura, astros magníficos que resplandecéis en el éter… Hemos conocido mejor la distancia que aleja nuestra raza primitiva de las gloriosas rayas cuya residencia sois… Pero, ¿nos sois tan extrañas como pensamos, oh razas lejanas que seguís con nosotros los variados caminos del cielo?… ¡Oh, no!, ¡no nos sois extrañas, oh blancas estrellas que centelleáis dulcemente durante la noche profunda! Toda alma que se ha dejado extasiar en vuestra contemplación no ha podido librarse del sentimiento de simpatía que se desprende de vuestra mágica mirada… ¡Oh, noche majestuosa!, ¡cuánto mayor se ha hecho tu esplendor ante nuestros ojos desde que hemos vislumbrado la vida bajo tu muerte aparente! ¡Cuán deliciosas se han hecho tus armonías!, ¡cómo se ha transfigurado tu espectáculo ante nuestras almas! ¡Oh, Pléyades lejanas, cuya difusa claridad nos arrebata tan lejos de la Tierra, cuánto me complacía yo en contemplaros en el silencio de la medianoche, complacíame en ver descansar sobre vosotras el enjambre de mis pensamientos, porque sois una estación brillante del infinito de los cielos! Empero, ahora estoy viendo en vuestro múltiple centelleo otros tantos centros donde están reunidas familias humanas; ahora que en ese tan plácido resplandor creo reconocer las miradas de hermanos desconocidos, la mirada quizá de los seres queridos que tanto amé, y que la muerte inexorable ha arrebatado lejos de mí, de ese ser, sobre todo, que voló con la sonrisa en los labios para no dejarme adivinar sus sufrimientos, y que ahora está allí, meditando acaso en algún punto oscuro de una tierra desconocida, recordando con tristeza inexplicable nuestros interrumpidos amores, y buscando como yo miradas perdidas en el cielo… ¡Oh!, ahora os amo yo, Pléyades refulgentes; yo os amo, encantadoras estrellas; yo os amo como el peregrino ama los lugares de su peregrinación, como ama el altar adonde tienden sus votos, y sobre el cual depositará algún día el beso de sus aspiraciones más queridas» (14).

«… No es ya un sentimiento de tristeza el que nos resulta de la contemplación del cielo, sino un sentimiento de felicidad íntima, cuyas huellas quedarán grabadas con un perfume de esperanza. Nos reconocemos como, de la gran familia de los astros, sabemos que esos mundos lejanos no nos son extraños, y que la soledad aparente que los envuelve no es más que una ilusión causada por la distancia… Sabemos que acercándonos a ellos encontraríamos la vida en el esplendor de su fuerza y de su actividad…» (15).

Demasiado optimismo el de estas páginas románticas, si sólo se funda en una especulación de teología natural. La Esperanza fundada en la Revelación no se reduce a ese «traslado a otras tierras. Es una esperanza sobrenatural, que se enraíza en la acción transformadora del Dios Personal, semejante a la realizada ya en la Resurrección de Cristo, meta de la Encarnación Redentora.

  1. Ahora, un manojo de cuestiones teológicas, dentro de la hipótesis de otros mundos habitados.
  2. a) Si hubiese en otros astros seres orgánicos espirituales (parecidos o no a los hombres), ¿están sometidos e incorporados a Cristo?

Sí; el Señorío o Reino de Cristo es universal. El Hijo de Dios es único; no algo relativo a la Tierra. Los textos sagrados exaltan su señorío universal, que abarca a los ángeles y todas las creaturas. El plan de Dios es «instaurare omnia in Christo, quae in caelis et quae in terra sunt» (17). «Omnia subjecit sub pedibus eius» Recapitula en Sí, como un Pleroma, todo el Universo. La extensión de su Reino es igual al de Dios.

  1. b) ¿Participan de la Redención de Cristo?

En el aspecto «negativo» (liberación del pecado), no sabemos si han pecado. (Extraña objeción, recordada por Flammarion: si no tienen pecado, estarían exentos de la ley del trabajo, y así no podrían desarrollarse… Pero la ley del trabajo es anterior al pecado; lo que corresponde a éste es la ley del dolor entre los hombres, que estaban eximidos.)

En el sentido de «elevación a vida sobrenatural», tampoco lo sabemos; si bien la noción de Señorío o Reino Universal de Cristo parece incluir una acción vivificadora, y no sólo una jefatura.

  1. c) ¿La Encarnación del Hijo de Dios sería única, en la Tierra, con eficacia sobre el Universo?

Algunos han visto en el simple hecho de la pluralidad de mundos habitados la siguiente objeción: ¿por qué la Tierra, tan insignificante, ha de tener el privilegio de la Encarnación? ¿Puede ser la Tierra centro del Universo moral y religioso, si no lo es, en el Universo físico? Objeción sin sentido. Ignoramos sí la Encarnación es privilegio de la Tierra; pero, en cualquier caso, no vale objetar contra un hecho, sólo porque no sepamos situarlo en un sistema esquemático.

La unicidad de la Encarnación es posible. Y aun parece razonable a quien considere que el Ser sensible, asumido por Dios, tiene que ser, por su naturaleza, algo particularizado en el tiempo y en el espacio. Lo mismo que Cristo Jesús asume como cabeza a toda la Humanidad, siendo El un hombre de Nazaret, que vivió allí hace veinte siglos.

  1. d) ¿Encarnaciones múltiples, en cada uno de los mundos habitados? Posible… En cierto sentido, parecería conveniente: pues uno de los fines de la Encarnación en la Tierra es hacer a Dios visible y en comunicación fraternal con los hombres; de este modo se nos garantiza, frente a la impresión de fatalidad, la personalidad y el amor de Dios; Cristo, habitando entre nosotros, es Revelación viva del amor del Padre, que disipa la ambigüedad de las manifestaciones a través de la naturaleza y del raciocinio. ¿Tal visibilidad de Dios no será conveniente a cualquier creatura racional sensible?
  2. e) Si los habitantes de otros mundos llegaran a comunicarse con nosotros, ¿deberán someterse a la Iglesia?

Si tienen su Encarnación particular, parece que no; pues ésta implica una Iglesia propia.

Si no tienen Encarnación distinta…. no sabemos. Ni la Iglesia lo sabe; su misión, tal como le ha sido! revelada, mira a la Tierra. Pero, en su momento, el Espíritu le desvelará todo el contenido de la Revelación; le hará saber cuál es su misión en situaciones nuevas. La iluminación del Espíritu, prometida por el Señor (21 ), continúa en la historia de la Iglesia: eso sí, referida, siempre a lo ya dicho por Jesús.

  1. f) ¿Podrá haber relaciones morales, unidad en el orden moral, entre ellos y nosotros?

Los principios del orden moral son iguales. Su realización estaría determinada por la «naturaleza» de los distintos seres, que habría que estudiar, la cual importaría muchas variaciones, en virtud de los mismos principios.

Así se vería cómo responder a la curiosa pregunta que se me ha hecho, a saber: si sería legítimo el matrimonio, entre terrestres y extraterrestres. Si el matrimonio fuese posible (esto es, fecundo y con posibilidad de vida en común), parece que sería lícito. Pero, para saber si es posible, ¿no haría falta una experiencia sexual que la Iglesia prohíbe? ¿Habría que sacar provecho de experiencias condenadas? ¿No resulta así la Moral antirrealista? Se olvida que, dentro de la norma moral vigente, es posible la experiencia, por ejemplo, para determinar si hay o no impotencia, anuladora del matrimonio. La Iglesia rechaza la experiencia irresponsable, que usa las personas como instrumentos. Exige la «experiencia responsable», que es la que se compromete a asumir la convivencia indisoluble, si resulta posible: ¡es una experiencia en el matrimonio!…. el cual, si falla la condición esencial, se declara nulo. (Entre nosotros, la «esterilidad» no impide el matrimonio, porque

es accidental. Si fuese absoluta, o específica, parece que lo impediría.)

Bueno será no desorbitar las diferencias en el orden moral. Ya Flammarion había emitido la atinada observación de que la ciencia ligada a lo espacial es relativa, estudia relaciones variables, pero hay un absoluto espiritual, el aprecio de la Verdad, el Bien y la Belleza: la unidad moral del Universo, se realiza por la unión de todas las inteligencias con la Inteligencia divina.

  1. ¿Sería turbador, en el orden religioso, que el hombre fuese el único ser racional en el mundo visible?

Evoquemos la literatura tópica, que ha subrayado lo increíble de que sólo la Tierra esté habitada: la Tierra…, que no es más que un granito de arena, excéntrico, en la vastedad del Cosmos… ¿Y para qué tantos millones de astros, muchos ni siquiera visibles al hombre?

La Física y la Matemática antiguas profesaban una armonía geocéntrica. Concepción griega, más que judía. (¡No que los antiguos lo centrasen todo sobre el hombre, pues, al contrario, daban la primacía a los astros celestes!) Al imponerse la visión heliocéntrica, subsiste ciertamente el sentido de la armonía matemática, pero con una sensación de desquiciamiento para el pensar antropocéntrico. Ahora, sin que se disminuya el imperio de la matemática, quizá se desvanece la armonía de su significación global: la visión del Universo resulta indefinida, borrosa, si no «caótica» (¿qué sentimos al imaginar, por ejemplo, el Universo «en expansión»?).

Ahora bien, por lo que toca a la relación Universohabitantes orgánicoracionales, confesemos ante todo lo insuficiente de nuestros conocimientos.

Luego, somos víctimas de la ilusión geometrizante; la misma que llevó a algún teólogo antiguo a imaginar que los cuerpos glorificados tendrían que ser redondos.

El hombre parece excéntrico en relación con el Espacio total. ¡Mas no lo parece menos en relación con el Tiempo!: dentro de la evolución de la Tierra el hombre aparece durante menos de un «segundo», comparado con el «año» que le precede; y, sin embargo, justifica toda la Tierra. Véase la opinión de Teilhard de Chardin: la Física de comienzos de la Edad Moderna creía haber desplazado al hombre del centro del mundo; y, en efecto, no es el centro estático que antes creía ser; pero es el «eje y la flecha de la evolución, lo cual es mucho más bello»; ya no es un elemento perdido en las soledades cósmicas, pues, según la visión de Teilhard, es una voluntad de vivir universal la que converge y se hominiza en él.

Por lo demás, nos empeñamos en encuadrar el Universo en la perspectiva de nuestra breve vida temporal. Habría que contar con una perspectiva de auténtica totalidad.

¿EL «CIELO», MORADA DE DIOS?

  1. La mentalidad «primitiva».

Después del primer viaje al espacio un periódico marxista, según triste costumbre, no se libró del intento de explotación burda de un materialismo vulgar: ¡el explorador no había encontrado a Dios! ¡El hombre es el único señor racional del mundo!

Aparte la enorme precipitación por lo limitadísimo de la exploración, que ni siquiera vale para saber si hay otros seres vegetales, animales o parecidos al hombre…, el juicio es de una tosquedad increíble, por olvido de la espiritualidad de Dios. Es idéntico al de aquellos, positivistas agnósticos del siglo XIX que pretendían que el escalpelo debería encontrar el alma, si existiese: sin advertir que tampoco «encuentra» realidades de evidencia primaria como son los pensamientos, imaginaciones, sentimientos, decisiones…

Lo único interesante de este modo de pensar es la teoría que refleja acerca de la religión. La religión seria una supervivencia de la mentalidad primitiva, la cual interpretaba antropomórficamente las realidades físicas y astronómicas cuya explicación ignoraba y que se le aparecían misteriosas: Dios no sería más que un personaje en un lugar distante. La exploración de ese lugar concluye el comentarista moderno disipará en el pueblo esa falsa imaginación.

Anticipemos que nuestra noción de Dios nada tiene que ver con esa proyección imaginativa que se atribuye a los primitivos. Mas como, al menos, el lenguaje lo heredamos todos, digamos unas palabras sobre la localización primitiva» de Dios.

La conexión de Dios con el Cielo es casi universal. Entre las inciertas etimologías del griego «Zeós» está la del verbo «zéo» (correr: referido a los «astros corredores»); y, con la autoridad de Max Müller, la del sánscrito «Dyu» (lo brillante: el cielo luminoso). El indoeuropeo «Dieus» («deiuos») de donde Júpiter, señor del rayo es el celeste, contrapuesto al terrestre, es decir, el hombrehomo,humus. En la época en que los judíos evitan pronunciar el nombre de Dios (Yahvé), muchas, veces sustituyen la designación corriente «Dios del cielo,» por El Cielo. Así, los Macabeos: «El Cielo nos libre de abandonar la ley…» (23). Es bien conocido el uso del evangelista San Mateo, quien en lugar de «Reino de Dios» dice Reino de los Cielos.

Se ha pensado que el Dios del Cielo (extendidísimo en todas partes en los pueblos primitivos) era uno entre otros dioses, pero con una supremacía sobre los demás precursora del monoteísmo. Pettazzoni propuso, para explicar su origen, la siguiente hipótesis: así como había personificación de seres particulares (cada astro, etc.), se llegó también a la personificación de esa intuición sensible universal que es labóveda celeste, con sus propiedades características: unidad, inmensidad. omnipresencia, omnipotencia (manifestada en los fenómenos meteorológicos), providencia (la lluvia benéfica… ).

Se replicó a Pettazzoni (por Ehrenreich, Foucart, Schmidt) que es inadmisible entre los primitivos la personificación de un elemento que carece de individualidad visible. Lo que ellos podían concebir es una fuerza personal, distinta del Cielo material, más o menos relacionada con el mismo, más aún: separable. En varios mitos primitivos Dios aparece como Creador del Cielo. (Y Schmidt anota que en las culturas más primitivas la habitación original de Dios es la Tierra; al Cielo se habría ido por culpa humana.)

  1. Nota acerca del empleo de fórmulas espaciales en religión.

La imaginación y el lenguaje están esencialmente ligados al espacio en su forma tridimensional. El entendimiento puede trascender: ¡pero las mismas expresiones que indican «trascendencia» están tomadas de lo espacial! Por tanto, el uso de una terminología espacial»(por ejemplo: «anima», «spiritus», «gehenna», «caelum»… ) no basta para atribuirle significación espacial.

Muchísimos hombres, como es natural, quedan apegados a lo imaginativo. Pero no caigamos en interpretaciones minimistas, como la que ha llevado a reducir todas las nociones religiosas a un supuesto significado original de calificación de estados físicos: Santidad, Pureza, Pecado… serían, en su origen, . blancura», 1impieza», «mancha»…, sin sentido moral ni religioso. ¡Cuánta precaución se requiere para interpretar a los antiguos! Veamos, por ejemplo, la convicción presente en Egipto y en casi todas partes sobre el viaje de los muertos, abastecidos para el mismo con utensilios, alimentos, etc. ¿Creían acaso que era un desplazamiento espacial ordinario? lbn Fadlán relata esta ceremonia funeral para un jefe entre los antiguos eslavos: ponen el cadáver en una nave o barca, con alimentos, bebidas, perfumes, armas, un perro, dos caballos, dos bueyes, un gallo, una gallina…. animales todos matados. Una muchacha, de la familia del muerto, se ofrece a acompañarle; pide que la hagan llegar a él»: para ello la matan en la nave. Por fin, dan fuego a la nave (!); las cenizas se cubren con un montículo de tierra, en medio del cual se planta un palo con el nombre del muerto. También a los hombres del pueblo difuntos los metían en una barca, que quemaban.

El citado cronista árabe oyó de un ruso, asistente al funeral descrito, estas palabras: «Vosotros los árabes sois necios poniendo al hombre más amado y honrado bajo tierra, donde los gusanos lo devoran; nosotros, al contrario, lo quemamos en un instante para que entre rápidamente en el paraíso.» Pedro de Dusburgo dice de los prusianos: «Creían que los objetos quemados resucitaban con los muertos y les servían como antes.» También de los antiguos cananeos consta que quemaban los cadáveres, convencidos de que seguían viviendo con las mismas necesidades.

Es decir: podemos pasarnos de listos, al proyectar sobre los antiguos nuestras coordenadas mecánicas y superficiales. Como «racionales» (esto es, como conocedores de las estructuras universales necesarias del pensar y de las cosas) superamos la fluida maleabilidad con que los primitivos imaginaban el mundo; ¡pero no perdamos elasticidad, prisioneros de esquemas! Elasticidad necesaria, desde luego, para entender a los antiguos; también, acaso, para entender la realidad objetiva.

FÓRMULAS DE LA ESCRITURA

Están tomadas naturalmente de la intuición o concepción espacial del pueblo judío. Esta intuición no es única, tiene sus variantes: el «cielo» se dice unas veces de la bóveda o firmamento; otras, de los cielos concéntricos; el agua, muchas veces, viene de encima del cielo o bóveda; pero también se habla de las nubes de vapor . En general, los judíos no se interesan mucho por localizaciones. La terminología usual refleja el triple plano: Dios, en el cielo; los

hombres vivos, en la tierra; los muertos, en el Sheol o subterráneo. Para evitar equívocos, en el Antiguo Testamento hay que distinguir: a) el fondo popular, idolátrico (dioses, ídolos… ) del que permanecen vestigios en el Pueblo consagrado a Yahvé y reflejos en la Escritura; b) la Revelación patriarcalmosaicaprofética, siempre en lucha para purificar los elementos populares (las concepciones del cielo, los astros, la historia) de sus adherencias mitológicas, y para proclamar la trascendencia de Yahvé Creador.

En efecto, la Biblia muestra cómo, juntamente con el Monoteísmo puro, que desde el principio profesan los Patriarcas, Moisés y los Profetas, aparecen en el pueblo contaminaciones (¿o supervivencias?) politeístas: santuarios locales, el becerro de oro, la adhesión a cultos cananeos, etc. Los críticos del tipo Wellhausen opinan que el Monoteísmo comenzó con los Profetas, y que el que aparece antes es proyección retrospectiva de los redactores tardíos del Pentateuco; de modo que las manifestaciones politeístas serían la forma única y común de la antigua religión judaica. ¿Es tan simple la cuestión? Prescindimos ahora de ese problema histórico. Si lo evocamos es sólo para dejar bien claro que, en lo que sigue, nos referimos precisamente a la religión patriarcal o profética, como la propone la Escritura, cuyo origen se relaciona directamente con Dios, y no ciertamente con el fondo de los pueblos semíticos en torno.

Abrahám,. emerge de un ambiente idolátrico: recuérdense los teraphím que Raquel, esposa de Jacob, trajo de Mesopotamia a escondidas.

Moisés emerge de Egipto, pero enlaza religiosamente con Abraham.

Ambos, por mandato de Dios, se alejan de esos dos focos culturales politeístas, y van a Canaán. El Origen de su actitud religiosa no es la herencia, sino una Vocación de Dios. Su forma de relación con Dios no proviene de especulación, ni de la tradición de un lugar, sino de una comunicación divina personal (Dios de Abraham, Isaac, Jacob). Es el «Dios de los padres», sin localización. A veces se conmemoran lugares (como Bethel) por alguna manifestación divina; pero es una manifestación de carácter personal, y Dios es Uno y el Mismo. Los cananeos de PaletinaSiria, anteriores a los israelitas, tenían por Dios principal entre otras personificaciones de fuerzas naturales al «Dios del Cielo», de la tempestad y el rayo («Hadad», o simplemente «Baal»: Señor). Mas a los hebreos se les prohibió asociarse al culto cananeo, por idolátrico.

IMÁGENES «CELESTES», IDEAS TRASCENDENTES

Volvamos a la doctrina de la Escritura. Los de Babel hacen ciudad y torre, cuya flecha penetraría en los Cielos. ¿Se les castiga por la pretensión de ascender a la Casa de Dios? Más bien, por su orgullo y prepotencia. La redacción breve del enigmático episodio no permite suponer que el pecado consistiese en ir al Cielo (!).

Jacob contempla en sueño la escala por la que bajaban y subían los ángeles de Dios. Jacob, despierto, estima que aquel lugar es una puerta del cielo. La lección parece ser: allí se da una comunicación entre Dios y los hombres.

Pettazzoni supone que primitivamente «Yahvé» era un «dios celeste», en relación especial con el trueno, la lluvia, los vientos. Pero el Yahvé de la Revelación es trascendente. Si San Pablo dice que fue elevado al «tercer cielo», y que Cristo subió encima «de todos los cielos», no señala un lugar relativamente más alto. La expresión «sobre los cielos» quiere destacar la Trascendencia. Dios tiene su «trono» y «morada» por encima del cielo; en el más alto o «cielo de los cielos», por encima de todo el Universo ; in Altissimis. El Hijo del Hombre está sentado a la diestra del Padre, y así lo ve Esteban al morir: no es indicación de lugar, sino de categoría.

Dios no está ligado al cielo material: ¡porque el Cielo es como un manto, que puede cambiar, enrollándolo como un vestido, mientras Él permanece. Dios es independiente de los astros, que son sus creaturas, proclaman su Gloria.

 

Los judíos fieles al Señor evitan, durante su peregrinación hacia Palestina, las figuraciones de Dios, que podían vincularlo y confundirlo con una creatura particular. Se le simboliza únicamente en la «nube»amorfa y viajera. Salomón, en su preciosa oración el día de la Consagración del Templo de Jerusalén, expresará perfectamente el sentido de la presencia trascendente del Señor en aquel lugar: que es sólo un sitio de comunicación, no un lugar que contenga a Dios, que no puede ser contenido ni por todos los Cielos.

El sentido de una comunicación universalmente íntima y a la vez espacialmente trascendente culmina en el diálogo de Jesús con la mujer samaritana. Dios es Espíritu. No está vinculado restrictivamente a ningún lugar. La comunicación con el Padre se logra por la Persona del Hijo, accesible corno un hermano entre los hombres. Por eso Cristo Jesús puede aplicarse a Sí mismo, en su auténtico sentido, la imagen de la escala de Jacob: «Veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre».

El «Cielo». Lugar de la vida gloriosa

  1. Los Apóstoles, con quienes nosotros enlazamos históricamente, fueron testigos de la Ascensión de Jesús. Lo vieron subir; una nube lo ocultó a sus ojos; y «mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en El, que se iba», dos varones les dijeron: «Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo».

Todo el que ama a Jesús desea imaginar dónde y cómo reside su Cuerpo glorificado. El mismo deseo suscita la Asunción de Nuestra Señora la Virgen María.

  1. Los cristianos justos viven en la esperanza de «ir al cielo», .. estar en el Cielo». Cristo ha ido delante a preparar las moradas para los suyos. Al buen ladrón prometió: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Nos ha dicho que los bienes imperecederos, nuestra recompensa, están en los Cielos.

Algunos ambientes religiosos (el antiguo Egipto, por ejemplo; ciertas corrientes populares cristianas… ) sacian su anhelo imaginativo con gran riqueza descriptiva y con localizaciones en relación con el viaje del alma al Cielo». Por lo contrario, la Escritura, tanto la del Antiguo como la del Nuevo Testamento, es en este aspecto de una sobriedad impresionante.

El pensamiento judío arcaico es muy impreciso respecto al lugar de los muertos y a su estado. (Sheol: subterráneo: sombras vagantes en lugar oscuro y de confusión… El Eclesiastés pregunta con vacilación: ¿el espíritu o aliento vital del hombre sube acaso a lo alto? ¿y el de las bestias baja a las entrañas de la tierra?). Lo más positivo de la Revelación judaica, para la esperanza de los justos, era «reunirse con», «estar con» los Padres (con Abrahám, etc.). Evoquemos la atmósfera de la parábola de Jesús sobre el rico y el mendigo Lázaro.

La Predicación de los Apóstoles se desinteresa de la pintura de «lugares». La esperanza que alimenta es la de «estar con Cristo», lo que hará posible contemplar la Gloria que tiene en el Padre, ver a Dios directamente sin velos, en comunión personal con las Personas divinas, participando de su Vida y Felicidad, en una fiesta de gozo inacabable, que será a la vez la perfección de nuestra vida social, nuestra Patria y Ciudad definitiva, donde nuestros mismos cuerpos serán plenamente vivificados a semejanza del Cuerpo de Cristo, redundando su gloria sobre todo el mundo mediante una transformación que lo hará «cielo nuevo» y «tierra nueva», según un modo que ignoramos, pero que incluye, al parecer, una renovación física.

  1. La doctrina de la Iglesia sobre el Cielo destaca como elementos esenciales: la vida en comunión con Dios; y la comunidad o sociedad de los bienaventurados. Las alusiones a la «habitación ultraterrestre» nunca determinan qué es ni dónde está el Cielo.

La Teología se ha ocupado poco de localizaciones. Los teólogos que lo hacen se limitan a emitir hipótesis filosóficas privadas (p. ej., la del «cielo empíreo», más allá de las esferas). Y en general lo conciben como lugar distinto del universo móvil, es decir: sin continuidad con nuestro espacio astronómico o sideral.

En cuanto a las almas, antes de la Resurrección, el Cielo no tiene por qué ser un «lugar». En esto hay que asentir a, San Agustín: «¿Queréis saber dónde se encuentra ese lugar en que se ve a Dios cara a cara?: es Dios mismo quien será después de esta vida el lugar de nuestras almas».

  1. Los cuerpos gloriosos, sí, parecen requerir lugar; y así lo afirma la opinión común de los teólogos. Pero la «glorificación» importa una transformación del cuerpo y, por tanto, del «ámbito físico» que lo acoge. A imitación del Cuerpo de Cristo Resucitado, el nuestro tendrá un modo de ser (sutileza, agilidad, incorruptibilidad… ) que lo hará independiente de las actuales condiciones y limitaciones del espacio físico. El paso a vida mejor no se puede concebir, pues, como un traslado a astros en que hubiese condiciones de vida natural superior, al modo que lo imaginaba Flammarion, el cual omitía explicar cómo se realiza ese trasplante a través de la muerte! El Cielo de la vida gloriosa supone una transformación corpórea por gracia de la Potencia divina.
  2. Carece de sentido la suposición o el anhelo de que una exploración total de nuestro espacio tendría que encontrar el Cuerpo de Jesús, el Cuerpo de María. No sabemos dónde están; no parece que estén en ningún lugar accesible por traslado espacial. Sin dejar de ser cuerpos, lo son, y «están», de otro modo. El realismo de la escena de la Ascensión del Señor como advirtió Blondel no ha de llevarnos a prolongarla según las formas del estado físico ordinario. Lo alto a que tendemos, no está en la vertical del sitio que ocupamos; es una Vida Superior en Dios.
  3. ¿Extraña, esa diversidad física? No. Aun sin recurrir a las desconocidas posibilidades de la Potencia Divina, y permaneciendo en el marco de nuestro saber físico (tan limitado), hay algo que permite entrever la posibilidad de modos distintos de existencia corpórea.

Consideremos la hipótesis, no rara entre físicos, del Metaespacio o Hiperespacio.

Como en la literatura de fines del siglo XIX y comienzos del XX se ha producido la vulgarización, humorística o sensacionalista, de la «cuarta dimensión» (La máquina del tiempo de Wells, etc.), es necesario advertir que no nos referimos al «espacio cuatridimensional en cuanto se conjuntan las tres dimensiones espaciales y la dimensión temporal: el Espacio que Minkowski llama «Universo» , y que hay que utilizar para situar cualquier suceso en un punto del Universo, ya que toda realidad física se da dentro de un «proceso». Evidentemente estas cuatro dimensiones existen: ¡son nuestro espacio y nuestro tiempo ordinarios!

Hablamos de un verdadero Metaespacio; de un espacio con cuatro o más dimensiones auténticamente espaciales, además de la temporal. Desde luego, en el orden analítico matemático se conciben bien espacios de cuatro, cinco y más dimensiones; y la Geometría Analítica del espacio puede operar con cuatro, cinco y más variables. ¿Pero es posible realizarlo en el orden físico? Varios físicos estiman que sí, o al menos indican que no se ve la imposibilidad. Cierto es que el hiperespacio matemático no es imaginable o representable intuitivamente. Pero esto se debe razonan, por ejemplo, Einstein e Infeld a que nuestra imaginación está ligada a un cuerpo tridimensional.

Tampoco un ser plano (de dos dimensiones) percibiría ni imaginaria algo que penetrase verticalmente (por la tercera dimensión) en su área. Cabe, pues, suponer que así como el «plano» está dentro de un espacio tridimensional, también el espacio tridimensional (que es el nuestro) esté: sumergido en otro cuatridimensional, inaccesible a nuestros sentidos.

No me compete, ni me interesa ahora, entrar a fondo en la difícil cuestión del hiperespacio. No insinúo que ese sea el «modo de estar» de los Cuerpos gloriosos. Quiero sólo indicar que entre físicos muy «positivistas» se admite un modo de ser corpóreo o espacial, que no estaría lejos de nuestro espacio y, sin embargo, no nos seria perceptible. Sería un modo corporal pensable, no imaginable ni visible. ¡Algo que, respecto a la Física ordinaria, no parece espacial, sino más recóndito que el espíritu!

Otro caso de cuerpo a la vez presente y físicamente imperceptible sería la hipótesis del ETER. Hipótesis abandonada por Einstein y otros, renace con Lorentz; y, en todo caso, no está excluida como una «posibilidad física». Supone un ser extenso, corpóreo, pero imponderable; que no sólo ocupa los, espacios entre las partículas, sino que permea las partículas, sin moverse con ellas. Grandes físicos piensan que tal ser es postulado por el Electromagnetismo y la Gravitación. Y aún añaden que si bien la teoría de la Relatividad especial de Einstein lo recusaba, no sin equívocos, la de Relatividad General lo implica equivalentemente, a pesar de la oposición verbal, por cuanto admite un espacio dotado de cualidades físicas y operante, y no un mero vacío indiferenciado.

Nota interesante.En el hiperespacio sería natural entrar en nuestros recintos cerrados, sin atravesar sus paredes, lo mismo que en el espacio tridimensional pasamos de fuera a dentro de un círculo sin tocar la línea de circunferencia; podemos entrar por elevación.Nota no menos interesante: el ser tridimensional no percibe al cuatridimensional; éste, si, percibiría a aquél.¿ Evocamos a Jesús Resucitado, penetrando sin abrir la puerta donde estaban recluidos los Apóstoles? ¿Nos dejamos ganar por la idea de la proximidad invisible de los Cuerpos gloriosos de Jesús y de María? Mejor será detener el pensamiento; pues ya hemos dicho que no pretendíamos sugerir una explicación determinada sobre el modo de presencia de esos Cuerpos en el universo.

En suma: al menos quede asentado que nuestra experiencia espacial ordinaria no justifica ninguna objeción ni recelo alguno contra un modo de vivir, incluso corpóreo, diferente del acostumbrado. No se puede imponer la tesis de que una supuesta exploración total del espacio tendría que encontrar en alguna parte el Cuerpo viviente de Cristo.

  1. También se reafirma un concepto muy importante: la forma empírica del espacio es accidental en los cuerpos. Esta adivinación de la Física reciente era ya la tesis; de la Filosofía cristiana tradicional.

Descartes que por otra parte reservaba la supremacía a los espíritus vio en el espacio empírico la esencia de los cuerpos. (Si nos ceñimos al espacio observable, la afirmación es «prácticamente admisible»: después de todo, es convencional no llamar «cuerpo» a una materia que no tenga nuestro modo espacial, ¡siempre que al cuerpo glorioso o «espiritualizado» no lo confundamos plenamente con el Espíritu! Pero en rigor el espacio observable no es «de esencia ya que puede cambiar.) El colmo llega cuando los mecanicistas pretenden reducir toda realidad a lo espacial, y a la forma empírica de espacio. Todo sería como en Demócrito imaginable y visualizable: es la esencialización del espacio empírico.

Los teólogos escolásticos, en capítulos que ahora solemos apreciar poco, se habían aplicado a estudiar con la máxima atención un modo distinto de presencia corporal referido a la Santa Eucaristía. El Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, aunque tenga su interna disposición espacial, no ocupa lugar; no se distribuye por las dimensiones visibles. Está como un cuerpo real; pero sin la localización dimensional, que es «accidente» separable (está «ad modum substantiae»). Por eso no hay actividad física entre el Cuerpo de Cristo y los cuerpos ambientes. Por eso no está ligado a un solo lugar, sino que goza de multilocación…

  1. La esperanza teológica respecto a los espacios cósmicos. La creatura racional está inserta en el universo físico; está inserta en Dios. La Revelación nos dice que el Reino de Dios es unificación de todo y, en cuanto la libertad creada no resista al Don divino, vivificación de todo por Dios. La glorificación del hombre entero (cuerpo y espíritu), gracias a su comunión con el Verbo Encarnado, supone una cierta renovación del mundo sensible. (La filosofía griega sólo llegaba a pensar la salvación del espíritu, a costa de, la materia.)

La carta a los Romanos nos presenta la gloria de los hijos de Dios participada por las demás creaturas. Así la esperanza de aquéllos, es esperanza universal. «… Los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Porque la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios, pues las criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta, con la esperanza de que también ellas serán libertadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto; y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos ‘dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza estamos salvos … ; en paciencia esperamos» .

Esperamos, como satisfacción plena a nuestro anhelo más hondo, la armonía de lo personal (Dios, hombre…) y lo natural. «Dios todo en todas las cosas» .

Ir al Cielo» no representará un enojoso abandonar realidades (cuerpo, mundo, sociedad). El Reino de Dios transfigura, sin anularlas, todas las cosas. El hombre llevará consigo «su mundo». El Reino de Dios incluye el reino del hombre. La vida celeste, por ser la deificación de nuestra vida en filial comunión con Dios, nos da también el dominio perfecto de las cosas. «…Ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de. Dios».

¿De qué modo concreto se realizará ese «mundo nuevo», glorificado?

Lo ignoramos. Será por acción divina. Pero no deberíamos dejarnos ganar por la repugnancia que siente hacia esa perspectiva de gloria el hombre acostumbrado a la interpretación mecanicista del universo. La Esperanza cristiana supone la superioridad de Dios y de la persona humana sobre las leyes mecánicas. Sólo quien degrada al hombre creerá absurda tal esperanza. El que ha pensado en la primacía del Espíritu o Libertad, hallará adecuadísima la idea de un estado en que todas las cosas se someten al hombre (o a personas semejantes), y el hombre a Cristo y por Cristo a Dios.

Santiago, 16 de febrero de 1962

José Guerra Campos

Cosas de cada día

11 jueves Dic 2014

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

≈ Deja un comentario

Al salir de la Santa Misa, veo, por primera vez, a una joven madre con sus tres hijos. Uno en el cochecito y dos a los lados de su hermano. Señora, que hermosura de hijos, le digo. Sí, responde. El único problema que tengo es que mis padres, mis suegros, mis hermanos y cuñados quieren hacerles demasiados regalos, y yo quiero que mis hijos sean pobres.familia_numerosa

El P. Alba fundó trece turnos de Adoración Nocturna. Y, es un gozo muy grande, ver en el mismo turno al nieto al hijo y al abuelo. Como en las trincheras de la última cruzada contra el ateísmo en España: Los requetés padre, hijo y abuelo luchando en la misma trinchera contra los enemigos de Dios, de la Iglesia y de España.

Conozco un matrimonio, ella y él han sido alumnos míos, que tienen doce hijos. El marido trabaja de guarda jurado y solo entra su salario en casa. Esta democracia hace “maravillas” pero ninguna como la de este matrimonio: Se limita a afirmar, con todas las de la ley, que la convivencia de dos homosexuales, dos lesbianas son dos matrimonios. Pues no es verdad, parlamentarios.

Estoy sentado en un banco en la salida del colegio. Una niña de dos años y seis meses se sienta a mi lado. Hablamos de todo. Pasa su madre con los parvulitos de cuarto y le pregunta a su hija: ¿Con quién hablas? Con el “padre”, responde con su boca de trapo. ¿Y qué más?, insiste la madre (pensando que la niña respondería P. Cano), pero la pequeña respondió: “y el Hijo”. La carcajada fue tan grande que la niña no pudo decir y “el Espíritu Santo”.

Un antiguo alumno, se presentó en el colegio con su esposa y su hijita recién nacida, venían del hospital: “Apunten a mi hija ya, que no quiero llegar tarde, como mis padres llegaron tarde conmigo”. Con sus seis meses, la bebé ya está con nosotros.

Nos ha escrito un niño, que estuvo con nosotros de los tres a los diez años (ahora tiene catorce). Se puso en contacto con nosotros por internet. Nos felicitaba por el reportaje del campamento y, nos decía, que nunca ha dejado de practicar la religión que aprendió en el colegio. Termina su carta con estas palabras: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!” Ya está apuntado para el próximo campamento.

Manuel Martínez Cano, mCR

← Entradas anteriores
Entradas recientes →
abril 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  
« Sep    

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Unión Seglar de San Antonio María Claret

P. José María Alba Cereceda, S.I.

palba2

Archivos

Categorías

  • Artículos (1.171)
  • Artículos – Contracorriente (919)
  • Carta Dominical (118)
  • Chispicas (266)
  • Cosicas (108)
  • De Hispanoamérica (1)
  • Dominicas (266)
  • El Coladero (1)
  • El nacimiento de la España moderna (75)
  • Francisco franco (176)
  • Guerra Campos (286)
  • Hemos leído (99)
  • Hispanoamérica. La verdad (192)
  • Historia de España (57)
  • Hitos (175)
  • Imagén – Contracorriente (132)
  • La Iglesia vive de la Eucaristia (22)
  • La voz de los santos (154)
  • Magisterio (38)
  • Meditaciones de la Virgen (174)
  • Mensajes de fe (214)
  • Miguicas (265)
  • Mojones (184)
  • Mostacicas (265)
  • Noticas (10)
  • Oraciones (391)
  • P. Manuel Martínez Cano (736)
  • Padre Alba (268)
  • Palabras de Dios (94)
  • Para pensar (27)
  • Pensamientos (99)
  • Pensar es sano (111)
  • Sabaticas (266)
  • Santos (111)
  • Semillicas (265)
  • Sintonía con la jerarquia (184)
  • Uncategorized (1.327)
  • Vida mixta (13)
  • Vida religiosa ayer, hoy y mañana (22)

Ejercicios Espirituales predicados por el P. Cano

Meditaciones y Pláticas del P. José María Alba Cereceda, S.I.

Varios volumenes de apóx. 370 páginas. Precio volumen: 10 €. Pedidos: hnopablolibros@gmail.com

Twitter Papa Francisco

Mis tuits

Twitter P. Cano

Mis tuits

“Espíritu Santo, infúndenos la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”. Padre Santo Francisco.

"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

Nuestro ideal: Salvar almas

Van al Cielo los que mueren en gracia de Dios; van al infierno los que mueren en pecado mortal

"Id al mundo entro y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado" Marcos 16, 15-16.

"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

"No seguirás en el mal a la mayoría." Éxodo 23, 2.

"Odiad el mal los que amáis al Señor." Salmo 97, 10.

"Jamás cerraré mi boca ante una sociedad que rechaza el terrorismo y reclama el derecho de matar niños." Monseñor José Guerra Campos.

¡Por Cristo, por María y por España: más, más y más!

www.holyart.es

Blog de WordPress.com.

  • Suscribirse Suscrito
    • Contracorriente
    • Únete a otros 271 suscriptores
    • ¿Ya tienes una cuenta de WordPress.com? Inicia sesión.
    • Contracorriente
    • Suscribirse Suscrito
    • Regístrate
    • Iniciar sesión
    • Denunciar este contenido
    • Ver el sitio en el Lector
    • Gestionar las suscripciones
    • Contraer esta barra

Cargando comentarios...