MariaIldefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

Sepultura. -Él triunfo de Ma­ría no había terminado con su santísima y envidiable muerte. -Semejante a su Hijo en todo también debía de serlo en la gloria de su sepulcro y en el triunfo de su Resurrección. -Él hombre, al morir, cae vencido por el poder inexorable de la muerte que le lleva a corromperse y a deshacerse en un sepulcro. -Por eso es tan frío… tan triste… tan humillante para nosotros el sepulcro. -Pero no fue así para Ma­ría…; su sepulcro no tuvo nada de repugnante y repulsivo. -Si es muy corriente ante el cadáver de una persona que ha muerto en olor de santidad, sentir gusto y cierto atractivo…, ¿qué no ocurriría ante aquel cuerpo muerto, si… pero siempre virgen e inmaculado de Ma­ría?…

Represéntate como mejor puedas la escena que se desarrollaría en el entierro de la Virgen. -¡Qué pena y qué desconsuelo para todos, al ver cerrados aquellos dulcísimos ojos…. enmudecidos aquellos labios que tantas palabras de consuelo pronunciaron…, inmóviles aquellas virgíneas manos que tantas bendiciones y gracias habían repartido… y a la vez qué consuelo… qué satisfacción…, qué gusto recibirían todos ante la placidez.., y el brillo sobrenatural de aquel cadáver…, con el perfume que exhalaba…. con el aroma que despedía y todo lo embalsamaba!

Mira a los Apóstoles y a todos los allí presentes, besar reverentes aquellas manos y aquellos pies… y despidiéndose de aquellos sagrados despojos, acompañarla al lugar de su sepultura…; encender antorchas…, quemar perfumes…, esparcir flores…, mientras los ángeles dejan oír sus celestiales cánticos, no de luto… ni de llanto…, sino de gloria triunfal.

Y así colocada como su Hijo, en un sepulcro nuevo, la dejaron los Apóstoles, quedando como guardianes del mismo, los ángeles del Cielo. -Quédate tú también a acompañar el santo cuerpo… y forma parte de los coros de los ángeles para cantar, con ellos las alabanzas a tu Madre. -Pídela que también, con los ángeles, las puedas cantar un día en el Cielo…

Incorrupción del cuerpo inmaculado. -Él triunfo de Ma­ría sobre la muerte exigía la incorrupción del sepulcro. -Esta gracia singular ha concedido Dios a muchos cuerpos de santos… ¿po­dría negársela a su Madre?… Con mucha razón dice el Damasceno: «¿Cómo iba a entrar la corrupción en un cuerpo de donde brotó la vida?»

María, se ha dicho, que es un Cristo comenzado por tanto, ¿cómo iba Él, que ya estaba en el Cielo sentado a la diestra del Padre rodeado de la majestad de la gloria divina a permitir que aquel cuerpo, que era algo suyo, fuera invadido de la corrupción del sepulcro?

Además, la corrupción del cuerpo tiene su razón de ser en el pecado…; éste es la semilla de aquélla… Por consiguiente, Ma­ría concebida sin pecado original., preservada de toda mancha y hasta de la sombra del pecado, tuvo que carecer de la más mínima corrupción… y, sobre todo, ¿cómo podía unirse la pureza virginal de aquel cuerpo inmaculado, con esa sucia y asquerosa corrupción?… ¿No merecía un premio especialísimo, aún aquí en la tierra, aquel cuerpo que fue el primero en consagrarse a Dios con el voto de virginidad? -El Ara del Testamento fue fabricada de madera incorruptible…, y aquello fue sólo una figura… La realidad es el alma, y el cuerpo incorruptible de Ma­ría…, Arca verdadera del Nuevo Testamento. -Suplica a la Virgen te dé a participar de esa incorruptibilidad del pecado, que es la que a ti más te importa…

La Resurrección. -Mas la misma incorrupción, era aun poco para terminar el triunfo definitivo de la Santísima Virgen. -Este complemento no podía ser otro, que la nueva vida de una resurrección gloriosa…, de una inmortalidad comunicada por el alma a su cuerpo, para vivir una vida que fuera como la de Cristo…, para nunca más morir. -Si hemos dicho que Ma­ría es un comienzo de Cristo…, y que por lo mismo no es posible separar a esta Madre de su Hijo…, resulta que era natural que Cristo terminara aquel estado de violencia, por decirlo así, en que Él se encontraba con relación a Ma­ría… al estar separados los dos, haciendo que resucitara cuanto antes… y que de nuevo se juntaran en el Cielo, los que íntimamente habían vivido unidos aquí en la tierra.

Además, el cuerpo de la Santísima Virgen, no fue en Ella, como en nosotros, ocasión de pecado…, ni en él se desbordaron jamás las pasiones…, ni en fin, hubo en él, la más pequeña rebeldía contra el espíritu… ¡Qué armonía! ¡Qué conjunto tan ordenado y perfecto formaron siempre el cuerpo y el alma de Ma­ría!… ¡Qué obediencia!… ¡Qué sumisión tan completa la de aquella carne purísima a aquel espíritu tan endiosado!… Pues justo era que no estuvieran separados ahora… sino que en premio de esa sumisión, volviera Dios a unirlos para que juntos continuaran sirviendo y alabando al Señor.

Imagínate, por tanto, aquel dichosísimo instante en que por la virtud y omnipotencia de su Hijo divino, el cuerpo de la Virgen, recibiendo de su alma una vida nueva, se levanta vivo…, glorioso…, triunfante del sepulcro… ¡Qué gozoso estaría aquel sacratísimo cuerpo, viéndose unido, ya inseparablemente a aquella alma benditísima!… ¡Cual sería su hermosura… si ya era tan hermosa, aun en su cuerpo, antes! -Contempla el estupor de los Apóstoles cuando de mañana, según costumbre en aquellos días, fueran a visitar el sepulcro y se encontraran tan sólo con el perfume que su cuerpo allí había dejado… ¡Cómo se renovaría en ellos la impresión de la Resurrección de Cristo!… ¡Cómo se alegrarían de que así hubiera resucitado a su Madre! -Alégrate también tú…, da otra vez la enhorabuena al Hijo y a la Madre, y pídeles de nuevo participación en aquella su unión inseparable… y eterna…, prometiéndoles no apartarte jamás de ellos, ni en las penas ni en las alegrías…, ni en la lucha, ni en el triunfo.