13351938-mapa-de-espana (2)La virtud de la piedad es un hábito sobrenatural que nos inclina a dar a los padres y a la patria el honor y servicio debidos. A Dios, como primer principio de nuestra vida, se le debe el culto especial que le tributa la virtud de la religión, como manda el primer mandamiento de la Ley de Dios. A la patria, como principio secundario de nuestra vida, se la debe honrar, como manda el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios
.

La piedad nos inculca honrar a la patria en cuanto principio secundario de nuestro ser, educación y gobierno. En este sentido se dice con verdad que la patria es nuestra madre.

La virtud del patriotismo nos inclina a amar la patria su historia, tradiciones, religión, cultura, geografía, idioma, bandera, himno, etc.

El Papa León XIII, en su encíclica Sapientiae Chistianae, dice: La ley natural nos impone la obligación de amar especialmente y defender el país en que hemos nacido y en que hemos sido criados, hasta el punto que todo buen ciudadano debe estar dispuesto a arrostrar incluso la misma muerte por su patria; mucho mayor es la obligación de los cristianos de tener la misma disposición de ánimo con respecto a la Iglesia. […] Por consiguiente, hemos de amar a la patria, que nos ha dado la vida mortal; pero debemos tener un amor más entrañable a la Iglesia, que nos ha comunicado la vida eternamente duradera del alma. […] Por lo demás si queremos tener un juicio exacto en esta materia, el amor sobrenatural de la Iglesia y el amor natural debido a la patria son dos amores que proceden de un mismo principio eterno, porque la causa y el autor de la Iglesia y de la patria es el mismo Dios. De lo cual se sigue que no puede darse contradicción entre estas dos obligaciones.

El cristiano debe amar su patria terrena. El amor hacia la patria es una virtud cristiana; sobre el ejemplo de Cristo, los primeros discípulos manifestaron siempre un profundo respeto y una limpia lealtad en relación con la patria terrena (Juan Pablo II, 5-X-1980).

Cultiven los ciudadanos con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero sin estrechez de espíritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el bien de toda la familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las razas, pueblos y naciones (Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, n. 75).

Es imposible llamarse plenamente cristiano si se niega uno a prestar a la patria los deberes que le son debidos. De igual modo todo servicio a la patria es engañoso cuando se aleja o se separa profundamente de Jesucristo (Jean Ousset).

La justicia legal es la virtud que mueve a los ciudadanos a dar a la sociedad todo aquello que es necesario para procurar el bien común de la nación. Esta virtud moral debe estar penetrada por la virtud de la caridad, que es la primera y más excelente de todas las virtudes cristianas, y así impregnar la vida del cristiano en orden al bien común de la patria. La justicia legal nos impulsa a fomentar el bien común de todos los compatriotas.

Amar a una y otra patria, la natural y la de la cuidad celestial, pero de tal manera que el amor de ésta ocupe lugar preferente en nuestro corazón, sin permitir jamás que a los derechos de Dios se antepongan los derechos del hombre, es el principal deber de los cristianos, y como fuente de donde se derivan todos los demás deberes (León XIII, Sapientiae Christianae, 14).

Los deberes para con la patria pueden reducirse a uno solo: el patriotismo, que es el amor y la piedad hacia la patria. Patriotismo que hemos recibido de nuestros mayores y que debemos transmitir a nuestros hijos.

Todo cristiano tiene el sagrado derecho y deber de amar a su patria. Juan Pablo II dijo en su primer viaje a Polonia (10-VI-1979): Me siento un Papa que tiene el sacrosanto derecho de compartir los sentimientos de su propia nación.

Las principales manifestaciones del amor a la patria son: amor de predilección, respeto y honor, servicio y defensa.

Al sano patriotismo se oponen dos pecados: el nacionalismo exagerado y el internacionalismo.

El nacionalismo que ensalza desordenadamente a la propia, como si fuera el bien supremo, y desprecia a los demás países con palabras o hechos, calumniosos e injustos, no es cristiano.

A los jóvenes reunidos en el Santuario de Loreto, Juan Pablo II les dijo: Queridos jóvenes: rechazad las ideologías obtusas y violentas, manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exacerbado (9-IX-1995).

El internacionalismo de los hombres sin patria, que desconocen la suya propia, con el pretexto de que el hombre es ciudadano del mundo, tampoco tiene raíces cristianas.

Las formas de internacionalismos más radicales y peligrosas, por sus derivaciones filosóficas, religiosas y sociales, la constituyen las internacionales socialista y comunista (inspiradas en las doctrinas de Carlos Marx) y la internacional liberal.

El cristiano debe manifestar públicamente su amor a la patria: Se encuentran a veces hoy ciudadanos poseídos de una especie de temor a mostrarse señaladamente leales a su patria. Como si el amor a su patria pudiera significar necesariamente el desprecio hacia los otros países, como si el deseo de ver a su patria bella y próspera en el interior, estimada y respetada en el extranjero, debiese ser inevitablemente una causa de aversión hacia los otros pueblos. Ciertamente, es necesario decir que no es el signo menor de la desorientación de los espíritus esta disminución del amor a la patria, a esta mayor familia que Dios nos ha dado… Hay incluso quienes evitan pronunciar hasta la palabra patria e intentan reemplazarla con otros nombres (Pío XII, 23-III-1958).

El amor patrio, cuando se ha sobrenaturalizado por el amor de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Dios y Señor toca las cumbres de la caridad cristiana. (Carta Colectiva del Episcopado Español, 1 de julio de 1937)

P. Manuel Martínez Cano, mCR

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