vida religiosaPadre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

  1. REMEDIOS.

Para salvar nuestra vida cristiana, con la ayuda de Dios e intercesión de su Madre y madre nuestra, hemos de tener presente que para pertenecer de hecho a la única Iglesia de Cristo se necesita: fe, bautismo y comunión con la Cabeza y Cuerpo de la Iglesia; 

que la fe se pierde por la herejía y que como dice San Jerónimo, citado por Santo Tomás: “Quicumque aliter scripturam intelligit quam sensus Spiritus Sancti efflagitát… haereticus appelari potest” (II-II, q. 11, a. 2, 2) «Quienquiera que entienda la Escritura de modo distinto a como reclama el Espíritu Santo…, se le puede llamar hereje». Naturalmente se supone la pertinancia, como se deduce del contexto; pero nunca se ha de olvidar como proclamó el Vaticano I (que tiene igual autoridad y vigencia que el Vaticano II): «Que no basta evitar la pravidad herética, si no se huyen también diligentemente aquellos errores que más o menos se acercan a ella» (Denz. 1820 y 3045), proclamación que antes venía haciendo y que después continuará repitiendo la Iglesia (Cf. Tuas libenter de Pío IX y la Humani generis de Pío XII; Denz. 1684 y 2880; 2313 y 3884s.);

que la herejía, según Santo Tomás, es contagiosa como la lepra (I-II,. q. 102, a. 5 ad 4), y por lo tanto se propaga rapidísimamente, si no se la corta y aísla, como se hace con las enfermedades contagiosas;

que los herejes de todos los tiempos siempre han venido camuflados, proclamando que sus perversas doctrinas son de libre discusión, como enseña la historia, reprochó Agustín muchas veces a los herejes de su tiempo, v. gr. al pelagiano Celestino (43), y advirtió el mismo Cristo de los falsos profetas, lobos rapaces con piel de oveja (Mt. 7, 15);

que con ser la herejía de los pecados más graves, pues acabo con la fe de la que «vive el justo» (Rom. 1, 17), y nos aparta de la Iglesia; peores que los herejes son los que siendo verdaderamente tales, permanecen en la Iglesia por razones temporales. Contra éstos clamó Agustín en su tiempo y deberíamos clamar nosotros en el nuestro (44). Ya se ha empezado a pedir a quienes no tienen la fe verdadera que tengan la nobleza de salir de la Iglesia, pues de hecho no pertenecen a ella.

Finalmente, que nadie puede estar en comunión con el cuerpo de la Iglesia, si no está con su Cabeza, visible, que es el Romano Pontífice, púes es evidente que mal se puede estar con el cuerpo, si no se está con la Cabeza. Por eso, quienes proclaman, como proclamó en tiempo del Concilio, un cardenal osado (si mal no recuerdo) que él era católico, pero anti-romano, hay que responderle que tanto tendrá de católico cuanto tenga de romano, porque ubi Petrus, ibi Ecclesia.

Y para salvar nuestra vida religiosa, hablo de los religiosos de vida mixta, no hay más que un remedio: restaurar la vida mixta, hoy extinguida en amplios sectores de la Iglesia, por el desbordado activismo, la herejía de la acción, en frase del gran Pío XII.

San Agustín, Santo Tomás y toda la tradición cristiana, basándose en el Evangelio, nos hablan de la vida activa, que con Marta se ocupa en atender al Cuerpo de Cristo; nos hablan también de la vida contemplativa, que con María elige la mejor parte (Lc. 10, 42) Y goza en su alma de la contemplación y trato con Cristo; y hablan finalmente de la vida mixta, en la que la acci6n procede de la abundancia de la contemplación, y es según Santo Tomás, como está dicho, la más perfecta. Las obras en honor de Dios y provecho del prójimo, dice el Angélico, son mejores que las obras hechas en honor de Dios, solamente. E insiste: Las obras útiles sólo al que las hace son inferiores a las que aprovechan también a los prójimos (45). Pero hoy se olvida lo primero y principal que es el amor y el honor de Dios, y se pasa a un amor al prójimo, que no es caridad, pues no procede del amor de Dios, y es a lo más filantropía o mera palabrería.

La importancia de la restauración de la vida religiosa, la expresó bien Felipe II, cuando con hondo convencimiento escribía a su embajador en Roma la urgiese ante el Papa:

«Siendo una de las cosas que más ocasión dieron en las otras partes el desorden y mala vida de los religiosos a los males que se han seguido, no podemos como padre y pastor destos pueblos dexar de tener continuo cuidado y vigilancia sobre ello» (46).

  1. Según San Ignacio: Tria sunt indubia religiosae domus rite institutae indicia: si clausura, si munditia, si lex silentii exacte observetur. Cf. REVENESI; G., Scintillae Ignatianae, Ratisbonae, Pustet, 1919, p. 127. Naturalmente que en la clausura incluía la regulación de las entradas y salidas de los religiosos en sus casas.
  2. De gratia Christi et de peccato originali, II, 23, 26; PL 44, 397s.
  3. De bapt. contra donat., IV, 16, 23; PL 43, 169.
  4. Comento in I Cor., 14, lect. 1.
  5. OTGER STEGGIN, La Reforma del Carmelo Español, 159s.