vida religiosaPadre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

En el derecho común de los religiosos, la poda es y será muy abundante. Por ejemplo, de los cánones 597 a 607 que regulaban la clausura de los religiosos y religiosas, más las disposiciones posteriores de la Constitución Sponsa Christi, al n. 16 del Perfectae Caritatis y nn. 30-32 del Ecdesiae Sanctae, que reducen la clausura papal a las órdenes femeninas de vida únicamente contemplativa, dejando a las demás religiosas la ulterior determinación de su propia clausura, la simplificación es inmensa. 2º) Las normas de la Instrucción sobre la Renovación Acomodada de la Formación para la Vida Religiosa tiende a dar, por petición de los mismos Institutos religiosos, mayor flexibilidad a la legislación antigua.

Se diría que la Santa Sede, consciente de que la vida religiosa brotó por obra «de varones y mujeres ilustres» (Lumen Gentium, n. 45), que impulsados por el Espíritu Santo, no sólo se santificaron ellos, sino que abrieron ruta para que otros se santificaran siguiendo su camino; que hasta el siglo XII generalmente no intervino ella en la aprobación ni regulación de la vida religiosa; y sobre todo, consciente que «la vitalidad y renovación de la vida espiritual, evangélica y apostólica depende principalmente» de los Superiores y miembros de los Institutos, les deja a los continuadores de aquellos «varones y mujeres ilustres» las manos más libres, ya que son los responsables de la formación de sus miembros. Se añade, como nota expresamente la citada Instrucción, que en condiciones tan diversas, con Institutos tan diversos, tan diversas actividades y tan diversas regiones, las normas deben ser amplias, para que «permitan a cada Instituto determinar con prudencia -los métodos que más les convengan». Por eso las Normas Especiales de la instrucción recién citada, dejan amplia libertad al Capítulo General para ordenar el tiempo, lugar, y consiguientemente el modo de hacer el postulantado (nn. 1012,) e indican «las actividades formativas del noviciado», parecidas a la que se venían teniendo en muchos noviciados españoles, con sus catequesis, ligeros estudios, mes de hospital, cocina, etc. A estas razones, yo añadiría otra, basada en la sabiduría y benignidad de la Iglesia. Sabido es que condesciende con las debilidades de la naturaleza humana con tal que no sean malas; y así a través de la historia las relajaciones de la vida religiosa han ido consiguiendo su respectiva bula pontificia. La distinción entre lo bueno y lo mejor, tan clara en el Evangelio con los preceptos y los consejos, es la mejor justificación de esta conducta. Aunque las leyes son necesarias, ¡pobre Institución que necesite de leyes y de reglamentos! Como los Institutos religiosos brotaron del espíritu y fueron anteriores a las leyes, no se podrán sostener sin espíritu, aunque se conserven las leyes. Por eso, cuando éste decae, la Iglesia mitiga las leyes.