padre canoManuel Martínez Cano, mCR

La moral católica enseña que los actos homosexuales son pecados mortales de lujuria gravísimos. Si uno de los dos es persona consagrada a Dios, comete un sacrilegio carnal. Tome buena nota el sacerdote Krzysztof Charamsa y la secta homosexual infiltrada en la Iglesia. Todos se condenarán en el infierno, si antes de morir no se convierten.

Lujuria es el uso desordenado – inmoral – del placer sexual fuera del matrimonio, o dentro de él contra sus propias leyes morales. Es el pecado que más almas lleva al infierno como ha dicho la Beata Jacinta de Fátima.

En la visión de la flagelación del Señor, Santa Faustina Kowalska, contempló como azotaban a Jesús: sacerdotes, religiosos y religiosas y altos dignatarios de la Iglesia”. Cristo le dijo: “todo esto lo sufro por los pecados de la carne”, de la lujuria.

No. No es cosa sólo de apariciones y visiones. La Sagrada Escritura narra como Dios envió una lluvia de fuego sobre Sodoma y Gomorra. Todos sus habitantes murieron entre las llamas (Génesis 19, 1-29). Dios castigó con la muerte instantánea a Onán, porque interrumpió voluntariamente la unión sexual para acabar en polución. La palabra de Dios es tajante como una espada afilada: “No habrá prostitutas sagradas entre las hijas de Israel ni prostitutos sagrados entre los hijos de Israel” (Deuteronomio 23,17).

Quien muera con un solo pecado mortal se condena, va al infierno, a sufrir eternamente. San Alfonso Mª de Ligorio, patrón de los moralistas y de los ministros del sacramento de la penitencia, advierte: “Ahora vamos a tratar con disgusto de aquella materia cuyo solo nombre infecciona la mente de los hombres… ¡Ojalá más breve y más oscuramente pudiera explicarme! Pero, como ésta es la más frecuente y más abundante materia de las confesiones y por la que mayor número de almas caen en el infierno – más aún: no vacilo en afirmar que por este solo vicio o, al menos, no sin él, se condenan todos los que se condena – de ahí que sea necesario, para instrucción de los que desean la ciencia moral, explicarme con claridad (aunque de la manera más casta posible) y discutir algunas cosas particulares”.

La lujuria externa consumada, según la naturaleza es aquella de la que puede seguir la concepción de un niño: fornicación, violación, adulterio, incesto y sacrilegio carnal.

La lujuria contra naturaleza es la que no se puede conseguir la concepción de un niño: masturbación, onanismo, homosexualidad o sodomía y bestialidad.

Los pecados internos de lujuria son: los pensamientos directamente buscados y consentidos, los deseos impuros y el gozo de los pecados ya cometidos. Debemos tener muy presente que una cosa es “sentir y otra consentir”. “sentir no es consentir”.

Si al producirse el pensamiento impuro, al sentirlo, se consiente voluntaria y perfectamente en él, se comete pecado mortal; si el consentimiento es imperfecto se comete pecado venial; si se rechaza totalmente el placer – el sentir – no se comete ningún pecado.

Se ha dicho con razón que el aborto es peor que el terrorismo porque es un crimen abominable, una misa negra ofrecida a Satanás. Sí, el diablo odia la vida, que es el mayor don que Dios nos concede en el orden natural. El Vaticano II dice: “Por su índole natural, la propia institución del Matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole, con los que se ciñen con su corona propia” (Gaudium et Spes, 48). La anticoncepción también es demoníaca.

Dios bendijo al primer matrimonio de Adán y Eva y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla”. Muchos matrimonios de nuestros tiempos se han revelado contra Dios. No quieren tener hijos. A lo sumo uno o dos. La anticoncepción es un pecado mortal, porque es evitar por medios antinaturales – preservativos, píldoras, esterilización, dispositivos intrauterinos – la concepción de un nuevo ser, un nuevo hijo. Existe una regulación una regulación natural para engendrar hijos.

Pío XI, recordando a San Agustín enseña: “Porque ilícita e impúdicamente yace, aún con su mujer legitima, el que evita la concepción de la prole, que es lo que hizo Onán, hijo de Judá, por lo cual Dios le quitó la vida” (Casti Connubii, 56). Esta es la doctrina de Cristo, la doctrina de la Iglesia Católica. La generalización de los anticonceptivos en matrimonios y solteros es un ataque de los enemigos de Cristo y de la Iglesia programado por Satanás para destruir la familia y la vida humana.

El infierno existe. Basta con leer el Evangelio. Santa Faustina dice en su diario que “muchos están en el infierno porque no creyeron que existía el infierno”. Y San pablo, el gran perseguidor de los cristianos y de la iglesia de Cristo, nos advierte: “No os engañéis: ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas… poseerán el Reino de los Cielos” (1 Corintios 6, 9-10).

San Pablo se convirtió; y muchísimos santos y santas se convirtieron después de una vida de pecado. Los pecadores también podemos convertirnos y salvarnos. No es tan difícil. Acudamos al Refugio de los Pecadores. La Virgen es Nuestra Madre. Ella nos llevará al Cielo.