P. Manuel Martínez Cano mCR.

Sin ley no hay conciencia. Distingamos: Conciencia psicológica es el conocimiento intelectual íntimo que la persona tiene de sí mismo y de sus actos. Se pierde, en caso de demencia o locura.

Conciencia moral es la misma inteligencia humana que hace un juicio práctico sobre la bondad o malicia de sus actos. Es la norma subjetiva de la moralidad de nuestras acciones.

La conciencia moral puede ser: verdadera, errónea, recta, no recta, cierta, dudosa, perpleja, y escrupulosa, delicada, laxa…

Conciencia verdadera es la que juzga los actos humanos en conformidad con la ley moral. Conciencia errónea es la que juzga los actos humanos en desacuerdo con la ley moral. La conciencia verdadera es la regla subjetiva de los actos humanos, porque solo ella capta el verdadero y auténtico valor de la ley eterna origen y fuente de toda moralidad. “La alegría de la buena conciencia es como un anticipo del paraíso” (San Agustín).

La ley eterna es la razón y voluntad de Dios que manda guardar y prohíbe alterar el orden establecido por Él. Santo Tomás dice que la ley eterna: “Es el plan de la Divina Sabiduría por el que dirige todas las acciones y movimientos de las criaturas en orden al bien común”.

La ley eterna es el fundamento de toda obligación moral del hombre y de todas las demás leyes, que en tanto, serán leyes en cuanto reflejen con fidelidad a la ley eterna. Ninguna ley humana positiva, eclesiástica o civil, es justa ni racional si no se ajusta a la ley eterna: “Por mí reina los Reyes y los jueces administran la justicia. Por mí mandan los príncipes y gobiernan los soberanos de la tierra” (Proverbios 8, 15-16). San Pablo afirma rotundamente: “Toda potestad viene de Dios” (Romanos 13, 1).

La ley natural es la participación de la ley eterna en el hombre. Está grabada por Dios en el corazón de la persona humana y obliga a todas las personas de todos los tiempos. Cuando alcanzamos el uso de razón, empezamos a conocer los primeros principios de la ley natural: “Haz el bien, evita el mal” o “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”. Los principios secundarios de la ley natural son los mandamientos de la ley de Dios.

La ley divino-positiva es la ley eterna comunicada a los hombres por medio de la revelación divina. Hay dos etapas principales: la Antigua Ley y la Nueva Ley.

La nueva ley evangélica puede resumirse en el mandamiento del amor: “Un mandamiento nuevo os doy que os améis unos a los otros como Yo os he amado” (San Juan 13, 34).

La ley civil que se opone manifiestamente a la ley divino-positiva, no obliga en conciencia. Al contrario, es obligatorio desobedecerla por tratarse de una ley injusta que atenta contra el bien común, ya que el bien espiritual es el primer bien de la comunidad. Porque las leyes civiles o políticas no pueden ser fruto del capricho de la autoridad ni de lo que diga la mayoría, sino fruto de la razón iluminada por la fe. Dice Santo Tomás de Aquino que: “La intención principal de la ley humana es crear amistad entre los hombres”. Pero: “Sí en la voluntad soberana falta la razón, tal voluntad es una corrupción de la ley” (Juan Vallet de Goytisolo).

León XIII enseña: “Si la legislación del Estado está en abierta oposición con el derecho divino, injuria a la Iglesia y contradice a los deberes religiosos, o viola en la persona del Romano Pontífice la autoridad de Jesucristo, en todos esos casos la resistencia es un deber; la obediencia un crimen… Las leyes que injurian a Dios son injustas, y de Ley solo tiene el nombre… Es justo desobedecer cuando la legislación positiva contiene preceptos contrarios a la ley eterna de Dios”.

Debemos combatir los nobles combates de la fe.