El octavo día 104 – CRISTO, LUZ PARA LOS HOMBRES Y PARA LOS PUEBLOS (III)

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Cristo, luz de los hombres en comunidad, de los pueblos, se hace visible en todos los tiempos por medio de la Iglesia, que es nuestra Madre porque nos da la vida de Dios que baja del Cielo; pero, al mismo tiempo, la Iglesia somos nosotros mismos. Nosotros hemos de ser ante los demás la señal visible de la presencia salvadora del Señor. Ciertamente, aun en un país en que gracias al Señor coinciden casi del todo los miembros de la Iglesia y los miembros de la comunidad civil, ella –como dice el Concilio- no se confunde con la comunidad política, porque la Iglesia (aquella dimensión de nosotros mismos, miembros de la patria, por la que somos Iglesia) es signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana. La Iglesia, por medio de nosotros, propone lo trascendente y, a su luz, inspira y anima las soluciones del orden temporal, pero sin reducirse jamás a ser una solución temporal. Y por eso hay -y todos reconocemos y exigimos– autonomía del orden temporal respecto de la jurisdicción de la Iglesia. Aquel tiene sus fines, sus leyes, sus fuerzas, su organización, su autoridad. Autonomía respecto de la jurisdicción de la Iglesia, pero nunca en relación con la autoridad de Dios, porque, como dice el decreto conciliar sobre el apostolado seglar: «El orden temporal se ha de ajustar a los principios superiores de la vida cristiana» (Aa., 7). Y, como dice también el episcopado español en un documento de 1966, recién terminado el Concilio: «La Iglesia aporta al orden temporal, supuestas la autonomía, fuerzas, leyes y organización de dicho orden, el espíritu del Evangelio, es decir, la ordenación final a Cristo; la iluminación del sentido del hombre por la revelación del misterio de Dios Padre en Cristo resucitado; la defensa sincera y la garantía revelada de la libertad y la dignidad de la persona; la promoción decisiva de la unidad, elevando la vida social a una comunión en la caridad; la orientación del dinamismo humano hacia una actitud de servicio y de esperanza; en una palabra, “la energía que la Iglesia puede comunicar a la sociedad humana consiste en la fe y la caridad aplicadas a la vida práctica, no en un dominio externo, ejercitado con medios puramente humanos» (GS., 42).

Semillicas 311

SAN ISIDORO, obispo y doctor de la Iglesia

Padre Cano, m.C.R.

* Señor, hazme hombre de Santa Misa.

* Cuando llega la tribulación hay que insistir más en la oración.

* Todos los bautizados somos Iglesia. Sin la colaboración de los seglares, la Iglesia desaparecería de la sociedad.

* “Por el amor que siento por nuestra Patria, os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España” (Francisco Franco Bahamonde).

* Dios cogió barro y modeló un cuerpo humano al que insufló un espíritu y formó al hombre. La mujer que Dios formó de la costilla del hombre y presentó a éste despertó en Adán un grito de admiración, una exclamación de amor y de comunión: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gen 2, 23).

* El hombre y la mujer tienen la misma dignidad: ser “imagen de Dios”. En su “ser-hombre” y su “ser-mujer” la humanidad refleja la sabiduría y bondad del Creador.

* Dios no es hombre ni mujer. Dios es espíritu puro. Pero las perfecciones del hombre y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios.

DEFENSA de la HISPANIDAD 21

Ramiro de Maeztu

LA SEPARACIÓN DE AMÉRICA 15

Pasado y porvenir  

Saturados de lecturas extranjeras, volvemos a mirar con ojos nuevos la obra de la Hispanidad y apenas conseguimos abarcar su grandeza. Al descubrir las rutas marítimas de Oriente y Occidente hizo la unidad física del mundo; al hacer prevalecer en Trento el dogma que asegura a todos los hombres la posibilidad de salvación, y por tanto de progreso, constituyó la unidad de medida necesaria para que pueda hablarse con fundamento de la unidad moral del género humano. Por consiguiente, la Hispanidad creó la Historia Universal, y no hay obra en el mundo, fuera del Cristianismo, comparable a la suya. A ratos nos parece que después de haber servido nuestros pueblos un ideal absoluto, les será imposible contentarse con los ideales relativos de riqueza, cultura, seguridad o placer con que otros se satisfacen. Y, sin embargo, desechamos esta idea, porque un absolutismo que excluya de sus miras lo relativo y cotidiano, será menos absoluto que el que logre incluirlos. El ideal territorial que sustituyó en los pueblos hispánicos al católico, tenía también, no sólo su necesidad, sino su justificación. Hay que hacer responsable de la prosperidad de cada región geográfica a los hombres que la habitan. Mas, por encima de la faena territorial, se alza el espíritu de la Hispanidad. A veces es un gran poeta, como Rubén, quien nos lo hace sentir. A veces es un extranjero eminente quien nos dice, como Mr. Elihu Root, que: «Yo he tenido que aplicar en territorios de antiguo dominio español leyes españolas y angloamericanas y he advertido lo irreductible de los términos de orientación de la mentalidad jurídica de uno y otro país». A veces es puramente la amenaza de la independencia de un pueblo hispánico lo que suscita el dolor de los demás.

 Entonces percibimos el espíritu de la Hispanidad como una luz de lo alto. Desunidos, dispersos, nos damos cuenta de que la libertad no ha sido, ni puede ser, lazo de unión. Los pueblos no se unen en la libertad, sino en la comunidad. Nuestra comunidad no es racial, ni geográfica, sino espiritual. Es en el espíritu donde hallamos al mismo tiempo la comunidad y el ideal. Y es la Historia quien nos lo descubre. En cierto sentido está sobre la Historia porque es el catolicismo. Y es verdad que ahora hay muchos semicultos que no pueden rezar el Padrenuestro o el Ave María, pero si los intelectuales de Francia están volviendo a rezarlos, ¿qué razón hay, fuera de los descuidos de las apologéticas usuales, para que no los recen los de España? Hay otra parte puramente histórica, que nos descubre las capacidades de los pueblos hispánicos cuando el ideal los ilumina. Todo un sistema de doctrinas, de sentimientos, de leyes, de moral, con el que fuimos grandes; todo un sistema que parecía sepultarse entre las cenizas del pretérito y que ahora, en las ruinas del liberalismo, en el desprestigio de Rousseau, en el probado utopismo de Marx, vuelve a alzarse ante nuestras miradas y nos hace decir que nuestro siglo XVI, con todos sus descuidos de reparación obligada, tenía razón y llevaba consigo el porvenir. Y aunque es muy cierto que la Historia nos descubre dos Hispanidades diversas, que Herriot recientemente ha querido distinguir, diciendo que era la una la del Greco, con su misticismo, su ensoñación y su intelectualismo, y la otra de Goya, con su realismo y su afición a la «canalla», y que pudieran llamarse también la España de Don Quijote y la de Sancho, la del espíritu y la de la materia, la verdad es que las dos no son sino una, y toda la cuestión se reduce a determinar quién debe gobernarla, si los suspiros o los eruptos. Aquí ha triunfado por el momento, Sancho; no me extrañará, sin embargo, que nuestros pueblos acaben por seguir a Don Quijote. En todo caso, su esperanza está en la Historia: “Ex proeterito spes in futurum”. 

Mostacicas 241

SAN MARCOS, Evangelista

Don Manuel

* Para hablar bien hay que pensar bien.

* La conversión no es un acto concreto. Siempre hemos de estar convirtiéndonos.

* “Parece como si Dios quisiera purificar a fondo el mundo, y en particular a su Iglesia Santa” (P. Torres).

* Colombia mensaje: “donde España dejó en preciosa herencia su fe y su cultura”. Al regresó comenta emocionado que ha “adorado a Jesucristo en la hermosa lengua que España transmitió a tantos países, a cuyas iglesias sigue prestando la colaboración generosa” (San Pablo VI).

* De la pura espiritualidad de la naturaleza angélica se deriva su inmortalidad. La Sagrada Escritura dice: “Los resucitados ya no pueden morir, pues son semejantes a los ángeles” (Lc 20, 36).

* La felicidad celestial de los ángeles buenos y el sufrimiento infernal de los ángeles malos es eterna: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 18, 10).

* Dios destina a cada persona un ángel de la guarda para que nos guarde en la tierra y nos guíe hacia el Cielo.