Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

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La Voz de los sin Voz XXXI

24 miércoles Jul 2013

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Pedro: Ahora que tenemos más tiempo para leer buenos libros, o los mejores, como decía el P. Alba, uno se va confirmando más y más de una verdad evidente, enseñada por los últimos Papas: el objetivo fundamental de las ideologías democráticas es el mismo del marxismo comunista o socialista y del nacionalsocialismo de Hitler, la demolición de la civilización cristiana, edificada por la Iglesia.

Salomé: He recibido felicitaciones por vuestra claridad y sencillez en exponer temas serios e importantes. Yo siempre procuro empaparme del Magisterio de la Iglesia, pues no hay quien supere intelectual y científicamente a nuestros Sumos Pontífices. Estas son palabras del Papa León XIII: “¿Quién puede, en efecto, ignorar la amplia conspiración de fuerzas adversarias que pretenden hoy arruinar y destruir la gran obra de Jesucristo, intentando, con una pertinacia que no conoce límites, destruir en el orden intelectual el Tesoro de las doctrinas reveladas y aniquilar en el orden social las más santas, las más saludables instituciones cristianas? (…) ¡Cuántas asechanzas se tienden por todas partes a las almas creyentes!”.

Santiago: Eso que acabas de decir del Papa es tan evidente que sólo los fanáticos ateocráticos no quieren reconocerlo. Pero tranquilos, la Virgen santísima no sólo ha aplastado con su talón al demonio, ha hecho lo mismo con las herejías y los errores políticos. Desde el Pilar de Zaragoza y Covadonga asturiana, la Virgen siempre ha defendido y protegido a España. Acudamos, una vez más, a Ella, nuestra madre del Cielo.

Judith: Estamos viendo que los partidos políticos sólo se  preocupan por sus intereses particulares y por sus suculentos sueldos. El bien común, que es el fin de la política no les importa ni un pimiento. Todos los bautizados tenemos el sagrado deber de defender el bien común de nuestras patrias contra los hijos de las tinieblas y los hijos del Anti-Cristo.

Pablo: Los enemigos de la Iglesia Católica son obstinados en su lucha contra la civilización cristiana. Hay como un cuerpo misterioso del mal. Los católicos debemos entrar en combate, a la espera de la hora de Dios, que nadie podrá retrasarla ni un minuto.

Rut: Pio XII, del que muchos dicen que debía estar en los altares, afirmaba que la restauración de la civilización cristiana depende del coraje de los católicos para enfrentarse a la corrupción moderna en todos los frentes. Por supuesto, con la Jerarquía al frente.

Andrés: Esta lucha por la restauración de la civilización cristiana, no es una lucha meramente humana, porque quien se ha enfrentado a nuestra santa Madre Iglesia es “el enemigo antiguo y formidable en la fuerza exaltada de su poder” (León XIII) y el campo de batalla es la sociedad temporal. El papa Francisco acaba de decirnos que los seglares debemos implicarnos en la política. En la política de Dios para que gobierne la ley de Cristo.

María: Sí hay un humanismo cristiano, un humanismo sobrenatural diametralmente opuesto a eso que llaman humanismo laico que asesina a niños inocentes. El 7 de diciembre de 1695, en la última sesión pública del concilio Vaticano II, Pablo VI dijo; “El humanismo laico y profano apareció, finalmente, en toda su  terrible estatura, y por así decir desafió al concilio para la lucha. La religión, que es el culto a Dios que quiso ser hombre que quiso ser Dios se encontraron”. Y en esa lucha estamos. España siempre fue la espada de la Iglesia. Hacen falta cruzados que combatan los nobles combates de la fe. ¡Alístate!

 

Magdalena, Presidenta  

El Pecado Venial

24 miércoles Jul 2013

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pecado venial

Pecado venial es toda desobediencia voluntaria a la ley de Dios en materia leve. O en materia grave, si no hay plena advertencia y perfecto consentimiento. El beato Juan Pablo II decía: “Cada vez que la acción desordenada permanece en los límites de la separación de Dios entonces es pecado venial”. El nuevo doctor de la Iglesia, san Juan de Ávila nos advierte: “El purgatorio es una buena balanza para pesar el pecado venial. Hay en él penas más insoportables que las que pasó Jesucristo en su flagelación, corona de espinas y en la cruz”.

La imperfección quebranta el consejo. El pecado venial quebranta el precepto de Dios. Es una rebeldía contra Dios, verdadera ofensa a Dios. Es un desorden de pensamiento, de palabra, obra y omisión contra la ley de Dios. Una indigna preferencia de la voluntad del hombre a la voluntad de Dios, un desprecio a su divina voluntad. No querer cumplir sus mandamientos, un desprecio a su soberanía. En cuanto ofensa a Dios, el pecado venial priva al alma de muchas gracias actuales, disminuye el fervor de la caridad y la práctica de las demás virtudes; disminuye la gloria del Cielo que habríamos merecido ante Dios sin esos pecados veniales, aumenta las penas del purgatorio y predispone al pecado mortal: “Parecíame casi imposible tanta guarda; teníala de no hacer pecado mortal, y pluguiera a Dios que tuviera siempre; de los veniales hacía poco caso, y esto fue lo que me destruyó. Nos puede venir mayor daño de un pecado venial, que de todo el infierno junto, pues ello es así. Húndase el mundo antes que ofender a Dios, porque más debo a Dios que a nadie”.

El pecado venial es un mal moral. Por tanto, mayor mal que todos los males físicos juntos. Un mal incomparablemente superior a todas las desgracias y calamidades que pueden sobrevivir a la humanidad y al universo entero.es mayor mal que los terremotos, los incendios, las epidemias, las guerras más salvajes. San Enrique de Ossó dice: “No es lícito cometer ningún pecado venial, aunque con esto pudieres salvar a todos los hombres y sacar del infierno a todos los condenados y liberar a todas las almas del purgatorio. Es peor mal un solo pecado venial que la destrucción del orbe entero que la pérdida de todos los hombres y de todos los ángeles y santos, porque todos estos males son finitos, son males de criatura, y el pecado, aunque leve, es una ofensa a Dios que es bien infinito”.

Para llegar a comprender lo que significa ofender a Dios con el pecado venial, sería necesario entender el amor y respeto que Dios se merece; y esto es imposible para nuestro pobre y pequeño entendimiento. Algo llegaron a entender los santos. San Juan Crisóstomo decía que prefería ser poseído del demonio antes que cometer un solo pecado venial. Santa Catalina de Génova afirmaba que con gusto se arrojaría a un océano de fuego ardiente para evitar la ocasión de un solo pecado venial, y que allí permanecería eternamente si, para salir, fuera necesario cometer un pecado venial: “Señor, haced que yo sufra las penas del infierno antes que cometer un solo pecado venial” (San Alonso Rodríguez). Es una cuestión de amor: “Si amásemos de veras a Cristo, juzgaríamos por más grave la ofensa del amado que el fuego del infierno” (San Juan Crisóstomo).

San Bernardo nos recuerda que: “Nadie se hace de repente gran pecador; comiénzase  por cosas pequeñísimas para caer en las mayores”. Y el gran convertido de todos los tiempos, nos advierte: “los muchos pecados veniales, si se desprecian llegan a matar”. El pecado venial “se puede comparar con la enfermedad y produce en el alma los efectos que ella en el cuerpo” (Santo Tomás de Aquino). Estamos hablando del pecado venial deliberado, cometido con plena advertencia y perfecto consentimiento, por envidia, orgullo, ira, negligencia, etc. Cosa distinta es el pecado venial semideliberado, cometido más por flaqueza natural que por malicia, que se pueden disminuir, pero no evitar. Estos pecados veniales no perjudican notablemente a nuestras almas, ni impiden nuestra santificación, aunque retarden nuestro camino hacia la perfección.

El pecado venial debilita el fervor, haciendo que prevalezca en el alma el espíritu de temor sobre el amor delicado y filial. Los pecados veniales inclinan a las aficioncillas, a las cosas de este mundo, impidiendo el libre uso de las almas para volar a Dios. Cada pecado venial es como una nube que se interpone ente nosotros y el sol de justicia que es nuestro Padre del Cielo. Sólo a los limpios de corazón se les ha prometido que “verán a Dios” (Mt. 5,8).

El pecado venial tiene su fuente de cultivo en las afecciones desordenadas a cosas, casas personas… A veces, comienzan inocentemente; se insinúan suavísimamente, pero pronto se cae en condescendencias culpables que arrastran al pecado. Nace también en las adversiones irracionales que fomentan nuestro orgullo, nuestra envidia, nuestra falta de caridad. Los respetos humanos son causa de omisiones graves, cobardías culpables, aun entre personas consagradas. Porque no se rían de nosotros, por no perder la estima de una persona dejamos de cumplir con nuestra obligación. El amor propio desordenado que nos hace preferirnos y anteponernos a los demás, nos hace idolillos. La pereza que nos hace perde tiempo, a recordar la oración, y a disiparnos, junto con la falta de mortificación de los sentidos; las charlas inútiles o lecturas curiosas, también son fuentes de pecados veniales.

El gran remedio para combatir el pecado venial es el fervor, el celo ardiente, el entusiasmo, por las cosas de Dios que nos llevará a la delicadeza de conciencia y al empeño de agradar siempre y en todo al Señor. Hacer bien el examen de conciencia, para arrancar la raíz de los pecados veniales. No cesar en la lucha contra nuestros gustos y las malas inclinaciones hasta que las sujetemos y obedezcan a la norma inflexible del deber, los votos, las Reglas. Nuestra santificación no es obra de un día ni de dos, sino de toda la vida. Confianza absoluta en Dios y muy poca en nuestras débiles fuerzas. Oración constante.

Un santo de nuestro tiempo nos dice: “¡Qué poco Amor de Dios tienes cuando cedes sin lucha porque no es pecado grave!” “¡Qué pena me das mientras no sientas dolor de tu pecados veniales!- Porque, hasta entonces, no habrás comenzado a tener verdadera vida interior”. “Los pecados veniales hacen mucho daño al alma.- Por eso “capite nobis vulpes purvulas. Quae demolinutur vineas”, dice el Señor en el Cantar de los Cantare: cazad las pequeñas raposas que destruyen la viña”. “Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o “cuquería” el modo de disminuir tus deberes, si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos” (san José Mª Escrivá)

Vida de San José VI: Méritos y Esponsales o Desposorio de San José

24 miércoles Jul 2013

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«No cabe duda que mientras José vivió en compañía de Jesús, creció de tal suerte en méritos y santificación que podemos decir que aventajó en ellos a los demás santos».

— Méritos del santo. «Esto supuesto, y diciéndonos el apóstol que Jesucristo remunera en la otra vida a cada cual, según sus méritos (Rom. 2,6), ¿qué cúmulo de gloria no debemos juzgar fuese otorgado a José, que tan tiernamente sirvió y amó a Jesús, mientras viviera sobre la tierra?

En el último día, el Salvador dirá a los elegidos (Mt. 25.35): Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino, y me hospedateis; estando desnudo, me cubristeis; mas esos elegidos no alimentaron, ni hospedaron, ni vieron propiamente a Jesucristo, sino en la persona de los menesterosos. San José, sin embargo, procuró el sustento, la habitación y el vestido a la persona misma de Jesús…

Sirvan, por tanto, estas consideraciones para acrecentar nuestra confianza en José, persuadidos de que Dios, en obsequio de los elevados méritos del Santo, no se negará a concederle lo que pida a favor de sus devotos» (S. Alf.Ma).

Los esponsales o desposorios de San José

Es opinión común que la Virgen María había perdido por entonces a sus padres y que el Sumo Sacerdote en persona hubo de encargarse de colocar a la joven al cumplir los quince años, y le hablaría sin duda de José como joven modelo para ella.

La Virgen vivía entonces en Nazaret y allí debieron conocerse y celebrarían sus desposorios.

Hay una leyenda (que cito para saber su origen, inventada al parecer por los Apócrifos y puesta en forma parecida a la narración que nos hace el libro de los Números: 17.1-8 de la elección definitiva de Aarón), según el cual el Sumo Sacerdote habría convocado a todos los jóvenes de la casa de David que aspiraban a casarse con María, invitándolos a depositar su bastón o vara sobre el altar, y el dueño de aquel que floreciera sería el elegido del Señor. Naturalmente fue la vara de José la que floreció y hasta se dice en el Protoevangelio de Santiago, que salió una paloma de la vara y voló sobre la cabeza de José, y le dijo el sacerdote: «Tu has sido elegido por la suerte para tener bajo tu protección a la Virgen del Señor».

Por lo que hace a los esponsales o desposorios en Israel, diré que venían a ser una firme promesa de matrimonio, que en la práctica tenían el mismo valor que un verdadero contrato matrimonial.

A partir de los esponsales, según la costumbre, José y María se separaron y fueron cada uno a su casa en espera de la ceremonia oficial complementaria.

La cohabitación, o sea, el vivir ambos bajo el mismo techo no solía tener lugar hasta pasado un año después de celebrados los desposorios.

Desde la fecha de estos, María, como desposada, era considerada ya como verdadera mujer de José, y mientras tanto viviría en casa de sus tutores.

Catecismo Social XXIII: Democracia IV

24 miércoles Jul 2013

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7 – Y, ¿la Iglesia ha hecho suya la enseñanza bíblica como norma de vida social, condenando a los que dicen que la soberanía popular es la fuente del poder?

Ciertamente. Son proposiciones condenadas por la Iglesia las catecismo socialsiguientes: «La razón humana es el único juez de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, con absoluta independencia de parte de Dios: es ley de sí misma y le bastan sus solas fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (Prop. 111). Expresamente está condenada esta proposición: «No siendo la autoridad otra cosa que la suma del número y de las fuerzas materiales» (LX del Syllabus), o sea, que la verdad es todo lo contrario. León XIII, en la «Inmortale Dei», nos dice: «Es necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija. Autoridad que, como la misma sociedad, surge y deriva de la naturaleza y, por tanto, del mismo Dios que es su autor. De donde se sigue que el poder público, en sí mismo considerado, no proviene sino de Dios, que es su Autor. Sólo Dios es el verdadero y supremo Señor de todas las cosas. Todo lo existente ha de someterse y obedecer necesariamente a Dios. Hasta tal punto, que todos los que tienen el derecho de mandar, de ningún otro reciben este derecho si no es de Dios Príncipe supremo de todos.» Y así todos los Papas de nuestros tiempos. Juan XXIII, en la «Pacem in terris», declara: «No puede ser aceptada como verdadera la posición doctrinal de aquéllos que erigen la voluntad de cada hombre en particular o de ciertas sociedades como fuente primaria y única de donde brotan derechos y deberes y de donde provenga tanto la obligatoriedad de las constituciones como la autoridad de los poderes públicos.» Pablo VI, en la «Octogésima adveniens», nos dice: «Se olvida fácilmente que en su raíz misma el liberalismo filosófico es una afirmación errónea de la autonomía del individuo».

 

8 -El sufragio universal, directo, secreto e inorgánico, ¿no es el medio ideal para designar los gobernantes?

Pío IX dijo exactamente estas palabras: «Os bendigo, finalmente, con el objeto de veros ocupados aún en el difícil empeño de suprimir, si posible fuera, o a lo menos de atenuar una plaga horrenda, que aflige a la sociedad humana y se llama sufragio universal… Esta es una plaga destructora del orden social y merecería con justo título ser llamada mentira universal». O sea, que identificar la soberanía política con el resultado de una mayoría electoral, convocada para opinar de todo sin ningún límite doctrinal ni moral, es visceralmente anticristiano. Se contradice en sus propios términos. Pues soberanía significa quien puede imponer obligaciones y leyes. Y la mayoría no puede gobernar. Por tanto, en la mayoría, en la multitud, no radica la soberanía. En cambio, sí que enseña la Iglesia que «los católicos tienen una doctrina diferente, hacen descender de Dios el derecho de mandar, como de su fuente natural y necesaria. Importa sin embargo destacar aquí que aquellos que deben estar a la cabeza de los asuntos públicos pueden, en ciertos casos, ser elegidos por la voluntad de la multitud, sin que contradiga ni repugne a la doctrina católica. Esta elección designa al príncipe, pero no le confiere los derechos del principado. La autoridad no es aada, sino que se determina solamente quién debe ejercerla». (León XIII, «Diuturnum illud», 3 y 4).

 

9 -Generalmente se opina que sin sufragio universal no hay democracia.

Tal presunción no supone que sea un acierto. El cardenal Pie decía que «el primer ensayo de sufragio universal fue la amnistía de Barrabás y la condena de Cristo». Taine añadía: «Diez millones de ignorantes no

suman un sabio. Un pueblo consultado puede en rigor indicar la forma de gobierno que le gusta. Pero no aquella de la que tiene necesidad. En nuestros días, Salvador de Madariaga ha escrito: «El sufragio universal directo no corresponde a la naturaleza social, porque se funda en la masa, no en el pueblo, y menos en la nación… La masa no es cosa que pueda consultarse, porque sólo es una hembra colectiva, ruda y primitiva, que anhela al macho. La masa no asciende a pueblo hasta que se organiza en instituciones. La nación es un pueblo consciente de sí mismo. Por lo tanto, la nación no es la mera suma aritmética de sus individuos, sino la integración de sus instituciones». y un ensayista tan conocido como Arnold J. Toynbee, escribió: «¿Y es democrático el sistema de partidos en que se basa el Gobierno parlamentario? ¿No nos hallamos, acaso, ante una conspiración -montada por bandas políticas muy bien organizadas y financiadas- cuyo objetivo es privar al electorado de sus derechos constitucionales a elegir a sus representantes con toda libertad?»

Para la Historia XXIII: Respuesta del Primado de Bélgica a la Carta Colectiva del Episcopado Español

24 miércoles Jul 2013

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Carta del Cardenal Primado de Bélgica

Malinas, 16 de enero de 1938.

A Su Eminencia el Cardenal Gomá y Tomás, Arzobispo de Toledo, Primado de España.

Eminencia Reverendísima:

Aprovecho gustoso la ocasión de un viaje a España de mi secretario, el canónigo Leclef, para presentar a Vuestra Eminencia y al Episcopado español mis homenajes de ferviente adhesión y de simpatía profunda en las dolorosas circunstancias porque atraviesa vuestra patria. Yo no ceso de rogar y hacer rogar para que Dios se digne abreviar el tiempo de la prueba.

No he menester repetir -porque Vuestra Eminencia no lo ignora- en qué forma yo y mis Venerados colegas del Episcopado belga nos hemos asociado a vuestros dolores, y cuánto nos hemos esforzado en hacer conocer y en sostener la causa de la España católica. En la fiesta de Natividad de 1936, muchos meses antes de la Carta Colectiva del Episcopado español, dirigimos a nuestros fieles una Carta colectiva en la que les decíamos: “En España, desde que se han apoderado los comunistas del Gobierno de Madrid, la guerra civil, ya de suyo harto funesta, se recrudece como horrible guerra religiosa. Sobre todo el territorio donde reina el comunismo se extiende una orgía infernal de incendios de iglesias y de conventos, de asesinatos de Obispos, de sacerdotes, de religiosos y religiosas, con el exterminio sin piedad de las personas y cosas que representan la religión católica. Inclinémonos con respeto ante estas nobles víctimas del odio satánico al nombre cristiano, porque estamos en el derecho de pensar que han conquistado la aureola del “martirio”, en el sentido propio y elevado de la palabra. Esta guerra ha tomado, por consiguiente, el carácter del conflicto a muerte entre el comunismo materialista y ateo y la civilización cristiana de nuestros viejos países occidentales”.

Cuando Vuestra Eminencia hizo llegar a mis manos el texto de Vuestra Carta Colectiva, me apresuré a hacerla traducir al francés y al flamenco, y desde el 7 de agosto la dirigí a toda la prensa católica belga, con ruego de que la publicaran “in extenso”, porque “constituye, para juzgar de la guerra de España, un documento de la más alta importancia y verdaderamente decisivo”. Todos nuestros diarios y nuestras grandes revistas la han publicado íntegramente, y puedo dar la seguridad de que la conciencia católica de nuestro país está por entero en espíritu y en corazón a vuestro lado.

En las conferencias que he dado a nuestros sacerdotes durante los retiros sacerdotales de los meses de agosto y septiembre, conferencias cuyo texto ha sido publicado en nuestra revista diocesana de enero de 1938 y comentado en toda la prensa, he insistido de nuevo sobre la intervención de los Obispos españoles, al hablar del poder pastoral de los Obispos. Citaba, entre otras cosas, “la actitud clarísima tomada por el Episcopado español en la guerra civil contra el Frente Popular gubernamental”, y añadía: “Al prescribir a los fieles su línea de conducta en este caso y en otros parecidos, la autoridad jerárquica no se sale en absoluto de su competencia; no hace más que cumplir con su misión propia, que consiste en velar por los derechos de la Iglesia y por el bien de las almas”.

Y hablé del caso vasco en estos términos: “Otro ejemplo terrible lo tenemos a la vista en este momento: es el caso vasco. A pesar de la prohibición formal de sus Obispos, algunos católicos han hecho causa común con los comunistas cuando éstos exterminaban a sangre y fuego la Iglesia católica en España. Ahora pagan su lamentable error con los males que han acarreado sobre sí mismos y sobre su pueblo”.

Estos actos y muchos otros sobre los que no quiero insistir demuestran, mejor que testimonios puramente verbales, que la causa de la Iglesia en España es queridísima y que estamos dispuestos a secundar en todas formas vuestros esfuerzos. En particular quiero prometer a Vuestra Eminencia que en cuanto pueda restablecerse el culto en toda España los católicos belgas cumplirán con largueza su deber y manifestarán su generosidad para con las iglesias devastadas.

Fraternalmente unido a Vuestra Eminencia, le ruego, besando sus manos, que se digne aceptar el homenaje de los sentimientos de veneración y adhesión, con los que me ofrezco de Vuestra Eminencia Reverendísima humildísimo afectísimo servidor.

Firmado: J. E. Cardenal Roey, Arzobispo de Malinas.

 

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