P. Manuel Martínez Cano mCR.

Hace pocos días, el Papa Francisco nos ha recordado estas palabras de Cristo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”.

Y ha explicado su sentido, diciendo: “La realidad del camino es la de Cristo: seguir a Cristo, hacer la voluntad del Padre, como Él, tomar las cruces de cada día y renegar de sí mismo para seguir a Cristo. No hacer lo que yo quiero, sino lo que quiere Jesús; seguir a Jesús. Y Él dice que por este camino perdemos la vida, para ganarla después; es un continuo perder la vida, “perder” el hacer lo que quiero, perder las comodidades, estar siempre en el camino de Jesús que estaba al servicio de los demás, en adoración a Dios. Éste es el camino debido”.

“El único camino seguro es seguir a Cristo crucificado, el escándalo de la cruz”.

El Papa escribe: “renegar de sí mismo”. San Ignacio, dice: “vencer a sí mismo”, esto es, vencerse a sí mismo; para que los sentidos externos y las facultades internas del hombre, obedezcan a la razón, y la voluntad obedezca a Dios. Siempre con la gracia de Dios y la ayuda de la Virgen María. Se trata de arrancar las malas hierbas de nuestra alma. De combatir, a brazo partido, contra los siete pecados capitales, para vivir de fe, esperanza, caridad, humildad, alegría…

San Agustín, alejado de Dios durante muchos años, no veía el día de su conversión: cras, cras, mañana, mañana decía, hasta que decidió luchar contra sí mismo, porque decía: “El hombre se perdió amándose, se encontró negándose”; “La lucha está dentro de tí mismo, no tengas en mucho al enemigo externo, véncete a ti mismo y el mundo quedará vencido”

San Francisco de Asís, el santo de la pobreza absoluta, la humildad y la alegría, nos recuerda que: “Por encima de todas las gracias y dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el autocontrolarse a sí mismo y sobrellevar gustosamente por amor a Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades”.

Santa Teresa de Jesús, la primera doctora de la Iglesia y suprema maestra de la vida sobrenatural nos dice que para unirnos a Dios, para ser santos: “Lo primero que hemos de hacer es quitar de nosotras el amor a este cuerpo, que somos algunas tan regaladas… No haya miedo nos falte discreción en este caso” “este apartarnos de nosotras mismas y ser contra nosotras, es recia cosa” “no se mira mucho en andar contradiciendo su voluntad, hay muchas cosas para quitar esta santa libertad de espíritu, que pueda volar a su Hacedor”.

San Ignacio de Loyola nos dice en sus Ejercicios Espirituales; “Piense uno que tanto se aprovechará en todas cosas espirituales, cuanto saliese de su propio amor, querer e interés”.

San Pablo Fabro, canonizado por Su Santidad Francisco, fiel a su fundador, San Ignacio, dice: “Es necesario vencerse, renunciar a sí mismo y hacerse violencia. Pero todo es nada si se considera la ganancia que comporta consigo este negocio”. “Dejando a nosotros mismo, ganamos a Dios Omnipotente, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; dejando el mundo ganamos el reino del Cielo”.

Desde siempre, me ha gustado leer vidas y escrito de Santos. La pena es que no siempre he tomado apuntes. Los santos son los catedráticos y doctores de la vida cristiana. Nosotros solemos engañarnos. San Juan de la Cruz nos dice: “No está la perfección y valor de las cosas en la multitud y gusto de las obras, sino en saberse negar a sí mismo en ellas”. “El camino de la perfección es el de la negación de su voluntad y gusto por Dios”.

San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia y Maestro de Santos nos asegura el camino de la perfección cristiana: “Más segura y cierto cosa es ver si vences tu malquerencia, si no haces lo que te pide la carne, si traes debajo de tus pies a tu envidia, si has sujetado muy bien tu soberbia que no si, cuando comulgaste, sentiste mucha alegría, gran gusto, muy suave dulzor, si tuviste muchas lágrimas”.

La recientemente canonizada por el Papa Francisco, Santa Isabel de la Trinidad, dice: “Pienso yo que el alma que goza de mayor libertad de espíritu es aquella que más se olvida de sí misma. Sí se me preguntase en que está el secreto de la felicidad, yo diría que en no ocuparse uno de sí mismo, negándose en cada momento. He aquí una manera eficaz de dar muerte al orgullo. Matarlo de hambre. El orgullo no es más que el amor a nosotros mismo. Pues bien, es preciso que el amor de Dios sea tan fuerte que extinga totalmente el amor de nosotros mismos”.

Tengo algunas citas más; también del Concilio Vaticano II del cual dijo el beato Pablo VI: “La reforma”, la que el Concilio predica, la más necesaria y difícil, consiste en cambiar los propios pensamientos y gustos según la voluntad de Dios, corregir los propios defectos”.

Y, como estamos en el centenario de las apariciones de la Virgen de Fátima, termino con las palabras que escribió la hermana Lucía el 28 de febrero de 1943: “El buen Dios se ha dejado aplacar. Más se queja amarga y dolorosamente del número limitadísimo de almas en gracia dispuestas a renunciarse”.