Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Pio IX.jpgHe leído, varias veces, declaraciones de políticos de distintos y distantes partidos que coinciden en afirmar: “Para nosotros la esencia misma de la democracia es la separación de la Iglesia y el Estado. El hecho de que la religión sea un asunto privado, absolutamente privado. Ésa es la batalla de la modernidad en Europa, el sacar la religión de la esfera pública”.

Es el ideal de la democracia, doctrina liberal, que Pío IX condenó en su alocución Acerbíssimum, el 27 de septiembre de 1852, recogida más tarde en el Sílabo, colección de los errores modernos, el 8 de diciembre de 1864. Las palabras textuales condenadas por el Papa son: “La Iglesia ha de separarse del Estado y el Estado de la Iglesia”.

La modernidad, que lucha para sacar la religión de la esfera pública de Europa, en realidad, es una diosa de la mitología contemporánea, que sacia su perversidad en los ríos de sangre humana que manaron de los campos de concentración nazis y comunistas y, en nuestros días, de los millones y millones de niños asesinados en clínicas abortivas, legalizadas por gobiernos de derechas, izquierdas y centro.

Esta Europa democrática, moderna, progresista y asesina, desprecia a la Iglesia que engendró con su fe y su esfuerzo titánico la Cristiandad, la sociedad cristiana que se regía por la Ley de Cristo. Aparte, la modernidad luciferina ha generado una sociedad amorfa y hedonista, soberbiamente encerrada en sí misma que, como los ángeles caídos, grita frenéticamente “¡Non serviam!”. Grito satánico que recoge el eco de la historia, en labios de los que crucificaron a Cristo: “¡No queremos que éste reine sobre nosotros!”. Los parlamentos democráticos legalizan el aborto, el divorcio, la eutanasia, la homosexualidad, la pornografía… Pero de Dios nadie se burla: “No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los beodos, ni los maldicientes, ni los rapaces, poseerán el reino de Dios”, si no se arrepienten y se confiesan (1ª Cor 6, 9-10).

La modernidad ha emprendido la lucha, por medio de sus partidos políticos y sus agentes disolventes, para sacar la religión de la esfera pública, y reducirla a un asunto privado, absolutamente privado. Los hijos de la Iglesia, a las órdenes del Sumo Pontífice, debemos combatir los nobles combates de la fe, hasta conseguir que Cristo reine en los corazones, en las familias, en las naciones y en el mundo entero: “Porque el mundo ha sufrido y sufre este diluvio de males porque la inmensa mayoría de la humanidad ha rechazado a Cristo y su santísima ley en la vida privada, en la vida de familia y en la vida pública del Estado; y es imposible toda esperanza segura de una paz internacional verdadera mientras los individuos y los Estados nieguen obstinadamente el reinado de nuestro Salvador… No nieguen, pues, los gobernantes de los Estados el culto debido de veneración y obediencia al poder de Cristo, tanto personalmente como públicamente, si quieren conservar incólume su autoridad y mantener la felicidad y grandeza de sus patrias” (“Quas primas”, beato Pío XI).

Esta doctrina católica ha sido ratificada por todos los Papas y el Concilio Vaticano II. San Juan XXIII, en su encíclica “Mater et Magistra”, dice: “El aspecto más siniestramente típico de la época moderna consiste en la absurda tentativa de querer reconstruir un orden temporal sólido y fecundo prescindiendo de Dios, único fundamente en que puede sostenerse… Sin embargo, la experiencia cotidiana, en medio de los desengaños más amargos y aun entre formas sangrientas, sigue atestiguando lo que afirma el libro inspirado: “Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los que la edifican”.

San Juan Pablo II, que sufrió en sus propias carnes la violencia modernista, del nazismo y del comunismo, dijo: “Servid al hombre y a la humanidad entera. No temáis. Abrid más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su potestad salvadora los confines del Estado, tanto los sistemas económicos como los políticos, los campos extensos de la cultura, de la civilización y el desarrollo. No temáis”.

No temamos. Como hijos de la Inmaculada, luchemos bravamente por los derechos de Cristo y su Iglesia.

¡Viva Cristo Rey!  ¡Viva María Reina!