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Matías Cluet Miceli

images.jpgDurante un tiempo solía confesarme en una parroquia de la diócesis de Barcelona y en una ocasión el sacerdote me dijo que el infierno no existía. Ante mi insistencia y su claro malestar, terminó corrigiendo su desafortunada aserción con una no menos desafortunada frase: “Bueno…y si existe está vacío”. De este modo, el sacerdote que me tenía que confesar a mí, terminó confesando él mismo su propia falta de fe.

Hacía aproximadamente dos años que la Gracia de Dios había regenerado mi alma mediante las aguas bautismales, por lo que la extraña situación hizo que mi fe se tambaleara por momentos, pero la infinita misericordia de Jesucristo evitó que no declinara completamente.

Yo creía firmemente en la existencia del infierno, pero no fui lo suficientemente rápido y astuto para amonestar al sacerdote: “Pues si el infierno está vacío ¿que hace usted en un confesionario?”. También podía haberle recordado las veces que en la Biblia se mencionan las palabras infierno, hades, lago de fuego y gehena. O quizás remitirle a lo que enseña el Magisterio de la Iglesia desde hace más de doscientas décadas, citando el Catecismo de la Iglesia Católica 1 y concluyendo si cabe, con la contundente afirmación de Santo Tomás de Aquino: “lo que una vez es verdad, siempre será verdad” 2

Pero mi formación por aquel entonces era bastante precaria. Y reconozco que yo tampoco tenía muy claro qué era el Infierno y menos aún quién era realmente Jesucristo. Mi vida de piedad era más bien tibia y mi mentalidad estaba todavía muy contaminada de progresismo liberal. Tenía cierta devoción, pero bastante irregular en su lado práctico. Mi concepto de religión era un tanto sentimentaloide, aunque creía en la existencia del Infierno y del Demonio, figura ésta última también muy cuestionada en el mismo seno de la Iglesia (remito a las últimas declaraciones del P. Arturo Sosa, Superior General de la Compañía de Jesús, acerca del Demonio).

Mi alma ciertamente había conocido la vía ancha de la perdición, la que corresponde a quien está en manos de Satanás. Vía aquella, tan ancha y tan caótica como el mundo mal llamado moderno que nos ha tocado vivir. Pasaba el tiempo deambulando por el fácil pero tortuoso camino de las comodidades y la falta de compromisos, que es, como bien sabemos, lo contrario a la vía del sacrificio, al camino de la cruz, único sendero que conduce a la salvación.

Los pseudo-profetas más populares son los que predican esta vía ancha, tal y como hizo Lutero en su tiempo (“El profeta que le decía a la gente lo que quería oír era el más popular.” 3). La Sagrada Escritura advierte en varias ocasiones sobre el peligro de tales mentiras: “A veces surgían falsos profetas de entre el pueblo, lo mismo que habrá entre vosotros falsos maestros, hombres que introducirán insidiosamente herejías destructivas y negarán al Señor que los compró; al obrar así atraerán sobre sí mismos una pronta destrucción.” 4

La herejía que asoma desde el seno de la misma Iglesia, es una realidad mucho más extensa de lo que uno puede llegar a pensar. Este “humo de Satanás” que anunciaba Pablo VI, penetra en la Iglesia por una grieta que va ampliándose con el paso del tiempo. Las herejías modernas (compendiadas en el modernismo, término acuñado por San Pío X y que define la “síntesis de todas las herejías” 5) colaboran a ensanchar la vía ancha de la perdición y no son mas que reelaboraciones de las viejas herejías, que abundaron durante los primeros siglos de la Iglesia y que junto a la actual dictadura del relativismo (madre de todas las herejías contemporáneas) afloran y arremeten despiadadamente contra laicos, sacerdotes y religiosos.

Por todo ello y en un intento de salvar la proposición del prójimo, prefiero pensar que el sacerdote que me confesó, movido por amor a las almas y articulando apresuradamente su desafortunada sentencia, lo que en realidad quiso expresar fue su profundo deseo de que nadie se condene. Pero siendo realistas es muy probable que lo que soltó fue una pura y simple “burrada”, esbozada por los labios ignorantes de quien simplemente carece de luces, tal y como nos enseña Don Gil de la Pisa Antolín en su libro “Esto Vir”: “las herejías solamente las pueden soltar hombres inteligentes, el resto como mucho soltará burradas”.

El Infierno pues, es el lugar de los réprobos y muchos de los que se condenan precisamente acaban allí porque nunca creyeron en su existencia. 6 Es el lugar del fuego eterno, del sufrimiento sin fin. El lugar de quienes rechazaron todas la Gracias del Señor hasta la última gota.

Y si todavía cabe alguna duda respecto de su existencia, podemos aprovechar este año en el que celebramos el centenario de las apariciones de Fátima, como el momento quizás más oportuno para preguntarle a la Virgen Santísima si el Infierno existe o si está vacío, o sobre si la visión que mostró a los pastorcillos acerca de los terribles tormentos que allí padecen las almas era real o ficticia.

Preguntémosle a la Virgen pues, que ella cual Trono de Sabiduría tendrá seguro la respuesta adecuada y definitiva a todas nuestras inquietudes. Pero mientras tanto tratemos de llevar una vida de Gracia, por si resulta que al final Jesucristo, la Santa Iglesia Católica junto a todos los Padres y Doctores de la Iglesia, los santos teólogos y papas estuvieran en lo cierto, como lo están.

1 «Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”» (CCE 1033).

2 «Utrum enuntiabile, quod semel est verum, semper futurum esse verum. Ad secundum sic proceditur: videtur quod non oportet, enuntiabile quod semel est verum, semper futurum esse verum» (Quaestiones de quodlibet:12 cuestiones cuodlibéticas. Cuestión IV, Q. 9 art.2).

3 1 Reyes 22

4 2 Pedro 2:1

5 Ver encíclica “Pascendi Dominici gregis” (8/09/1907) de San Pío X

6 Santa Faustina Kowalska visitó los abismos del Infierno por una gracia especial de Dios y nos relata su experiencia diciendo: “Una cosa he notado, y es que la mayor parte de las almas que hay allí son almas que no creían que existía el infierno” (Diario di Santa Faustina, 741).