La misericordia de Dios y nuestra misericordia:
“Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. (Lucas 6, 36)
“Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad». (Éxodo 34,6)
“Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos». (Salmo 25,6)
“Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias: rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia». (Salmo 103, 3-4)
“Jesús al endemoniado de Gerasa: Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo». (Marcos 5, 19)
«Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia». (Mateo 5, 7)
«En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor». (San Juan de la Cruz).
«El que practica misericordia, que lo haga con alegría». (Romanos 12, 8)
Porque no sabe hacer otra. Nuestro Padre Dios no sabe hacer otra cosa que querernos y echarnos ganas, y empujarnos, y llevarnos adelante, no sabe hacer otra cosa, porque su nombre es amor, su nombre es donación, su nombre es entrega, su nombre es misericordia. Eso nos lo ha manifestado con toda fuerza y claridad en Jesús, su Hijo, que se la jugó hasta el extremo para volver a hacer posible el Reino de Dios. Un Reino que nos invita a participar de esa nueva lógica, que pone en movimiento una dinámica capaz de abrir los cielos, capaz de abrir nuestros corazones, nuestras mentes, nuestras manos y desafiarnos con nuevos horizontes. Un reino que sabe de familia, que sabe de vida nuevos horizontes. Un reino que sabe de familia, que sabe de vida compartida. En Jesús y con Jesús ese reino es posible. Él es capaz de transformar nuestras miradas, nuestras actitudes, nuestros sentimientos, muchas veces aguados, en vino de fiesta. Él es capaz de sanar nuestros corazones e invitarnos una y otra vez, setenta veces siete, a volver a empezar. Él es capaz de hacer siempre todas las cosas nuevas.
Encuentro con las Familias,
Tuxtla Gutiérrez, México. 15 de febrero de 2016
La verdadera experiencia misionera es tropezarse una y otra vez con la Misericordia de Dios en este pueblo que nos acoge. Una de esas primeras experiencias es la paciencia que tienen con nosotros, los misioneros. Llegamos queriendo comernos el mundo y transformarlo todo; ellos nos observan, pero no nos recriminan. Hasta que nos damos cuenta de que debemos ir a su mismo paso; no a la velocidad de un coche, sino de quien camina a pie. Cuando hice el curso de preparación misionera intenté profundizar en lo que significa «inculturación». Hoy me doy cuenta de que me queda un larguísimo camino por recorrer. Debo hacer un proceso de «abandono de mi prepotencia», un camino de mayor humildad. No es fácil. Cada día me doy cuenta de que esta cultura me sigue chocando, sigo sin entenderla bien, sigo sintiendo que vivimos en galaxias diferentes. Sin embargo, este pueblo quiere escuchar el Evangelio, tiene sed de Dios, quiere evangelizar su cultura… y, por ello, perdonan mi fragilidad para no perder el tesoro de mi vasija.
Manuel de los Reyes Ramírez,
sacerdote del IEME, misionero en Mozambique
La Iglesia misionera cuida en todo el mundo de 611 leproserías, 201 de ellas en el continente africano. La lepra, enfermedad que en nuestros días tiene su tratamiento y cura, encuentra su causa principal en la pobreza y la falta de servicios sanitarios. Desde siempre la Iglesia se ha volcado en la ayuda a estos hermanos nuestros.
Hace casi 450 años, el misionero Pedro Martínez era asesinado en las costas de Florida; el primer mártir jesuita del Nuevo Mundo. Su proceso de beatificación está muy avanzado, como el de otros 80 mártires de Florida, donde más de 1.000 nativos americanos fueron asesinados por su fe.
Las Obras Misionales Pontificias, gracias al DOMUND, han financiado la nueva radio católica del norte de Kenia. Se llama «Jangwani», «radio en el desierto». Su objetivo: promover el diálogo y la coexistencia en una región con frecuentes conflictos étnicos, robo de ganado y enfrentamientos transfronterizos.
Benefactor de todos los que se vuelven hacia ti, Luz para todos los que están en las tinieblas, Principio creador de todas las siembras, Jardinero de todo crecimiento espiritual, ten piedad de mí, Señor. Haz de mí un templo irreprochable. No tengas en cuenta mis pecados ni prestes atención a mis faltas. No podría estar en tu presencia, pero por tu inmensa misericordia y tu compasión infinita, borra mi indignidad, por Nuestro Señor Jesucristo, tu único Hijo, medicina de nuestras almas, por él te sea rendida toda gloria, poder, honor y magnificencia, por los siglos de los siglos. (Oración del siglo III)