gonzalo-fernandez-de-la-moraGonzalo Fernández de la Mora
Revista Razón Española, nº 200, Noviembre-Diciembre 2016, pp. 258-303

En una sentencia famosa, Lincoln definió la democracia como «gobierno por el pueblo». Tal modelo no ha existido y no existirá nunca. No es ni la descripción de algo real, ni la formulación de un ideal posible; es pura retórica. Los grupos humanos, tanto más cuanto más numerosos, sólo pueden ser gobernados por unos pocos. No ya en un pequeño país como Andorra, ni siquiera en una aldea de un centenar de habitantes, es factible que todas las decisiones de interés general sean adoptadas por el pleno de la asamblea vecinal. El huero tópico del gobierno por el pueblo lo siguen repitiendo con el más demagógico y fantástico de los irrealismos los oradores de mitin, aunque no los politólogos. Una vez más hay que recordar que el vulgarizador de Locke, considerado como el padre espiritual del demoliberalismo, Rousseau, reconoció: «jamás ha existido verdadera democracia, ni existirá jamás; es contrario al orden natural que el gran número gobierne y que el pequeño sea gobernado» (5).

En las comunidades políticas históricas no se ha dado ni el gobierno de uno solo, ni el de todos. Las más autocráticas de las monarquías han tenido magistrados con parcelas de poder. En los más populistas de los municipios ha habido una minoría que ha administrado. Sólo hay una forma real de gobierno, la oligarquía, entendida en su sentido etimológico como «mando de unos pocos». En todas las áreas de la convivencia aparece una élite que decide el rumbo dominante, lo mismo en la comunidad religiosa, científica o artística que en la propiamente política. El problema sociológico y jurídico se reduce a describir y evaluar los modos de que una minoría alcance el poder, o sea, los tipos de oligarquía.

Esos pocos que siempre asumen la función dirigente pueden seleccionarse entre ellos mismos, como acontece en la comunidad científica que se autoestratifica según los méritos, o pueden remitirse a un árbitro exterior para que elija entre los diferentes equipos concurrentes (un rey hereditario, un soberano vitalicio, un cónclave, un censo electoral, etc.). Sólo hay, pues, dos clases de gobierno: las oligarquías inmanentes que se autoseleccionan, y las oligarquías arbitradas cuyo acceso al poder depende de un juez individual o colectivo previamente determinado.

La democracia no es otra cosa que una forma de gobierno en la que de algún modo y de tarde en tarde, los gobernados pueden intervenir en la designación o destitución de los gobernantes. La democracia es una oligarquía arbitrada periódicamente por un censo electoral de entidad variable (estamental, censitario, masculino, universal, etc.).

5 J. J. ROUSSEAU: Du contrat social, 1762, 111, 4.