Contracorriente

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Para la Historia: Respuesta a la Carta Colectiva del Episcopado Español III

05 martes Mar 2013

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Misiones africanas (Padres Blancos)

Vicariato Apostólico de Ruanda

Eminencia Reverendísima:

El Vicariato Apostólico de Ruanda y sus misioneros han acogido con profunda y cordial satisfacción y leído con emoción intensa y orgullo la admirable Carta de V. Eminencia. y del heroico Episcopado español.

El recuento, tan claro y preciso, y a la vez tan objetivo e imparcial, del espantoso trance y de la terrible situación que asola la valiente y católica España no puede menos de desengañar a cuantos reflexionen y no hayan tomado partido a ojos cerrados.

Como misioneros, estamos al margen de las controversias y luchas políticas; mas eso no nos impide percatarnos de que no se trata de una guerra de partidos, en que únicamente se ventila la suerte de España. Así, pues, no hemos cesado de orar por nuestros hermanos los españoles, cuya constancia y heroísmo en esta persecución sin nombre vemos con admiración.

La admirable Carta de Vuestra Eminencia Reverendísima y del Episcopado español bastaría a disipar nuestras dudas, si las hubiésemos tenido. Con evidencia irrefutable prueba, sin lugar a vacilaciones, que si la noble y católica España lucha por su vida y por su fe, es, además y sobre eso, el baluarte de la civilización cristiana, amenazada por la revolución en Europa entera. Ese y no otro es el motivo de que las fuerzas revolucionarias, azuzadas y sostenidas por el comunismo, empeñado en aniquilar aún la idea de Dios, hayan volcado sobre la España mártir los sacrilegios abominables, los asesinatos horribles y sádicos de sacerdotes, religiosos y fieles, asolando sistemáticamente las iglesias y los tesoros acumulados durante siglos de fe.

Os damos las gracias, Eminencia Reverendísima, por habernos mostrado de modo tan evidente e irrebatible la verdad, que los enemigos de Dios y de toda cultura se esfuerzan en ahogar, sin reparar ni en medios ni en embustes, merced a una propa­ganda que no se avergüenza de torcer y contrahacer los hechos.

Os damos las gracias, Ema. Rvdma., por habernos mostrado con claridad que en España está en tela de juicio la misma vida de la civilización cristiana; por habernos dado a entender que el triunfo de la revolución comunista en España hubiera sido el prólogo y el primer paso obligado para la ruina de Europa entera.

Los miles de mártires que han vertido generosamente su sangre por su fe y su patria son el rescate de España y del mundo. A sus oraciones tan poderosas ante el Corazón de Dios uniremos las nuestras con nuevo fervor y asiduidad, para pedir a Cristo Rey, por medio de la Virgen Inmaculada, Reina de España, que ampare a esa noble tierra y le devuelva la paz, que guarde y proteja a todo el pueblo fiel y a sus heroicos Pastores.

Dignaos, Eminencia Reverendísima, recibir el respetuoso homenaje y profunda veneración con que besa su sagrada Púrpura su humilde servidor en N. S. y Ntra. Señora.

†León Classe, Vicario Apostólico de Ruanda.

Lineline

Desde China

Misión católica. Ichang (Hupeh). Ichang, 31 de octubre de 1937.

Eminentísimo Señor:

A su debido tiempo llegó a nuestras manos la Carta Colectiva que los Obispos españoles escribieron y enviaron a los Obispos de todo el mundo sobre la actual guerra en ese Reino.

No hay católico ni amigo sincero de la noble nación española que no se alegre y os felicite ante la lúcida, objetiva exposición de los hechos, trazada “sine ira et studio”, con plena claridad cristiana y ánimo sereno.

Hace tiempo, ciertamente, que se echaba de menos y se esperaba una solemne declaración como ésa, por la eficacia que había de tener en confirmar el ánimo de los buenos y neutralizar la ponzoña de las calumnias. “Esta Carta Colectiva es consuelo para los buenos, confusión para los enemigos y nota de infamia estampada en la frente del comunismo”.

Todos aquí, en China, nuestra patria, rogamos fervorosamente para que Dios fiel, os conceda aprovecharos de la tentación. A la vez, Eminencia, encomendad al Señor a China, afligida también con la guerra, a fin de que Dios, Óptimo, Máximo, conceda la paz a nuestros tiempos.

Con la reverencia debida, beso la Púrpura sagrada y me suscribo de V. Ema. humilde servidor en el Señor.

Nadal Gubbels, O. F. M., Vicario Apostólico

La Religiosa María Victoria: ¿Agnóstica o Impía?

20 miércoles Feb 2013

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victoriaHonda pena sentí al leer las declaraciones de la religiosa María Victoria, enviadas por un joven matrimonio contracorriente. Esta mujer de 76 años ha dicho que: “Cuando el Papa vino a la Sagrada Familia, se vio el papel que tiene la mujer en la Iglesia, limpiar lo que ensucia el Papa”. Consagrar un altar para esta señorita es ensuciar. Qué diferencia de trato con el sumo Pontífice de las santas que le llamaron el “Dulce Cristo en la tierra”. El papel, la misión de la religiosa en la Iglesia es ser esposa de Cristo. Después de tantos años no se ha enterado.

Otras palabras suyas: “Estoy segura de que si el Papa, hubiese hablado con las mujeres que yo he hablado, les diría que usaran preservativos”. Seguridad errónea, porque la Iglesia no puede contradecirse. A una prostituta que, al salir de la parroquia, me pidió que dijera una Misa por su madre. Le respondí: Tú también tienes que rezar por ella. Me respondió: Señor cura, lo hago todos los días, mi madre era una santa y a mí me educó cristianamente. La vida da muchos tumbos… Este trabajo de la prostitución es el más duro y asqueroso que existe, pero yo creo en Dios y en la Virgen. Nunca salgo a la calle a “trabajar” sin esto. Me enseña la palma de la mano y, en ella, grabada a bolígrafo una cruz de Cristo.

Sigue rezando otra frasecita de la religiosa, que ha cambiado el hábito por los pantalones tejanos: “Cuando no haya curas, la Iglesia aceptará que las mujeres digan misa”. Profeta endiablada, digo yo. La mujer más santa que todos los santos del Cielo y la tierra juntos, la Madre de Dios, María Santísima, no fue sacerdote, porque su divino Hijo sólo quiso que lo sean los hombres.

“No tengo problemas para llegar a fin de mes porque (en la comunidad) vivimos en el comunismo, el auténtico comunismo”. Lo dice  y se queda tan pancha. Lo que vive su comunidad en lo que enseñó Jesucristo y desde la primitiva Iglesia, se viene practicando incesantemente en conventos, monasterios, congregaciones religiosas: La caridad cristiana, concretada en los votos de obediencia, castidad y pobreza. Pobreza abrazada libremente, por amor a Cristo y a los pobres. No la pobreza impuesta por los mandarines del comunismo al pueblo juzgado, mientras los comunistas vivían y viven, como reyes y faraones. El comunismo es el capitalismo más salvaje que ha existido en la historia de la humanidad, la ideología más antihumana y antidivina.

Y la última bufonada de esa boquita impía es de una dureza infernal: “Del otro mundo no se nada. En este sentido soy agnóstica, el agnosticismo es esto: no saber nada. Pero aunque no haya nada en el otro mundo, amar ya me ha hecho muy feliz.” ¿En que Biblia ha mamado su fe esta mujer?. Es de fe divina revelada en la Sagrada Escritura, la existencia del Cielo y del infierno. Cuando Cristo dice: “Venid, benditos de mi Padre a tomad posesión del reino… apartaos de Mi, malditos al fuego eterno, preparada para el diablo y para sus ángeles”. Está diciendo que hay un cielo, donde los que se salvan son felices eternamente; y un infierno donde los que se condenan, sufren eternamente: Estas dos verdades reveladas por Dios, la Iglesia, voz de Dios en la tierra, las ha definido como dogmas que hay que saber y creer para salvarse.

Esta “teresiana”, de la congregación religiosa de Santa Teresa de Jesús, fundada por San Enrique de Ossó, ¿no ha leído nada de su fundador? Fue uno de los grandes predicadores de los novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria. En su libro “Un cuarto de hora de oración”, habla de la eternidad de las penas que sufren los condenados en el infierno y de la felicidad que gozan los bienaventurados en el Cielo: “Lo mismo será eterna la gloria del cielo que los tormentos del infierno… Eterno el fuego… eterno el gusano roedor de la conciencia… eterno el cuerpo… eterna el alma… eterno el decreto de Dios… eterna su ira que enciende el fuego del infierno… eterna la pena, porque la culpa lo será también… continúa será la pena, sin interrupción, … sin tregua ni descanso”.

Y la ¿Misericordia Divina? Contesta Santo Tomás de Aquino: “Dios en sí mismo es de una misericordia sin límites, sin embargo, ésta regulada por la sabiduría y de ahí que no se extienda a cuantos se han hecho indignos de ella, es a saber: a los demonios y a los condenados obstinados en su malicia. Puede decirse, no obstante que la misericordia divina se ejerce incluso para con ellos, no para poner fin a sus penas, si no para castigarlos menos de cuanto merecen” (Suma teológica, Supl. 9. 21, a 4)

No conozco ninguna revelación privada del infierno más impresionante que la manifestada por la Misericordia Divina a Santa Faustina Kowalska: “Lo que he escrito es nada más reflejo de las cosas que yo vi. Pero noté una cosa, que la mayoría de las almas que estaban allí, eran aquellas que no creyeron que existía el infierno”. Lean el diario de la santa que dice: “Yo rezo aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”

Es lo que la Virgen pidió en Lourdes y en Fátima: rezad por los pecadores, porque muchos van al infierno porque no hay quien rece y se sacrifiquen por ellos.

P. Manuel Martínez Cano, mCR 

Renacer a la Vida Sobrenatural

09 miércoles Ene 2013

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humanismo_3El cristiano debe santificar su vida personal, familiar, laboral y social. Las actividades humanas, que por sí mismas tienen su propia autonomía, no son independientes de Dios. Una política sin Dios, no puede solucionar los problemas humanos y sociales. La ciencia y la técnica no hacen a los hombres mejores. No hay auténtico humanismo sin Dios. Sin la gracia de Dios, el hombre no puede santificarse, ni cumplir con sus obligaciones: quitad lo sobrenatural y sólo quedará lo antinatural (Chesterton). Desde la creación de Adán y Eva, hay una lucha constante entre los hijos de Dios y los hijos de las Tinieblas. El diablo y sus secuaces persiguen y tientan a los hombres para que se aparten de Dios. Por el pecado original tendemos hacia el mal, pero con las gracias actuales que recibimos podemos hacer el bien y santificarnos. La mayor desgracia para el hombre es vivir en pecado mortal.

El renacimiento que exaltó la naturaleza humana y despreció la vida sobrenatural; el protestantismo con su explosión de orgullo y pesimismo; la Revolución Francesa, que separa definitivamente la política del orden establecido por Dios; son fracasos históricos del hombre que han confinado con el comunismo, intrínsecamente perverso; el narcisismo pagano; el socialismo inhumano y el liberalismo del non serviam y su capitalismo salvaje. Todas estas ideologías han pervertido el orden natural y sobrenatural establecido por Dios. Así ha llegado hasta nuestros días la corrupción y confusión que nos envuelve a todos.

El cardenal francés Pie decía: se ha ensayado todo. ¿No habrá llegado la hora de ensayar la verdad?. Cardenal PieLa mayor obcecación del hombre, el peor pecado es no vivir en la única verdad. La verdad que perfecciona al hombre y lo eleva a la vida sobrenatural: la verdad evangélica.

El venerable Papa Pablo VI decía: El cristianismo tiene la virtud de infundir esperanza y de dar vida, y no sólo en un orden propio, el religioso y sobrenatural, sino de infundirla también en el orden profano y natural.

La nueva evangelización nos apremia, combatamos los nobles combates de la fe; ¡por Cristo, por María, por España, más, más y más!

 P. Manuel Martínez Cano, mCR.   

 ** LOS MIÉRCOLES, DÍA DE SAN JOSÉ, DIOS MEDIANTE, SON PUBLICADOS NUEVOS ARTÍCULOS **

Carta Colectiva del Episcopado Español 1-7-1937 (III)

02 miércoles Ene 2013

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bien comun, comunismo, España, guerra, iglesias, justicia, octubre, octubre de 1934, paz, quema, religion, revolucion, rusia, sacerdotes

Orientaciones Episcopales

Carta Colectiva del Episcopado Español 1-7-1937 (III)          Ave María- Marzo 2007

 

4.- EL QUINQUENIO QUE PRECEDIÓ A LA GUERRA

Afirmamos, ante todo, que esta guerra la han acarreado la temeridad, los errores, tal vez la malicia o la cobardía de quienes hubiesen podido evitarla gobernando la nación según justicia.

Dejando otras causas de menor eficiencia, fueron los legisladores de 1931 y luego el poder ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno los que se empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país. La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia nacional.

Anulados los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida social, que es la religión. El pueblo español, que en su mayor parte mantenía viva la fe de sus mayores, recibió con paciencia invicta los reiterados agravios hechos a su conciencia por leyes inicuas; pero la temeridad de sus gobernantes había puesto en el alma nacional, junto con el agravio, un factor de repudio y de protesta contra un poder social que había faltado a la justicia más fundamental, que es la que se debe a Dios y a la conciencia de los ciudadanos.

Junto con ello, la autoridad, en múltiples y graves ocasiones, resignaba en la plebe sus poderes. Los incendios de los templos de Madrid y provincias en mayo de 1931, las revueltas de octubre de 1934, especialmente en Cataluña y Asturias, donde reinó la anarquía durante dos semanas; el período turbulento que corre de febrero a julio de 1936, durante el cual fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se cometieron cerca de 3000 atentados graves de carácter político y social, presagiaban la ruina total de la autoridad pública, que se vio sucumbir con frecuencia a la fuerza de poderes ocultos que mediatizaban sus funciones.

Nuestro régimen político de libertad democrática se desquició, por arbitrariedades de la autoridad del Estado y por coacción gubernamental que trastocó la voluntad popular, constituyendo una máquina política en pugna con la mayoría de la nación, dándose el caso, en las últimas elecciones parlamentarias, febrero de 1936, de que, con más de medio millón de votos de exceso sobre las izquierdas, obtuviesen las derechas 118 diputados menos que el Frente Popular, por haberse anulado caprichosamente las actas de provincias enteras, viciándose así en su origen la legitimidad del Parlamento.

Y a medida que se descomponía nuestro pueblo por la relajación de los vínculos sociales y se desangraba nuestra economía y se alteraba sin tino el ritmo del trabajo y se debilitaba maliciosamente la fuerza de las instituciones de defensa social, otro pueblo poderoso, Rusia, empalmando con los comunistas de aquí, por medio del teatro y del cine, con ritos y costumbres exóticas, por la fascinación intelectual y el soborno material, preparaba el espíritu popular para el estallido de la revolución, que se señalaba casi a plazo fijo.

Inseparables

El 27 de febrero de 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, el Komintern ruso decretaba la revolución española y la financiaba con exorbitantes cantidades. El 1 de mayo siguiente, centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid “para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para la próxima revolución”. El 16 del mismo mes se reunían en la Casa del Pueblo de Valencia representantes de la URSS con delegados españoles de la III Internacional, resolviendo, en el noveno de sus acuerdos: “Encargar a uno de los radios de Madrid, el designado con el número 25, integrado por agentes de policía en activo, la eliminación de los personajes políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la contrarrevolución”. Entre tanto, desde Madrid a las aldeas más remotas, aprendían las milicias revolucionarias la instrucción militar y se las armaba copiosamente, hasta el punto de que al estallar la guerra contaban con 150.000 soldados de asalto y 100.000 de resistencia.

Os parecerá, Venerables Hermanos, impropia de un Documento episcopal la enumeración de estos hechos. Hemos querido sustituirlos a las razones de derecho político que pudiesen justificar un movimiento nacional de resistencia. Sin Dios, que debe estar en el fundamento y en la cima de la vida social; sin autoridad, a la que nada puede sustituir en sus funciones de creadora del orden y mantenedora del derecho ciudadano; con la fuerza material al servicio de los sin-Dios y sin conciencia, manejados por agentes poderosos de orden internacional, España debía deslizarse hacia la anarquía, que es lo contrario del bien común y de la justicia y orden social. Aquí han venido a parar las regiones españolas en que la revolución marxista ha seguido su curso inicial.

Estos son los hechos. Cotéjese con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en su justo juicio. Nadie podrá negar que al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común -la religión, la justicia, la paz- estaba gravemente comprometida y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos, reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejamos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.

Respondemos a un reparo, que una revista extranjera concreta al hecho de los sacerdotes asesinados y que podría extenderse a todos los que constituyen este inmenso trastorno social que ha sufrido España. Se refiere a la posibilidad de que, de no haberse producido el alzamiento, no se hubiese alterado la paz pública:

A pesar de los desmanes de los rojos –leemos-, queda en pie la verdad de que si Franco no se hubiese alzado, los centenares o millares de sacerdotes que han sido asesinados hubiesen conservado la vida y hubiesen continuado haciendo en las almas la obra de Dios. No podemos suscribir esta afirmación, testigos como somos de la situación de España al estallar el conflicto. La verdad es lo contrario; porque es cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se gestaba y que habría estallado en todo el país si en gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico como el de los derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del comunismo. Era por enero último cuando un dirigente anarquista decía al mundo por radio: Hay que decir las cosas tal y como son, y la verdad no es otra que la de que los militares se nos adelantaron para evitar que llegáramos a desencadenar la revolución.

Quede, pues, asentado, como primera afirmación de este escrito, que un quinquenio de continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso y social puso en gravísimo peligro la existencia misma del bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo español; que estaba en la conciencia nacional que, agotados ya los medios legales, no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz; que poderes extraños a la autoridad tenida por legítima decidieron subvertir el orden constituido e implantar violentamente el comunismo; y por fin, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a España más que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en la regiones donde no triunfó el movimiento nacional, o intentar, en esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar los principios fundamentales de su vida social y de sus características nacionales.

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