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Matías Cluet Miceli
Durante un tiempo solía confesarme en una parroquia de la diócesis de Barcelona y en una ocasión el sacerdote me dijo que el infierno no existía. Ante mi insistencia y su claro malestar, terminó corrigiendo su desafortunada aserción con una no menos desafortunada frase: «Bueno…y si existe está vacío». De este modo, el sacerdote que me tenía que confesar a mí, terminó confesando él mismo su propia falta de fe. Sigue leyendo