Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

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Catecismo social de la Iglesia XXXVIII (38)

05 martes Nov 2013

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14 -¿Otros Papas han hablado en términos semejantes?

catecismo social-Los Papas siempre han predicado la verdad. Y, por tanto, han debido de recordar continuamente lo que San Pablo  llama «apostasía universal». Y la historia camina hacia la presencia del Anticristo, en el que «el diablo le insufla su malicia de un modo eminente muy superior que a la de cualquier hombre», como enseña Santo Tomás. Ese Anticristo, concentración de toda la maldad orgullosa y rebelde contra Dios, el «hijo de la perdición» (2Tes 2,3), busca esta tiranía que privará de toda libertad a los que le siguen y llevará a la condenación eterna a muchos. Benedicto XV, en «Bonum sane», dibuja así este panorama: «En los deseos y la expectativa de cualquier desvergonzado se presenta como inminente la aparición de cierta República Universal de los hombres y la común posesión de bienes, y en la cual no habría diferencia alguna de nacionalidades ni se acataría la autoridad de los padres sobre los hijos, ni la del poder público sobre los ciudadanos, ni la de Dios sobre los hombres unidos en sociedad. Si esto se llevara a cabo no podría menos de haber una secuela de horrores espantosos; hoy día ya existe esto en una no exigua parte de Europa que los experimenta y siente. Ya vemos que se pretende producir esa misma situación en los demás pueblos; y que, por eso, ya existen aquí y allá grandes turbas revolucionarias porque las excitan el furor y la audacia de unos pocos» (25-VII- 1920).

15 -Así pues, ¿cuál es la alternativa social?

-No lo es el binomio capitalismo-comunismo. El capitalismo, engendrado por el liberalismo de la Revolución Francesa, ha sido un atajo hacia la descristianización de la sociedad, lo que ha dado paso al comunismo.

Para un católico, ni el capitalismo liberal ni el comunismo son caminos. Ninguno de ellos es compatible con la civilización católica. Y, como dice San Pío X en «Notre charge apostolique», «no se edificará la ciudad de modo distinto de cómo Dios la ha edificado, no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la ciudad nueva para edificar en las nubes. Ha existido y existe, es la civilización cristiana, es la ciudad católica». Y Juan XXIII, en la «Mater et Magistra», denuncia: «El aspecto más siniestramente típico de la época moderna se encuentra en la tentativa absurda de querer edificar un orden temporal sólido y fecundo fuera de Dios, único fundamento sobre el cual puede existir y querer proclamar la grandeza del hombre cortándolo de la fuente de la que brota esta grandeza y en la que se alimenta.» Y la actitud pastoral del Vaticano II, expresamente fue señalada por Pablo VI, en su clausura, el 7 de diciembre de 1965, como «determinada por las distancias y las rupturas ocurridas en los pasados siglos, en el siglo último, y en éste, particularmente entre la Iglesia y la civilización profana». Todo el magisterio pontificio es concorde en fijar el liberalismo como causa de la separación de los hombres y de la sociedad, de su destino eterno y de su actuación pública. Los católicos no pueden caer en las mentiras liberales, ni en las soluciones falsas de las reacciones paganas, ni mucho me nos en el marxismo. La luz sólo se encuentra en la fidelidad al Evangelio, a la vida cristiana y a la iluminación de la sociedad con la ley natural, y la experiencia histórica de los siglos cristianos. Entonces, hay que apuntar a lo que León XIII nos dice en la «Inmortale Dei»: «Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba a los Estados… Organizada de este modo la sociedad, produjo un bienestar muy superior a toda imaginación». Lo que no tiene nada que ver ni con el liberalismo, ni con la democracia cristiana, ni con el indiferentismo ante la política. La verdadera santidad empuja en la dinámica del Reino de Cristo, incompatible con las esclavitudes del supercapitalismo y del comunismo.

Tratado de la verdadera devoción XLIII (43)

05 martes Nov 2013

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todotuyomaria_logo2.º Ella los mantiene

208. El segundo acto de caridad que la Virgen ejerce para con sus fieles servidores es que les proporciona todo cuanto atañe a su cuerpo y a su alma. Les da vestidos dobles, como acabamos de ver; les da de comer los platos más exquisitos de la mesa de Dios; les da a comer el pan de vida que Ella ha formado. Hijos míos queridos, les dice bajo el nombre de la Sabiduría, llenaos de mis generaciones (Eccl. 24,26), es decir, de Jesús, el fruto de vida que he puesto en el mundo para vosotros. Venid, les dice en otra parte, comed mi pan, que es Jesús, bebed el vino de su amor, que yo he mezclado para vosotros (Prov. 9,5). Como María es la tesorera y la dispensadora de los dones y de las gracias del Altísimo, da una buena porción, y la mejor, para alimentar y conservar a sus hijos y servidores; los nutre con el pan vivo, y los embriaga con el vino que engendra vírgenes (Zach. 9,17); y encuentran tan suave el yugo de Jesucristo, que apenas sienten su peso; porque el yugo se pudrirá a causa de la unción espiritual (Is. 10,27).

3.º Ella los guía y dirige

209. El tercer bien que la Santísima Virgen hace a sus devotos, es conducirlos y dirigirlos según la voluntad de su Hijo. Rebeca conducía a Jacob y le daba avisos de cuando en cuando, ya para atraer sobre él la bendición de su padre, ya para evitarle el odio y la persecución de su hermano Esaú. María, que es la estrella del mar, conduce a todos sus buenos servidores a buen puerto; les muestra los caminos de la vida eterna, y hace que eviten los pasos peligrosos; los guía con su mano por los senderos de la justicia; los sostiene cuando están a punto de caer; los levanta cuando han caído; los reprende como madre cariñosa cuando faltan, y aun los castiga alguna vez amorosamente. Si un hijo obedece a María, ¿podrá extraviarse en los caminos de la eternidad? Si la seguís, dice San Bernardo, no os extraviaréis. No temáis que un verdadero hijo de María sea engañado por el espíritu maligno y caiga en herejía formal. Donde está María de conductora, no están ni el espíritu maligno con sus ilusiones, ni los herejes con sus sutilezas: Teniéndola no te engañas.

4.º Los defiende y protege

210. El cuarto buen oficio que la Santísima Virgen hace con sus hijos y fieles servidores, es defenderlos y protegerlos contra sus enemigos: Rebeca, con sus cuidados y su industria, libró a Jacob de todos los peligros en que se vio, y particularmente de la muerte que su hermano Esaú le hubiera ciertamente dado por el odio y la envidia que le tenía, como en otro tiempo Caín a su hermano Abel; María, la buena Madre de los predestinados, los esconde bajo las alas de su protección, como una gallina a sus polluelos, les habla, se abaja a ellos y condesciende con todas sus debilidades para asegurarlos contra el gavilán y el buitre; se coloca entorno de ellos, los acompaña como un ejército ordenado en batalla. ¿Puede temer de sus enemigos un hombre rodeado de un ejército bien ordenado de cien mil hombres? Un servidor fiel de María, escudado con su protección y su imperial potestad, tiene menos todavía que temer.
Esta buena Madre y poderosa Príncesa de los cielos enviaría millares de ángeles en socorro de uno de sus hijos, para que no se pudiera alguna vez decir que un fiel servidor de María, que puso su confianza en Ella, había sucumbido a la malicia, al número y a la fuerza de sus enemigos.

5.º Intercede por ellos

211. En fin, el mayor bien que la amable María procura a sus fieles devotos es el interceder por ellos para con su Hijo, y aplacarle con sus ruegos. Los une a El y los conserva con un lazo muy apretado.
Rebeca hizo que Jacob se acercase al lecho de su padre, y el buen viejo lo tocó, lo abrazó y aun lo besó con gozo, y contento como estaba y satisfecho de la comida que le había llevado, y gozoso de haber sentido los exquisitos perfumes de sus vestidos, exclamó: he aquí el olor de mi hijo, que es como el olor de un campo lleno, que el Señor ha bendecido. Este campo lleno, cuyo olor embriaga el corazón del padre, no es otro más que el olor de las virtudes y de los méritos de María, que es un campo fértil en gracias, en que Dios su Padre ha sembrado, como grano de trigo de los elegidos, a su Hijo único. ¡Y qué bien recibido es por Jesucristo, Padre sempiterno, el hijo perfumado con el olor gratísimo de María! ¡Y qué pronto queda perfectamente unido a El, como por extenso lo hemos demostrado antes!

212. Además, después que la Santísima Virgen ha colmado de sus favores a sus hijos y fieles servidores y les ha alcanzado la bendición del Padre celestial y la unión con Jesucristo, los conserva en Jesucristo, y a Jesucristo en ellos; los guarda y vela siempre sobre ellos, temiendo no pierdan la gracia de Dios y caigan en los lazos de sus enemigos, y les hace perseverar hasta el fin, como ya lo hemos visto. Tal es la explicación de esta grande y antigua figura de la predestinación y de la reprobación, tan desconocida y tan llena de misterios.

Imitación de Cristo XLIII (43)

05 martes Nov 2013

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Capítulo 6

De la prueba del verdadero amor

imitacion-de-cristoJesucristo.- 1. Hijo, no eres aún fuerte y prudente amador.
El Alma.- ¿Por qué, Señor?

Jesucristo.- Porque por una contradicción pequeña faltas en lo comenzado y buscas la consolación ansiosamente.

El constante amador está fuerte en las tentaciones y no cree en las persuasiones engañosas del enemigo.

Como yo le agrado en las prosperidades, así no le descontento en las adversidades.

2. El discreto amador no considera tanto el don del Amante cuanto el amor del que da.
Antes mira a la voluntad que a la merced y todas las dádivas estima menos que el Amado.

El amador noble no descansa en el don, sino en mí, sobre todo don.

Por eso, si algunas veces no gustas de mí o de mis santos tan bien como deseas, no está todo perdido.

Aquel tierno y dulce afecto que sientes algunas veces, obra es de la presencia de la gracia, y gusto anticipado de la patria celestial, sobre lo cual no se debe estribar mucho, porque va y viene.
Pero pelear contra los malos movimientos que se levantan en el alma y menospreciar la sugestión del diablo, señal es de virtud y de gran merecimiento.

3. No te turben, pues, las imaginaciones extrañas de diversas materias que te vienen.
Guarda tu firme propósito y la intención recta para con Dios.
Ni tengas por engaño que de repente te arrebaten alguna vez a lo alto y luego te tornes a las distracciones acostumbradas del corazón.

Porque más las sufres contra tu voluntad que las causas; y mientras te dan pena y las contradices, mérito es y no pérdida.

4. Persuádete que el enemigo antiguo de todos modos se esfuerza para impedir tu deseo en el bien y apartarte de todo ejercicio devoto, como es honrar a los santos, la piadosa memoria de mi pasión, la útil contrición de los pecados, la guarda del propio corazón, el firme propósito de aprovechar en la Virtud.
Te sugiere muchos pensamientos malos para disgustarte y atemorizarte, para desviarte de la oración y de la lección sagrada.
Desagrádale mucho la humilde confesión; y si pudiese, haría que dejases la comunión.
No lo creas, ni hagas caso de él, aunque muchas veces te arme lazos engañosos.
Cuando te trajere pensamientos malos y torpes, atribúyelos a él y dile:
«Vete de aquí, espíritu inmundo; avergüénzate, desventurado; muy sucio eres, pues me traes tales cosas al oído. Apártate de mí, malvado engañador; no tendrás parte alguna en mí; mas Jesús estará conmigo como invencible capitán y tú estarás confundido. Más quiero morir y sufrir cualquier pena que consentir contigo. Calla y enmudece; no te oiré más, aunque mucho me importunes».
«El Señor es mi luz y mi salud: ¿a quién temeré? Aunque se ponga contra mí un ejército, no temerá mi corazón» (Sal 26,1). «El Señor es mi ayuda y mi redentor» (Sal 18,15).

5. Pelea como buen soldado: y si alguna vez cayeres por flaqueza, procura cobrar mayores fuerzas que las primeras, confiando en mayor favor mío, y guárdate mucho del vano contentamiento y de la soberbia.
Por esto muchos son engañados y caen algunas veces en ceguedad casi incurable.

Sírvate de aviso y de perpetua humildad la caída de los soberbios que locamente presumen de sí.

El infierno en santa Verónica Juliani

05 martes Nov 2013

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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veronicaA principios del s. XVIII santa Verónica Juliani, la vidente capuchina estigmatizada y gran penitente, describía la privación de Dios como pena suprema:

«He estado toda la noche combatiendo. Sobre todo me han atormentado aquellas dudas sobre si estoy engañada y de que todo mi vivir sea pura invención del demonio. ¡Oh Dios, cómo me hace sufrir todo esto!

Antes de Maitines he tenido aquel padecer de eternidad por espacio de dos horas. No podía recurrir a Dios, porque me parecía estar no en lugar de piedad, sino de justicia.

Esta pérdida de Dios es una pena tan atroz, que no se puede explicar; lleva con sigo todas las penas. En ese estado, a pesar de estar sufriendo tantas formas de padecimientos, nada suponen; todo se siente al vivo, pero ese conocimiento de tener que estar por toda la eternidad sin Dios supera todos los sufrimientos, todos los tormentos; y parece que todo cuanto se puede ponderar del infierno se reduce y se encierra en esta pena de la pérdida del Sumo Bien.

¡Oh Dios! Yo no puedo explicarme bien sobre este punto, pero querría que todos lo entendieran de verdad, sobre todo los pecadores, para que cambiaran de vida y no se expusieran a perder a Dios por toda la eternidad. ¡Oh Jesús mío! Haced Vos que esto sea comprendido, porque yo con la pluma no puedo decir palabra. ¡Oh, aquí sí que se tiembla y se está con temor! Y, después de todo, son temblores y temores que de nada sirven si no es para hacemos entender lo que es un alma sin Dios. Ella sola parece ser el mismo infierno.

¡Oh! Pensad lo que son las penas atrocísimas de ese infierno. No se pueden comprender, no se pueden describir. Por decirlo con una sola palabra: para comprender su atrocidad basta decir que aquellas pobres almas están privadas de Dios. Con sólo decir esto se puede tener idea de lo que es esa pena que encierra en sí todas las penas infernales. ¡Oh Dios, qué angustia, qué tormentos tan atroces experimento yo en ese trance! No me extiendo más, porque sólo el ir escribiéndolo de esta forma me hace temblar de tal modo que no puedo tener la pluma en la mano. ¡Dios sea alabado! Todo es poco por su amor.»

Página para meditar

05 martes Nov 2013

Posted by manuelmartinezcano in Padre Alba, Uncategorized

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VirgenDeFatimaEl 13 de Mayo peregrinará el Papa a Fátima, para dar gracias a la Virgen por haber sobrevivido al atentado que estuvo a punto de costarle la vida y para pedirle a la Señora, en cuyas manos ha puesto el Señor la salvación del mundo, que alcance para la Iglesia las gracias especialísimas que necesita en estas horas de apostasía y de impiedad.

¡Amor a la Iglesia, amor al Papa! He ahí dos características que han de cultivar todos los jóvenes de nuestra asociación.

Un corazón grande, generoso, sin barreras, para que quepan en él todos los anhelos de la Iglesia, todas las ansias misionales de la Iglesia. ¡Ah, cuando llegará el día feliz, en el que de nuestra asociación juvenil, puedan partir para tierras lejanas de misiones, jóvenes llenos de espíritu evangélico!

Cuando al obispo Fructuoso, camino del anfiteatro de Tarragona para ser quemado vivo con sus diáconos Eulogio y Augurio, le rogó un cristiano en voz alta que se acordase de él, oyó esta sublime respuesta del mártir Fructuoso: » Yo debo acordarme de toda la Iglesia Católica, esparcida de Oriente a Occidente.» Y añadió:

«No temas que no os faltará pastor, ni podrán salir fallidas las promesas del Señor en este mundo y en el otro. Lo que veis no es más que una hora de dolor.»

Sentir con la Iglesia; unidos a la Iglesia en Oriente y en Occidente. Unidos al dolor de la Iglesia y esperanzados siempre porque nunca nos faltarán las promesas del Señor, que de los males de hoy, va a sacar unos bienes para la Iglesia y todo el mundo, como no podemos ni sospechar.

Con el Papa, en el mes de María, en Fátima, en mi sagrario, en mi rosario y en mi deber, con la Iglesia en mi corazón, desde Oriente a Occidente, en súplica por la conversión de Rusia, de España y de todo el mundo.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 59, mayo de 1982

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