isabel-de-la-santisima-trinidadLa Beata Isabel de la Santísima Trinidad (Isabel Catez) nació en Bourgues (Francia) el 18 de julio de 1880. Fue bautizada el 22 de ese mismo mes. Al hacer su primera confesión en 1891 propuso con firmeza luchar contra su fuerte temperamento. A los 14 años se entrega totalmente a Jesús como único Esposo, mediante el voto de virginidad. A los 21 años ve cumplido su deseo de ser carmelita descalza, ingresando en el Carmelo de Dijon. Su amor al silencio y al recogimiento la hace profundizar en el misterio trinitario y, abrazada a Jesús Crucificado, recorrerá rápidamente el camino de la transformación en Dios, hasta llegar a sentir místicamente la presencia de la Trinidad en su alma. Los últimos días de su vida se consumió, en una Noche Oscura, en actitud de Alabanza de Gloria, pasando del Calvario al Cielo de “sus Tres”. Murió en el Carmelo de Dijon el 9 de noviembre de 1906, a los 26 años de edad.

Elevación a la Santísima Trinidad

¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayudadme a olvidarme por completo de mí misma para establecerme en Vos, de un modo tranquilo e inmutable, como si mi alma estuviera ya en la eternidad.

Que nada sea capaz de turbar la paz de mi espíritu ni hacerme salir de Vos, ¡oh Inmutable!; sino que cada momento me haga penetrar más hondo en la profundidad de vuestro Misterio.

Pacificad mi alma. Estableced en ella vuestro cielo, vuestra dulce morada, el lugar de vuestro reposo. Que yo no os deje nunca solo, sino que me mantenga de continuo en vuestra compañía con todo mi ser, mediante una fe viva, una adoración perfecta, una entrega total a vuestra acción creadora.

¡Oh, mi amado Jesús, Crucificado por amor!, yo quisiera ser una esposa digna de vuestro Corazón divino. Yo quisiera cubriros de gloria, yo quisiera amaros… hasta morir de amor.

Pero veo mi impotencia. Por eso os suplico que os dignéis revestirme de Vos mismo, que identifiquéis mi alma con todos los movimientos de la vuestra, que me sumerjáis en Vos, que os dignéis invadir todo mi ser, que me suplantéis, a fin de que mi vida no sea sino una irradiación de vuestra Vida. Estad en mí como Adorador, como Reparador, como Salvador.

¡Oh, Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, yo quiero pasar mi vida escuchándoos; yo quiero prestar oídos dóciles a vuestras enseñanzas, para que Vos seáis mi único Maestro. Y, luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las debilidades, quiero mantener mis ojos clavados en Vos y permanecer bajo el influjo de vuestra luz magnífica. ¡Oh, Astro mío, amadísimo!, fascinadme de suerte que ya no me sea dado salir del marco de vuestra irradiación divina.

¡Oh, Fuego abrasador (Deut 4, 24), Espíritu de Amor!, descended a mí para que se realice en mi alma una especie de Encarnación del Verbo. Que yo sea para Él una especie de humanidad complementaria en la cual pueda Él renovar su Misterio.

Y Vos, ¡oh Padre eterno!, dignaos inclinaros hacia esta pobrecita criatura vuestra, sin que vuestros ojos vean en ella otra cosa que a Vuestro Hijo muy amado, en el cual tenéis vuestras complacencias (Mt 3, 17).

¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita e inmensidad en que me pierdo!, yo me entrego a Vos como una presa de amor; sumergíos Vos en mí para que yo me sumerja en Vos, en tanto que llega el momento de ir a contemplar en vuestra luz el Abismo de vuestras grandezas.

 

“He hallado mi cielo en la tierra

Pues el Cielo es Dios y Dios está mi alma.

El día que comprendí esta verdad

Todo quedó iluminado para mí”

Sor Isabel