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El Beato Pere Tarrés y Franco

09 miércoles Ene 2013

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beato-pedro-tarresOfrezco la siguiente lectura espiritual histórica a Monseñor Xavier Novell, Miró Ardèvol y a todos los habitantes del mundo universal.

En 1938, Pere Tarrés tenía 33 años y vivía en Barcelona; pertenecía, como miembro destacado y ferviente a Jóvenes cristianos de Cataluña, Asociación perseguida y disuelta por los defensores de las libertades democráticas; por los demócratas de toda la vida, como se llaman ahora a sí mismos. A los 23 años había hecho voto de castidad perfecta y se confirmaba en su vocación sacerdotal. Terminada la guerra de España –Cruzada para los católicos– ingresó en el seminario y fue ordenado sacerdote.

El joven Pere Tarrés fue movilizado por el ejército republicano de Cataluña el 27 de marzo de 1938. Desde ese día hasta el 26 de enero de 1939 dócil a un consejo recibido escribió El meu diari de guerra, escrito en catalán. La editorial de Barcelona, Casals, publicó tres ediciones en catalán y una en español. El prólogo del libro está escrito por el Arzobispo de Barcelona, cardenal Narcís Jubany, el 24 de septiembre de 1987. Durante varios años, el Cardenal y el Beato, fueron compañeros en la residencia sacerdotal de Balmesiana.

Transcribimos los dos últimos días del diario de guerra del Beato Pere Tarrés.

25 de enero:

«Vivimos horas de emoción. Se acerca la hora de la redención para Cataluña.» Pendientes de la radio. Noticias del avance de los «facciosos». Los centros oficiales abandonan Barcelona. «Todo el mundo desea que llegue pronto la hora de la liberación.»

Se refugia en casa de un amigo. Vida espiritual. «Virgen María, pronto resonarán las salves en tu honor por todas las calles y plazas; muy pronto serán rehechos tus templos y capillas y ermitas. Madre mía, que te alaben todos los pueblos, todos los hombres y sobre todo España, y de España, Cataluña. Que pronto regresen a Montserrat tus monjes…» «Ha podido escapar también del infierno rojo mi amigo Montfort, por quien estaba preocupado.»

rosariodeliberacion26 de enero:

Noticias. Ruido de combate. «La misma expectación de ayer, pero todavía más fuerte. Casi temblaba de emoción. ¡Dios mío, salva a la Patria! Cuando pienso que todo este ruido es el mismo que oía antes de ocupar los pueblos de Cataluña en los que hacíamos resistencia, y que ahora lo oigo a las puertas de Barcelona, no sé qué me ocurre de tanta alegría…» «El ruido se acerca… ¡Se acerca la primavera y con ella la tan suspirada paz y el restablecimiento del Reino de Cristo!»

Los partidos comunista, socialista, CNT, invitan al pueblo a la resistencia… «Palabras que caían en el vacío… Casi daba risa. ¡Quién quieren que se levante, si toda la juventud ha sido asesinada o ha muerto en la guerra! ¿Quién puede levantarse para defender un terrible régimen de tiranía y de terror bajo la estrella roja y la bandera roja y negra o encarnada, del odio a muerte y la lucha de clases?»

«Estoy convencido de que se acercan para España horas de gloria y de luz y de reconciliación, de fuerza creadora.» «Estoy convencido de que renacerá la llama viva del cristianismo, más viva que nunca.»

«Son las cuatro de la tarde. Vivimos momentos únicos. Momentos de emoción sublime. Saltaría de gozo. Lloraría de alegría.» Noticias de que han comenzado a entrar… «Barcelona reconquistada para España y para Cristo. Barcelona liberada del infierno rojo. El marxismo, bajo todos los aspectos, ha sufrido el golpe más decisivo. Cataluña, Cataluña está ya salvada…»

«Dios mío, ¿es posible que llegue la hora de la liberación?… Cuando todo parecía hundido, Tú has resurgido lleno de gloria. ¡Señor, es tu gloria lo único que me interesa…! ¡Dios mío, Dios mío, gracias por haberme permitido presenciar tanto gozo, la alegría de un pueblo que resucita!…»

Noticia de la «entrada del Ejército Nacional liberador de España en las Ramblas. Ha sido algo grandioso. A los gritos de «Arriba España» y «Viva Franco»… han anunciado a los cuatro vientos la conquista de Barcelona… La emoción y el entusiasmo populares han lanzado a la calle han sido formidables. No he podido resistir la alegría… hemos salido a la calle… La gente aclamaba por la calle a las tropas y las columnas motorizadas que iban llegando, aclamando a Franco y a la España única, libre y grande. Nos abrazábamos en plena calle. La gente te paraba en medio de felicitaciones y gritos de alegría… ¡Ha sufrido tanto Cataluña! ¡Ha llegado la hora de su liberación!…» Rezo ante el Santísimo. Encuentro de amigos… El padre Torrents «nos ha recibido lleno de alegría».

liberacion bcn

Tarrés da vivas a Cristo Rey, a la Virgen de Montserrat, a la Purísima, Patrona de España. «Me he sentido profundamente español y nunca como hoy me sale del corazón un grito bien alto de: ¡Viva España! ¡Viva Cataluña española! España está destinada a ser una gran fuerza. Ella será el nuevo hogar del cristianismo. Dios mío, ilumina a Franco y los otros dirigentes, para que todos sus actos estén informados por las doctrinas de amor y de paz cristianas, como hasta ahora.»

«¡Dios mío, salva a la Patria… Que estos años de sufrimientos sirvan para tu gloria y para la santificación de mi alma.»

«Los generales del Ejército han pronunciado ahora una alocución formidable, que ha encendido nuestro corazón, hablando de amor, de paz y de justicia.»

«Virgen María…, continúa velando por nuestra Patria… Hazme un gran apóstol… Consuela a tantas madres…» «Jesús mío, te ofrezco a Ti todo este sufrimiento, este sufrimiento colectivo…»

«¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España cristiana! ¡Viva Cataluña española!»

«Y pongo fin a mi Diario de guerra.»

18julio2

P. Manuel Martínez Cano, mCR

** LOS MIÉRCOLES, DÍA DE SAN JOSÉ, DIOS MEDIANTE, SON PUBLICADOS NUEVOS ARTÍCULOS **

Renacer a la Vida Sobrenatural

09 miércoles Ene 2013

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humanismo_3El cristiano debe santificar su vida personal, familiar, laboral y social. Las actividades humanas, que por sí mismas tienen su propia autonomía, no son independientes de Dios. Una política sin Dios, no puede solucionar los problemas humanos y sociales. La ciencia y la técnica no hacen a los hombres mejores. No hay auténtico humanismo sin Dios. Sin la gracia de Dios, el hombre no puede santificarse, ni cumplir con sus obligaciones: quitad lo sobrenatural y sólo quedará lo antinatural (Chesterton). Desde la creación de Adán y Eva, hay una lucha constante entre los hijos de Dios y los hijos de las Tinieblas. El diablo y sus secuaces persiguen y tientan a los hombres para que se aparten de Dios. Por el pecado original tendemos hacia el mal, pero con las gracias actuales que recibimos podemos hacer el bien y santificarnos. La mayor desgracia para el hombre es vivir en pecado mortal.

El renacimiento que exaltó la naturaleza humana y despreció la vida sobrenatural; el protestantismo con su explosión de orgullo y pesimismo; la Revolución Francesa, que separa definitivamente la política del orden establecido por Dios; son fracasos históricos del hombre que han confinado con el comunismo, intrínsecamente perverso; el narcisismo pagano; el socialismo inhumano y el liberalismo del non serviam y su capitalismo salvaje. Todas estas ideologías han pervertido el orden natural y sobrenatural establecido por Dios. Así ha llegado hasta nuestros días la corrupción y confusión que nos envuelve a todos.

El cardenal francés Pie decía: se ha ensayado todo. ¿No habrá llegado la hora de ensayar la verdad?. Cardenal PieLa mayor obcecación del hombre, el peor pecado es no vivir en la única verdad. La verdad que perfecciona al hombre y lo eleva a la vida sobrenatural: la verdad evangélica.

El venerable Papa Pablo VI decía: El cristianismo tiene la virtud de infundir esperanza y de dar vida, y no sólo en un orden propio, el religioso y sobrenatural, sino de infundirla también en el orden profano y natural.

La nueva evangelización nos apremia, combatamos los nobles combates de la fe; ¡por Cristo, por María, por España, más, más y más!

 P. Manuel Martínez Cano, mCR.   

 ** LOS MIÉRCOLES, DÍA DE SAN JOSÉ, DIOS MEDIANTE, SON PUBLICADOS NUEVOS ARTÍCULOS **

Carta Colectiva del Episcopado Español 1-7-1937 (III)

02 miércoles Ene 2013

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bien comun, comunismo, España, guerra, iglesias, justicia, octubre, octubre de 1934, paz, quema, religion, revolucion, rusia, sacerdotes

Orientaciones Episcopales

Carta Colectiva del Episcopado Español 1-7-1937 (III)          Ave María- Marzo 2007

 

4.- EL QUINQUENIO QUE PRECEDIÓ A LA GUERRA

Afirmamos, ante todo, que esta guerra la han acarreado la temeridad, los errores, tal vez la malicia o la cobardía de quienes hubiesen podido evitarla gobernando la nación según justicia.

Dejando otras causas de menor eficiencia, fueron los legisladores de 1931 y luego el poder ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno los que se empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país. La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia nacional.

Anulados los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida social, que es la religión. El pueblo español, que en su mayor parte mantenía viva la fe de sus mayores, recibió con paciencia invicta los reiterados agravios hechos a su conciencia por leyes inicuas; pero la temeridad de sus gobernantes había puesto en el alma nacional, junto con el agravio, un factor de repudio y de protesta contra un poder social que había faltado a la justicia más fundamental, que es la que se debe a Dios y a la conciencia de los ciudadanos.

Junto con ello, la autoridad, en múltiples y graves ocasiones, resignaba en la plebe sus poderes. Los incendios de los templos de Madrid y provincias en mayo de 1931, las revueltas de octubre de 1934, especialmente en Cataluña y Asturias, donde reinó la anarquía durante dos semanas; el período turbulento que corre de febrero a julio de 1936, durante el cual fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se cometieron cerca de 3000 atentados graves de carácter político y social, presagiaban la ruina total de la autoridad pública, que se vio sucumbir con frecuencia a la fuerza de poderes ocultos que mediatizaban sus funciones.

Nuestro régimen político de libertad democrática se desquició, por arbitrariedades de la autoridad del Estado y por coacción gubernamental que trastocó la voluntad popular, constituyendo una máquina política en pugna con la mayoría de la nación, dándose el caso, en las últimas elecciones parlamentarias, febrero de 1936, de que, con más de medio millón de votos de exceso sobre las izquierdas, obtuviesen las derechas 118 diputados menos que el Frente Popular, por haberse anulado caprichosamente las actas de provincias enteras, viciándose así en su origen la legitimidad del Parlamento.

Y a medida que se descomponía nuestro pueblo por la relajación de los vínculos sociales y se desangraba nuestra economía y se alteraba sin tino el ritmo del trabajo y se debilitaba maliciosamente la fuerza de las instituciones de defensa social, otro pueblo poderoso, Rusia, empalmando con los comunistas de aquí, por medio del teatro y del cine, con ritos y costumbres exóticas, por la fascinación intelectual y el soborno material, preparaba el espíritu popular para el estallido de la revolución, que se señalaba casi a plazo fijo.

Inseparables

El 27 de febrero de 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, el Komintern ruso decretaba la revolución española y la financiaba con exorbitantes cantidades. El 1 de mayo siguiente, centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid “para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para la próxima revolución”. El 16 del mismo mes se reunían en la Casa del Pueblo de Valencia representantes de la URSS con delegados españoles de la III Internacional, resolviendo, en el noveno de sus acuerdos: “Encargar a uno de los radios de Madrid, el designado con el número 25, integrado por agentes de policía en activo, la eliminación de los personajes políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la contrarrevolución”. Entre tanto, desde Madrid a las aldeas más remotas, aprendían las milicias revolucionarias la instrucción militar y se las armaba copiosamente, hasta el punto de que al estallar la guerra contaban con 150.000 soldados de asalto y 100.000 de resistencia.

Os parecerá, Venerables Hermanos, impropia de un Documento episcopal la enumeración de estos hechos. Hemos querido sustituirlos a las razones de derecho político que pudiesen justificar un movimiento nacional de resistencia. Sin Dios, que debe estar en el fundamento y en la cima de la vida social; sin autoridad, a la que nada puede sustituir en sus funciones de creadora del orden y mantenedora del derecho ciudadano; con la fuerza material al servicio de los sin-Dios y sin conciencia, manejados por agentes poderosos de orden internacional, España debía deslizarse hacia la anarquía, que es lo contrario del bien común y de la justicia y orden social. Aquí han venido a parar las regiones españolas en que la revolución marxista ha seguido su curso inicial.

Estos son los hechos. Cotéjese con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en su justo juicio. Nadie podrá negar que al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común -la religión, la justicia, la paz- estaba gravemente comprometida y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos, reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejamos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.

Respondemos a un reparo, que una revista extranjera concreta al hecho de los sacerdotes asesinados y que podría extenderse a todos los que constituyen este inmenso trastorno social que ha sufrido España. Se refiere a la posibilidad de que, de no haberse producido el alzamiento, no se hubiese alterado la paz pública:

A pesar de los desmanes de los rojos –leemos-, queda en pie la verdad de que si Franco no se hubiese alzado, los centenares o millares de sacerdotes que han sido asesinados hubiesen conservado la vida y hubiesen continuado haciendo en las almas la obra de Dios. No podemos suscribir esta afirmación, testigos como somos de la situación de España al estallar el conflicto. La verdad es lo contrario; porque es cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se gestaba y que habría estallado en todo el país si en gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico como el de los derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del comunismo. Era por enero último cuando un dirigente anarquista decía al mundo por radio: Hay que decir las cosas tal y como son, y la verdad no es otra que la de que los militares se nos adelantaron para evitar que llegáramos a desencadenar la revolución.

Quede, pues, asentado, como primera afirmación de este escrito, que un quinquenio de continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso y social puso en gravísimo peligro la existencia misma del bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo español; que estaba en la conciencia nacional que, agotados ya los medios legales, no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz; que poderes extraños a la autoridad tenida por legítima decidieron subvertir el orden constituido e implantar violentamente el comunismo; y por fin, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a España más que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en la regiones donde no triunfó el movimiento nacional, o intentar, en esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar los principios fundamentales de su vida social y de sus características nacionales.

Carta Colectiva del Episcopado Español 1-7-1937 (I)

19 miércoles Dic 2012

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Ave María, cruzada, Episcopado Español, España, guerra civil, obispos, Patria

A continuación publicaré la primera parte de la Carta Colectiva del Episcopado Español del día 1 de Julio de 1937. Cada semana, Dios mediante, una nueva parte del texto a fin de poder completarlo íntegramente.

Orientaciones Episcopales

Carta Colectiva del Episcopado Español 1-7-1937 (I)                  Ave María-Enero 2007

 VENERABLES  HERMANOS:

1.-  RAZÓN  DE  ESTE  DOCUMENTO.

Suelen los obispos católicos ayudarse mutuamente en días de tribulación, en cumplimiento de la ley de caridad y de fraternidad que une en un cuerpo místico a cuantos comulgamos en el pensamiento y amor de Jesucristo. Órgano natural de este intercambio espiritual son los obispos, a quienes puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. España, que pasa una de las más grandes tribulaciones de su historia, ha recibido múltiples manifestaciones de afecto y condolencia del Episcopado católico extranjero, ya en mensajes colectivos, ya de muchos obispos en particular. Y el Episcopado español, tan terriblemente probado en sus miembros, en sus sacerdotes y en sus Iglesias, quiere hoy corresponder con este Documento colectivo a la gran caridad que se nos ha manifestado desde todos los puntos de la Tierra.

Nuestro país sufre un trastorno profundo: no es sólo una guerra civil cruentísima la que nos llena de tribulación; es una conmoción tremenda la que sacude los mismos cimientos de la vida social y ha puesto en peligro hasta nuestra existencia como nación. Vosotros lo habéis comprendido, Venerables Hermanos, y vuestras palabras y vuestro corazón se nos han abierto, diremos con el Apóstol, dejándonos ver las entrañas de vuestra caridad para con nuestra patria querida. Que Dios os lo premie.

Pero con vuestra gratitud, Venerables Hermanos, debemos manifestaros nuestro dolor por el desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre. Es un hecho, que nos consta por documentación copiosa, que el pensamiento de un gran sector de opinión extranjera está disociado de la realidad de los hechos ocurridos en nuestro país. Causas de este extravío podrían ser el espíritu anticristiano, que ha visto en la contienda de España una partida decisiva en pro o contra de la religión de Jesucristo y la civilización cristiana; la corriente opuesta de doctrinas políticas que aspiran a la hegemonía del mundo; la labor tendenciosa de fuerzas internacionales ocultas; la antipatria, que se ha valido de españoles ilusos que, amparándose en el nombre de católicos, han causado enorme daño a la verdadera España. Y lo que más nos duele es que una buena parte de la Prensa católica extranjera haya contribuido a esta desviación mental, que podría ser funesta para los sacratísimos intereses que se ventilan en nuestra patria.

Casi todos los Obispos que suscribimos esta Carta hemos procurado dar a su tiempo la nota justa del sentido de la guerra.

Agradecemos a la Prensa católica extranjera el haber hecho suya la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que debieron ser ejemplo de respeto y acatamiento a la voz de los Prelados de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado.

Ello obliga al Episcopado español a dirigirse colectivamente a los Hermanos de todo el mundo, con el único propósito de que resplandezca la verdad, oscurecida por ligereza o por malicia, y nos ayude a difundirla. Se trata de un punto gravísimo en que se conjugan no los intereses políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la religión, la justicia, la autoridad y la libertad de los ciudadanos.

Cumplimos con ello, junto con nuestro oficio pastoral -que importa ante todo el magisterio de la verdad-, con un triple deber de religión, de patriotismo y de humanidad. De religión, porque testigos de las grandes prevaricaciones y heroísmos que han tenido escena en nuestro país, podemos ofrecer al mundo lecciones y ejemplos que caen dentro de nuestro ministerio episcopal y que habrán de ser provechosos a todo el mundo; de patriotismo, porque el Obispo es el primer obligado a defender el buen nombre de su patria,» terra patrum», por cuanto fueron nuestros venerables predecesores los que formaron la nuestra, tan cristiana como es, engendrando a sus hijos para Jesucristo por la predicación del Evangelio; de humanidad, porque ya que Dios ha permitido que fuese nuestro país el lugar de experi­mentación de ideas y procedimientos que aspiran a conquistar el mundo, quisiéramos que el daño se redujese al ámbito de nuestra patria y se salvaran de la ruina las demás naciones.

2.- NATURALEZA DE LA CARTA.

Este Documento no será la demostración de una tesis, sino una simple exposición, a grandes líneas, de los hechos que caracterizan nuestra guerra y le dan su fisonomía histórica. La guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e histórico. No sería difícil el desarrollo de puntos fundamentales de doctrina aplicada a nuestro momento actual. Se ha hecho ya copiosamente, hasta por algunos de los Hermanos que suscriben esta Carta. Pero estamos en tiempos de positivismo calculador y frío, y, especialmente, cuando se trata de hechos de tal relieve histórico como se han producido en esta guerra, lo que se quiere, -se nos ha requerido cien veces desde el extranjero en este sentido-son hechos vivos y palpitantes que, por afirmación o contraposición, den la verdad simple y justa.

Por eso tiene este Escrito un carácter asertivo y categórico de orden empírico. Y ello en sus dos aspectos: el de juicio que solidariamente formulamos sobre la estimación legítima de los hechos; y el de afirmación per oppositum, con que deshacemos con toda caridad las afirmaciones falsas o las interpretaciones torcidas con que haya podido falsearse la historia de este año de vida de España.

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